Pueblo y revolución en José Martí

José Martí dedicó toda su sabiduría y actuación política a enfrentar la tiranía colonialista que sometía a su patria, así como al análisis de las causas que posibilitaron el surgimiento de dictaduras en numerosos países de América tras su liberación de la metrópoli. Sus observaciones han trascendido hasta llegar a nosotros como lecciones que debemos aplicar a la situación actual, particularmente en nuestro ámbito.

Quienes se auto titulan dirigentes, y son en realidad elementos autoritarios sin sanción popular, no admiten un principio democrático martiano fundamental: «Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones». [OC, t. 4, p. 193] Estas conmociones políticas deberían eliminar realidades opresivas para construir una sociedad justa, incluyente, participativa; no para encumbrar minorías insaciables, capaces de violar sus propias leyes con la finalidad del enriquecimiento personal, de grupos, sectores, familias.

Precisamente con el fin de evitar el establecimiento de estructuras que posibiliten el ascenso de quienes obstaculizan la vida digna con afanes personalistas y aspiraciones a jefaturas absolutas, ha de evitarse la autoridad centrada en una persona o número reducida de estas, y garantizar la intervención popular, los hábitos democráticos. [Ver OC, t. 1, p. 458]

Las castas dominantes no la conforman servidores públicos, sino una «minoría soberbia, que entiende por libertad su predominio libre sobre los conciudadanos a quienes juzga de estirpe menor»; son incapaces de «confirmar con la justa consideración del trato, la igualdad del derecho de todos los hombres».

El autoritarismo los convierte en enemigos del ideal republicano democrático. Se oponen a cuanto permita llevar a cabo las transformaciones profundas que exige el mejoramiento humano. «La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la revolución», [OC, t. 3, p. 104 y 105] a la que se enfrentan «todos los glotones de hoy, Don Tierra y Don Panza, contra los espíritus desinteresados y fervientes», [OC, 10, 393] para quienes «el ejemplo de la abnegación ajena sólo mueve a plebeya ira». [ OC, t. 3, p. 352]

Incapaces de un mínimo sacrificio de sus bienes y poder en aras de la estabilidad y el equilibrio de la patria, obstaculizan el desarrollo de las fuerzas sanas del país, por lo que se impone la vigilancia incansable de sus arbitrariedades y la denuncia constante de su proceder. Aspirantes perpetuos al enriquecimiento individual y familiar, a evitar el de la mayoría de los ciudadanos, organizan agrupaciones políticas y económicas impenetrables a todo control y supervisión, a la vez que califican de enemigos a todos los opositores a sus designios totalitarios. Martí previó esta tendencia, contra la cual expresó: «Con lenguas de traidores debe escribirse en la historia de un pueblo el nombre de quien anteponga la autoridad de su persona o de su camarilla a la concordia y unificación de su país». [OC, t. 1, p. 479]. 

Es imprescindible remover de sus cargos vitalicios a quienes los ejercen contra la voluntad mayoritaria, y establecer un sólido cuerpo político que ofrezca garantías a los ciudadanos, respeto de los derechos, así como el desarrollo de todas las fuentes de riqueza posibles, sobre las cuales velará un Estado regulador que evite la creación de monopolios nacionales o la invasión de los extranjeros, así como establezca un sistema impositivo que posibilite la redistribución equitativa de las riquezas. La independencia económica de los ciudadanos viabilizará la defensa de la justicia social en un país libre de intolerancia, respetuoso de la opinión ajena, enfrentado a la discriminación por los ideales personales, por el color y el sexo, la incultura y la insalubridad.

