Trump, el Sugar Daddy de los Castro
El 14 de mayo de 2026, John Ratcliffe, director de la CIA, aterrizó en La Habana. Lo recibieron tres hombres: El ministro del Interior, Lázaro Álvarez Casas; el jefe del servicio de inteligencia; y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto de Raúl Castro, apodado desde niño «El Cangrejo» porque nació con seis dedos en una mano. La fotografía oficial del encuentro, distribuida por la propia agencia, no incluye a Miguel Díaz-Canel. Esa ausencia no es casual, y es quizás el detalle político más importante de la imagen. Para entender lo que significa hay que reconstruir, primero, la arquitectura real del poder cubano, y después, lo que efectivamente se está negociando en esa mesa.
Llamemos a las cosas por su nombre. Miguel Díaz-Canel no es el poder en Cuba, es la máscara del poder, una figura administrada para dar la cara por los errores, encajar los apagones en cadena nacional, y ser sacrificada el día que la dirección real lo considere conveniente. Es el niño de azotes de los Castro. Su nula influencia sobre GAESA, su evidente exclusión de la diplomacia paralela con Washington, lo confirma. Cuando «la transición» se firme, si ello ocurre, será él quien aparezca renunciando, asumiendo culpas, o quizás peor, en una cárcel en Nueva York junto a Maduro, en una coreografía que el régimen lleva décadas ensayando con cuadros menos prominentes.
El poder real responde a otra arquitectura, y su figura emergente, la que se sentó con Ratcliffe, es la del Cangrejo. Raulito tiene 41 años, no ocupa ningún cargo en el gobierno de Díaz-Canel, y sin embargo, es coronel del Ministerio del Interior, jefe de la escolta personal de su abuelo, e hijo del difunto Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el general que dirigió GAESA hasta su muerte en 2022. Es el cruce exacto entre las tres líneas que importan en la Cuba real: la familia Castro, el aparato de seguridad del Estado, y el conglomerado militar empresarial que controla la economía. Ningún cargo en el gobierno civil lo respalda, y precisamente por eso el poder real, el que se mueve por la rama de seguridad y por el aparato económico-militar, pasa por él. La sucesión se realiza fuera de la opinión pública, que es donde la dinastía siempre ha operado.
Su apodo le viene de la polidactilia, lo operaron de niño y le quedó una cicatriz que apenas se nota. Pero la metáfora resulta más exacta que la biografía. La dinastía cubana no se sucede de manera frontal, no pasa por elecciones internas del Partido, no se anuncia en un Pleno del Comité Central. Se mueve de costado, lateralmente, como el cangrejo. Avanza por la rama militar mientras la rama política se descompone públicamente. El padre dirigió GAESA, el hijo dirige la seguridad personal del patriarca, y entre los dos garantizan que el aparato económico-militar conserve autonomía respecto al gobierno civil que oficialmente lo contiene. Y su poder no es propio, es derivado de Raúl, de quien es escolta personal, brazo operativo y heredero designado. Sin Raúl, el cangrejo no tiene poder; con Raúl, es la interfaz por la que la decisión patriarcal se ejecuta sin exponer al patriarca. Por eso, cuando Ratcliffe quiere hablar con quién decide, no busca al sucesor constitucional, busca al sobrino-nieto-coronel sin cargo civil que conecta los tres ejes.
Detrás del Cangrejo, en el centro del organismo, sigue estando Raúl Castro. A sus noventa y cuatro años continúa siendo el centro real de decisión, aunque la decisión ya no se anuncie con su rostro. Diseñó la arquitectura institucional, la sigue presidiendo desde la sombra, y mantiene la cohesión de la cúpula por su sola existencia. La decisión, reportada esta misma semana de su imputación formal por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996, encaja con precisión en esta lectura, pero con un giro que conviene nombrar.
La imputación funciona de diversas maneras, no solo como se ha visto convencionalmente: justificación legal para la captura como amenaza de salida, ni como palo para forzar transición. Funciona también al revés. La imputación entroniza, porque una vez emitida, el patriarca no puede salir de Cuba sin que Interpol lo detenga. Y no puede salir del poder dentro de Cuba sin perder el control territorial que lo mantiene a salvo de Interpol. La imputación lo clava en el trono.
