José Martí contra la tiranía
[…] con un poco de luz en la frente
no se puede vivir donde mandan tiranos.
José Martí
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Desde sus primeras manifestaciones políticas, José Martí se enfrentó a la tiranía colonialista que oprimía a su patria. En las páginas del El Diablo Cojuelo denunció los procedimientos utilizados por el régimen para impedir cualquier expresión de descontento, pues si por una parte declaraba que podía escribirse de cuanto se quiera, «también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el [presidio de la fortaleza del] Morro, por lo que dijo o quiso decir». Así lo describió:
¿Venía usted del interior, y traía usted una escarapela? —al calabozo!—¿Habló usted y dijo que los insurrectos ganaban o no ganaban? —al calabozo!— ¿Antojábasele a usted ir a ver a una prima que tenía en Bayamo? —al calabozo!— Contaba usted tal o cual comentario, cierto episodio de la revolución? —al calabozo!—Y tanta gente había ya en los calabozos, que a seguir así un mes más, hubiera sido La Habana de entonces el Morro de hoy, y La Habana de hoy el Morro de entonces. [OCEdC, t. 1, p. 19-20]
La represión es el método aplicado por las tiranías contra la libertad de expresión para aplastar todo intento de ejercer cualquier derecho ciudadano. El adolescente José Martí, de apenas diecisiete años, fue condenado a prisión por haber incitado a un cadete, antiguo condiscípulo, a que abandonara las filas del ejército.
Conmutada su pena por la de destierro, al llegar a España escribe el artículo «Castillo», en el que denuncia los horrores de un sistema carcelario que siega vidas e intenta destruir la dignidad humana. Pocos meses después publicó El presidio político en Cuba, en el que amplía sus argumentos contrarios a aquellos que, desde un supuesto patriotismo, aplaudían los actos inhumanos del gobierno a la vez que sancionaban «la violación más inicua de la moral, y el olvido más completo de todo sentimiento de justicia». [OCEdC, t., 1, p. 93]
Desde la perspectiva martiana, la lucha contra el colonialismo no solo debía proponerse la expulsión del gobierno de la metrópoli, sino la terminación de un sistema político-económico de explotación desmedida en el país; lleno de componendas y privilegios en favor de la horda de negociantes y funcionarios enriquecidos; de inmoralidades administrativas, intolerancia e incultura; de toda práctica injusta y degradante que había calado profundamente en una sociedad cuya estructura de dominación debía ser saneada.
En su opinión, debía producirse el establecimiento de hábitos democráticos que garantizaran el respeto al derecho, al libre desarrollo de todas las potencialidades materiales y espirituales del pueblo, apto para ocupar un puesto de avanzada en el enfrentamiento a las amenazas internas y externas. Le resultaba una falacia hablar de libertad en un país cuyos pobladores no disfrutaran asimismo y plenamente de sus derechos, pues, según argumentaba, se llega «por la independencia de los hombres, [a] la independencia de la patria».
Sus experiencias en los países donde estuvo exiliado —España, México, Guatemala, Venezuela, Estados Unidos—, así como los estudios que hiciera para conocer los defectos y virtudes de esas naciones, le permitieron percibir las interioridades de regímenes que encubrían métodos autoritarios bajo una terminología democrática; amparados en constituciones y leyes burladas en beneficio de castas empoderadas, que se valían del nombre de la libertad para «desviarla en beneficio propio».
Resultaba claro para Martí que los pueblos se envilecían al asumir «el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades». Concluyó, por tanto, que en Cuba debía impedirse un régimen dictatorial semejante a «la mayordomía espantada de Veintimilla, o la hacienda sangrienta de Rosas, o el Paraguay lúgubre de Francia!», con el fin de fundar una república democrática, donde se disfrutaran en la paz los derechos e intereses de los cubanos. [OC, t. 4, 270]
Observó asimismo ciertos rasgos comunes entre los caudillos militares o civiles que se erigían como jefes absolutos de determinados grupos o sectores sociales. Los estudiosos actuales revelan las causas del caudillismo en la debilidad o ausencia de instituciones representativas, partidos políticos de amplia base, una legislación adecuada a las necesidades del país, la limitación o ausencia de participación ciudadana en la dirección política, así como en las desigualdades sociales y económicas, incrementadas en épocas de enfrentamiento a fenómenos como guerras, crisis naturales o hambrunas, entre otras. Estas circunstancias les sirven de pretexto para asumir poderes extraordinarios ante supuestas o reales urgencias de la patria, hasta anular a opositores o simples críticos, acusados de perturbar el orden o de servir a fuerzas externas.
