Biotec, Faxon, Starlink y el ágora de la Cuba Transnacional

Hay recuerdos profesionales que uno conserva como anécdotas técnicas hasta que el tiempo les revela otra dimensión. Algo así me ocurre con Biotec, una base de datos en CD-ROM que creamos en el CENIAI a mediados de los años ochenta, cuando Cuba todavía estaba lejos de la Internet pública.

Para los lectores más jóvenes conviene aclararlo: el CENIAI (Centro Nacional de Intercambio Automatizado de Información) no fue solo una oficina técnica, fue uno de los embriones de la conectividad informacional en Cuba, el lugar donde se libraba una batalla silenciosa por la modernidad tecnológica, la información científica y la conexión profesional con el mundo.

Biotec, The Yellow Pages of Biotechnology, no era propaganda ni discurso político, sino un producto informacional sobre biotecnología preparado desde Cuba con estándares profesionales para circular en el mundo académico y empresarial. Y tuvo un detalle revelador: se creó solo en inglés. Que Biotec se creara solo en inglés confirma algo que quizás entonces intuíamos más que declarábamos, queríamos que la información producida desde Cuba pudiera ser leída, evaluada y utilizada por el mundo.

Con el tiempo, Biotec cambiaría su nombre por Biomundi y ampliaría su identidad hacia un campo más amplio de información científica, tecnológica y empresarial vinculada a la biotecnología. Lo que comenzó como una base de datos en CD-ROM, terminó formando parte de una cultura profesional: organizar información, procesarla, conectarla con usuarios, instituciones, mercados y decisiones.

Biotec tuvo representación en La Habana, Moscú y Miami. La Habana era el origen institucional; Moscú, el contexto geopolítico del campo socialista; y Miami, algo muy práctico: un nodo de acceso más fácil, rápido y actualizado a información académica y empresarial biotecnológica de Estados Unidos, uno de los ecosistemas más avanzados en ese campo. Esa relación con Miami era transparente. No fue un atajo clandestino, sino una vía profesional para alimentar un producto informacional cubano con fuentes de alta calidad. Así, antes de que Cuba tuviera Internet público, Biotec —luego Biomundi— ya conectaba tres espacios decisivos: la Isla, el campo socialista y el ecosistema científico-empresarial norteamericano. Fue, de algún modo, una red antes de la red.

Entonces apareció The Faxon Company, una empresa norteamericana reconocida en el ecosistema bibliotecario y académico, vinculada a suscripciones, publicaciones seriadas, bibliotecas universitarias y centros de investigación. Faxon mostró interés en distribuir Biotec de manera exclusiva. Antes de firmar, consultó con los Departamentos de Estado y del Tesoro de Estados Unidos, porque Cuba estaba bajo embargo. La respuesta fue clara: el contrato estaba amparado por la Primera Enmienda, Biotec podía circular porque era un material informativo.

Fidel Castro autorizó la firma del contrato por el CENIAI, puedo afirmarlo como testigo presencial. Impaciente por la demora burocrática, había firmado el contrato por mi cuenta y riesgo, solo después llegó el visto bueno del Palacio de Revolución. La operación no fue clandestina ni periférica, fue aceptada al más alto nivel político cubano.

Si bien el contrato se firmó transparentemente, el gobierno cubano jamás divulgó públicamente aquel hecho. ¿Por qué no lo hizo? Solo puedo especular. Tal vez fue una pifia mía y del propio sistema: no comprendimos entonces el valor simbólico de aquel precedente. Lo vimos como una operación técnica, profesional, documental; cuando también era una demostración política de que la información podía abrir caminos incluso en medio del conflicto. Pero también cabe otra interpretación: hacer público que una empresa norteamericana podía distribuir legalmente información científica cubana habría suavizado demasiado la narrativa de la «plaza sitiada», tan cara al régimen de La Habana. La firma del contrato no negaba el embargo, pero mostraba rendijas, excepciones y posibilidades; y las narrativas cerradas suelen llevarse mal con los matices.

