Cuba, el anexionismo en dos tiempos y las lecciones de José Martí
A José Martí le correspondió vivir una época de enfrentamientos entre potencias, que pretendieron atenuarlas mediante acuerdos internacionales para distribuirse el mundo —el más conocido fue la Conferencia de Berlín, de 1885. En tal sentido, denunció el accionar de las diversas formas del expansionismo de las potencias europeas y estadounidense desde principios del siglo XIX, advirtió acerca de sus propósitos de dominación y saqueo de regiones con menor desarrollo económico, así como las concepciones que pretendían justificar los atropellos, la explotación de las riquezas naturales y humanas y el extermino de poblaciones que se negaran e hicieran resistencia a sus objetivos.
Cuba, las Antillas, América, fueron motivo de preocupación y alerta para él, dado el peligro del expansionismo para la independencia. No eran estas las motivaciones de quienes consideraban la unión a Estados Unidos como vía menos cruenta para liberarse del colonialismo español. Los defensores de esta supuesta solución partían de razones diversas. Uno de los mayores aportes de Martí a la ciencia y la práctica políticas fue la búsqueda de las causas que en determinadas circunstancias históricas promueven determinadas aspiraciones, con las implicaciones consecuentes para alcanzar sus fines.
Al determinar las causas que hicieron posible el surgimiento de la idea anexionista en nuestro país, Martí concluyó: «En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla», eran «los apegados a la riqueza», [OC, t. 1, p. 167 a 170] cuyo enriquecimiento tenía sus orígenes en el sistema esclavista. Dicho sector, en el que confluían españoles y cubanos, veía en la unión a los Estados sureños del vecino poderoso la posibilidad de incrementar sus negocios y la garantía para conservar aquel deformado y deformante sistema. Esta situación prevaleció hasta el final de la Guerra de Secesión (1860-1864).
No obstante, por razones coincidentes o no con los de la isla caribeña, en el país norteño continuaron activas fuerzas que buscaban la absorción de Cuba; política iniciada desde principios del siglo XIX. Ambicionaban la posesión de aquella fuente de productos tropicales, mercado para sus industrias, y territorio estratégico desde el punto de vista militar. Solo los detenía en sus aspiraciones el poderío de Gran Bretaña, pugnas que variarían durante el período, hasta inclinarse a su favor a fines del siglo.
Para Martí, en coincidencia con otros analistas de la época, era evidente que el auge o declive del anexionismo insular oscilaba en dependencia de las decisiones del gobierno español, que en caso de poner en peligro las bases de sustentación económica de la burguesía cubano-española, haría que esta se dispusiera a cambiar de metrópoli. Una de sus observaciones más diáfanas al respecto se halla en este fragmento: «Lo querrán [unirse a Estados Unidos] unos cuantos fabricantes de azúcar; lo querrán los que, so pretexto de patria, se valían de ella para tomarla en su provecho». [OC, t. 22, p. 66]
No obstante, comprendió asimismo que no todos los defensores de esta idea tenían motivaciones puramente económicas. Un sector anexionista, por lo general no vinculado al tráfico ni posesión de esclavos, sustentaba el deseo de la unión al país vecino para evitar una guerra devastadora que librara la Isla del dominio español; aspiraban a la independencia, pero sin propiciar una confrontación bélica que acarrearía no sólo destrucción, sino transformaciones profundas a las que temían.
El análisis martiano pone de relieve los errores y debilidades de esta concepción: «¿Por qué quieren anexarse? Por lo grande de esta tierra. Y ¿por qué es esta tierra grande, sino por la revolución?». Sus antagonistas pretendían que con la anexión disfrutarían «de los beneficios de la Revolución sin exponernos a sus peligros», lo que refuta por irracional, para advertir que si los políticos estadounidenses hicieran alguna concesión «será porque les viene beneficio», pues: «Nadie compra para beneficio de otros». Concluye que «es ley en política [...] que nadie goce de un beneficio cuyo precio no ha pagado». [OC, t. 22, p. 165 y 166] La libertad de su pueblo sería una conquista, no una dádiva, como sentenció en su primer discurso dirigido a los compatriotas emigrados en Nueva York: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio». [OCEdCrítica, t. 6, p. 145]
Eran diversos los matices de la tendencia anexionista, por lo que, en su estrategia de unión de los cubanos en el enfrentamiento al colonialismo, así como en el previsible choque con la tendencia expansionista de Estados Unidos, Martí situó en su justo lugar a quienes buscaban de modo sincero, aunque erróneo, la solución del problema cubano en las promesas de la poderosa nación norteña.
