La transición no llegará sola
La política es el arte de lo posible, dijo el alemán Bismarck. No el del deseo, añadiría yo modestamente. Una de las claves para comprender la escena política, calibrar qué esperar y qué no, y trazar estrategias realistas, es ajustar correctamente las expectativas.
Lo que parece estarse gestando entre figuras del régimen cubano y la Administración Trump, más allá de lo que insista en negar Díaz-Canel, es un pacto entre élites. No hay nada excepcional en ello, es habitual, previsible y no debería sorprendernos ni escandalizarnos. Lo importante es tener claridad acerca de lo que es, de lo que no es y, ante todo, de lo que podemos hacer nosotros como ciudadanía frente a tal realidad.
De ese pacto pudieran derivarse algunas aperturas, como la liberación de presos políticos —excelente noticia si ocurriera—, cambios económicos e incluso ajustes en la estructura gubernamental. De hecho, el propio Díaz-Canel se refirió a la necesidad de reestructurar tanto el aparato estatal como el partidista. Basta observar, por ejemplo, cómo el gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela ha impulsado una ley de amnistía, ha liberalizado en alguna medida la industria petrolera y ha purgado tanto a la cúpula militar como a antiguos colaboradores del madurismo, para entender la lógica de estos movimientos de negociación y reacomodo interno.
Un pacto de élites no garantiza la democratización, pues puede desembocar en un modelo igualmente autoritario, aunque con mayor apertura económica, un gobierno fuerte, considerado «amigo» por Estados Unidos, capaz de mantener el control interno y, al mismo tiempo, las puertas abiertas al capital y a los intereses foráneos. Dentro de tres años, cuando las presiones internacionales que los hicieron posibles presumiblemente se diluyan con la llegada de una nueva administración a Washington, esos cambios pueden revertirse sin mayores costos políticos para el régimen, como ha ocurrido en disimiles ocasiones en la zigzagueante historia de las reformas cubanas.
Por ello, nada de lo anterior garantiza per se la llegada de la democracia, ni en Cuba ni en Venezuela. Son señales relevantes y pueden marcar un rumbo, pero no constituyen una transición democrática. Aquí emerge una diferencia decisiva que bifurca los caminos de ambos países: Venezuela cuenta con una oposición organizada, con legitimidad política, conocimiento del país y un liderazgo reconocible. En Cuba la situación es diferente.
Hollywood nos ha vendido la idea de que las transiciones políticas son relatos épicos en los que cae el dictador y, al día siguiente, florece la nación. Lamentablemente la realidad es mucho más áspera. Desmontar un sistema como el cubano o el venezolano es una tarea muy compleja. Aunque se trate de regímenes autoritarios y verticales, el poder no reside en un solo punto, sino que se distribuye en múltiples nodos, interconectados por relaciones de diversa índole. Como cualquier organismo, su instinto es la conservación. No se puede esperar que un elefante actúe como un pavo real.
Neutralizar el nodo superior del poder no implica, de manera automática, desactivar el resto del sistema. El desmontaje de un régimen autoritario es un proceso lento y complejo, que suele extenderse durante años, puesto que es necesario, además de otros muchos elementos, rediseñar el sistema político y sus mecanismos, reformular el marco jurídico, reconstruir o fortalecer instituciones, sustituir cuadros administrativos y garantizar la continuidad del funcionamiento estatal para evitar el colapso.
Por esa razón, en Venezuela el proceso ha quedado, al menos en esta fase, en manos de actores que, aun siendo parte del régimen y responsables directos de prácticas represivas y corruptas, conocen el funcionamiento del Estado y disponen de las capacidades necesarias para sostenerlo mientras se producen cambios graduales. En ese contexto, el papel de María Corina Machado y Edmundo González, es el de interlocutores legítimos ante la comunidad internacional y de candidatos en un futuro escenario electoral.