Al caracterizar a Ulises Grant, el general-presidente de los Estados Unidos, Martí describió sus procedimientos unipersonales: «manda incesantemente, sin alarde ni esfuerzo, cual si le fuera cosa propia, ni pide ni oye consejo, como si se quisiese probar que no lo necesita»; por el contrario, «Al que le da consejo, le frunce el ceño y lo rechaza», mientras al «que le adula, le sujeta. No sufre al que no le adula». De este modo: «Poco a poco, los que le rodean, necesitados de su gracia, se hacen una ley de no contradecirle». Grant hizo un intento nunca visto en Washington: «su hábito del mando y su falta de costumbre de oír y obedecer, va hasta a prohijar un plan inicuo, que a tiempo se descubre e inutiliza, de amordazar la prensa libre que lo censura».
Según el pensador cubano, en su gestión gubernamental impuso Grant «mando absoluto y carencia completa del hábito de obedecer; desdén de toda ley minuciosa y progresiva, y carrera súbita hecha fuera de la práctica natural y ordenada de las leyes, hábito de verlo todo partir de sí, y realizarse por su voluntad y conforme a ella». [OCEdC, t. 22, p. 182, 185, 211, 186 y 211-212]
La represión contra los criterios opuestos a la política oficial, constituye uno de los más deleznables procederes. Martí, por el contrario, insistía en respetar las opiniones disímiles: «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es en mí fanatismo». [OC, t. 3, p. 166] Para el Apóstol, la actitud crítica y la proposición de soluciones adecuadas a las desviaciones, errores y peligros contribuían al mejoramiento humano, a la potenciación de lo mejor del ciudadano, a lograr «el pleno goce individual de los derechos legítimos del hombre». [OC, t. 3, p. 139]
La represión no soluciona las causas de fenómeno social alguno, sino incrementa la desconfianza hacia quienes apelan a la fuerza como sustituta de la argumentación. La aplicación de la violencia para lograr la sumisión, la obediencia a autoridades inamovibles, la carencia del derecho a participar en la vida política, a expresarse, provocan el retraimiento, el sentimiento de impotencia, la desesperanza de mejorías en las condiciones de vida, el acceso a espacios donde los individuos sea considerados seres humanos, no animales de corral. Quienes apenas alcanzan a bregar por su subsistencia, son reducidos a la infra-humanidad.
Los tiranos se valen de una experiencia de larga data: la crisis económica; la pobreza extrema no genera conciencia política ni propicia actitudes concertadas y eficaces, sino motiva acciones desesperadas e irracionales para lograr la supervivencia. El hambre, unida a la insatisfacción de necesidades primarias, transforma al ser humano, lo reduce al instinto de conservación, potencia el egoísmo salvaje de las fieras. A esto aspiran los enemigos de los pueblos: a reducirlos a la condición animal, a sus necesidades apremiantes. Mientras, implantan el temor ante indefinidos peligros que acechan, frente a los cuales se erigen como únicos capaces de vencerlos. No obstante, temen: «El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de este gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando lo privan de él». [OC, t. 13, p. 155] Para impedir cambio alguno, es que suprimen todo derecho ciudadano.
Consideraciones actuales
Las concepciones políticas del Maestro deben guiar la actuación de los patriotas cubanos en estos convulsos momentos. Sin embargo, el análisis de la actualidad insular permite constatar el alejamiento de los funcionarios gubernamentales y partidistas de las concepciones esenciales del ideario martiano. Desde hace varios años han reconocido la existencia de una crisis generalizada, que abarca no solo a la economía sino a todos los ámbitos de la sociedad; no obstante, se han negado sistemáticamente a actuar en correspondencia con ello, sea para disminuir sus efectos o, al menos, para aliviar sus consecuencias.
