Cuba, El 4tico, Trump, el convoy y la izquierda trasnochada
«No es que el Estado no funcione.
Funciona perfectamente, pero funciona para ellos.
Para la gente funciona el apagón,
la represión y la necesidad de escapar.»
El 4tico, Holguín, Cuba, 2025
***
La Revolución Cubana nació con una promesa extraordinaria: que un pueblo entero podía renunciar a libertades individuales a cambio de un estado de bienestar superior a lo que el capitalismo o la socialdemocracia pudieran ofrecer. Era un contrato social tácito, nunca firmado, pero profundamente internalizado, que moldeó la constitución, la legislación y la psicología colectiva de varios millones de personas. Salud universal, educación gratuita, dignidad y soberanía a cambio de la libertad de expresión, de asociación, de empresa, de pensamiento disidente. El pueblo aceptó.
Ese contrato tenía fecha de caducidad. Ya a finales de los sesenta, mantener la fachada revolucionaria para entronizarse en el poder resultó más fácil que admitir el fracaso. Lo que comenzó como experimento ideológico, se transformó en copia dependiente del modelo soviético, y luego en supervivencia de una claque aristocrática que convirtió la miseria en instrumento de control. Como afirma Mauricio de Miranda Parrondo, profesor de la Universidad Javeriana de Cali, «los avances sociales de las primeras décadas no estuvieron sustentados en un desempeño eficaz de la economía, sino en la permanente transferencia de recursos de la Unión Soviética».
Los últimos treinta años han sido un constante reinvento del «sistema» con los mismos actores y métodos. El conglomerado empresarial GAESA, en manos de los militares y la familia Castro, controla los sectores más rentables de la economía mientras la población carece de alimentos básicos. Como apunta el economista y profesor Pavel Vidal, «la empresa estatal socialista es el principal actor de la economía cubana, pero es justamente la que no ha podido ofrecer ni electricidad ni comida a los cubanos».
Y es aquí donde el contrato se quiebra definitivamente. Un gobierno que se dice progresista pasó, en medio de una pandemia, uno de los paquetes neoliberales más extremos del continente: eliminó subsidios, desbocó la inflación con la excusa de una unificación monetaria con resultados desastrosos para el cubano de a pie y dejó de invertir en salud y educación, los únicos pilares que aún legitimaban el sacrificio, para canalizar recursos hacia infraestructura hotelera, donde la nomenclatura esconde sus riquezas. El déficit fiscal, que ya superaba el 8% del PIB antes de la pandemia, se disparó al 17%, financiado con emisión monetaria directa, mientras los precios se multiplicaban por diez.
El economista Pedro Monreal, referente del análisis crítico cubano, lo desmonta: «existe renuencia oficial a reconocer la responsabilidad directa del Gobierno en el empobrecimiento masivo de la sociedad cubana». La Tarea Ordenamiento, añade, «representó una compresión brutal de la remuneración de los trabajadores» y la inflación resultante es «probablemente el dato que mejor sintetiza el fracaso».
Cada vez que el pueblo ha encontrado la voz para denunciar esta estafa, el gobierno ha respondido con la única herramienta que le queda: la represión. El 11 de julio de 2021, cientos de miles de cubanos salieron a las calles en las protestas más masivas desde 1959. La respuesta fue tan predecible como brutal: casi mil ciudadanos juzgados con penas draconianas, algunos de ellos menores de edad, bajo cargos de «sedición» por gritar «tenemos hambre» y «libertad» en sus propias calles. Según Prisoners Defenders, Cuba mantiene actualmente más de 1.200 presos políticos; mientras el Observatorio Cubano de Derechos Humanos documenta más de 3.179 acciones represivas solo en 2025.
El caso más reciente es el de El 4tico, proyecto audiovisual nacido en un cuartico de Piedra Blanca, barrio periférico de Holguín, donde Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina hacían lo que en cualquier democracia sería periodismo común: analizar la realidad con lenguaje directo, sin eufemismos. Su delito fue decir en voz alta lo que casi todo cubano piensa: que el «socialismo» insular no funciona para la mayoría, que la permanencia en ese modelo se sostiene por intereses de poder y corrupción, y que la libertad de expresión no existe.