Tales objetivos únicamente pueden lograrse con el establecimiento de métodos democráticos para la elección de quienes deben encargarse de la conducción de la sociedad, mediante procesos electorales con el derecho de participación de todas las fuerzas de la nación, cuyos criterios diferentes no las convierten en oposición beligerante. Al respecto, Martí expresó: «Ha de tenderse a una forma de gobierno en que estén representadas todas las diversidades de opinión del país en la misma relación en que están sus votos». [OC, t. 22, p. 108]

No han de excluirse a quienes conciban soluciones diferentes, pues se trata de encauzar criterios coincidentes en la búsqueda del perfeccionamiento de lo creado. Lo deshonesto es alentar «una generación de hipócritas y de egoístas», OC, t. 4, p. 188 incapaces o temerosos de decir lo que sienten y piensan, con la mente puesta en sus intereses personales, sin tener en cuenta los de la colectividad a que se deben. De las malas intenciones, de los bajos propósitos, de los desmedidos intereses personales debe desconfiarse, vengan de donde viniesen.  

Gobierno popular o dictadura militar

En la concepción martiana, el gobierno «es un encargo popular: dalo el pueblo; a su satisfacción debe ejercerse; debe consultarse su voluntad, según sus aspiraciones, oír de su voz necesitada, no volver nunca el poder recibido contra las confiadas manos que nos lo dieron, y que son únicas dueñas suyas». [OC, t. 6, p. 264] Tiene como función esencial «la dirección de las fuerzas nacionales de manera que la persona humana pueda cumplir dignamente sus fines, y se aprovechen con las mayores ventajas posibles todos los elementos de prosperidad del país». [OC, t. 8, p. 369]. Solo el talento y la entrega al bien común justifican ser depositarios de la confianza mayoritaria.

Muy alejados del ideal martiano se hallan quienes medran desde el poder, sin escuchar voz alguna que obstaculice sus propósitos mezquinos. «iQué políticos son esos que […] en vez de poner la mano sobre las fibras reales de la patria, para sentirlas vibrar y gemir, cierran airados los oídos y se cubren espantados los ojos, para no ver los problemas verdaderos». [OC, t. 4, p. 201]

Son los que no han aprendido las virtudes de su pueblo, de su historia, del pensamiento de los próceres, cuya más alta expresión es José Martí, y reducen su actuación a «mirar hosco al que les cierra el paso, y derretirlo con el fuego de los ojos, y echarlo atrás a uñadas y mordeduras»; se valen de los fondos públicos para «alquilar elocuencias, pagar plumas, adular a satélites, acaudillar bandos, asalariar hipócritas, encubrir espías, costear vicios, pensionar  desvergüenzas»; se identifican por su actuación pomposa, sus vistosas marchas motivadas por supuestos éxitos constantes, rodeados de agentes de seguridad encubiertos y de acólitos cual cohorte de reyes; su afán inútil de elaborar discursos, sin que su oratoria simplista pase de la repetición de consignas:  «hablarán hinchadamente, porque no se les tache de moderados; vocearán a todos los vientos lo que hacen, para que se les premie y se les vitoree, aunque cada palmada que salude su imprudencia sea la señal para la prisión de un hombre bueno o la muerte de un héroe futuro en el patíbulo». [OC, 3, p.  75 y 76]

Durante más de seis décadas, esta casta apegada al poder en Cuba, ha llevado a cabo una labor —sutil en los inicios y ya sin embozo alguno—, de eliminación de toda persona o institución que se destaque por conceptos que difieran de los suyos, por actuaciones que pudieran concluir en el surgimiento de vías no coincidentes con las que los han encumbrado. Han creado un aparato de vigilancia, desde niveles primarios hasta los centros de trabajo urbanos y rurales, con la finalidad de detectar y oportunamente descabezar todo intento de mejoramiento de las condiciones de vida, cualquier manifestación de ideas y sentimientos propios. Para la creación, desarrollo, perfeccionamiento y operatividad de estas fuerzas «se empleaban en aprestos militares y en espías, las sumas que a la riqueza pública se había prometido dedicar». [OC, t. 4, p. 199]

