Legado en ruinas
Culpar al pueblo por los fracasos del sistema es un modus operandi en Cuba. Así lo analicé en el artículo «La maldita culpa», de 2021. No son casuales actitudes como las vistas hace poco en el programa Cuadrando la caja; las que le costaron el cargo hace varios meses a la ministra de Trabajo y Seguridad Social; la intervención de Ramiro Valdés en julio de 2021, durante una reunión con el Ministerio de Energía y Minas, donde afirmó: «mientras haya quien compre un bistec robado, habrá desvío de recursos» pues «es la demanda de la gente la que crea las ilegalidades»; o la controversial explicación del ministro de la Industria Alimentaria en un programa Mesa Redonda de septiembre de 2020, en la que exponía la importancia de la croqueta, las tripas y las gallinas decrépitas en la alimentación del pueblo, por solo mencionar algunos ejemplos.
Estos no son errores comunicacionales ni «meteduras de pata» de funcionarios, sino el resultado de un opaco proceso de transición que ha venido ocurriendo en los últimos veinte años; tan vertical y autoritario como en los inicios, camuflado en el mismo discurso de justicia social y revolución popular, pero ahora profundamente antipopular, elitista y reaccionario. Es el proceso que se aceleró tras la salida del poder de Fidel Castro para aupar definitivamente a la casta militar-tecnócrata que, si bien siempre tuvo poder político, económico y simbólico, ahora también mueve los hilos de la política social.
La referida transición inició mucho antes del deshielo de Obama, de la pandemia de covid-19, de la Constitución de 2019, del primer gobierno de Donald Trump con su «recrudecido bloqueo», y de la Tarea Ordenamiento. Y pasó antes de que Miguel Díaz-Canel fuera designado para recibir el saldo del desastre, del cual ha sido continuidad y fiel servidor.
Si no comprendemos esto, si no concebimos lo que sucede como un proceso interno de transición que se ha movido bajo la superficie de Plenos, Congresos y Legislaturas de la Asamblea Nacional; estaremos siempre perdidos en coyunturas y episodios, en el último show de temporada que activa las redes sociales, o confiando ingenuamente en que la sustitución de ciertos funcionarios, o la eliminación de sanciones por parte del gobierno de Estados Unidos podría revertir la situación.
-II-
Igual que existe la memoria individual, existe la memoria generacional. ¿Quién que viva en Cuba no ha escuchado la expresión «esto con Fidel no pasaba»? Es frecuente en conversaciones con ancianos o personas mayores de cuarenta años, por lo general de estratos sociales empobrecidos y abandonados a su suerte.
Resulta difícil que esas personas comprendan que se refieren con añoranza al arquitecto de un sistema de exclusión política que aupó a una élite de poder y estableció un conjunto de mecanismos de control social que silenciaron a las mayorías e impidieron su real participación en los asuntos públicos; porque lo que esa gente extraña de Fidel no es precisamente la democracia, sino la responsabilidad social del Estado ante una sociedad de la que se requería obediencia a costa de brindarle condiciones básicas de seguridad social. Es decir, lo que echan de menos es el consenso social roto.
Lo interesante es comprender cuándo se rompió y quiénes fueron los responsables. Esclarecer ese punto resulta estratégico, pues los que hemos vivido la etapa de la información a la distancia de un click, las redes sociales y la prensa independiente, solemos situar en 2018 ―año en que fue autorizado el acceso pleno a internet en Cuba― el comienzo del cambio de política de Estado. Como también ese año inició el primer período presidencial de Miguel Díaz-Canel, en el imaginario social se le vincula ―con toda lógica, pero con poca razón―, como máximo responsable de una grave e irreversible crisis general.
-III-
En 2006, con la enfermedad de Fidel Castro, su hermano menor asumió dinásticamente el poder. El traspaso ocurrió en dos períodos: uno interino, entre julio de 2006 y febrero de 2008; y uno formal, desde esa fecha y hasta 2018. El discurso que pronunciara el 26 de julio de 2007 en Camagüey, y que fue preámbulo de su campaña pro-reforma, conocida como Actualización del modelo económico y social cubano, generó expectativa en muchos sectores, internos y externos.
El 24 de febrero de 2008 fue designado por la Asamblea Nacional como presidente del Consejo de Estado y de Ministros. A partir de ahí, además de someter a purgas a toda la tecnocracia civil de que Fidel Castro se había rodeado; enfatizó en la necesidad de recortar gastos y «gratuidades indebidas». Bajo la consigna «sin prisa, pero sin pausas», pronto se constató que la prisa se dirigía más a transformar al modelo social que al económico.