El 6 de febrero de 2026, la Seguridad del Estado se presentó en sus casas con una orden de registro. Se llevaron computadoras, teléfonos, cámaras y todos los equipos de trabajo. Los cargos: «propaganda contra el orden constitucional» e «instigación a delinquir», las mismas figuras penales que el régimen utiliza para criminalizar cualquier forma de disenso. Lo que exigían no era una invasión ni el capitalismo salvaje. Exigían, en sus propias palabras: «El fin del monopolio político. Pluripartidismo real, elecciones reales, poder que pueda perder. Tribunales independientes. Que más nadie vaya preso por grabar, escribir o protestar.» Por eso están presos.
El 9 de febrero de 2026, mientras Kamil y Ernesto languidecían en una celda de Holguín, Susan Sarandon, Mark Ruffalo, Roger Waters, Alice Walker y veintidós miembros del Consejo Municipal de Nueva York publicaban la carta «¡Let Cuba Live!». La carta denuncia que Trump «está tratando de provocar una hambruna en Cuba», califica su orden ejecutiva como «terrorismo» y exige el fin del embargo. No hay en ella una sola mención a los 1.200 presos políticos, al arresto de El 4tico tres días antes, a las condenas del 11J, al paquetazo neoliberal de la pandemia, ni a la falta de todo tipo de insumos en los hospitales mientras se construyen hoteles.
El convoy Nuestra América fue lanzado en febrero de 2026 por Progressive International, CODEPINK y The People's Forum como respuesta a la crisis humanitaria en Cuba agravada por las sanciones de Trump, comenzando como flotilla marítima y expandiéndose rápidamente a un convoy multimodal de alcance global. Greta Thunberg se cuenta entre las caras más visibles de la izquierda internacional que ha respaldado la iniciativa, sumando su voz a las críticas contra Washington, aunque su apoyo ilustra una tensión conocida: ha dedicado su capital simbólico a causas donde identifica víctimas de potencias occidentales, y su detención por Israel en 2025 prueba su valentía, pero su brújula moral no registra la represión cuando proviene de gobiernos que se autodenominan de izquierda, un silencio sobre las violaciones de derechos humanos en Cuba que los cubanos en el exilio no olvidan.
Digo esto con tristeza, porque simpatizo profundamente con los ideales progresistas. Pero no se defiende la justicia social cerrando los ojos ante 1.200 presos políticos ni aplaudiendo a un régimen que encarcela a dos jóvenes por hablar desde un cuartico en Holguín. Justo por esa hipocresía es que llamo a esos grupos «la izquierda trasnochada»: una izquierda que funciona por reflejos ideológicos. Para ella, el mundo se divide en «imperialismo versus resistencia», y cualquier gobierno que se declare antiimperialista recibe automáticamente su solidaridad, sin importar cuántos presos acumule. Es la misma izquierda que relativiza todo con el whataboutism: cuando se cuestionan la economía depauperada o la creciente represión, su respuesta es siempre que «eso existe en otras partes del mundo».
La izquierda trasnochada no opera en un vacío. Su ceguera se alimenta de un espejo conveniente: la derecha estadounidense. Cuando Trump declara a Cuba «amenaza inusual y extraordinaria», cuando bloquea el petróleo a una isla con apagones de doce horas, cuando Rubio declara que La Habana «está en problemas» con satisfacción, y cuando los políticos cubanoamericanos reducen seis décadas a la palabra «comunismo», le regalan al régimen exactamente lo que necesita: un enemigo externo creíble.
Cada sanción es una justificación, cada declaración belicosa un argumento. La retórica de la derecha no debilita al régimen: lo fortalece. Le permite silenciar a los críticos internos acusándolos de «mercenarios». Cuando Con Filo señaló a El 4tico, no rebatió sus argumentos: los acusó de ser parte de «una ofensiva estadounidense». Esa es la lógica: convertir la crítica en traición, el desacuerdo en amenaza.
Ambos bandos se necesitan. Cuando Breitbart titula que Ruffalo «se une a la campaña pro-comunista», hace lo mismo que Prensa Latina cuando celebra la carta como «solidaridad internacional»: reducir una realidad multidimensional a un binarismo ideológico. El pueblo cubano queda atrapado en medio, instrumentalizado por todos.