Washington tiene la llave, pero es muy peligroso girarla. Ejecutarla sería detonar los riesgos que Trump no puede absorber, la válvula migratoria abierta en represalia. La jaula existe como arquitectura legal, pero la coyuntura de Trump la transforma de palo activo en cerrojo latente. Lo que la imputación entrega, más que palanca legal y operativa, es anclaje geográfico, Raúl no puede salir de la isla, y por tanto el centro de gravedad de la dinastía no puede dispersarse. La imputación es el equilibrio de Nash entre dos partes a las que le conviene más colaborar que traicionarse.
Por qué fue Ratcliffe el mensajero y no Marco Rubio. Hay una razón protocolar evidente, los cubanos que se sentaron en esa mesa son operadores de inteligencia, no funcionarios civiles, y el interlocutor natural de esa composición es el director de la CIA, no el secretario de Estado. Pero hay una razón más profunda. Rubio no liderea ya el grupo que decide lo que va a pasar en Cuba, y no es porque haya perdido una pelea de poder, es porque está en la posición exacta que él mismo eligió ocupar, fuera del cuarto donde se firma, en el perímetro donde puede administrar todas las audiencias sin quedar atado a lo que se firme. Conoce el expediente cubano como nadie, lleva treinta años en él, pero su preparación intelectual nunca fue lealtad sustantiva, fue capital político que él gestiona con la lógica del operador político, no del estadista.
Los reportes de Drop Site sobre Rubio filtrando información distorsionada al presidente durante el invierno y la primavera no retratan a un funcionario derrotado, retratan a un camaleón ejecutando una de varias posturas paralelas, la de «yo intenté influir en la decisión desde adentro», que podrá invocar más tarde cuando le convenga. Las otras posturas, las que ejecuta para Trump, para la base MAGA anglo, para el exilio cubanoamericano, y para su propio futuro post-Trump, las maneja en simultáneo, no en sucesión. Dimitir y denunciar no estaba realmente sobre la mesa. Habría sido renunciar a la única posición desde la cual puede extraer valor de las cuatro audiencias a la vez. El camaleón no dimite. El camaleón se queda y administra su camuflaje.
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Si lo que se firma no es una transición, ¿qué es exactamente lo que se está negociando? Antes de responder, conviene descartar la idea, cada vez más cómoda entre ciertos sectores del exilio y del mundo trumpista en español, de que esto es ajedrez de cinco dimensiones, una jugada maestra cuya lógica solo aprecia quien tiene la altura intelectual suficiente para verla. La incompetencia no es genialidad disfrazada, pero tampoco explica todo. La conducta de Trump tiene una racionalidad concreta, no estratégica de alto vuelo, sino reactiva, definida por las restricciones políticas que la realidad le impone semana a semana. Lo que Trump recibe en La Habana, lo que el Cangrejo le entrega a través de Ratcliffe, es certidumbre.
Certidumbre sobre un paquete de cuatro entregas simultáneas que solo la familia Castro puede otorgar con credibilidad. La promesa central, analíticamente la más distintiva porque nadie más dentro del aparato de poder puede ofrecerla, es la certidumbre migratoria. No habrá éxodo masivo durante el resto del mandato, promesa calibrada con la precisión resultante de seis décadas de manejo de la válvula.
Alrededor de esa pieza central, tres entregas adicionales. La certidumbre geopolítica opera en una sola capa, la visible. La presencia militar y de inteligencia china y rusa se reducen a niveles mínimos, lo que se le puede vender a la base anticomunista de MAGA como victoria hemisférica.
La certidumbre comercial se estructura en dos tiempos. En lo inmediato, suspensión renovada del Título III de Helms-Burton, licencias específicas de OFAC para concesiones hoteleras y portuarias controladas por GAESA, apertura para inversión cubanoamericana a través de estructuras que sirven simultáneamente como cobertura visible y como vehículos para socios próximos a la familia Trump. En lo diferido ―siguiendo el patrón ya probado en los Estados del Golfo―, memorandos firmados durante el mandato y proyectos cuya monetización efectiva se posterga al periodo post-presidencial de Trump. Y la cereza en el pastel, como adorno cosmético, es la liberación gradual de presos políticos, jaulas que se vacían sabiendo que pronto vendrán otras detenciones a reponer el inventario.
