El Estado cubano contra sus propios fines
Más allá de múltiples señales anteriores, como para despejar cualquier duda remanente, las contramedidas del Estado cubano ante el actual cerco externo revelan, que a quienes dirigen les importa un bledo el pueblo y persiguen únicamente la supervivencia al mando de un régimen que ha destruido un país sin disparar un arma. ¡No, no es exageración!
– I –
El carácter dictatorial de la Constitución de 2019
Aclaremos primero, una vez más, el carácter dictatorial del sistema establecido por la Constitución vigente.
El artículo 1 de la Constitución de 2019 —sí, la misma que escribieron ellos, por ellos y para ellos— declara que «Cuba es un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, (...) organizado con todos y para el bien de todos…», mientras que el artículo 3 establece: «la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, del cual dimana todo el poder», que ejerce a través del Estado.
No hay que avanzar mucho leyendo la norma para encontrar las primeras evidencias. El artículo 5 transfiere la soberanía popular declarada en el artículo 3 a un único partido político, al otorgarle la categoría de fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado. En resumen: el Estado tiene un jefe real (el partido único) y otro de mentirita (el pueblo).
Al concentrarse el poder de decidir el destino de todo —y de todos— en un grupo pequeño de personas, no existe separación de los poderes del Estado, ni inclusión de todos, ni garantías de derechos para todos, anulando de facto el carácter democrático y la base fundacional del propio Estado que refiere el artículo 1. Todo ello coincide con la definición de «dictadura» de la Real Academia de la Lengua Española.
¿Que fue aprobada por una amplia mayoría de los cubanos? A estas alturas tengo mis dudas, pero ese no es el tema de este texto. Lo cierto es, que siete años después, el contexto es diferente y esos niveles de aprobación pueden no ser los mismos. Tampoco hay evidencias públicas de la realización de encuestas de opinión al respecto, mucho menos de un plebiscito que intentara averiguarlo.
– II –
Las funciones del Estado
El artículo 13 de la Constitución define, como fines esenciales del Estado, fortalecer la unidad nacional, mantener la independencia, la integridad, la soberanía de la patria y la seguridad nacional, garantizar la igualdad efectiva en el ejercicio de los derechos, asegurar la prosperidad individual y colectiva, afianzar la ideología y la ética socialista y elevar los niveles de equidad y justicia social; entre otros.
En otras palabras, el Estado —o con más exactitud, su jefe, el partido único— es responsable de garantizar todos los derechos (libertad, seguridad, dignidad, propiedad, etc.) y la prosperidad para todos, con independencia de las ideas individuales, evitar a toda costa el sacrificio del pueblo y protegerlo de cualquier amenaza, interna o externa, natural o artificial.
No se necesitan muchos ejemplos para demostrar que el Estado no ha logrado satisfacer los fines declarados. Por cierto, ha hecho más para incumplirlos que para lograrlos. Dicho como no gusta a los dictadores: ha fallado como Estado.
En analogía con la pelota —donde gana el equipo y pierde el director— el fallo del Estado cubano es responsabilidad de quienes han estado al mando del partido único, como jefe constitucional de todo cuanto se mueve.
¡Ahora sí vamos al pollo!
– III –
Drásticos recortes de servicios básicos
Cuando ocurrieron los primeros fallos totales del SEN, el primer servicio básico afectado fue la educación, incluso en los niveles hasta el pre universitario, que se suponen menos dependientes del servicio eléctrico. Y habrá quien diga: «no, pero las teleclases…». Para nadie es un secreto que ese sistema de enseñanza fue un fiasco, a pesar del avance tecnológico que pudo haber representado.
En el «paquetazo» resultante de las actuales condiciones, incluso los servicios médicos serán reducidos drásticamente, además del transporte, la electricidad y otro montón más. Por cierto, me pregunto cómo prevén mantener las comunicaciones, si hoy ya desaparece el servicio de telefonía fija en algunas zonas apenas cortan la electricidad.
Cuando un Estado escoge recortar o eliminar servicios básicos como si no hubiera otras opciones, está decidiendo contra el pueblo. No lo protege; solo administra su precariedad como garantía para conservar los privilegios de quienes ostentan el poder. El Estado que antepone su ideología a la vida misma, no solo irrespeta al pueblo, lo desprecia.
La narrativa de justificación representa algo así como: «¿Vieron? Por culpa de los malos, no queda otra que apretarse los zapatos». ¡Falso! ¡Sí hay otras opciones! Pudieran empezar por soltar el monopolio. Desde hace mucho, se sabe que el embargo —ahora bloqueo real— estaba dirigido a las empresas estatales y a las «privadas con fachada de estatales», o viceversa, pero jamás soltaron prenda y no tienen intenciones de hacerlo.