Su llamado a la reforma económica dio escaso margen de autonomía a la empresa privada, no transformó la tenencia estatal monopólica e improductiva de la tierra en Cuba, ni permitió formas de asociación cooperativa y mucho menos el control de la empresa estatal por los colectivos de trabajadores. Lo que sí promovió fue la transición de un sistema autoritario populista a un sistema autoritario antipopular.
Entre 2006 y 2018, es decir, en los doce años que duró el mandato de Raúl Castro, se produjo el desmontaje minucioso y acelerado del pequeño estado de bienestar social que había permitido funcionar al sistema con cotas relativamente bajas de disenso: salud, educación, asistencia social, seguridad ciudadana ante la delincuencia.
Fidel Castro fue un dictador que aspiró a ser amado por el pueblo, y era, además, un político hábil. Entendió perfectamente que en un sistema de exclusión política como el existente en Cuba, había que garantizar algún tipo de inclusión social para mantener una base de apoyo al régimen. Con tal fin, logró mantener las inversiones y gastos sociales alejados de manos de los militares y de la cúpula de poder, que tenían sus ámbitos específicos de acción.
Esto cambió drásticamente con la asunción de su hermano. Raúl Castro también era un dictador, pero solo le interesaba ser amado por su grupo clientelista de militares y afines. Su arribo al poder no fue el momento en que surgió la economía militar en Cuba, ello había ocurrido desde fines de los setenta y se estructuró definitivamente en 1995 con la fundación del Grupo de Administración Empresarial SA (GAESA), una empresa adscrita al Ministerio de las FAR. Lo nuevo con Raúl fue que dio carta blanca a los magnates de GAESA para desmontar políticas públicas y supuestas «conquistas sociales», y encauzar las inversiones del Estado hacia su coto particular de interés: turismo e inmobiliarias. Se rompió así el cuidadoso equilibro que Fidel Castro había conseguido.
Primero se tomaron medidas que implicaban retrocesos en política sindical. En 2009 fueron cerrados 24 000 comedores obreros; se aumentó la edad de jubilación en cinco años para hombres y mujeres, y disminuyó la edad de inicio laboral a quince años.
Más adelante se suspendería el derecho al almuerzo de los estudiantes que no estuvieran becados en los centros de educación superior. Ello afectó mucho más a las familias pobres, que debieron garantizar de sus deprimidos salarios, además del transporte, el gasto que implicaba el almuerzo diario de sus hijos, que a veces tenían dos sesiones de clases o actividades en las universidades.
A la par, disminuyó la oferta de bienes de consumo en el mercado interno, en particular los alimentos, al no realizarse en la secuencia lógica las reformas concebidas y prometidas, que debían estimular a los productores nacionales a sustituir importaciones.
Entre 2009 y 2017, la normalización de la deuda externa cubana tuvo un elevado costo, ya que su servicio alcanzó alrededor de 23,000 millones. Desde el propio 2009 comenzó una política de ajustes que contrajo al sector estatal y redujo drásticamente su presupuesto de gastos e importaciones.
A ello se suma que, a finales de 2015, Cuba renegoció su deuda con el Club de París, congelada desde hacía más de tres décadas. Se logró la condonación de 8.500 millones y el compromiso del gobierno de desembolsar 2.600 millones en dieciocho años para acceder a créditos. Ello coincidió con la política de «deshielo» del presidente Obama hacia Cuba. GAESA, dirigida por Luis Alberto Lopez-Callejas, yerno de Raúl, se lanzó a erigir hoteles de lujo mientras la pobreza crecía exponencialmente.
La disminución sostenida de inversiones en sectores de impacto social directo, como Salud y Educación, fue enorme. El mayor recorte en el sector de la Salud ocurrió precisamente entre 2006 y 2018, durante los períodos interino y formal de Raúl Castro. Lo contradictorio fue que, precisamente en dicha etapa, la exportación de servicios médico-farmacéuticos era la principal fuente de divisas del país, por encima del turismo.
Bajo «el raulismo» fueron clausurados los servicios de obstetricia, pediatría y cirugía en casi todos los municipios de Cuba, para ser concentrados en las cabeceras provinciales, con las complicaciones que ello trajo para el sistema de Salud y para la gente.
La consecuencia inminente fue el aumento de la tasa de mortalidad. Según análisis del investigador Valdés Navia, «entre 2007 y 2008 se produjo un salto de 4 496 fallecidos, al incrementarse de 81,927 a 86,423. Otro pico ocurrió desde 2016 al 2017, cuando la cifra de decesos escaló de 99,388 a 106,949, es decir, 7561 fallecimientos más». Esto está relacionado, por un lado, con la falta de mantenimiento de los hospitales, reducción de servicios municipales en muchas provincias, y escasez de medicinas, insumos y equipamiento; por otro, con el crecimiento de la desigualdad y pobreza.