Migración detenida; China, Rusia e Irán expulsados; negocios abiertos; presos liberados. Lo que estas cuatro entregas comparten es que todas requieren un actor capaz de sostener la brecha entre lo aparente y lo sustantivo durante años, con la coreografía calibrada para que la capa visible cubra la capa de abajo. Esa capacidad, la de monetizar lo que parece, es la competencia institucional decisiva del aparato cubano. La cúpula no solo vende cuatro entregas, sino también la habilidad de sostener la apariencia de cada una contra el tiempo. La mercancía operativa que sostiene el paquete, lo que en otras épocas se llamó «contención», vuelve aquí dada vuelta. Ya no es Estados Unidos conteniendo al comunismo; es el comunismo cubano, a sueldo de Estados Unidos, conteniendo a su propia población.
La constante histórica de los últimos casi setenta años es clara. Cada presidente estadounidense que ha tocado el expediente cubano ha pagado políticamente por las olas migratorias que el régimen ha desencadenado o tolerado. En Florida, Carter no se hundió por la inflación, sino por el Mariel. Clinton pagó capital político significativo por la crisis de los balseros del 94, suficiente para forzar el acuerdo migratorio acelerado ese mismo verano, y el coletazo casi le costó Florida en 1996. Biden comprometió toda la campaña de 2024 con la ola cubana post-2021, más de un millón de personas; munición electoral directa para MAGA.
Para la base nativista que define el corazón electoral del trumpismo, «libertad para Cuba» es abstracción retórica; «no más cubanos llegando» es preferencia concreta y central. Esa base no nació del anticomunismo de la Guerra Fría, nació del rechazo a la inmigración en general. Su prioridad no es lo que ocurra en La Habana, es lo que no ocurra en los Cayos. Lo que Ratcliffe fue a recoger el 14 de mayo no es una transición política, es una garantía operativa de que la presión cubana no se desbordará hacia las costas de Florida durante el resto del mandato.
Esto revela una convergencia que merece nombre propio. La base nativista de MAGA y la cúpula castrista tienen, en este momento histórico, exactamente el mismo interés objetivo: que los cubanos se queden en Cuba. Los Castros lo quieren porque la población es su sujeto político, su mano de obra cautiva, los rehenes por los que se cobra rescate en forma de remesa. La base de Trump lo quiere porque no tolera más llegadas. El exilio cubanoamericano queda atrapado en una contradicción que pocos analistas se atreven a nombrar, su vehículo político mayoritario coincide objetivamente con el régimen que dicen combatir, en el deseo de mantener a sus familiares encerrados. Y la mecánica de esa convergencia merece nombrarse con precisión. La cúpula no puede retener a su población sola, la gente que quiere irse termina yéndose; por mar, por la frontera sur, por terceros países. La base nativista no puede sellar la llegada sola, los flujos irregulares responden a la presión interna cubana, no a la política fronteriza estadounidense.
Solo el cierre simultáneo de ambas llaves funciona, la cubana sobre la salida y la estadounidense sobre la entrada legal. El acuerdo no es Cuba reteniendo y Estados Unidos vigilando; es Cuba y Estados Unidos cerrando la misma puerta desde sus dos lados. Por primera vez en seis décadas, los dos lados quieren exactamente lo mismo. Esa es la convergencia. No es alineamiento ideológico, es coautoría operativa de un encierro.
Esa convergencia es la que Rubio entiende perfectamente, y la que sus colegas del exilio duro, más leales a Trump que a su propio expediente histórico, prefieren no ver. Pero Rubio ya no resiste, actúa, en el sentido más literal de la palabra. Lo que le queda no es influir en el acuerdo, es administrar cuatro lealtades incompatibles, Trump, la base MAGA anglo, el exilio cubanoamericano, y su propio futuro post-Trump cuya construcción ya empezó.
El discurso que entregó el 20 de mayo, Día de la Independencia cubana, en video oficial en español, dirigido directamente al pueblo de la Isla, es la pieza más exacta de esa administración simultánea. Le dice a Trump, soy útil, no te estorbo en lo que firmas con Ratcliffe. Le dice a la MAGA anglo, sigo siendo el halcón confiable contra el comunismo. Le dice al exilio, lucho por ustedes, miren cómo ataco a GAESA en español en su día más simbólico. Y le permite al Rubio del futuro, que probablemente buscará ser candidato presidencial, o si no es posible, regresar a su posición de senador o quizás de gobernador o de vuelta al Gabinete bajo una administración distinta decir: «yo dije lo que correspondía decir en el momento que correspondía decirlo», construyendo el archivo público que el camaleón necesita para su próxima muda.