No es digno andar por el mundo mendigando migajas cuando hay otras formas de solucionar los problemas. Mientras tanto, ¿dónde queda la prosperidad individual y colectiva que promete el artículo 13?
– IV –
La defensa como prioridad
Es un secreto a voces que el ejército de EE.UU. supera con creces en todo al de Cuba. A sabiendas de su incapacidad para sobrevivir al primer «leñazo», la retórica bélica inunda discursos guaposos que apelan a la «guerra de todo el pueblo» como estrategia y táctica de resistencia.
¡Y mire usted qué curioso! Tanto que se apela al derecho internacional y resulta que esa doctrina choca frontalmente con los tratados internacionales sobre protección de civiles en conflictos armados (como los Convenios de Ginebra), que establecen que la población no combatiente debe ser protegida, no utilizada como recurso militar.
El Estado que se declara listo para enfrentar a Washington, prevé hacerlo convirtiendo al pueblo en carne de cañón. ¿Dónde queda el derecho a la vida que deben garantizar el Estado y su jefe real?
¡Pero no se queda ahí! Después de haber destruido el país y dilapidado créditos millonarios —vaya usted a saber en qué—, lo poco que queda se usa para la preparación de ese «ejército de todo el pueblo». Sin vergüenza alguna muestran imágenes en televisión que, lejos de provocar empatía, solidaridad u orgullo; son fuente de inspiración para memes.
Barrio adentro, quien puede, prioriza desesperadamente abastecer su despensa —como quien se prepara para el paso de un huracán— con la ilusión, o la certeza, de que no habrá agresión, o las operaciones militares, si las hubiera, serán quirúrgicas.
Yendo a la génesis de la situación actual, diferendo histórico aparte, Cuba mantiene una política exterior incoherente:
Apoya unas guerras de conquista y condena otras, dependiendo de filiaciones ideológicas e intereses geopolíticos ajenos y económicos propios, agudizando conflictos y creando nuevas rencillas.
La libre entrada a Nicaragua —que provocó la mayor ola migratoria de cubanos— obviamente fue una decisión negociada. Ningún Estado es tan «amable» para decidir algo así por cuenta propia. Al tiempo que quitaba presión a la olla y sentaba las bases para una diáspora «cooperadora», creó una crisis migratoria también para el país receptor, propició el florecimiento de redes de tráfico de personas y quién sabe cuántos espías logró ingresar a EE.UU en esa jugada.
Asesores de inteligencia y hasta cuerpos de seguridad personal cubanos pululan en varias partes del mundo. La más reciente «explosión» al respecto ocurrió el pasado 3 de enero, cuando una treintena de cubanos —que «no estaban allí», según el discurso oficial— perdió la vida; no en acto heroico, sino por una decisión irresponsable del Estado cubano totalmente a espaldas del pueblo.
Entonces, no se puede esperar rosas de aquellos a quienes regalas espinas.
Estas incoherencias en política exterior no fortalecen la seguridad nacional; la comprometen. Al apoyar unas guerras y condenar otras según conveniencia ideológica, el Estado se gana enemigos gratuitos y expone al país a represalias. El fomento de redes criminales internacionales —intencionado o no— puso en riesgo tanto la integridad interna como la imagen externa. Al exportar asesores y custodios a conflictos ajenos, desvía recursos vitales y expone vidas cubanas en escenarios donde no se defiende la patria, sino intereses ajenos o propios, nunca los del pueblo.
Todo ello contradice el artículo 13 de la Constitución, que obliga a «mantener la independencia, la integridad y la soberanía de la patria». En vez de protegerla, la empeñan en alianzas y decisiones irresponsables que comprometen vidas cubanas en conflictos ajenos, convirtiendo la seguridad nacional en un concepto vacío.
Dentro de fronteras, la apertura del canal migratorio a través de Nicaragua fue un atentado exitoso contra la unidad nacional. El éxodo masivo resultante dividió familias, desechó fuerza laboral capacitada, envejeció la población, precarizó la vida de quienes quedaron, y prácticamente sepultó la incipiente cohesión social. El artículo 13 habla de fortalecer la unidad, pero el Estado la sacrificó en favor de su supervivencia política.
En resumen, el régimen expone al pueblo, mientras asegura su permanencia. Y eso, dicho sin rodeos, es desprecio.
– V –
Asegurar el orden interior
La historia muestra el aumento de la criminalidad en contextos de conflictos bélicos. Pero en Cuba, para quienes ostentan el poder, el orden interior fue, es y será la obediencia acrítica. En consecuencia, aún sin declaración formal de un estado de guerra, se intensificó la represión al disenso después del 3 de enero de 2026, incluso antes de que EE.UU. enfilara su fuerza hacia la Isla.