Por ello, a la vez que condena a «los cubanos arrogantes o débiles o desconocedores de la energía de su patria», y a la «clase oligárquica e inútil», [OC, t. 4, p. 156] califica a otros sectores de «anexionistas sinceros», a quienes debía tratarse «con el respeto que toda opinión franca merece, porque la sustenta de buena fe más de un cubano sincero», [OC, t. 2, p. 49] que desconfía de la aptitud de nuestro pueblo para alcanzar su propia redención y darse un gobierno estable, firme y democrático que preservara a la nación de la inestabilidad y la encauzara hacia el desarrollo económico y social. Eran múltiples las causas por las que, entre algunos compatriotas honestos, había arraigado aquella forma de concebir la solución de los problemas que afrontaba el país:
«De confianza y gratitud excesivas fue el error principal [...] por el Washington de la leyenda [...] por el amor de aquel Lincoln de quien llevamos luto los cubanos [...] por el cansancio de la incuria y tiranía de España, que en los hombres de peso y realidad inspiraba un amor vivo a la aparente justicia y superioridad norteamericana; por la ciega pasión de las libertades yanquis, forma natural de toda alma ordenada del aborrecimiento a la opresión y desidia españolas; por el natural apego de los hombres de adelanto y orden a las libertades hechas»; [OC, t. 3, p. 48] [por el temor ] «de la ineptitud radical en que a su juicio nos deja la colonia [...] no sabremos [...] gobernarnos como nación». [OC, t. 2, p. 49.]
Confundidos, o atrapados por ilusiones, llegaron a confiar la suerte de su país a elementos foráneos; pero el Apóstol aspiraba a sumarlos a las filas independentistas, en una muestra más de su confianza en el valor de las ideas propias, ejemplo que debería ser imitado por cuantos hacen expresión verbal de la justeza de sus concepciones, pero no tienen convicción suficiente para confrontarlas con quienes opinan de forma distinta, y pretenden elevar su incapacidad para el diálogo a dogma supuestamente revolucionario.
Si bien Martí valoró que el anexionismo no había alcanzado fuerza y madurez para presentarse ante el pueblo como una solución; alertó sobre «quien creyese que la idea de la anexión, irrealizable e innecesaria como es, desaparecerá de nuestros problemas por su flojedad esencial, por la fuerza de nuestros desdenes, o por el brío de nuestra censura», pues constituye «un factor grave y continuo de la política cubana», y «como a factor político se la ha de tratar a la vez que se demuestra su ineficacia».
Aunque constituía un grupo minoritario, agrupaba en sus filas a los elementos económicamente más poderosos de la colonia, con aliados entre políticos norteamericanos, y con grupos monopolistas vinculados estrechamente al comercio, la agricultura, la industria azucarera y la minería cubanos. Por tales razones, Martí definió al anexionismo como «un factor grave y continuo de la política cubana»: grave, porque la actuación mancomunada de los malos hijos de Cuba y los norteños rapaces ponían en peligro la libertad de nuestra patria y de toda la América hispana; continuo, porque «los hombres autoritarios y los acaudalados» prefieren la unión al vecino codicioso a poner en riesgo «su propiedad o a la mortificación de su soberbia». [OC, 2, p. 48 y 49.]
La complejidad del fenómeno, caracterizado por la presencia de diferentes intereses y sectores de opinión, exigía cuidadoso análisis, a la vez que un proceder adecuado. La coincidencia de grandes capitalistas cubanos e hispanos con los estadounidenses, por asociación o fusión, no podía homologarse con la actitud de los cubanos propietarios de industrias del tabaco radicados en Estados Unidos, quienes, conjuntamente con la masa obrera exiliada, formaban parte de las fuerzas independentistas y se oponían a la anexión; no solo por innegables motivaciones patrióticas, sino por la búsqueda de una solución nacionalista determinada por el temor a ser absorbidos por los monopolios del Norte, en particular el del tabaco, o de que este último llegara a controlar la compra de toda la hoja de la Isla. Además, la unión de Cuba al vecino como un Estado más los perjudicaría, pues el torcido hecho en la Isla entraría libremente en el mercado estadounidense, haciéndole una competencia ruinosa.
