El problema de la memoria: recuperando el olvido
Dice Edmundo Desnoes que el subdesarrollo es la incapacidad para acumular experiencias. Es simplista. No se puede reducir algo tan complejo ―que trasciende el ámbito de lo meramente nacional y se convierte en una cuestión histórica― a un problema cognitivo. No obstante, es un buen punto de partida. Puede ser que no arroje luz sobre una cuestión universal: el origen de lo subdesarrollado, pero se puede usar como enfoque exclusivo para abordar la cuestión de la identidad cubana. Quizás sí sea el núcleo de una problemática exclusivamente nacional. Hay varios precedentes teóricos (y literarios) a lo largo del último período histórico; además de ser un tema recurrente.
¿Existe un problema de memoria en Cuba?
A nivel de experiencia, es indudable. No se trata del simple «olvido» de la cotidianidad; de hecho, es evidente una absorción en lo inmediato. Lo que parece desdibujarse es el panorama circundante. Los cubanos semejan actores ajenos al escenario en que hacen su trabajo. Un experimento simple: preguntémosle a cualquiera por los actuales miembros del Consejo de Estado. Incluso las personas con más información que la media, tendrán problemas para responder. La desconexión entre El Gran Relato (el acontecer político en su grandilocuencia) y los pequeños relatos (las historias de la gente común) parece infranqueable. «La libra de tomate sigue costando lo mismo», me comentó un amigo.
Pongamos el problema en perspectiva histórica. Cuba, y los cubanos, somos una narrativa nacional en clave épica. Se parece más a un Mito Nacional que a una realidad historiográfica. No quiero decir con esto que los hechos no hayan sucedido. Es imposible negar el triunfo de la Revolución (ni todo el proceso previo), y mucho menos el devenir posterior. ¿Pero qué representa eso para el imaginario popular? No hablo ya de los actores ―fueran protagonistas o figurantes―, sino de todas las personas que, de alguna manera, somos producto de esa realidad.
Para nosotros, nacidos después de 1959, el mundo ha venido a ser así; es el Orden Cosmológico. La racionalidad y armonía le son consustanciales. No pueden existir fallas ―elementos de caos y contradicción― en el tejido narrativo. La memoria puede sacarlas a relucir. Es evidente que puede generarse una disonancia cognitiva pero también que suceda algo más radical, y es la amnesia selectiva. La gente olvida para no sucumbir al trauma.
La memoria queda circunscrita entonces al plano de lo inmediato; lo personal. Lo colectivo es, como ya mencioné, un escenario; decorado. El efecto de extrañamiento es una consecuencia que no se hace esperar. Si se va a una movilización, no se recuerda el contexto más allá de una nota en la historia. Si se inserta un término nuevo en el habla, nadie recuerda o cuestiona su origen. Si el diseño económico del país cambia, apenas percibimos los efectos sin dilucidar las causas claramente. La vida sigue su ritmo «natural» a pesar de esos vaivenes. Romper ese orden de cosas lleva a la crisis de sentido y la inevitabilidad del cuestionamiento.
La memoria encontrada
Preguntarse quiénes somos es una constante en la historia humana. Esa pregunta se inserta en la conciencia de vivir en un tiempo y espacio concretos. ¿De dónde vengo y a dónde voy? no son preguntas ociosas, sino el resultado de una intuición radical: hemos perdido la identidad y el rumbo. Vivimos ―yo también antes del exilio―, en un país incapaz de insertarse en las dinámicas de la modernidad o de generar sucedáneos. También se ha erosionado, hasta casi desaparecer, la estructura cosmológica que dio a luz a la identidad nacional. El ejercicio de recuperar la memoria se impone como cuestión vital.
Si algo demuestra ese apremio es constatar cómo el ejercicio de recordar ha trascendido los ámbitos académicos. El canal de Youtube muestra una gran cantidad de contenido acerca de Cuba. Exceptuando los materiales tipo reality, con necesaria tendencia a la porno-miseria, existe un grupo de creadores de contenido sobre la historia cubana, tanto reciente como pre-revolucionaria. La variedad de temas y enfoques coincide con toda la gama de géneros que inundan las redes: desde la antropología (Breaking Cuba) pasando por el amarillismo (Así somos, El Mundo de Darwin), crónica roja (Jet Pam) o algunos que aspiran a dilucidar los hechos ―por encima de las narrativas― con una pretensión de rigor (Secretos de Cuba). Lo que se abre es un terreno de disputa por la hegemonía de la memoria histórica.
Jet Pam ―un canal de True Crime― retoma casos de índole policial y recompone la historia. El trabajo no es sencillo. La propaganda estatal cubana se ha empeñado en mostrar el país como una sociedad pacífica. Es imposible superar el límite de percepción. No hay acceso a estadísticas. Más allá de hechos puntuales que aparecen en redes sociales ―lo que obliga a la prensa y medios oficiales a reconocer los sucesos― y el trabajo de Alas Tensas y Yo sí te creo en Cuba (respecto a los feminicidios), y del Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana con sus informes semestrales; no se deja constancia de los hechos violentos.
El trabajo de Jet Pam implica recopilar toda la información dispersa posible, lo que lleva horas de investigación en línea para construir un relato a nivel micro. Pero el esquema metafísico que se ve en ello es extrapolable a toda la realidad. Se convierte en el Orden Cosmológico. Los espacios recuperados de la memoria son el prisma a través del cual se llega a vislumbrar el horizonte. La idea de una «sociedad segura» queda derrumbada y surge un mundo consagrado por la violencia.
Secretos de Cuba, más centrado en los vericuetos de la política insular, sí tiene una intención de rescate de la memoria. Lo delata la elección de temas poco conocidos. Además, es un trabajo que supera las posibilidades de un individuo. Publican a un ritmo imposible para una persona (incluso dedicándose a ello a tiempo completo). También hay que reconocer la calidad de la factura de cada video en cuanto a edición (aunque se aprecia la falta de corrección de la voz generada por IA). Un fallo sería la redundancia de los guiones. No se oculta el sesgo ideológico. De hecho, es el posicionamiento desde el cual se construye cada video. Es una relectura del poder que se propone derrumbar la narrativa hegemónica. No es que tenga un gran conocimiento de la historia reciente ―en este caso, una «memoria prodigiosa»―, sino que recupera los micro relatos no dominantes en función de una síntesis que dé lugar un Gran Relato. Cuba termina siendo un ejercicio de poder sobre los cubanos.
Y después, ¿el fin de la historia?
Una pregunta que surge es si los nuevos relatos serán capaces de llenar los espacios perdidos en la memoria. Eso implicaría un reconocimiento de sí mismos para los cubanos. Pero también puede ser un nuevo ciclo amnésico. El debate reciente sobre haber sido feliz en la isla lo demuestra. Si uno lee la propaganda anticastrista más extrema, puede perder la noción de la geografía y encontrarse en Kampuchea Democrática. La absolutización del sentir ―uno de los problemas de la posmodernidad― puede llevar a la falta de diálogo con la realidad, pero, sobre todo, consigo mismo. Y el olvido de sí genera, sin dudas, carne para totalitarismo.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.