Ni siquiera se trata de reprimir manifestaciones masivas en las calles. Con el supuesto pretexto de «propaganda enemiga», o «contra el orden constitucional», detienen a las personas en plena vía pública o en sus casas; las citan, interrogan, amenazan y «advierten»; les impiden moverse libremente o les fabrican procesos penales.
Y todavía tienen la desfachatez de asegurar en TV que en Cuba no se persigue a los opositores. ¡Nada, mitomanía en pleno apogeo!
El mismo Estado que expresa disposición para dialogar con su enemigo externo, convierte la crítica de sus ciudadanos en amenaza para fabricar un orden interior ficticio. Presume paz interior, mientras elimina las voces disidentes del espacio público, forzando una falsa calma a base de mordaza.
El Estado encargado de fortalecer la unidad nacional y garantizar el disfrute igual de los derechos individuales, es incapaz de reconocer el derecho de todos a pensar por sí mismos y decirlo, a luchar por aquello en lo que cree. Tampoco reconoce que quienes abogan por un orden diferente también son cubanos, parte de ese soberano del artículo 3 de la Constitución, cuyo artículo 5 convierte en jefe de cartón. En realidad, solo pretende imponer la ideología que dice profesar el jefe real, y que muy poco practica.
Con los recursos que dedican a perseguir opositores, pudieran recoger los enormes basurales que abundan en las calles, o garantizar el transporte de pacientes, incluso, los hace ya mucho tiempo deteriorados servicios necrológicos.
En lugar de perseguir opositores y reclamar un diálogo entre iguales sobre la base del respeto mutuo hacia afuera, deberían garantizar un diálogo nacional —no las farsas organizadas después del 11J, sino uno de verdad—, reconocer su responsabilidad en la debacle que vive Cuba, borrar el unipartidismo de la Constitución y disputar su permanencia en el poder en elecciones libres. ¡Eso haría un Estado al que le importa su pueblo!
Pero no. Eso está fuera de sus «planes estratégicos» porque, obviamente, pone en riesgo su permanencia en el poder.
– VI –
El hábito de mentir
Conocido técnicamente como mitomanía, el hábito de mentir se concibe como un trastorno de la personalidad. El Estado cubano no solo es poco transparente, sino que se inventa mentiras que ni ellos mismos creen. Auto victimización y apoyo popular se muestran como los puntos clave a simular comunicando en lenguaje de manada. Incluso llegan al extremo de involucrar a todo el pueblo, sin siquiera informarle.
Muchos son los ejemplos en sesenta y pico de años. En acápites anteriores se aludió a un par de ellos, pero el que se expone a continuación es el diamante del joyero, un tres en uno, ¡vaya!
En entrevista concedida a la CNN, el jefe de la sección de EE.UU. del MINREX mantuvo que no había presencia militar de Cuba en Venezuela, porque no había regimientos, batallones, ni tecnología militar cubana; sino solo un servicio de seguridad personal pagado por el Estado cubano y que el pueblo cubano lo apoyaba y estaba orgulloso de ello.
Para empezar, según cifras oficiales, treinta y dos fueron las víctimas fatales de la operación militar del 3 de enero en Venezuela, y las «malas lenguas» dijeron que también hubo prisioneros. Sin contar todo el aparato de espionaje incorporado en las misiones técnicas, solamente esos treinta y dos representan un pelotón de tres escuadras de diez soldados cada una y sus jefes. ¡Fin de esta mentira! Además, jamás dirán la verdad por voluntad propia.
¿Un servicio extranjero al Presidente de un país, pagado por quien lo provee habiendo otros mejor dotados y preparados, siendo Venezuela la teta de turno? ¡Ni hablar!
Para colmo, el pueblo cubano apoyó y estaba orgulloso de algo que ni siquiera sabía, convirtiendo la mentira en orgullo nacional. ¡Final!
Otro ejemplo reciente es la férrea negación de conversaciones entre Cuba y EE.UU. Trump dice que hay, Díaz Canel lo niega, y medios de prensa extranjeros reportan encuentros de Alejandro Castro Espín, o de su sobrino Raúl Guillermo Rodríguez Castro (el Cangrejo), con alguien aún no expuesto públicamente, o con Marcos Rubio, para negociar algo que aún está en estado de especulación. Por fin, ¿la chiva, o los veinte pesos? Mientras tanto, la prensa oficial cubana, en su incapacidad de hacer periodismo, se queda con la versión reducida que aporta el poder.
En el actual contexto, la mentira más despiadada es vender ese paquetazo de contramedidas como la única forma de salvación posible. Puede que para ellos funcione; y si no, pues escapan y ya. Pero para el pueblo no dejan alternativas.
