La única «crisis terminal» que conozco, además de la Isla toda, es la de la reparación de la Terminal de Trenes. Desde 2019 debió ser terminada, y estas son las horas en que una edificación declarada en 1983 Monumento Nacional por sus invaluables méritos arquitectónicos e históricos, sigue en las mismas.
El 27 de noviembre de 2020, un grupo de artistas, intelectuales y periodistas independientes protestó frente al Ministerio de Cultura de Cuba, en La Habana. Durante horas, sin violencia, exigieron respuestas tras el brutal desalojo de catorce personas, ocho de ellas en huelga de hambre, de la sede del Movimiento San Isidro (MSI). Fue un gesto insólito en décadas: ciudadanos reclamando, a la vista pública, su «derecho a tener derechos».
¿Qué revela el Programa de Gobierno sobre el rumbo de la economía cubana? ¿Es viable este plan económico o es más de lo mismo? ¿Qué impacto tendrá en la vida de los cubanos? ¿Puede detener el deterioro económico o agudizará la crisis? Los economistas Mauricio De Miranda, Pedro Monreal y Pavel Vidal, en un espacio moderado por José Manuel González Rubines, analizan el nuevo Programa de Gobierno para corregir distorsiones y reimpulsar la economía.
"Un apagón en el país es una condición clarísima de parálisis de todo el sector productivo y del sector de los servicios. (...) Hasta ahora las medidas han sido parches para resolver una situación inmediata y así no se resuelve el problema", asegura el economista Mauricio De Miranda Parrondo, codirector de CubaXCuba - Laboratorio de Pensamiento Cívico.
Se impone la agrupación de sectores dispuestos a actuar conscientemente en defensa de la democracia, la independencia, la soberanía nacional y la justicia social. La unidad de todas las fuerzas hará posible el encauzamiento adecuado de las ansias reprimidas. Solo el vínculo estrecho de los hombres y las mujeres que coinciden en objetivos esenciales permitirá el trazado de una política dirigida a la defensa de principios democráticos.
Un cambio total como el que requiere Cuba, incluye la ampliación del espectro de las ciencias históricas, de manera que quepan las versiones de todas las generaciones, en la que cada una ha integrado su propia visión. De tal manera, una nación tiene al final, no una, sino muchas historias. Revisitar el pasado es decir otra verdad al presente y proyectar un futuro libre, en el que disentir no sea considerado delito.
Si el castigo por agredir con armas de fuego una institución militar como el cuartel Moncada, en 1953, fue de quince años de cárcel y si, dos años después (en una fecha como la de hoy), los condenados fueron amnistiados; ¿qué impide reconocer la injusticia cometida contra quienes reclaman derechos inalienables usando su voz, su cuerpo, un cartel o piedras como armas?
El autoritarismo necesita intelectuales, y que estos, rara vez se presentan como enemigos declarados de la razón. Hoy, permitir que intelectuales que justifican la tortura, la represión o la concentración del poder se presenten como simples «voces críticas» cumple una función análoga. Los intelectuales demócratas tienen la responsabilidad histórica de nombrar, confrontar y aislar a quienes utilizan el pensamiento como arma contra la libertad.
¿Se debe optar por el cambio en virtud de las acciones de terceros foráneos, o es la opción ciudadana viable en el escenario actual? Si echamos una ojeada analítica a la historia, nos muestra que la última opción es siempre posible, aunque no siempre se cumpla. Un paso apropiado en esa dirección sería zanjar la brecha entre la intelectualidad y el activismo, articulando una «visión combinada del mañana» capaz de reflejar las aspiraciones de todos los que anhelan un cambio genuino.
Si todo es susceptible de ser reducido a chiste, entonces la posibilidad de construir consensos mínimos se vuelve compleja. Es la ambivalencia que ya señalaba Mañach: el choteo como forma de crítica, pero también como límite. Nos tocará superarlo, o al menos entenderlo, para lidiar con él.
La reconciliación posible, la única honesta, no es con la Revolución. Es con uno mismo. Es el acto de decir ―sin rencor, pero sin eufemismos―, entregué mi vida a algo que creí verdadero, ese algo fue traicionado por quienes lo dirigían, no por mí; mi entrega, mi fe, fueron reales, el robo también fue real. No son afirmaciones contradictorias, sino tres verdades simultáneas de una generación que merece ser nombrada.
Un buen comunicador puede ser un buen político y un buen administrador; pero no lo es por el solo hecho de comunicar bien. Tampoco lo garantiza, conviene decirlo, la épica del activismo o la legitimidad de origen que otorga haber sido preso político o haber resistido a la dictadura. Son méritos morales incuestionables, pero no certifican por sí solos la capacidad de gobernar.
Los cubanos no existimos. Existe Cuba (la imagen ideal, el relato gubernamental) y existen los Estados Unidos. Lo que queda fuera de la propaganda castrista ―creada casi que en función de buscar apoyo en la izquierda internacional― es, por mera contraposición binaria, «propaganda de la derecha».
El régimen cubano nunca entendió, o lo entendió y por eso optó por someter, la verdadera naturaleza del intelectual, que con independencia de su perfil puede comprender a fondo el contexto. La cuestión está en lo que decide hacer con eso: callar, servir al poder, o a la razón y la justicia; ser, como decía Sartre, un marginal o un verdadero intelectual.
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Los cubanos de la época, los que sobrevivieron a las contiendas independentistas, los que despidieron al ejército interventor, fueron capaces de construir una nación que, aunque imperfecta y llena de contradicciones, logró destacarse en pocos años entre sus pares de la región. Lo hicieron partiendo de situaciones de destrucción similares, luego de años de guerra y ataques políticos enconados, con una población en su mayoría analfabeta y también enferma. Nosotros, hoy, también podremos, solo es necesario creerlo, como lo creyeron nuestros antepasados.