Una isla que aprende a dudar
Hoy, en las grietas del sistema educativo cubano, aparece algo nuevo: estudiantes que preguntan sin levantar la mano, docentes que insinúan más de lo que dicen, familias que ya no creen del todo. El cambio no vendrá; ya está aquí, aún sin los cambios curriculares que serán necesarios, sino con algo más modesto y radical: la existencia de una duda ante la realidad. Y ahí están el 11 de julio y las mil y una protestas de estos tiempos para probarlo.
Legado en ruinas
El nuevo año 2026 será el del centenario de Fidel Castro y, paradójicamente, llega cuando las dos columnas fundamentales de su legado aparecen en ruinas. Por un lado, el relativo bienestar que el régimen construyó durante décadas como base material de su pacto social se ha desmoronado ante los ojos de todos. Por otro, el sistema de control, represión y culto al poder que sostuvo a ese modelo muestra signos claros de agotamiento.
El desprecio como forma de gobierno
El castrismo se fundó sobre una premisa ambiciosa y peligrosa: el pueblo cubano —con sus hábitos, creencias, aspiraciones y límites— no era adecuado para el proyecto político que se pretendía construir, por ello era necesario transformarlo, corregirlo, sustituirlo. De ahí la tesis del «hombre nuevo», presentada como ideal ético al que aspirar, pero utilizada en la práctica como coartada para reprimir al hombre existente.
¿Deja vu?
El enfático uso del término «líder de la Revolución Cubana» como manera visible de demostrar la verdadera jerarquía dentro de la cúpula de poder, plantea muchas dudas sobre la confianza que el anciano le tiene a aquel que un día fue «el único sobreviviente» de una lista de posibles sucesores. No era el más adecuado, ni el deseado; sencillamente era el único que quedaba.