Cuando el poder no se llama pueblo
La historia no promete una salida sencilla. En Europa del Este hicieron falta dos condiciones: una fractura interna del poder y una sociedad civil organizada. Ninguna existe hoy en Cuba, y el bloqueo no las crea. No divide a una élite que es una familia, y una sociedad sin electricidad, transporte ni espacio público difícilmente se organiza, más bien se dispersa.
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Es obvio que no puede llevarse a cabo el cambio imprescindible sin ayuda externa, sea mediante la confluencia de varios gobiernos o entidades internacionales o, a falta de esta conjunción de voluntades, con la colaboración de la única fuerza capaz de destruir el dogal dictatorial, la presión del gobierno de Estados Unidos sobre las fuerzas militares y civiles que detentan el poder en Cuba.
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Cuba necesita que alguien tenga el coraje de decir la verdad completa: que el embargo daña, pero que el régimen destruye. Que la presión externa agrava, pero que la opresión interna es la raíz. Que Cuba no es un símbolo ni un peón geopolítico: es ocho millones de seres humanos que merecen luz, comida, libertad y que dejen de usarlos como escudo.