Soberanías en conflicto o la crisis del patriotismo en Cuba

Los tiempos históricos asombran a veces por sus similitudes. Un siglo atrás, los nacidos en esta Isla compartían un sentimiento de frustración colectiva que se repite hoy. En Un análisis psicosocial del cubano: 1898-1925, el historiador Jorge Ibarra lo describe así: «(…) una frustración espiritual que como actitud emocional generalizada sufría el pueblo». La percepción de una independencia incompleta; el deterioro de la economía nacional y su debilidad financiera ante la pujante economía norteamericana, más que evidente con el crac bancario de 1921; el monopolio político del mambisado con su caudillismo estéril, y la falta de claros horizontes; fueron algunos de los factores que explican esa actitud.

La apelación al «honor nacional» y a «la dignidad patria» fue el centro del discurso nacionalista durante las primeras décadas de vida republicana. Era la retórica de los viejos revolucionarios independentistas, agrupados algunos en la Asociación de Veteranos y Patriotas, sostenida a su vez por el axioma: «contra la injerencia extraña, la virtud doméstica», antecedente ―oh, recurrencias temporales―, de la tesis de «la plaza sitiada», tan cara a los ideólogos post 1959.

No obstante, la exaltación patriótica y la apelación al honor nacional resultaban pueriles sin real independencia económica. Cuando en 1927 el historiador Ramiro Guerra ―un hombre que no militó jamás en la izquierda, que fue ministro de la dictadura de Machado, pero al que este país le debe mucho―, impartió la conferencia «Azúcar y Población en las Antillas», demostró estadísticamente el nivel que había alcanzado la penetración norteamericana en suelo cubano. Revista de Avance lo resumió de este modo: «(…) el Doctor Guerra, con los datos precisos, nos dijo que once compañías extranjeras poseían la mitad de la tierra laborable de Cuba (…)».

Esa es la etapa en que la juventud cubana se desmarca de la retórica «patriotera» del mambisado. Así lo expresaba Revista de Avance el 15 de julio de 1928: «(…) ya va siendo hora de que en Cuba fundamentemos las opiniones sobre los hechos, y no sobre un misticismo hecho de vagas ilusiones y escrúpulos de teórica dignidad. El patriotismo, si no tiene un sentido realista, se queda en obcecación suicida».

En la hora actual de Cuba, y ante las amenazas del uso de la fuerza por parte de la administración de Donald Trump, emerge la polémica alrededor de conceptos como «soberanía» y «patriotismo». Se pretende que cualquier diferendo interno quede pospuesto ante una amenaza exterior; no obstante, esta es una cuestión mucho más compleja.

Patria, nación, Estado

La soberanía estatal se refiere no solo al ejercicio de la autoridad en determinado territorio, sino también a la capacidad efectiva de autodeterminación y de reproducción de la vida material de un estado, en consonancia con la facultad real de sus ciudadanos para dictar, aplicar y hacer cumplir las leyes.

La soberanía no es, como suelen creer algunos defensores del Estado, «la independencia ante cualquier poder externo y la supremacía sobre cualquier poder interno». Esa es una concepción autoritaria propia de las monarquías absolutas, donde el señor ejercía su poder sobre la tierra y sobre los que en ella vivían como súbditos. Los que así opinan, olvidan que, previo al surgimiento de los estados modernos, existió un dilatado proceso de formación de las naciones en cuya base más remota está el patriotismo.

Si la nación representa al grupo o grupos étnicos, la lengua, la autoconciencia, la idiosincrasia, lo simbólico, y no se circunscribe únicamente al territorio nacional; si el Estado determina los límites geográficos, lo institucionalizado, el modo de producción, el corpus jurídico y normativo y el sistema político; la patria, por su parte, es una noción mucho más antigua y arraigada y se refiere, en una palabra, al suelo natal.

Dicha noción fue un componente conferible originalmente a los espacios domésticos. Así lo explica la historiadora del urbanismo Alicia García Santana al valorar el significado del altar familiar y el culto a los antepasados entre los romanos:

«(…) el culto a los dioses familiares fue una religión que “ordenaba aislar el domicilio y aislar también la sepultura […]”, situada dentro del ámbito del solar, lo que estableció un vínculo indisoluble entre una familia y el suelo sagrado de su casa. De este modo nació el concepto del derecho de propiedad, y algo mucho más sutil y simbólico, que es la identificación de un grupo humano con un determinado lugar, de donde derivó la noción de patria, progresivamente ampliada a una ciudad, una región, una nación».

Cuando el patriotismo se debilita por alguna razón, la soberanía del Estado también lo hace, pues son los habitantes de un país los que, en última instancia, deben responder a la agresión de una potencia externa, sea de manera espontánea u obligatoria; sea mediante las armas o los argumentos. Sin embargo, cuando ellos no se sienten representados por el Estado; cuando se les trata como súbditos en lugar de como ciudadanos, es más difícil que cierren filas ante la amenaza externa.

Es lo que ocurrió en Venezuela y es también, de algún modo, la actitud de muchos cubanos. Resulta doloroso apreciar cuánto ha calado el sentimiento de frustración nacional entre nosotros. Incluso, no creo que la mayoría de la gente tenga una actitud anexionista, pero sí percibo que una buena parte de ella siente que al defender a Cuba no está defendiendo a la patria, sino a un sistema que ha convertido a la Isla en una nación débil, dependiente, y con un sistema sociopolítico desentendido de los intereses reales de los cubanos.