Algo parecido ha ocurrido durante décadas con la narrativa del «bloqueo». El embargo estadounidense existe y tiene efectos reales, pero la propaganda oficial lo presenta como un cerco absoluto, sin explicar suficientemente las excepciones, licencias y flujos comerciales que también forman parte de la realidad. Estados Unidos exporta cada año cientos de millones de dólares en bienes hacia Cuba, ese dato no elimina el conflicto, pero matiza la narrativa, y los sistemas políticos cerrados suelen temerle más al matiz que al enemigo declarado.

Por eso el contrato con Faxon resultaba tan incómodo como precedente. Mostraba que, incluso dentro del conflicto, existían rendijas legales, profesionales e informativas. Divulgarlo habría obligado a explicar que no todo contacto con Estados Unidos era bloqueo, agresión o subordinación; también podía ser intercambio de información científica, mercado documental, bibliotecas, universidades y circulación legítima de conocimiento.

Ahí está la paradoja: ambos gobiernos, desde posiciones enfrentadas, reconocieron que la información científica no debía tratarse como una mercancía cualquiera. Sin embargo, el Estado cubano autorizó la salida internacional de información científica cuando era controlable, mientras restringió durante décadas el acceso masivo de sus ciudadanos a la Internet global.

Ese precedente no pertenece solo al pasado. Conserva una actualidad incómoda. Si una base de datos en CD-ROM podía ser protegida como material informativo en los años ochenta, ¿qué es hoy Internet sino la infraestructura contemporánea de circulación de materiales informativos? Aquí conviene recordar la Enmienda Berman de 1988, que limitó la capacidad del Ejecutivo estadounidense para restringir la importación o exportación de materiales informativos bajo leyes de emergencia económica. Su lógica era impedir que las sanciones se convirtieran en censura o bloqueo de ideas, publicaciones, datos y conocimiento.

Biotec era información en soporte físico. Internet es información en movimiento permanente. Ayer hablábamos de CD-ROM; hoy hablamos de nubes, repositorios, cursos en línea, bibliotecas digitales, inteligencia artificial, medios independientes y comunidades de aprendizaje.

Visto en retrospectiva, aquel episodio dice mucho del sistema cubano. La biotecnología era uno de los sectores donde Fidel Castro depositaba mayores expectativas estratégicas. Para ese campo sí se aceptaban el inglés, la circulación internacional, el mercado especializado, la relación con una empresa norteamericana y hasta el amparo jurídico de la Primera Enmienda. Eso demuestra que el poder entendía muy bien el valor de la información global. El límite no era tecnológico ni siquiera ideológico en sentido puro; era político: la información podía circular cuando fortalecía un proyecto estatal controlado desde arriba; pero se volvía peligrosa cuando podía fortalecer la autonomía de la sociedad. Biotec podía cruzar fronteras porque servía a una estrategia de Estado. Internet debía esperar porque podía convertirse en una estrategia de la sociedad.

Ahora aparece un dato de coyuntura: según reportes recientes, en contactos de abril de 2026 entre funcionarios de Estados Unidos y Cuba, la parte norteamericana incluyó entre sus propuestas permitir terminales Starlink en la Isla. Eso cambia la escala del debate. Starlink ya no sería solo una hipótesis tecnológica, sino una pieza de negociación geopolítica, informacional y cívica. No obstante, conviene ser precisos, en telecomunicaciones nada es realmente gratis. Si se habla de Internet «gratuito», alguien paga: un gobierno, una empresa, donantes, fundaciones o usuarios subsidiados. Lo democratizador sería que el acceso fuera gratuito o muy barato para el usuario final; pero quien paga la infraestructura puede terminar teniendo influencia sobre el interruptor.

