Una isla que aprende a dudar
En Cuba 2026, es un hecho que el sistema de poder está en una crisis irreversible. Esta tensión no es una abstracción académica, sino una experiencia cotidiana. La escuela —ese espacio que debería proteger la fragilidad del pensamiento joven— aparece hoy como un espejo opaco del sistema político: refleja consignas, pero no preguntas; quiere transmitir certezas, pero no verdades.
La crisis de valores que atraviesa la sociedad cubana, no nació de la nada ni cayó del cielo como un ciclón inesperado. Se gestó lentamente, aula por aula, examen tras examen, acto político tras acto político. No es una crisis de «ausencia», sino de «distorsión»: valores que se dicen defender mientras se practican sus contrarios.
Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no se conforma con gobernar acciones: necesita administrar conciencias. En Los orígenes del totalitarismo (1951), explicó que el verdadero triunfo del poder absoluto ocurre cuando las personas dejan de pensar, no por censura directa, sino por hábito.
El problema educativo no es únicamente lo que se enseña, sino lo que se vuelve impensable. El currículo escolar, cargado de épica congelada y lealtades obligatorias, funciona como vitrina de museo: héroes inmóviles, verdades sin fecha de caducidad, preguntas que nunca llegan al mostrador. Arendt llamaría a esto una antesala de la «banalidad del mal», desarrollada más tarde en su obra Eichmann en Jerusalén (1963): no hacen falta monstruos, basta con funcionarios obedientes que «cumplen orientaciones».
La ironía es amarga: se habla de «formar valores revolucionarios», pero se educa para la suspensión del juicio. Y cuando el juicio se atrofia, la moral se convierte en trámite administrativo y retardatario.
En Pedagogía del oprimido (1970), Paulo Freire explica que la educación bancaria —esa en la que el docente deposita contenidos y el alumno los memoriza— no solo empobrece el aprendizaje; legitima la desigualdad simbólica entre quien sabe y quien obedece.
En el contexto cubano, esta pedagogía adquiere una dimensión casi trágica. Se pide ejercitar el pensamiento crítico, pero solo dentro de ciertos márgenes autorizados. Se habla de participación, pero se penaliza la disidencia. Freire advertía que esta contradicción genera sujetos «adaptados», no sujetos «libres». De tal modo, la educación deja de ser camino de emancipación y se convierte en entrenamiento para la supervivencia ideológica. La antítesis es clara: se invoca la dignidad humana mientras se castiga la autonomía. Como si se pudiera enseñar libertad a condición de no usarla.
Desde Educación para la autonomía (1966) Theodor W. Adorno, un autor obligado en estos temas, dada la experiencia del nacional socialismo hace una pregunta recurrente que es incómoda para la dictadura cubana de hoy: ¿qué tipo de educación permite que el horror sea posible? La respuesta a tal interrogante resulta incómoda para la comprensión de todo autoritarismo: una educación que priorice la obediencia sobre el juicio.
Cuba no es la Alemania nazi, pero la psicología autoritaria no necesita campos de concentración para prosperar. Basta con aulas donde disentir tenga consecuencias, donde repetir garantice estabilidad y donde el silencio sea una forma de inteligencia práctica. Adorno advertía que la personalidad autoritaria se forma temprano, en la escuela y la familia, cuando la autoridad no se discute, sino que se «introyecta».
Aquí, la crisis de valores no es una rebelión juvenil contra normas antiguas; es el agotamiento moral de un sistema que pidió lealtad infinita a cambio de promesas cada vez más frágiles, que hoy se saben falsas.
Para entender la tragedia de la educación cubana hay que acudir asimismo a un autor como Michel Foucault. Sin referirse directamente a Cuba, parece que lo hace en su obra Vigilar y castigar (1975), pues percibe a la escuela como una institución disciplinaria que no necesita policías en cada aula: le basta con evaluaciones, expedientes, informes y ese gesto aprendido de «mejor no decir».
En el sistema educativo cubano el control no siempre es explícito; es atmosférico. Se sabe qué temas evitar, qué palabras usar, qué silencios respetar. El estudiante aprende rápido que el problema no es equivocarse, sino «salirse del guion». El panoptismo pedagógico funciona como una bruma: no se ve, pero sanciona, margina, condena, excluye. Así, los valores se redefinen sin anunciarlo. La verdad deja de ser correspondencia con la realidad y pasa a ser coherencia con el discurso oficial. La justicia se confunde con disciplina. La ética se reduce a fidelidad.
Como bien demuestra Martha Nussbaum en Sin fines de lucro (2010): sin empatía, no hay ciudadanía. Y sin ciudadanía, la educación es solo adiestramiento. En Cuba, el otro —el que piensa distinto, el que se fue, el que duda— ha sido progresivamente expulsado del relato educativo. No se le estudia, no se le escucha, no se le imagina. La escuela no enseña a comprender al diferente, sino a clasificarlo. Nussbaum llamaría a esto la muerte de la «imaginación narrativa».
La consecuencia es una sociedad desdoblada entre realidad oficial y no oficial; una sociedad hipócrita, cansada, desconfiada, donde la historia mutó en autocensura cotidiana; no por maldad, sino por aprendizaje. La Cuba de 2026 no es un derrumbe súbito, es una erosión paciente. La educación autoritaria no destruyó los valores; los «reprogramó». La obediencia se volvió virtud. El silencio, prudencia. La duda, peligro.
Pero no todo es terrible. Hoy, en las grietas del sistema educativo cubano, aparece algo nuevo: estudiantes que preguntan sin levantar la mano, docentes que insinúan más de lo que dicen, familias que ya no creen del todo. El cambio no vendrá; ya está aquí, aún sin los cambios curriculares que serán necesarios, sino con algo más modesto y radical: la existencia de una duda ante la realidad. Y ahí están el 11 de julio y las mil y una protestas de estos tiempos para probarlo.
Como escribió Arendt, «la educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad de él». Cuba está en ese punto. Y la escuela, quiera o no, será escenario del desenlace.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.