Durante muchos años se ha venido instrumentalizando una noción intolerante: la tesis de que la patria es patrimonio de determinado grupo, portador a su vez de determinadas ideas políticas. La Constitución de 2019 afirma en su artículo 4: «La defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano». Y es precisamente esa tergiversación —histórica, teórica y antropológica—, el primer obstáculo a vencer.

En mi artículo «El secuestro ideológico de la patria, una barrera a la reconciliación en Cuba», publicado hace algunos años, explicaba:

«En Cuba, el ámbito del Estado ha intentado establecerse como único vínculo con su ciudadanía. En consecuencia, lo político y lo normativo —que en el caso de un modelo de partido único incluye con fuerza la esfera de la ideología, entendida como ideología de Estado—; fagocitan el resto de los niveles de relación del cubano con la nación y la patria.

Resultado de esto es la conclusión perversa que asume que quienes no sean partidarios del socialismo, incluso, quienes no convengan con el modelo específico que la ideología de Estado determina como socialista; es un apátrida.

Y esa confusión deviene lucha férrea por controlar desde el poder al territorio físico y simbólico de la patria: “las calles son de los revolucionarios”, “en las universidades solo pueden estudiar los revolucionarios”, al país únicamente pueden entrar los cubanos que no molesten a este objetivo. Como tampoco pueden permanecer los que se dictaminen como dañinos a la “patria socialista”. Por su parte, la bandera, el himno nacional, el escudo, todos ellos símbolos patrios; se disputan como si fueran propiedad de una clase o secta ideológica».

«Patrioterismo» vs patriotismo

Una consecuencia de lo anterior es el patriotismo de barricada, o «patrioterismo»; aquella postura que defiende los intereses de la nación únicamente cuando es amenazada por otra potencia, pero apoya ―incondicionalmente o con críticas superficiales―, al voluntarismo, las erradas determinaciones, las políticas públicas fallidas, el sistema político excluyente y discriminatorio y los actos represivos de una clase dirigente que ha arruinado sistemáticamente a la nación.

Los «patrioteros» son capaces de defender el territorio, de apelar al derecho internacional para reforzar la soberanía del Estado, pero nunca defenderán los derechos y las libertades de sus habitantes.

En su ensayo Juventud y Vejez, de 1928, el joven intelectual Juan Marinello se preguntaba: ¿Cuando hayamos derrochado en frivolidades y en burocracia parasitaria e inepta el precio de nuestro suelo, qué seremos en nuestra tierra a pesar del himno y de la bandera? Esta pregunta reviste total pertinencia. Estamos en el punto en que tenemos himno y bandera, pero apenas tenemos país.

El deterioro de la nación ha sido un largo proceso mediante el cual se ha llegado al punto de colapso de toda su infraestructura básica, su industria, su agricultura, sus recursos naturales y humanos.

Esto no es una mera cuestión de ideologías, sino de supervivencia del grupo humano. Para el materialismo cultural, las causas más probables de la variación, en los aspectos mentales o espirituales de la vida humana (y el patriotismo es uno de ellos), son las variaciones de los imperativos materiales, que afectan la manera en que la gente se enfrenta a los problemas de satisfacer necesidades básicas en un hábitat concreto. Hace seis años mueren en Cuba más personas que las que nacen; el éxodo masivo nos ha reducido demográficamente; casi no tenemos mercancías para exportar ni recursos financieros para importarlas; la deuda externa es gigantesca; nuestra gente padece hambre, enfermedades y falta de esperanzas. Claro que el patriotismo está en crisis.  

Al presentar a las sanciones norteamericanas como máximas responsables del desastre que sufrimos, nos trataron de convencer ―mediante el discurso político, la educación doctrinal y la represión al pensamiento crítico― de que no podemos transformar nada internamente si Estados Unidos no lo permite, y muchas personas lo han aceptado, hasta el punto de que ven a ese país como única posibilidad de un cambio para el nuestro. Ello, duro es admitirlo, ha significado la victoria de un plattismo inconsciente en el imaginario social.

Y para los que sueñan con la anexión, abandonen esa idea. La ruina de la nación cubana es de tal magnitud, que ninguna otra se sentirá tentada a anexarla. Sería una carga demasiado onerosa. Ni siquiera manejo argumentos desde el patriotismo o el amor que siento por mi país; lo hago desde la lógica más elemental.

Debemos cambiar dentro de Cuba y tener los derechos y libertades para que la patria sea responsabilidad de todos, para que podamos salvarla entre todos; de este sistema opresivo y de cualquier potencia que pueda amenazarla. Necesitaremos de todos para lograrlo: de los de adentro y los de afuera; de los de derecha, centro e izquierda; de organismos internacionales, incluso, de una buena relación de vecindad con los Estados Unidos, país donde reside la mayor comunidad cubana fuera de la Isla. Necesitamos que el mundo vuelva los ojos hacia esta Isla, donde la mayor amenaza no viene precisamente de afuera.

Como decía Revista de Avance: ya va siendo hora de que en Cuba fundamentemos las opiniones sobre los hechos, y no sobre un misticismo hecho de vagas ilusiones y escrúpulos de teórica dignidad. El patriotismo, si no tiene un sentido realista, se queda en obcecación suicida.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

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Alina Bárbara López Hernández

Profesora, ensayista y editora. Doctora en Ciencias Filosóficas y miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba.

https://www.facebook.com/alinabarbara.lopez
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