Técnicamente, Starlink podría conectar municipios mediante terminales satelitales, routers y redes WiFi o mesh hacia bibliotecas, iglesias, mipymes, escuelas comunitarias, proyectos productivos y nodos barriales. Sin embargo, la clave no es la antena, es la arquitectura social. En Cuba, la horizontalidad tecnológica ha sido vista muchas veces como una amenaza. El Decreto-Ley 35 y normas asociadas consolidaron un fuerte marco de control estatal sobre telecomunicaciones y ciberseguridad. La experiencia de redes comunitarias como SNET(1) mostró que los cubanos ya habían creado formas locales de interconexión desde abajo. El reto de Starlink no sería únicamente que la señal llegue, sino que el Estado deje de criminalizar o domesticar esa horizontalidad.

Un Starlink estatal podría ser solo una mejora técnica dentro del mismo sistema de vigilancia; mientras que una red ciudadana y municipal podría abrir educación, economía local, comunicación familiar, emergencias, teletrabajo, agricultura, comercio y cooperación con la diáspora.

Aquí entra el concepto de «Ágora de la Cuba Transnacional». En la antigua Grecia, el ágora era la plaza pública, un espacio de encuentro, mercado, conversación y vida cívica. Traído al siglo XXI, el Ágora cubana sería una infraestructura cívica de información y cooperación entre la Isla, la diáspora, los municipios, las familias, profesionales, emprendedores, iglesias, bibliotecas y ciudadanos.

La Cuba Transnacional ya existe: remesas, WhatsApp, Facebook, llamadas familiares, proyectos, encuestas, asesorías, publicaciones y vínculos afectivos. Lo que falta es convertir esa existencia dispersa en capacidad organizada de aprendizaje, ayuda mutua y acción práctica. Starlink, o cualquier infraestructura semejante, podría ser la base física de ágoras municipales: nodos locales conectados con la Cuba Transnacional para compartir necesidades, recibir conocimientos, coordinar apoyos, verificar datos y discutir soluciones concretas.

La lección final es sencilla: Biotec fue información cubana en CD-ROM; Biomundi fue continuidad profesional; Starlink podría ser infraestructura para que millones de materiales informativos crucen hacia Cuba. Y el Ágora de la Cuba Transnacional podría convertir esa información en aprendizaje, cooperación y reconstrucción.

Las actuales autoridades cubanas deberían observar y analizar este precedente con serenidad. No como una anécdota nostálgica ni como una provocación política, sino como una lección estratégica nacida dentro de la propia experiencia institucional cubana. Cuando el país necesitó competir en biotecnología, permitió información global, idioma inglés, redes profesionales, distribución norteamericana, estándares internacionales y vínculos con mercados especializados. Esa misma lógica debería aplicarse ahora a la sociedad cubana, a sus municipios, emprendedores, agricultores, médicos, maestros, bibliotecas, jóvenes y familias.

El control absoluto de la información no produce soberanía, sino que genera obediencia, atraso y dependencia. La soberanía real necesita productividad, conocimiento, innovación, confianza, capacidad local y conexión con el mundo. Un país desconectado, empobrecido y dependiente de donaciones no es más soberano por repetir consignas. Es menos soberano porque pierde capacidad de decidir su propio destino. Cuba no será soberana si no logra ser competitiva.

La pregunta no es solo si Cuba tendrá Internet. La pregunta es qué tipo de país puede nacer alrededor de esa conexión: otra concesión administrada desde arriba, o una red de municipios conectados, productivos y capaces de aprender, cooperar y pensar por sí mismos. Tal vez la respuesta dependa de si logramos convertir la conexión en ágora imperfecta, conflictiva, cubana, transnacional y necesaria.

***

(1) Street Network (SNET): red comunitaria informal, construida «desde la calle», con antenas Wi-Fi, cables, routers y servidores locales. Fue una especie de intranet ciudadana: conectaba computadoras y barrios sin depender directamente de Internet global. Sirvió para juegos en red, foros, mensajería, intercambio de archivos, comunidades técnicas y sociabilidad digital local. Varias fuentes la describen como una red nacida por iniciativa de jóvenes cubanos, especialmente en La Habana, cuando el acceso a Internet era muy limitado o costoso.

Oscar Visiedo

Informático cubano. Exdirector del Centro para el Intercambio Automatizado de Información (CENIAI).

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