El triángulo de la «descastrificación» para la reconstrucción cubana

La noticia de que, tras treinta años del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate donde murieron cuatro personas, Raúl Castro podría sentarse en el banquillo de los acusados, ha hecho que muchos sientan que con ello puede comenzar a cerrarse un ciclo.

La improbable imagen del anciano general siendo procesado se antoja poderosa como recurso de marketing político que aboga por el renacimiento nacional luego de casi siete décadas de dictadura. No obstante, si de algún modo ocurriera ese hecho, sería del todo insuficiente, porque la restauración no depende únicamente de impartir justicia sobre los responsables del daño, sino que exige, además, un meticuloso trabajo de reconstrucción enfocado en los millones de cubanos a quienes el sistema moldeó, para mal en muchos sentidos, durante décadas.

No seríamos los primeros en emprender una misión así, existen numerosos y significativos precedentes. Los juicios de Núremberg sentaron un hito jurídico universal, pero no «sanaron» a Alemania; la transformación profunda de aquella sociedad vino después y por otras vías, las que los propios alemanes condensaron en la impronunciable Vergangenheitsbewältigung, algo así como «hacer frente al pasado». Análogo, aunque con suertes desiguales, fue lo que intentaron los países del antiguo bloque soviético bajo el rótulo de descomunistización, que abarcó la lustración de antiguos cuadros, la apertura de los archivos de la policía política, la prohibición de símbolos del régimen, la revisión de manuales escolares, etc.

Salvando las enormes diferencias entre el nazismo, el comunismo soviético y el castrismo en cuanto a duración, naturaleza, escala, proyecto y consecuencias, la lección es que ninguna sociedad sale de un pasado totalitario únicamente por la puerta de los tribunales, ni siquiera por la de procesos democráticos, como elecciones o constituyentes. Tales pasos son absolutamente centrales, pero insuficientes por sí solos. Ello se explica si tenemos en cuenta que el castrismo trascendió lo que entendemos por un régimen represivo para ser, desde sus inicios, un muy bien diseñado proyecto antropológico.

Para la creación del llamado «hombre nuevo», que hoy vive en La Habana y Santiago de Cuba, pero también en Miami, Madrid y Ciudad de México, el sistema desmontó con meticulosidad quirúrgica lo que había. Arrancó a los adolescentes de sus casas y los envió al servicio militar o a escuelas en el campo, donde el vínculo familiar se diluía a propósito y la lealtad primaria se desplazaba hacia el Estado; desmanteló la vida rural, que era urdimbre profunda de cubanía aun en su terrible pobreza; persiguió o folclorizó tradiciones religiosas, católicas y afrocubanas por igual, según le conviniera, hasta vaciarlas de su sustancia; y arrasó con la industria azucarera, que no era solamente una rama económica, sino un pilar de identidad.

En paralelo, mientras desmontaba, edificaba. Instaló en la cabeza de generaciones enteras una gramática binaria basada en la idea de «con la Revolución, todo; contra la Revolución, nada», que no admite matiz y propició una organización del mundo en un «dentro» y un «fuera» permanentemente antagónicos que convirtió cualquier disenso en traición personal. Esa narrativa, que vemos incluso en figuras que abogan por la «democracia», no desaparecerá el día en que caiga el régimen, porque sobrevive en quien la padeció y, paradójicamente, también en muchos de quienes la combaten.

Por eso es indispensable pensar la transición en otro registro. La sentencia que algún día se imponga a los responsables, llegue por la vía que llegue, necesitará ir acompañada de un proceso profundo, lento y de resultado difícil de avizorar, dirigido a la sociedad misma. Esta «descastrificación» debería partir de la idea de que la libertad recobrada no se sostiene si quienes la han de habitar siguen alimentados por dentro con los reflejos del régimen anterior. Tal proceso descansa, a mi juicio, en lo que podemos llamar un triángulo de reconstrucción ciudadana, cuyos tres vértices solo funcionan si se sostienen entre sí.

El primero busca el desmontaje interior, la sepultura del nefasto «hombre nuevo». Debemos reconocer las respuestas automáticas que el totalitarismo nos instaló y que todos, de algún modo, tenemos en parte: la sospecha al otro, el doble lenguaje, la autocensura preventiva, la casi adoración de determinadas figuras políticas y una lealtad a ellas que termina siendo obsesión religiosa, la conversión instintiva del adversario en enemigo. Ninguna de estas respuestas es casual, todas obedecían a un diseño. Identificarlas es la primera condición para no reproducirlas, pero el desmontaje requiere, como en un proceso de desintoxicación, reconocimiento personal, conversación de los cubanos en un espacio público que durante setenta años no hemos tenido, y trabajo con la memoria colectiva.

El segundo vértice es la recuperación del sustento espiritual. Hay que sustituir por algo bueno lo malo que se desmonta, para tener anclajes que nos sostengan. Cuba dispone, afortunadamente, de una tradición civilista propia que el régimen no borró del todo, cuya línea va de Varela y Luz y Caballero hasta Martí, los constitucionalistas de Guáimaro y de 1940, las generaciones del 30 y del 50, así como otras de nueva incorporación. Las figuras que recorren esa línea entendieron que el ejercicio de la ciudadanía es un deber moral antes que un cálculo interesado. Recuperarla implica reconocer que existió un modo cubano de pensar y vivir la libertad, y que ese modo es nuestro punto de partida natural.

A este sustrato hay que sumar el rico tejido religioso ―en sus formas católica, evangélica y afrocubana―, y comunitario, entendido como cuerpos intermedios a los que Burke llama «sitios de descanso» que dan sentido a la vida común y sin los cuales el individuo queda inerme frente al poder.

El tercer vértice es la educación cívica, sobre la que he escrito en varias ocasiones y a la que ahora regreso para ubicarla en su sitio dentro de un corpus mayor. La formación de ciudadanos —saber qué es una constitución, cómo se vota, cómo se discrepa, cómo se gestiona— es el vértice más visible del triángulo, pero también el que menos puede sostenerse en solitario. Por un lado, sin el desmontaje interior, la educación cívica es vocabulario añadido sobre estructuras mentales intactas, y los antiguos reflejos terminarán reorganizando el contenido nuevo. Por otro, sin la recuperación del sustento espiritual, queda reducida a procedimiento, manual sin alma listo para ser dominado por el primer demagogo con buen oído y labia filosa.

Los tres vértices son simultáneos y se necesitan: sin justicia hacia los responsables, falta verdad; sin desmontaje interior del llamado «hombre nuevo», los hábitos del régimen sobreviven a su caída; sin tradición que la sostenga, la ciudadanía flota como barco sin amarras; y sin educación cívica, simplemente no hay ejercicio democrático posible.

Del mismo modo que la destrucción de la nación cubana no tuvo como escenario un tribunal ni una asamblea, la verdadera reconstrucción tampoco lo tendrá. Ocurrirá durante muchos años, en miles de conversaciones difíciles dentro de cada familia, barrio, institución y escuela y, sobre todo, dentro de cada cubano que tenga el coraje de mirar y reconocer lo que el régimen hizo de él, y la valentía y paciencia de empezar a deshacerlo.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC. 

José Manuel González Rubines

Investigador, periodista, y profesor. Máster en Democracia y Buen Gobierno por la Universidad de Salamanca.

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