Cuatro mensajes para cuatro audiencias, que no podrían coexistir si alguna pudiera leer las otras tres con atención. Las cifras del discurso, los dieciocho mil millones de GAESA, el setenta por ciento de la economía, son datos que circulan desde hace años en informes de OFAC. Nada de lo que dijo es nuevo, y lo más revelador, nada de lo que dijo constriñe lo que Ratcliffe pueda firmar después. El espacio entre la dureza retórica del 20 de mayo y la blandura sustantiva del acuerdo final es precisamente el espacio donde el negociante cierra y donde el camaleón se prepara para su próximo color.
Una vez establecida la mercancía real, y los papeles que cada uno juega, la genealogía de la supervivencia cubana adquiere su sentido completo. La Revolución, entendida como proyecto político con horizonte propio, murió en 1970, cuando el experimento de la zafra de los diez millones reveló que el modelo era inviable sin un tutor externo que cubriera la diferencia. Lo que siguió no fue revolución, fue dependencia. La Isla se prostituyó a la URSS hasta que el subsidio soviético se evaporó con la caída del Muro en 1989. Después vivió de lo guardado, de los músculos atrofiados del Período Especial, hasta 1998, cuando apareció la siguiente víctima. Venezuela fue la mina, el gigoló que sustituyó al anterior, y duró hasta hace muy poco.
El capítulo nuevo se llama Trump, el Sugar Daddy de los Castro. No alianza ideológica, no asociación geoestratégica. Manutención pactada a cambio de un servicio concreto sobre la conducta migratoria de ocho o nueve millones de personas. La misma trayectoria de seis décadas: identificar al próximo proveedor de oxígeno antes de que el anterior se desplome, pero esta vez con una novedad estructural decisiva. Ninguna administración anterior, ni siquiera la más vilipendiada por el exilio duro, integró las cuatro piezas en un solo paquete como va a integrarlas Trump.
Carter abrió canal humanitario sin legitimar al régimen. Clinton firmó acuerdo migratorio sin abrir canal comercial. Obama normalizó relaciones, autorizó remesas, reabrió cooperación científica, incluso ensayó el canal de la Iglesia con Francisco; pero nunca contrató al régimen como socio de seguridad migratoria, nunca lo legitimó como guardián operativo de la frontera sur estadounidense. Esta certidumbre migratoria, junto con el resto del paquete, no es un regalo de los Castro. Esto tiene un pago de cien millones de dólares proveniente del contribuyente americano, algo que no había ocurrido nunca hasta ahora.
Esa última pieza, la que convierte la transferencia financiera en contrato de servicios, es la novedad. Este cheque compra certidumbre operativa sobre ocho o nueve millones de personas, y lo que el cheque firma, el reconocimiento del aparato represivo como contraparte legítima de Washington. Convierte al régimen, de adversario contenido, en proveedor contratado. La manutención no es solo financiera, es contractual. Trump se convierte en el nuevo Sugar Daddy de la dinastía.
Conviene ser explícito sobre la mecánica financiera. ¿Por qué «Sugar Daddy»? Esto no es un cheque único, lo que se está montando es una arquitectura de flujos en capas. El primer tramo, visible y cosmético, son los cien millones de ayuda humanitaria canalizados a través de la Iglesia, que el régimen captura por los mecanismos habituales, conversión obligatoria al tipo oficial, distribución por cadenas controladas por GAESA, desvío administrado.
Esos cien millones son la entrada, no la sustancia. Después vienen tramos que el discurso del 20 de mayo no menciona y el acuerdo final tampoco proclamará en detalle. Liberalización gradual del régimen de remesas, ampliada selectivamente. Apertura para inversión cubanoamericana, y para la familia Trump, en sectores hoteleros y portuarios cuyo propietario real es el conglomerado militar.
Y por encima de todo, la pieza que no aparece en ninguna cifra, pero pesa más que todas las cifras juntas, el levantamiento del riesgo reputacional que Washington imponía sobre el capital tercero, europeo, latinoamericano, asiático, vía intermediarios. Una vez que Estados Unidos legitima al régimen como socio operativo, ese capital fluye sin necesidad de aval estadounidense adicional. El cheque visible son cien millones. El cheque invisible es el desbloqueo de varios miles de millones en capital tercero que llevaban una década en espera de la señal de Washington.