La forma de eludir estos peligros era mediante la destrucción del poder colonial, lo que les permitiría invertir en la Isla sus capitales y ocupar un puesto seguro entre los industriales del país liberado. No era el caso de la cúspide de la burguesía cubano-española, que aferrada a su «madre patria» se prestaba al rejuego político de última hora que concebiría el gobierno madrileño en 1898, cuando ya era demasiado tarde.
Para alcanzar los propósitos patrióticos se imponía aunar en un bloque multiclasista a los sectores antioligárquicos, integrados por los pequeños propietarios urbanos y rurales, los profesionales, aislados de los empleos mejor remunerados por un sistema de favoritismos y prebendas; los trabajadores del campo y la ciudad, entre quienes se hallaban, a partir de 1886, más de doscientos mil exesclavos; los obreros y la pequeña burguesía de las emigraciones, unidos en la brega diaria por el sustento en un medio hostil, que anhelaban retornar a la patria y asumir la dignidad de hombres libres; los industriales del tabaco en el exilio, ya mencionados; los sectores de la burguesía urbana y rural dedicados a la producción para el consumo interno, quienes sufrían los efectos de la estrechez del mercado y las condiciones impuestas por los grandes comerciantes.
Esta coincidencia de propósito haría posible la patria independiente, condición esencial para fundar la república democrática, un sistema de gobierno cuyo programa respondiera a los objetivos compartidos.
Anexionismo cubano actual
Consecuentes con el método martiano de análisis de la realidad, han de precisarse las causas del resurgimiento de la idea anexionista en Cuba en estos años turbulentos del XXI.
Cabe realizar una aclaración previa de carácter histórico: la propuesta de la anexión como vía para solucionar los graves problemas que afronta nuestro país constituye un desfase temporal; además de que su realización atentaría contra la independencia nacional. Debe tenerse en cuenta que en fechas tan lejanas como 1902 ―cuando los representantes del gobierno estadounidense abandonaron la Isla después de imponer la Enmienda Platt―, y 1909 ―al finalizar la segunda intervención―, los políticos y monopolistas norteamericanos apelaron a mecanismos de dominación, denominados «neocoloniales», que no requerían la adquisición forzosa del territorio ni su ocupación por tropas, ni situar en puestos clave a sus funcionarios.
Sus propósitos de dominio económico y político fueron logrados de otros modos, más rentables y funcionales. En la actualidad, lo que está ocurriendo en Venezuela confirma la aplicación de soluciones de este carácter, con las que ya han obtenido el control de la comercialización del petróleo, entre otros propósitos.
En nuestro caso, debemos tener la suficiente objetividad en el análisis para advertir que el recrudecimientos de las sanciones/embargo/bloqueo (como considere denominarse) dirigidas al logro del debilitamiento del régimen dictatorial que domina nuestro país, no constituye una situación coyuntural surgida en enero de 2026, sino la aplicación consecuente de un proceder concebido desde hace años, cuyo propósito final es el cambio de régimen en Cuba como primer paso hacia la dominación de sus fuentes de recursos y el control de su posición geoestratégica.
Los momentos actuales les son beneficiosos para lograrlo, pues el país se encuentra debilitado y dividido como resultado de decenas de años de la aplicación de métodos de dirección erróneos por parte de los funcionarios a cargo del gobierno cubano, al punto de que la verdadera disyuntiva no es «anexionismo o “socialismo”», sino «democracia popular o “socialismo de élites”».
El efecto destructivo de las prácticas sostenidas por el sistema político cubano han destruido el tejido social; han arrasado la unidad nacional-popular, con la consiguiente pérdida de confianza de amplios sectores de la ciudadanía en sus propias fuerzas; han generalizado sentimientos de impotencia y miedo ante aparatos de represión que imposibilitan toda expresión de ideas, de búsqueda de soluciones propias, emanadas de nuestros trabajadores, campesinos, empresarios, estudiantes, intelectuales, ignorados y marginados de toda participación política.
La falta de respuestas, explicaciones, rendición de cuentas, el silencio y el misterio con que se rodea y actúa la casta «dirigentil», consolida los resquemores, las dudas, las frustraciones personales y colectivas, con lo que se abren espacios que ocupan quienes pueden ofrecer una salida, cualquiera que sea.
Estas afirmaciones requieren de argumentación, pero como ha sido expuesto en los últimos años por diversos analistas, basta una síntesis mínima para demostrar cómo la propaganda del propio régimen se halla en la base del resurgir del anexionismo. Al atribuir todos los males y la falta de perspectivas al «bloqueo imperialista», el régimen cubano ha puesto en un tercero, externo, la causa y la solución, con lo que han creado un arma ideológica de doble filo. Es evidente su incapacidad para elaborar planes y proyectos propios, apoyados en las fuerzas, ingenio y recursos internos.