Mentir, especialmente si se hace de forma descarada, es muestra de irrespeto a la inteligencia ajena. Cuando ni siquiera importa si la mentira resulta creíble, es una muestra de total desprecio hacia las personas, que aumenta en la medida en que se torna habitual.
Un Estado al que le importa el pueblo, no le oculta información; mucho menos le miente. Pero, cuando su sobrevivencia es lo principal, decir la verdad resulta peligroso, en especial, si saben que generará rechazo. Lo gracioso es que se justifican con la seguridad nacional, mientras la ponen en el horno. Para quienes dirigen, mentir habitualmente, más que un trastorno de la personalidad, es un deporte, una herramienta usada conscientemente para atornillarse al poder.
Mentir, reprimir y exponer al pueblo: ese es el verdadero plan estratégico. No es seguridad nacional; es supervivencia del poder.
– VII –
¿Qué haría un Estado que respeta y protege a sus ciudadanos?
Además de lo mencionado en acápites anteriores, un Estado que respeta, aprecia y protege a sus ciudadanos, como mínimo:
En lugar de limitar servicios básicos, suelta el monopolio de todo, y elimina las absurdas prohibiciones de actividades económicas en el sector privado, como la generación y distribución de electricidad, la importación y comercialización de combustibles fósiles, las telecomunicaciones, la educación, la importación con fines comerciales, entre muchos otros. Es decir, libera las fuerzas productivas.
En lugar de forzar la unidad nacional en torno a una «ideología», elimina el sistema de partido único y, con ello, el detestable derecho del artículo 4 de la Constitución (si pudieron cambiar la edad del Presidente de un plumazo, pueden hacer esto también), y disputa su acceso al poder en elecciones libres y transparentes. Es decir, respeta la pluralidad que caracteriza a cualquier sociedad. Es más, en el actual estado de las cosas, convocaría una Asamblea Constituyente que garantice la independencia de los poderes del Estado.
No desperdicia el talento humano generando éxodos masivos, ni inventando delitos para encarcelar opositores.
En lugar de buscar «dialogar» con Washington, impulsa y mantiene activos mecanismos que aseguren un verdadero diálogo nacional.
En lugar de asegurar que goza de apoyo popular y hablar de resistencia creativa, le pregunta al pueblo, en plebiscito transparente, si está dispuesto a desperdiciar la única vida que tiene defendiendo algo que lo ningunea.
Protege a la población como civiles, no la expone como carne de cañón, cumpliendo los tratados internacionales y anteponiendo el derecho a la vida y la seguridad a la retórica militar.
Asegura la libertad de prensa, en lugar de perseguir a los periodistas.
Aplica el derecho internacional de manera coherente y no transfiere al pueblo la responsabilidad por sus decisiones en política exterior.
Actúa con total transparencia y, sobre todo, no miente descaradamente.
Nada de lo anterior depende de una agenda extranjera, sino de la voluntad de los cubanos. Nada de esto traiciona al pueblo; al contrario, le ofrece las oportunidades que por años le han negado.
En resumen, un gobierno al que importa su pueblo no administra precariedad ni fabrica mitos: construye confianza, protege lo esencial y abre espacio a la crítica como motor de mejora. En otras palabras, cuando la prioridad es el pueblo, las políticas se diseñan para sostenerlo. En cambio, si la prioridad es el poder, las políticas se diseñan contra la ciudadanía.
Y ese es el significado del paquetazo de turno. Similar a las políticas de austeridad que tanto se ha criticado a otros gobiernos, y que llevan años avanzando en Cuba — aún sin cañones enfilados—, convierte una amenaza para la sobrevivencia del régimen en una agresión directa contra el pueblo. De paso, asumiendo el papel de víctima, busca recuperar el apoyo internacional, dañado por los más recientes escándalos y el aumento de denuncias sobre sus violaciones de los derechos humanos.
Lo que se decide en nombre de la defensa de la soberanía, dramatiza un estado de guerra, más teatral que militar, mientras refuerza la narrativa de inseguridad interna. Con ello, justifican la militarización de las calles y, al mismo tiempo, buscan proyectar firmeza hacia afuera. Irónicamente, mientras se declara disposición para enfrentar a Washington, se invisibiliza la guerra cotidiana contra la ciudadanía: desabastecimiento, apagones, represión.
Cada acción del Estado aporta menos a la consecución de los fines declarados en el artículo 13. En vez de defender la soberanía, la vacía de contenido; en vez de garantizar la libertad, la sofoca; en vez de promover el bienestar, lo recorta; en vez de asegurar la igualdad, impone obediencia. El pueblo sigue siendo el jefe de cartón, mientras el partido único se aferra como jefe real. Y con ello, queda claro: a esta gente le importa un bledo el pueblo. Lo único que buscan es ganar tiempo de permanencia en el poder.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.