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Trump no tiene el espacio que tuvieron sus predecesores para absorber el costo migratorio de una apertura descontrolada. No está ganando ahora mismo. Lleva semanas en un frente abierto en Oriente Medio cuya victoria inicial no se ha traducido en cierre político, y cada día que el conflicto se prolonga es un día menos de capital político disponible para las intermedias de 2026.
Necesita una victoria limpia y rápida. Y mirando el mapa de opciones desde el ángulo en que su instinto político lee el hemisferio, es decir, desde el ángulo que reduce toda la complejidad latinoamericana a la variable migratoria, Cuba aparece como la fruta madura y bajita que él puede arrancar y vender como triunfo. La fruta luce madura solo desde ese ángulo. Desde cualquier otro, no existe acuerdo con La Habana que no huela a cesión para la mitad de su base, y la otra mitad solo está mirando el resultado migratorio. La fruta no es madura, es vendida como madura por el único actor dentro de Cuba capaz de simular madurez sostenidamente. Trump no descubre una oportunidad, recibe un producto ya empaquetado por un proveedor que lleva sesenta años esperando exactamente a este cliente.
La iniciativa táctica en esta jugada, en este momento, no está en Washington, está en La Habana. El poder estructural nunca se movió, la asimetría militar, financiera y diplomática es la que siempre fue. Lo que se ha movido es la coyuntura. El frente abierto en Oriente Medio, el calendario de las intermedias, el pánico migratorio que define el corazón electoral de la coalición, todo eso ha comprimido el poder estructural de Trump en una ventana estrecha donde solo La Habana tiene la mercancía que él necesita comprar ahora.
Vale la pena precisar el orden de los movimientos. La iniciativa de abrir el canal fue de Washington, no de La Habana. El equipo de Trump, presionado por el calendario y el desgaste en Irán, buscó la conversación. La Habana no la pidió. Pero no tuvo que improvisar la respuesta, llevaba el paquete preparado en el cajón desde hace al menos una década, esperando exactamente al cliente que esta coyuntura produciría. La iniciativa de abrir la puerta fue de Washington. El producto que entró por esa puerta fue de La Habana. Y el producto, una vez sobre la mesa, define el resto del trato.
Conviene nombrar la aparente contradicción que el lector atento ya habrá detectado. Si el régimen está agónico, si su economía se ha contraído más de un 15% desde 2020, si sus válvulas externas se han ido cerrando una por una, ¿cómo ejecuta una negociación con la precisión que aquí se le atribuye? El agotamiento es material, la capacidad estratégica es institucional, y las dos trayectorias corren en paralelo sin cancelarse.
Casi setenta años de manipulación de la válvula migratoria, de instrumentalización de presos, de calibración geopolítica entre potencias rivales, de gestión del exilio como objeto de chantaje recurrente, han producido un aparato de inteligencia política que no depende de la salud económica del país para funcionar. La habilidad institucional sobrevive intacta a la decadencia que la rodea. Lo que la decadencia sí produce es estrechamiento, el abanico de cartas se ha reducido a una sola carta jugable, la migratoria, y eso obliga al aparato a jugarla con toda la precisión acumulada en seis décadas. No es genialidad coyuntural, es oficio antiguo aplicado al momento en que solo queda una mesa donde sentarse y una carta para poner sobre ella.
La ironía estructural es decisiva. La doctrina del negociante, formulada por Trump como aproximación general a la política exterior, transaccional, presión calibrada, entregas mediáticas, no la está ejecutando Trump en este expediente. La está ejecutando el círculo del poder en Cuba: MININT, GAESA, la familia Castro y los pocos cuadros operativos con autoridad real, a través del Cangrejo como interlocutor. El cangrejo es la cara visible del cálculo, no su autor solitario. La deliberación se produce a puertas cerradas en la cúpula, y el consenso ya está formado antes de que el coronel sin cargo se siente frente a Ratcliffe.
Trump enseñó al hemisferio cómo él negocia, y el primero en aplicarle la receta con éxito, justo en su momento de mayor debilidad, es el régimen que se suponía más débil. Los Castro no compran, venden. Y venden exactamente lo que el negociante no puede rechazar. La cúpula vende certidumbre. Trump la recibe y la paga en efectivo.