En Cuba no apreciamos nada equivalente. Esa ausencia explica en buena medida por qué el régimen cubano ha mantenido su control «atado y bien atado», para usar la célebre expresión del general Franco. Desatarlo exige la confluencia de varios factores: desgaste o fractura en la élite gobernante, colapso del sistema, presión internacional sostenida y, llegamos al punto clave, un movimiento opositor amplio, articulado y sólido. Como he dicho, ese último elemento no existe en Cuba. Pero podría existir.
Nunca como ahora se han alineado tantas condiciones que configuran una tormenta perfecta: la generación histórica se extingue biológicamente; el sistema está colapsado; el rechazo popular hacia un gobierno inepto y corrupto, con un parteaguas en los sucesos del 11 de julio de 2021, alcanza niveles inéditos; y la presión internacional, particularmente desde Washington, se ha intensificado. Sin embargo, esta ventana de oportunidad no permanecerá abierta indefinidamente.
Si en algún momento de estas siete décadas resulta imprescindible la articulación de un movimiento cívico, es ahora. Un movimiento que no viva solo en redes sociales ni en el exilio, sino que articule a los de dentro y a los de fuera; que represente intereses reales y parta de una premisa mínima y compartida: hay que poner fin a la dictadura. Las diferencias ideológicas entre izquierda y derecha se dirimirán en democracia. Hoy, permitir que nos fragmenten por ellas, es un sinsentido y un regalo al régimen.
Esa articulación puede comenzar por demandas básicas como la liberación de los presos políticos; cese del hostigamiento a disidentes y críticos; habilitación legal de derechos constitucionales como el de manifestación; reforma del sistema electoral para permitir la participación real de los ciudadanos; abolición del servicio militar obligatorio que cada año cobra vidas jóvenes. Ninguna de ellas tiene color ideológico.
Otros pueblos sometidos a niveles de represión iguales o mayores, han logrado nuclearse en torno a exigencias claras y compartidas, actuando dentro de sus países y amplificando desde la diáspora lo que ocurría puertas adentro. No lo hicieron esperando pactos ajenos, sino convirtiéndose en un factor ineludible del proceso.
La presión que ejerce la Administración Trump sobre el régimen cubano puede parecernos positiva o negativa, pero es un elemento del escenario que existe y no depende de nosotros modificar. Forma parte del diferendo externo entre el gobierno de La Habana y Estados Unidos, un conflicto geopolítico con lógicas propias. Resolver ese diferendo no implica, sin embargo, resolver el otro, el verdaderamente decisivo y que nos concierne de manera directa: el diferendo entre el régimen cubano y su sistema de exclusión política frente al pueblo al que gobierna sin representar. Confundir ambos planos ha sido uno de los errores recurrentes de quienes esperan que un arreglo internacional traiga, por sí solo, libertad puertas adentro.
De nuevo, conviene pasar del arte del deseo al arte de lo posible. Los venezolanos se han movilizado en su país hoy y lo hicieron también en innumerables ocasiones antes. Es cierto que la extracción del dictador fue consecuencia de una operación militar extranjera, pero ese desenlace no cayó sobre una sociedad pasiva; al contrario, existía un acumulado de organización, protesta y conciencia política que dio sentido a ese momento.
Los cubanos tampoco podemos permitirnos esperar a que los cambios que hoy son cuestión de supervivencia lleguen por obra y gracia de una potencia extranjera o por el cálculo táctico de una élite que solo se mueve cuando se siente acorralada. Un movimiento cívico nacional, organizado y transversal, alteraría sustancialmente la ecuación, el pueblo dejaría de ser un sujeto pasivo que padece mientras otros negocian y pasaría a convertirse en un actor con capacidad real de incidir, condicionar y modificar las reglas del juego. Sin esa articulación, cualquier transformación será siempre incompleta, tutelada o fácilmente reversible. Como diría Séneca: «No podemos cambiar el viento, pero sí ajustar las velas».
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.