Ante el aumento de la pobreza, el gobierno, en lugar de aumentar la asistencia social, la disminuyó. De acuerdo a una profunda investigación de Karla R. Albert, entre 2006 y 2018, el gasto del presupuesto asignado a la asistencia social se contrajo de 2.2% a 0.3%, mientras que el número de beneficiarios como proporción de la población decreció de 5,3% a 1,6%. Ello se explica mayormente, según el economista Carmelo Mesa-Lago, «por el lineamiento aprobado en el VI Congreso del PCC, en 2011, que terminó la asistencia social a los asistidos con una familia capaz de ayudarles».
La ley de presupuesto para 2011 evidenció el deterioro marcado de los indicadores asistenciales entre 2009 y 2010. El número de beneficiarios se redujo en 61% comparados con 2005, y como porcentaje de la población total, pasó del 5,3% al 2,1%. En el propio 2010 se recortaron 237 millones de CUP por «depuración de beneficiarios».
En agosto de 2009, ante los diputados al Parlamento, Raúl Castro había dicho: «Hay subsidios para prestaciones sociales que son poco eficaces o, peor aún, hacen que algunos no sientan la necesidad de trabajar».
Apenas dos meses después, el 9 de octubre, el periódico Granma publicaba un artículo de Lázaro Barredo cuyo título era un trailer de lo que vendría: «Él es paternalista, tú eres paternalista, yo soy paternalista…». Allí se quejaba de que «la Revolución fue desde sus inicios un torrente de justicia, que no siempre ha sido correspondido», y adjudicaba a la sociedad cubana una serie de «vicios o costumbres» que impedían «que nuestro proyecto socialista salga adelante», uno de ellos era: «El síndrome del pichón: andamos con la boca abierta porque buena parte de los mecanismos que hemos diseñado están concebidos para que nos lo den todo (…)».
Iniciaba la tendencia, hoy en su clímax, de culpar al pueblo por los resultados de las políticas erróneas, las pésimas decisiones y la ineptitud de la burocracia dirigente. Como bien ha aseverado el periodista José Manuel González Rubines: el desprecio se hizo «forma de gobierno».
Insultar al pueblo se convirtió en un «deporte popular» entre el funcionariado. Citaré apenas dos ejemplos de aquella etapa, en que aún estas cosas no se hacían virales.
1) En 2012, poco antes de morir, el cineasta Alfredo Guevara, por muchos años director del ICAIC, concedió entrevista a Abel Sierra Madero y Nora Gámez Torres. En ella manifestó:
[…] soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades, pero no en su calidad. A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes y ese día lo convencí, porque le dije: «Sal a la calle. ¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso?» Acto seguido se rió y me entendió. Hay que tomar en cuenta el trópico, dios mío. En el trópico no se pueden aplicar ni siquiera las fórmulas más puras de Carlos Marx.
2) En julio de 2013, Raúl Castro dedicó casi la mitad de su intervención ante el parlamento a mostrar que «se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera» y, en consecuencia, se lamentaba de que «Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de veinte años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás».
Consecuente hasta el final con la falta de empatía y sensibilidad que fueron propias de su gobierno, en abril de 2021, al despedirse del cargo de secretario general del PCC en el 8vo Congreso de esa organización, Raúl Castro convocó a «borrar de nuestras mentes prejuicios del pasado asociados a la inversión extranjera y asegurar una correcta preparación y diseño de nuevos negocios con la capacitación del capital extranjero». A la par, criticó la «cierta confusión» de algunos cuadros que alertaban sobre una «supuesta desigualdad» creada por la comercialización dolarizada en Cuba.
La exclusión política, el adoctrinamiento ideológico y el voluntarismo económico fueron norma del proceso desde sus inicios, en ello Fidel Castro tuvo un rol fundamental. Pero el malthusianismo social como política de Estado se le debe a Raúl Castro. Su sucesor, Miguel Díaz-Canel, solo ha sido el gobierno de la «continuidad» represiva y la torpe brutalidad.
El nuevo año 2026 será el del centenario de Fidel Castro y, paradójicamente, llega cuando las dos columnas fundamentales de su legado aparecen en ruinas. Por un lado, el relativo bienestar que el régimen construyó durante décadas como base material de su pacto social se ha desmoronado ante los ojos de todos. Por otro, el sistema de control, represión y culto al poder que sostuvo a ese modelo muestra signos claros de agotamiento: ya no logra disciplinar sin recurrir al miedo desnudo, ni generar adhesión más allá de la inercia.
El poder está hoy expuesto en toda su fragilidad, como si la historia hubiera decidido convertir la efeméride en balance. Hasta la bandera del ayuntamiento de Santiago de Cuba lo sabe.
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Imagen principal: Victoria Blanco / CXC.