Y ahí es donde el ego hace su trabajo. Incluso cuando él sabe, en algún nivel que difícilmente se permite articular, que está aceptando una cesión, una derrota, y pagándola con el cheque que sus predecesores se negaron a firmar; el mecanismo que lo sostiene en pie convierte la cesión en victoria en tiempo real, se lo cree, y la vende con la sinceridad de quien ha decidido creérsela. El mismo instinto que le hizo leer a Cuba como fruta madura es el que ahora le hace leer el acuerdo como victoria. No son dos momentos psicológicos distintos, es el mismo mecanismo, aplicado primero a la oportunidad y después al resultado.
Esa sinceridad reconvertida es lo que hace que la operación funcione mediáticamente, porque Trump no miente del todo cuando dice «gané con Cuba», firma su propia traducción del evento y luego habita esa traducción como si fuera el original. La capacidad de habitar la propia mentira como verdad es lo que mantiene la coalición unida y lo que vuelve impermeable cualquier objeción analítica sobre el contenido sustantivo del acuerdo. Y eso es exactamente lo que el discurso de Rubio del 20 de mayo está diseñado para sostener desde el frente público, dar argumento retórico al ego para que la conversión funcione.
Por eso Trump acepta al malo conocido, no porque lo prefiera estratégicamente, sino porque no le queda alternativa que su coalición tolere. Ratcliffe entendió perfectamente con quién hablar cuando aterrizó en La Habana. Y al hacerlo, vino a cerrar el contrato de manutención que el organismo agonizante necesita para sobrevivir otra década. La doctrina del negociante, vuelta del revés, ejecutada por el régimen que aprendió la receta y se la aplica a Trump en su peor momento, no produce una transición, produce un capítulo nuevo del mismo organismo.
Después de la URSS hasta la caída del Muro en 1989. Después de lo guardado hasta 1998. Después de Venezuela hasta hace muy poco. Ahora, Trump, el Sugar Daddy de los Castro. No por elección ideológica, no por alianza geopolítica. Por manutención pactada, por una arquitectura de transferencia financiera y legitimación política que el régimen consigue después de seis décadas perfeccionando el oficio. La transacción se firma. Rubio le pone el lazo retórico al paquete para consumo del exilio, y simultáneamente, para el archivo de su carrera futura.
El ego de Trump convertirá la operación en victoria antes de que la tinta se seque, y la venderá con la sinceridad de quien ya no puede admitir, ni a sí mismo, que el papel histórico que le tocó jugar no es el del libertador que prometió ser, sino el de nuevo benefactor que el régimen consiguió después de seis décadas haciéndolo. Y mientras Trump cobra la victoria que su ego necesita, la cúpula ya está organizando ―en la capa de abajo que el acuerdo no tocó―, la arquitectura del próximo ciclo, el que vendrá cuando el Sugar Daddy actual deje de pagar.
No es coincidencia que esta lectura produzca, en quienes la sostenemos con datos, sentimientos encontrados. Hasta hace muy poco estábamos más cerca que nunca del fin de la dictadura, en el sentido estructural de que las condiciones materiales para que el sistema siguiera funcionando como hasta ahora se habían erosionado a niveles que no tenían retorno fácil. La economía contraída desde 2020, los apagones permanentes, la fuga migratoria del millón largo desde 2021, el cierre simultáneo de las válvulas venezolanas, nicaragüenses y mexicanas, todo eso era real, y todo eso constituía la base material de un final que llevábamos décadas esperando. Pero ese final, precisamente porque era inminente y visible, es lo que ha producido esta transacción de rescate.
El régimen no va a caer, va a ser refinanciado. Y, además, con dinero y cobertura mediática estadounidense, en un acuerdo que firma su propio encierro futuro. Esa es la herida ética del análisis. Los que se quedaron porque no pudieron irse, los que envejecieron sin pensiones reales, los que crían hijos a luz de velas en una Isla donde el verbo sobrevivir se conjuga con menos esperanza cada mes, ahora pueden quedarse sin la última válvula de escape que tenían, porque la válvula ahora se vende como activo geopolítico al mejor postor, y ese postor es el mismo país al que muchos de ellos pensaban escapar.
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Imagen principal: CXC.