Política exterior cubana: hipocresía, manipulación y desvergüenza

La reciente muerte de militares cubanos que protegían a Nicolás Maduro en Venezuela, además de algunos heridos, muestra la hipocresía, manipulación y desvergüenza de la política exterior y el desprecio del gobierno de la Isla por su gente. No es novedad, en más de medio siglo la historia muestra un patrón de relaciones bilaterales de «hermandad» con sendas dictaduras y execrables crímenes contra los derechos humanos de otros pueblos. Ofrezco una pequeña muestra en Asia, África y Medio Oriente. Son hechos poco conocidos por generaciones de cubanos.  

El desconocimiento nos hizo cómplices involuntarios de apoyos que debieron ser condenas. Durante décadas, creímos héroes de otros países y causas a quienes en realidad eran villanos. La histórica narrativa de una política exterior independiente, soberana, antimperialista y ligada a las causas justas, se estrella contra esa realidad.   

El potencial de un Estado y de su política exterior se asocia a sus recursos y condiciones geopolíticas (tamaño, fronteras, ubicación geográfica, población, economía, recursos naturales, científicos y militares) y a sus condiciones internas. Así, la política exterior depende de intereses, necesidades y objetivos del país. Nada de eso aplica a Cuba, que tiene 125 embajadas ―más consulados y representaciones ante organismos internacionales― en el mundo; igual cantidad que España y mucho más que Portugal, México, Canadá, Argentina, Chile o Sudáfrica. Además, oficialmente define en su política exterior la subordinación de los intereses de la Isla a los «generales de la lucha por el socialismo y el comunismo», «la liberación nacional», «la derrota del imperialismo…», principios esencialmente ratificados (1,2 y 3) hasta hoy por el Partido/Gobierno/Estado.

Supuestamente, al ser un pequeño país acosado por una potencia como EE.UU., necesitábamos una fuerte y amplia política exterior para influir y asegurar solidaridad. Sin embargo, la intención real era de injerencismo, manipulación (también afuera) y aseguramiento de alianzas en el sistema internacional, sin importar que los «hermanos» fueran dictaduras extremas. De tal modo, arrasaron con valores y empañaron la imagen de nuestro pueblo ante otros.

Alianzas vergonzosas

En 2025 Cuba celebró el 65 aniversario de relaciones bilaterales con Corea del Norte y Camboya (Kampuchea). Sustentadas «en la construcción de una sociedad socialista», «solidaridad», «coincidencia de principios», «sueños comunes», cooperación internacional en «derechos humanos, defensa, seguridad» y «lucha común contra el imperialismo yanqui».    

Corea del Norte es señalada por crímenes contra nacionales y extranjeros, castigos colectivos, torturas y campos de trabajo forzado; algo documentado y condenado por la sociedad civil internacional y por la ONU. Pero allí ha estado Cuba desde 1960, hasta con visitas oficiales de primer nivel. Respecto a Kampuchea, las relaciones con la Isla existen desde que los comunistas radicales conocidos como Jemeres Rojos luchaban por el poder durante los años sesenta; pero se reforzaron con ellos desde que lo alcanzaron en 1975. Solo entre ese momento y enero de 1979, causaron la muerte de entre la cuarta y quinta parte de la población kampucheana.

La «Kampuchea Democrática» de los Jemeres ocupó el escaño de Camboya en la ONU, pero la mayoría de los diplomáticos en ese país se marcharon o fueron expulsados. Únicamente tenían catorce embajadas en el mundo, y apenas diez países mantuvieron embajadas allí; del hemisferio occidental, solo Cuba. Excepto China, el resto del cuerpo diplomático que permaneció fue obligado a vivir en habitaciones asignadas en una zona bloqueada.   

Con Guinea Ecuatorial, Etiopía y Zimbawe, las relaciones bilaterales datan de más de medio siglo las dos primeras, y de cuarenta y cinco años la última. Se muestran como «fraternales», «de hermandad», de «especial importancia», «solidaridad» y cooperación diversa, incluidas «defensa» y «seguridad». Vínculos directamente derivados de la «admiración y relaciones tempranas» de Fidel Castro con Megistu Haile Marian (Etiopía) y Robert Mugabe (Zimbawe).

Sin embargo, la Etiopía de Megistu (1977-1991) fue la del llamado Terror Rojo. Según diversas fuentes, solo en los dos primeros años de ese lapso murieron entre 500 000 y más de un millón de personas, además de que continuaron torturas, ejecuciones extrajudiciales, etc. El dictador fue condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, pero escapó y recibió asilo político en el Zimbawe de Robert Mugabe. Y allí ha permanecido Cuba, incluso con tropas en la guerra del Ogaden, donde en apenas unos meses perdieron la vida 163 cubanos.  

La dictadura de Mugabe destruyó a Zimbawe entre 1980 y 2017, cuando fue derrocada mediante una rebelión popular y golpe de Estado. Su gobierno ocasionó masacres, limpieza étnica y la muerte de miles de ciudadanos bajo una represión sostenida, racismo, discriminación política y feroz castigo contra la comunidad LGBTIQ; además de un enorme éxodo. Al principio fue visto como el gran libertador, pero el mundo le dio la espalda cuando supo lo que allí ocurría. Cuba no, al parecer, al gobierno le era suficiente con que Mugabe se enfrentara a Occidente.  

Guinea Ecuatorial, por su parte, tiene uno de los peores registros sobre derechos humanos en el mundo desde su independencia (1968). El mandatario desde 1979 es el dictador más longevo del planeta. Millones han sido sus víctimas: secuestros, torturas, asesinatos por apaleamiento, crímenes dentro del país y contra exiliados. Constan numerosas denuncias de desapariciones de activistas, falta de libertad de prensa, garantías jurídicas y debacle económica.