Porque el embargo sí afecta. Ningún economista serio lo niega. Pero como coinciden Pavel Vidal, Pedro Monreal y Mauricio de Miranda, hay factores de mayor peso que La Habana podría abordar sin esperar a Washington. Vidal sentencia que «hasta que no se hagan estas reformas, ni los propios aliados van a poner recursos abundantes». De Miranda va más lejos: «El sistema no se puede perfeccionar ni actualizar. El sistema es el problema. Hay que desmontarlo.» Y Monreal confirma que la situación actual es «más crítica que en el período especial» y que las medidas del gobierno son «versiones actualizadas de la opción cero». Incluso los rusos y los chinos entienden que el modelo no funciona. Solo la izquierda trasnochada parece no enterarse.
Observemos la coreografía perversa. El gobierno encarcela a El 4tico. Trump bloquea el petróleo. Sarandon firma una carta sin mencionar a los presos. Breitbart la llama pro-comunista. La Habana la exhibe como solidaridad. Díaz-Canel aparece hablando de biomasa, de lo que su propio gobierno destruyó cuando cerró 71 centrales azucareros y eliminó 300 MW de capacidad renovable. Arleen Rodríguez argumenta que Martí no necesitaba electricidad. Y el pueblo sigue a oscuras, atrapado entre un gobierno que lo usa de escudo y un adversario que lo usa de palanca.
Este juego funciona porque ambos lados comparten una ficción: que Cuba es comunista. Para la derecha, esa etiqueta justifica cualquier castigo. Para la izquierda, convierte a Cuba en víctima automática del imperialismo. Pero Cuba no es comunista. Es una mafia familiar con estética revolucionaria. Un régimen que pasó el peor paquete neoliberal del continente mientras se decía socialista. Que invierte en hoteles de lujo mientras los hospitales colapsan. Que paga a sus cañeros 2.087 pesos por tonelada de caña, menos de siete dólares, convirtiendo el cultivo más histórico de Cuba en el menos rentable. Que importa azúcar de Estados Unidos mientras 1,7 millones de hectáreas de cañaverales se cubren de marabú. De Miranda lo formula sin rodeos: «El socialismo cubano es un mito».
Los enemigos más acérrimos de ese gobierno siguen llamándolo «comunista», un término que le regala el disfraz perfecto de resistencia antiimperialista. Si lo llamaran lo que es, una aristocracia corrupta, un gobierno neoliberal con retórica socialista, le quitarían su única protección ideológica. Pero el exilio histórico, los influencers de las redes sociales y los congresistas de Florida prefieren el facilismo de «comunista» porque activa reflejos electorales sin requerir análisis. Y así, involuntariamente, se convierten en los mejores aliados del régimen que dicen combatir.
El pueblo de Cuba es un pueblo engañado y estafado. Se le prometió un estado de bienestar a cambio de sus libertades y no recibió ni lo uno ni lo otro. Se le pidió crear un «hombre nuevo» y se le entregó un ser bipolar, más reconocible por su doble moral que por su conciencia revolucionaria. Se le expulsó del país cuando disintió y se le llamó «gusano», para luego depender de las remesas de esos mismos «gusanos». Se le obligó a pagar pasaportes y prórrogas a precios usureros para poder visitar a su propia familia, sometiéndolo a deberes sin otorgarle ningún derecho.
La diáspora merece también un examen de conciencia. No sirve denunciar la tiranía con retórica de Guerra Fría ni aplaudir sanciones que asfixian a tu familia mientras la nomenclatura se refugia en sus privilegios. No sirve llamar «comunistas» a quienes se comportan como oligarcas.
A la izquierda internacional le digo: si creen en la justicia social, miren a los ojos a Kamil y Ernesto, presos por decir lo que ustedes dirían bajo cualquier otra dictadura de derechas. Miren los 1.200 presos políticos, los hospitales sin insumos, las calles tapizadas de basura. Y díganme si firmarían esa carta sin un párrafo sobre la responsabilidad del gobierno cubano.
Cuba no necesita que Sarandon firme cartas contra Trump ni que Rubio apriete el cerco. No necesita que Greta rompa bloqueos ni que un influencer grite «¡comunistas!». Necesita que alguien tenga el coraje de decir la verdad completa: que el embargo daña, pero que el régimen destruye. Que la presión externa agrava, pero que la opresión interna es la raíz. Que Cuba no es un símbolo ni un peón geopolítico: es ocho millones de seres humanos que merecen luz, comida, libertad y que dejen de usarlos como escudo.
***
Imagen principal: Sasha Durán / CXC.