No han sido capaces, no lo son ni lo serán, pues temen perder una cuota mínima de poder político, lo que implicaría disminuir el control económico, sus beneficios inmensos, ilimitados, la posesión de todo un país a su servicio, sin compromiso alguno con nada ni con nadie. Constituyen así una nueva oligarquía que abomina al pueblo y combate el control ciudadano.
Sería muy difícil de explicar —si razonar cupiera en cabezas dogmáticas, antipopulares, totalitarias— de qué modo el «bloqueo imperialista» impuso la decisión de implantar la denominada «Ofensiva Revolucionaria» en 1968, que implicó la expropiación de más de 57 000 medianos y pequeños negocios, para, según afirmaban, eliminar todo vestigio de capitalismo.
Otro asunto a la espera de análisis es la implementación de la llamada «Tarea Alvaro Reinoso», en 2002, que eliminó setenta y uno de los 156 centrales azucareros del país, vendidos como chatarra, así como desaparecieron los bateyes de cada una de esas comunidades productivas y culturales.
Otra «Tarea», esta vez llamada «Ordenamiento», iniciada el 1ro de enero de 2021, tras diez años de análisis según sus expositores, culminó el proceso que sumió al país en la más grave inflación conocida en la historia de Cuba. Todo este desastre ha sido resultado de la confluencia letal de voluntarismo, ignorancia, prepotencia y exclusión política; no de decisiones tomadas por agentes externos.
Los anteriores son apenas ejemplos de lo hecho, y dejado de hacer, por los funcionarios a cargo de la dirección del país. En igual o mayor proporción se podrían reseñar cientos de imposiciones, a lo largo de los sesenta y siete años de totalitarismo, que han atentado y atentan contra la autoestima, la dignidad y el honor del pueblo cubano que, sumido en una crisis generalizada, económica, política, social, cultural; ha conducido a la búsqueda de soluciones fuera del régimen dictatorial.
Si la supuesta dirigencia tuviera un mínimo de patriotismo, si fueran capaces no solo de actuar con talento, sino con el simple instinto de conservación, buscarían las vías para abandonar el poder ejercido durante tantos años, reconocerían los errores cometidos y propiciarían cambios que reencaucen la nación para que retorne a sus características en lo espiritual, cultural y económico.
Hasta ahora, no aparecen signos de que esta decisión pudiera ser asumida por los militares y civiles que detentan el poder real. Todo indica que se atrincheran y preparan para enfrentar al pueblo desarmado, atomizado, hambreado, enfermo, dividido, reprimido hasta en el pensamiento; para, en el caso hipotético de un levantamiento similar al del 11 de julio de 2021, proceder de acuerdo con las lecciones, el ejemplo y el aprovisionamiento de medios y recursos proporcionados por sus maestros y asesores chinos y rusos, y repetir los crímenes estalinistas —años 30 hasta 1953— y la matanza de Tiananmen —1989—. O repetir en nuestro país la Masacre del Día de las Madres —2018—, llevada a cabo por las fuerzas represivas en Nicaragua.
El peligro está latente. Los riesgos son enormes. La represión se incrementa cada día. Debemos estar advertidos como seres humanos de los peligros de continuar bajo una dictadura que ha conducido al debilitamiento de las bases de sustentación del patriotismo, del nacionalismo, que ha logrado la pérdida de la confianza del pueblo en sus propias fuerzas.
Es obvio que no puede llevarse a cabo el cambio imprescindible sin ayuda externa, sea mediante la confluencia de varios gobiernos o entidades internacionales o, a falta de esta conjunción de voluntades, con la colaboración de la única fuerza capaz de destruir el dogal dictatorial, la presión del gobierno de Estados Unidos sobre las fuerzas militares y civiles que detentan el poder en Cuba.
No es deseable, en modo alguno, la presencia del gobierno estadounidense en este esquema de posibles soluciones, sobre todo si tenemos en cuenta las características francamente autoritarias de su presidente; pero cada día que continúe la situación actual en nuestro empobrecido país significará más personas fallecidas por falta de medicamentos elementales, por desnutrición, por acciones punitivas contra los presos políticos en las mazmorras, por hipotermia en un país tropical, por epidemias sin control. Se impone una decisión que ponga fin a tantas muertes, a tanta ignominia; pero sin perder la independencia de Cuba.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.