El problema de la memoria: recuperando el olvido
Cuba, y los cubanos, somos una narrativa nacional en clave épica. Se parece más a un Mito Nacional que a una realidad historiográfica. No quiero decir con esto que los hechos no hayan sucedido. Es imposible negar el triunfo de la Revolución (ni todo el proceso previo), y mucho menos el devenir posterior. ¿Pero qué representa eso para el imaginario popular?
¿Lavado de cerebro o un simple enjuague?
El pueblo está reaccionando como debe: exigiendo que se respeten sus derechos y se atiendan sus necesidades más elementales. Muchos han estado encarcelados por esto, y aún lo están. Aunque cabe avalar que aquellos que desde el principio lograron entender la verdadera naturaleza autoritaria del grupo de poder, dieron ejemplos de lucha y sacrificios que entonces no fueron reconocidos debidamente como patriotas. Sus nombres han sido borrados o los mancillaron llamándolos «traidores» y «vende patrias».
Anatomía de una obsesión: el «bloqueo» en sesenta y cinco años de discurso oficial cubano
El uso del bloqueo como significante vacío es una estrategia que termina en la autoderrota. Cuando la misma palabra intenta dar cuenta de décadas y crisis distintas, pierde precisión, fuerza y sentido. Este análisis no evalúa el efecto del «bloqueo», pero sí valora cómo se enuncia desde las máximas autoridades de la Isla, quienes, a golpe de repetición, lo han convertido en un manto que solo hace que nos preguntemos por aquello que nos oculta.
Política exterior cubana: hipocresía, manipulación y desvergüenza
¿Es racional que Cuba ―siendo un país pequeño, subdesarrollado y de pocos recursos― posea tal superioridad de embajadas frente a países desarrollados, extensos, algunos que incluso fueron imperios coloniales? ¿Sabe el pueblo cubano cuánto cuesta ese inmenso servicio exterior? ¿Cuánto ha entregado este pueblo en vidas, recursos financieros y complicidad de su gobierno con esas dictaduras?
Nombrar, manipular y normalizar: estrategias discursivas del poder en Cuba
Al gobierno de La Habana debemos quitarle también el poder de vendernos la crisis cual panacea eterna. Como al principio, volvemos a Van Dijk: «Los receptores no son pasivos: pueden resistir, rechazar o redefinir los discursos de poder». Y ahí radica nuestra fuerza: en no aceptar como destino lo que no es más que manipulación disfrazada de verdad.
Siempre es 26
El 11 de julio lo dejaron claro. Cuba pidió, simplemente, respirar. Al salir a la calle y gritar su malestar, la respuesta fue: «Siempre es 26». Es ahora una frase vacía. Un tiempo que se repite. Una herida que abre en lugar de sanar. La historia no es así; ni eterna ni única. Los pueblos necesitan narrativas abiertas, días nuevos, otras fechas. El pueblo cubano merece un futuro. Uno donde las fechas no inmovilicen. Si «Siempre es 26», entonces nunca será 27. Y sin un 27, sin que el tiempo vuelva a transcurrir, Cuba no tiene futuro.
Revolución y gratitud
La Revolución la realizó el pueblo pensando en que el objetivo era mejorar sus condiciones de vida; en consecuencia, es inadmisible que se viva mucho peor bajo ella. Luego, no es el pueblo el que debe agradecer a cualquier precio a una estructura política denominada demagógicamente «Revolución», pues ha sido el pueblo el ejecutor de las transformaciones entendidas como revolucionarias, a la vez que ha sido el paciente sujeto de todas las vicisitudes y penurias.