Una vez más el caso Marquitos. ¿Hasta cuándo?
Hoy me enviaron un escrito publicado en Facebook, en el perfil Har Ma Cas, que trata sobre el caso de Marcos Rodríguez, delator de Humboldt 7, lugar en que se escondían cuatro valiosos compañeros del Directorio Revolucionario (DR) ―Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, Juan Pedro Carbó Serviá y José Machado―, asesinados treinta y ocho días después del asalto al Palacio Presidencial, en 1957.
La tesis fundamental del post es poner en duda la autoría de la delación por parte de Marcos Rodríguez. Con tal fin, se argumenta que las técnicas modernas para hacer confesar a un detenido lo pueden conducir a declararse culpable y hasta de inventar historias coherentes sobre un hecho. Y no discuto que esto sea más cierto que el hecho de que la tierra gire alrededor del sol; sin embargo, qué pena que su autor no haya hecho bien la tarea al indagar acerca del doloroso acontecimiento que estremeció la ciudad de La Habana en la Semana Santa de 1957.
Al margen de la admiración y el respeto que sentía por los cuatro jóvenes asesinados esa tarde de abril, el suceso en cuestión me toca de cerca, más de lo que quisiera: fui yo quien asiló al delator en la embajada de Brasil varias horas después de la masacre ocasionada por las fuerzas represivas de Batista, encabezadas por Esteban Ventura Novo. Una compañera de las Mujeres Martianas me pidió que lo asilara, pues se trataba de alguien que había escapado de aquel infierno, según publicó la prensa. ¿Tomaron nota de esto último? La prensa, de acuerdo a lo declarado por las autoridades que habían participado en el hecho sangriento, declaró que del lugar habían escapado Pérez Cowley y Marcos Rodríguez.
Que el nombre de Pérez Cowley saliera a la luz era elemental, ya que el apartamento de Humboldt 7 estaba alquilado a su nombre; pero a Marcos Rodríguez no se le podía vincular a los asesinados, puesto que no tenían los mismos criterios sobre la manera de derrocar a Batista ni se relacionaban entre sí. ¿De dónde salió entonces el nombre de Marcos Rodríguez?
Por razones que no voy a explicar, me tocó esperar una hora, conversando con Marcos Rodríguez, sentada en un banco frente a la Alianza Francesa, hasta que el embajador brasileño, Leitao Da Silva, salió de su residencia, sita en la esquina de la acera de enfrente, a buscarlo, y se lo entregué.
Fue durante aquella hora, y por boca suya, que escuché por primera vez la palabra «delación», pues acusó repetidamente a Pérez Cowley de ser un delator. Pude haber olvidado esa historia, como tantas otras que preferíamos no recordar por si caíamos presas algún día con los esbirros de aquella dictadura, cuyos métodos para obtener información, no tan modernos, eran mucho más brutales que los que describe el autor del texto en el período posterior.
No obstante, resultó que no lo pudiera olvidar del todo por un incidente acaecido al año siguiente en Caracas, que me hizo grabar para siempre la conversación de esa tarde noche en la calle G del Vedado habanero. Mi padre había sufrido un accidente que lo dejó muy limitado para moverse, y yo, recién casada con Germán Amado Blanco en el exilio, México, me trasladé con mi esposo a Venezuela para atenderlo en la casa de un miembro del Partido Acción Democrática (ADECO), en que lo habían refugiado hasta que pudiera curarse.
Cada día recibía la visita de compañeros de la Triple A, del Movimiento 26 de julio y del DR que iban a verlo y a intercambiar opiniones. Hasta allí llegaron Marta Jiménez, viuda de Fructuoso Rodríguez, uno de los asesinados, y Guillermo Jiménez, dirigente del Directorio. Recuerdo que mi padre se interesó en conocer cómo había sido la muerte de Eduardo García Lavandero, ocurrida hacía muy poco, y después preguntó si se sabía quién había sido el delator de Humboldt 7.
La respuesta inmediata fue: Marcos Rodríguez. Yo salté de mi asiento y conté que lo había asilado. Jiménez relató todas las posibilidades que habían manejado y descartado por no ser posibles. Refirió asimismo un reciente encuentro casual que había tenido con Marquitos en el aeropuerto de Panamá. Ahí pudo constatar las incoherencias y el nerviosismo que mostró al intentar explicar de dónde había sacado el dinero para ir a la Argentina a ver a la novia de Joe, uno de los masacrados en Humboldt 7, que residía en aquel país.
Otros compañeros del DR, desde Costa Rica, habían detectado la cercanía de Marcos Rodríguez con el consulado cubano en San José, y su conducta extraña cuando se hablaba del hecho, además de lo ilógico de la publicación de su supuesta fuga del apartamento de Humboldt. La sospecha del DR sobre el nombre del traidor ya era conocida en todo el exilio.