De tal modo, han desestimado o rechazado abiertamente las numerosísimas proposiciones de economistas, politólogos, historiadores, sociólogos, estudiantes, trabajadores manuales e intelectuales, campesinos, residentes en el país o en el exterior, que podrían haber contribuido a la elaboración de programas dirigidos a rectificar inmensos errores económicos y politicos, lo que redundaría de inmediato en el estímulo a la producción agrícola e industrial, con la disminución del impacto de las sanciones norteamericanas.
El gran impedimento para proceder, radica en la negativa partidista y gubernamental a democratizar todos los ámbitos de la sociedad, único modo de lograr la real participación y el control ciudadanos en la concepción y ejecución de cambios de orden interno favorables a la población. Por el contrario, quienes han expresado opiniones diferentes a las oficiales, han sufrido marginación, burlas, acusaciones absurdas, hostigamiento y hasta cárcel. La represión ha sustituido al diálogo.
Los calificados como «enemigos», en modo alguno son los ciudadanos que emiten juicios, opiniones y sugerencias, coincidentes o no con los emanados del gobierno. Como decía Martí, es erróneo aspirar «a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto de distintos factores, y en la misma naturaleza humana»; [OC, t. 1, p. 424] pues la diversidad es propia de todo pensamiento creador, y no debe alejarse a quienes coinciden en el objetivo esencial: «Lo que se ha de preguntar no es si piensan como nosotros», porque en un conglomerado humano habrá siempre matices y formulaciones distintas, «sino si sirven a la patria [...] con aquel estudio de los componentes del país y el modo de allegarlos en vez de dividirlos». [OC, t. 4, p. 219] Solo los hombres capaces de pensar por sí, y de buscar soluciones propias a los conflictos de la patria, podrán construir una sociedad más justa, que constituye no solo un bello ideal sino una apremiante necesidad.
Ningún cubano que prevea las consecuencias de una agresión directa de las fuerzas armadas norteamericanas, debiera desear que tal hecho ocurra. Pero tampoco puede alinearse junto a quienes aspiran a la permanencia de las condiciones actuales de miseria por las que atraviesa el país. Téngase en cuenta además que, en la memoria colectiva, poseen más actualidad las consecuencias de las dictaduras de los generales Gerardo Machado y Fulgencio Batista que las dos intervenciones estadounidenses, de 1898 a 1902 y de 1906 a 1909.
El actual gobierno norteño hace evidente su perspectiva de dominación sobre el hemisferio occidental. Tales aspiraciones se sustentan en su equipamiento bélico de alta tecnología, utilizado con efectividad. Debe tenerse muy presente lo ocurrido hace pocos días en Venezuela, previsible en la medida en que fue anunciado desde meses antes y ratificado con el despliegue de un enorme potencial bélico de mar, aire y tierra, sin que las autoridades militares y civiles venezolanas dieran pruebas a su pueblo de la eliminación de los métodos represivos ni rectificaran el proceder totalitario ante el triunfo electoral de la oposición en 2024. Al actuar así, impidieron que la nación se sustentara en un programa conjunto de las fuerzas civiles y militares.
Con similar grado de claridad expositiva, los más altos representantes del poder estadounidense han manifestado su interés por nuestro país. Constituye un grave error enfrentar dicha amenaza con un discurso agresivo por parte de los funcionarios a cargo del gobierno cubano, teniendo en cuenta que carecen hoy de la única fortaleza verdadera: el apoyo popular. Este podría lograrse mediante cambios significativos de naturaleza económica, política y social, en lugar de responsabilizar de los problemas existentes al bloqueo impuesto por las administraciones estadounidenses.
La disyuntiva a que se enfrenta la nación impone generar y aplicar con urgencia una política dirigida a transformar la realidad. Debe actuarse con sabiduría y presteza, llevar a cabo un plan de acción mancomunada, no de resistencia infinita, pues esperar lo imposible equivale a desmovilizar las fuerzas y el talento de las mayorías.
Urge un diálogo nacional sin exclusiones, la eliminación de toda forma de represión, la concertación de ideas para convocar a una asamblea constituyente a la mayor brevedad, la liberación de todos los presos políticos, el respeto irrestricto a los derechos ciudadanos. Desafíos inaplazables, imprescindibles, difíciles de admitir por algunos, rechazados por los represores.
De ese modo, podría comenzar una nueva etapa en la historia de nuestra patria.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.