En África del Norte y Medio Oriente, sobresalen Irán, Siria, Libia y Argelia. Con ellos también las relaciones bilaterales son históricas, desde que ascendían o se consolidaban regímenes dictatoriales como «revoluciones» durante los años sesenta y setenta. El discurso oficial las presenta como relaciones «estrechas», «valores comunes», «hermanos», «alianza estratégica», «apoyo mutuo en asuntos políticos y militares» y «lucha contra la opresión y el imperialismo».

No obstante, Irán es una de las peores dictaduras del mundo. Ha arruinado a un país cuyo pueblo se levanta nuevamente. Es responsable de masacres penitenciarias, castigos horrendos, violencia sistemática, especialmente contra las mujeres, crímenes de lesa humanidad y terrorismo dentro y fuera de fronteras. Por su parte, en Siria, apenas en 2023 cayó la dictadura de medio siglo de Bashar al-Assad. Existen informes documentados de encarcelamientos masivos, torturas, ejecuciones extrajudiciales y atrocidades, sobre todo desde 1970. Allí dejaron sus vidas 180 cubanos y resultaron heridos 250 en la guerra de Yom Kipur (1973-1974).

Libia fue durante casi todo este tiempo otra dictadura feroz derivada de una revolución. En manos de Muamar el Gadafi, el régimen libio fue altamente represivo, corrupto y terrorista, dentro y fuera del país. Su fin comenzó con la agitación popular de 2011, que derivó en guerra civil, bombardeo de la OTAN y muerte del dictador. Las loas oficiales cubanas a Gadafi y la nostalgia por su muerte escandalizan; mientras, nunca condenaron el terrorismo que los propios libios reconocieron ni las masacres contra sus ciudadanos.   

Argelia fue otro gobierno de partido único, represivo y centralizador, desde Ahmed Ben Bella, en 1962, a Hauari Boumedienne (1965-1978) que consolidó la dictadura militar hasta 1992. Hubo allí por primera vez tropas cubanas en misión secreta, con cientos de hombres y tanques listos para la guerra. No llegaron a combatir por decisión del gobierno argelino, que accedió a esfuerzos de los EE.UU., que junto a Francia y España negaron apoyo a Marruecos y optaron por la negociación para terminar el conflicto entre los dos países.

Balance

Los casos expuestos están reconocidos como «dictaduras extremas», con fachada de revolución. Excepto Irán, han sido experimentos socialistas. Todos totalitarios, con un gran líder, represión e intolerancia; bajo liderazgo de partidos únicos (algunos comunistas); con la ilusión del «hombre nuevo»; purgas, corrupción, censura, violación de las libertades civiles y políticas, y, siempre, enemigos de los Estados Unidos. Países muy lejanos que, como Cuba, han sido arruinados. Regímenes similares donde la presencia cubana no ha sido simbólica, sino real.

Está claro que los gobiernos responden a intereses y a la geopolítica mundial. Eso permite estudiar, comprender los procesos y actuaciones, no justificarlos. Donde existe una sociedad civil real y unos mínimos democráticos, dichas proyecciones pueden tener alguna contención al interior de los países. En Cuba es imposible.

Desde su formulación de política exterior, el Partido/Gobierno/Estado cubano no solo asume la versión más arcaica del interés nacional ―tan importante para la política exterior―, por y para la clase dominante del poder, ignorando a la ciudadanía, sino que declara abiertamente la subordinación de lo propio a lo ajeno. También por eso Cuba está hoy en ruinas y con miles de cubanos muertos en el mundo.

Viendo solamente esta muestra, que no incluye otros casos escandalosos como los de Angola, Nicaragua, Venezuela, Granada…pareciera que la Revolución fue hecha para una cruzada contra Estados Unidos y por el comunismo; no para la democracia y el bienestar del pueblo que la consiguió.  

Los cubanos necesitamos conocer estas historias y los miles de muertos, heridos y mutilados que cargamos de guerras y conflictos ajenos. En todos esos países, como ahora en Venezuela, estos han sido previsibles, y han compelido a los gobiernos acreditados a evacuar a sus nacionales. Cuba nunca lo hace antes de poner muertos, pero sí los usa ―si conviene o no le queda más remedio― para el discurso heroico.

¿Es racional que Cuba ―siendo un país pequeño, subdesarrollado y de pocos recursos― posea tal superioridad de embajadas frente a países desarrollados, extensos, algunos que incluso fueron imperios coloniales? ¿Sabe el pueblo cubano cuánto cuesta ese inmenso servicio exterior? ¿Cuánto ha entregado este pueblo en vidas, recursos financieros y complicidad de su gobierno con esas dictaduras? ¿Cuál es el saldo real de esas relaciones bilaterales? Son, además, países lejanos, sin importancia económica, relaciones culturales, de fronteras u otras características importantes que conecten con los reales intereses nacionales de Cuba.

Son alianzas que avergüenzan la historia de un pueblo noble como el cubano, basadas en la hipocresía, manipulación y desprecio del gobierno hacia su pueblo y a los otros pueblos mancillados. Se evidencia también en la responsabilidad de Cuba en el vía crucis venezolano. Y no termina ahí, porque las dictaduras se buscan y alían en lo multilateral, minando sistemática y flagrantemente las principales conquistas de la humanidad: democracia, derechos humanos y respeto al derecho internacional, especialmente el uso de la diplomacia en oposición a la fuerza.

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Imagen principal: Ernesto Mastrascusa / EFE.

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Ivette García González

Doctora en Ciencias Históricas, Profesora Titular y escritora cubana.

https://www.facebook.com/ivette.garciagonzalez.9
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