No obstante, en México, Edith García Buchaca y su esposo Joaquín Ordoqui, dirigentes comunistas del Partido Socialista Popular, acogieron a Marcos como a alguien muy querido y lo defendieron, argumentando que el Directorio «la había cogido con él». Vergonzosa explicación. No escucharon al DR, ni les importó el criterio que podían tener.
-II-
Desde México, el matrimonio intentó encontrarle una beca para Checoslovaquia usando las relaciones que Alfredo Guevara tenía en esa embajada. Joaquín incluso solicitó el ingreso de Marcos Rodríguez al partido sin que este hubiera sido, como le correspondía por su edad, militante de la Juventud Socialista. A pesar de ellos, fue aprobado en Cuba.
Durante su exilio en México, la pareja fue visitada por el capitán José Castaño, jefe de Inteligencia y Operaciones del BRAC (Buró de Represión de Actividades Comunistas) en Cuba. La extraña visita no fue informada a su partido, como hubiera correspondido.
Al llegar el primero de enero del 59, ellos regresaron, pero dejaron a Marquitos en su apartamento, y no fue sino hasta el 28 de enero que le pidieron que volviera, cuando ya tenían una idea del lugar que ocupaban en la dirección del país. Edith, incluso, había viajado de nuevo a México acompañando a Vilma Espín como parte de la delegación a un evento femenino internacional. Para que no se diga que no había suficientes lugares en los vuelos de regreso a Cuba. Hacía rato se había resuelto el regreso de todos los exiliados, excepto los que no estaban interesados en hacerlo… y Marcos Rodríguez.
-III-
Ya en Cuba, el DR le pidió a Camilo que detuvieran a Marcos Rodríguez, porque estaban convencidos de su culpabilidad. Marta Jiménez y Julio García Olivera habían logrado su identificación por parte de dos de los sicarios de Ventura que fueron testigos de la delación. Solicitaron que no se les juzgara y fusilara hasta no haber enjuiciado a Marquitos; sin embargo, los fusilaron sin atender la petición.
Joaquín Ordoqui intervino entonces pidiendo que Marquitos fuera dejado en libertad por falta de pruebas, y así ocurrió. Poco tiempo después se actualizó su solicitud de beca a Checoslovaquia y partió hacia Praga.
-IV-
En Praga estableció una estrecha relación con la embajada cubana. Se hizo novio de la hija del embajador y participó como intérprete en cuánta delegación importante pasó por allí proveniente de la Isla.
Mientras, se había evidenciado que Leitao Costa Da Silva ―el embajador brasileño que le diera asilo político en La Habana a Marcos― era, junto a su esposa, agente de la CIA. Ella fue la que, según declaró en su libro Juanita Castro, hermana de Fidel, la reclutó en México y la vinculó con esa organización. Pues ese señor estaba en la sede de Brasil en París y se detectó una información que le envió a Marcos Rodríguez para que abandonara Praga. Ya había ocurrido un cambio de embajador en esa ciudad y el nuevo era Raúl Roa Kourí.
También los cuerpos de seguridad checos conocieron los vínculos de Marcos con la embajada norteamericana en Praga. Resultado: los checos lo detuvieron como sospechoso de ser agente de la CIA en enero de 1961, y un famoso oficial de la KGB lo trasladó preso a Cuba. Como pueden constatar, estos acontecimientos no tienen nada que ver con la delación de Humboldt 7. No fueron los cubanos, sino los checos y los soviéticos, los que lo trajeron para Cuba con carácter de detenido. Aquí estuvo preso más de tres años, no lo puedo precisar, pero ese es más o menos el tiempo. Todo un gran secreto, como es costumbre.
-V-
Debo retomar otra vez a Joaquín Ordoqui para intentar explicarme con alguna coherencia. En diciembre de 1962 le fue otorgado el grado de comandante y el puesto de viceministro de las FAR, a cargo de los abastecimientos de toda la institución. Debía conocer con exactitud dónde estaba cada unidad para enviarle avituallamientos. Asimismo, había participado antes en las delegaciones que en Moscú decidieron el emplazamiento de cohetes nucleares en la Isla, y que motivó la crisis de los misiles en octubre de ese año. Edith, por su parte, era dirigente en el Consejo Nacional de Cultura.
Es interesante conocer las responsabilidades de Joaquín a partir del vínculo tan estrecho que mantuvo con Marquitos. Se sabe que hasta Fidel participó en los interrogatorios, porque en algún momento de ellos Marcos le contó que en México le había confesado a Edith su responsabilidad en la delación de Humbolt 7. Según declaró, quería saber si a un militante se le perdonaba algún error grave; ella le había dicho que sí y puesto algunos ejemplos, creo recordar que de China.
Todo ello salió en la segunda vista del juicio, por eso lo conozco, pero aceptando y negando esto, Edith quedaba mal parada. Al punto de que Fidel salió a defenderla con una frase que se hizo famosa: «Entre la palabra de un traidor y la de un revolucionario, hay que creer en la del revolucionario».
Pero todo esto es folklore. Honestamente no creo que tuvieran a Marquitos preso por Humboldt 7, sino por su posible trabajo como agente de la CIA y por sus vínculos con el matrimonio Ordoqui. Esto último era, en mi opinión, lo fundamental para Fidel. La delación podía ser la excusa; la investigación relacionada con Joaquín la verdadera causa.
No obstante, los que habían sido dirigentes del DR comenzaron a presionar para celebrar un juicio, sobre todo a partir de septiembre de 1963, en que conocieron el contenido de la carta enviada por Marcos Rodríguez a Ordoqui para que intercediera por él y lo sacara de prisión, misiva que contenía un evidente chantaje. Copias del referido documento fueron a parar a manos de Faure Chomón y del propio Fidel.
El juicio comenzó el 13 de marzo de 1964, pero se celebró muy discretamente. Ante el hecho de que en él no fueran señalados miembros del PSP como cómplices de la delación, Faure y los compañeros del DR presionaron para que se hiciera público el vínculo de Marquitos con Joaquín y Edith. Con ese objetivo, Faure publicó una carta en el órgano de prensa del DR, y Fidel, molesto, ordenó, en otra nota aparecida en la prensa, que el juicio se hiciera de nuevo. Como resultado, se celebró una segunda vista el 23 de marzo, apenas diez días después, que en esta ocasión fue seguida por la prensa, la radio y la televisión.
Si lo que creo es cierto, a Fidel le debe haber sabido muy mal la presión, que ya era pública. Le estaban espantando la paloma, que era realmente la razón por la que continuaba detenido Marcos Rodríguez. Creo que estaba buscando pruebas para inculpar a Joaquín y a Edith, y tal vez a algunos más. Parece evidente que del resto que estoy explicando, en aquel momento ningún miembro del Directorio tenía idea. Ni nosotros tampoco. Los secretos no se divulgan a veces ni cuando todo se conoce. Ahí está el caso reciente de Alejandro Gil.
Fidel ordenó, bajo presión, abrir el caso y soltó la otra famosa frase, para defender abiertamente sobre todo a Edith: «La revolución, como Saturno, no va a devorar a sus propios hijos». En mi opinión, el segundo juicio fue una puesta en escena. Cierto que no los puede devorar, primero tiene que asarlos al vapor, y con mantequilla.
El juicio público, claro que era por la delación de Humboldt 7, de la que finalmente se le declaró culpable y que, para los combatientes, había que llevarlo a sus últimas consecuencias pensando en el hecho vergonzoso de los asesinados en ese edificio oscuro de una calle habanera. Marquitos fue condenado a muerte por fusilamiento, lo que acaeció el 19 de abril de 1964.
Unos meses después, Joaquín Ordoqui y Edith García Buchaca fueron detenidos, acusados de traición. Dos figuras con una historia de vida increíble y relaciones personales importantes. Edith había sido la primera esposa de Carlos Rafael Rodríguez, con el que tuvo dos hijas. Una vive en España y la otra fue la esposa del general Julio Casas Regueiro. Al levantar la paloma, no se pudo comprobar la culpa de Joaquín como agente, ni la de Edith. Él murió de cáncer en una finca donde estaban confinados, sin que lo liberaran de los cargos, pero sin haberlo juzgado.
Es una historia con mucha cola, y el papalote que la carga tiene una gigantesca bandera cubana. Menos mal que el bloqueo no ha tenido nada que ver con ella. Ahí la tienen, para que piensen con sus propias cabezas. Yo puedo estar equivocada y que realmente ese juicio fuera espontáneo y efectivamente para juzgar al traidor que entregó a cuatro excelentes compañeros que estaban dispuestos a dar su vida por la patria y por el bienestar de este pueblo.
Así duele más, no solo la muerte de ellos, sino la muerte lenta que está viviendo este pueblo que ni siquiera conoce bien su propia historia. Espero que esta sea la última vez que abordo, a partir de mi experiencia, el caso Marquitos y la masacre que provocó su delación. Un buen amigo, compañero de las luchas de entonces, ya fallecido, comentó hace años que es penoso ver que por los extraños vericuetos dentro de los que se desarrolló este acontecimiento, el pueblo cubano conoce mucho más sobre el traidor que sobre la fructífera existencia de Fructuoso, Machadito, Juan Pedro y Joe; los mártires de Humboldt 7.
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Imagen principal: ErnestoMiami.