Similar era la situación que conoció Martí en su época: «No bien asomaba una cabeza, no bien se movía una lengua, no bien se erguía un hombre severo a pedir cuenta del violento engaño, sentábale el Gobierno a la mesa y clavaba en sus umbrales solícitos espías». [OC, t. 4, p. 198] De tal modo, antes y ahora, neutralizan o callan a personas e instituciones mediante la intimidación, el acoso, el destierro y la prisión: «Adentro, comidos de espías […] es natural que teman, que zozobren, que no vean la vía clara, que no se echen a andar». [OC, t. 3, p. 120]

Con estos métodos han logrado manipular las conciencias de modo que, en lugar de la confianza en sus propios fines y métodos, en las mayorías se han entronizado por la fuerza la duda, la inseguridad, la desconfianza, el sentimiento de inferioridad ante elementos ocultos, enemigos ficticios o reales enarbolados como fantasmas ante la mayor parte de la población, que ha terminado desviada del quehacer político, reducida a la condición primitiva de la sobrevivencia. Padres, esposos, hijos, abuelos, se afanan cada día en llegar vivos al siguiente, en sosegar el hambre, en sobrepasar las enfermedades. Es tarea agónica sin límites, sin esperanzas, sin futuro.

Es de agradecer a quienes fuera y dentro del país se preocupan «ahora» por las condiciones de miseria, insalubridad, falta de medicamentos, estado deplorable de la generalidad de los hospitales, en fin, por la crisis generalizada que ya existía y que se ha incrementado en los últimos meses como resultado de la política del gobierno norteamericano. Pero debe decírseles a esos recién enterados, que el fenómeno negativo no surge «ahora». Desde antes de la desaparición del mal llamado «campo socialista» se puso de manifiesto la dependencia de la economía cubana de la ayuda externa, sin que los funcionarios a cargo del gobierno implementaran proyectos que permitieran la producción de alimentos y productos exportables para sobrevivir sin «ayudas», «donaciones» y similares. Ahora se sufren las consecuencias de la falta de previsión y la desatinada administración.

Unidad necesaria

Se impone el logro de la unidad de principios y objetivos, tanto entre viven dentro como fuera del país. En las actuales condiciones no es posible esperar al surgimiento de un liderazgo personal, de un individuo al que la mayoría considere su representante, se identifique en sus ideas y actuación. En estos momentos, lo decisivo es la creación de un programa mínimo en el que coincida la mayoría. Se impone abandonar la idea de la personalidad salvadora, del líder profético, insustituible, cuyas ideas y actuación todos han de acatar. No se trata de un iluminado, ni de una agrupación o partido, ni siquiera de una ideología de un matiz u otro: «Somos un tanto hebreos en punto a fortuna, y esperamos siempre un Mesías que nunca llega.  Y no hay más que un modo de ver llegar al Mesías, y es esculpirlo con sus propias manos». [OC, t. 9, p. 288]   

Con las manos de quienes aspiran a la unidad por sobre todo personalismo puede y debe elaborarse un programa mínimo en el que coincidan las aspiraciones mayoritarias; con objetivos alcanzables en plazo breve, urgidos de esclarecer y divulgar nuestras posibilidades reales como pueblo, con capacidades demostradas durante largos períodos en los más disímiles lugares del planeta, donde se hallan cubanos que, una vez rotas las ataduras que les impiden desplegar su talento y creatividad, han logrado no solo sobrevivir, sino alcanzar puestos de trabajo con cuyas remuneraciones sostienen dignamente sus familias, o levantar negocios urbanos y rurales, algunos de magnitud considerable.

Martí observó cómo «millares de desterrados, aprovechando una época de calma que ningún poder humano puede precipitar hasta que no se extinga por sí propia, practican, en la batalla de la vida en los pueblos libres, el arte de gobernarse a sí mismos y de edificar una nación». [OC, t. 1, p. 237-238] No somos ese pueblo de obedientes, sumisos satisfechos que una propaganda costosa presenta ante los que aspiran a mantener una ilusión sin sustento real.

Parte del entramado de falacias es la reciente, extraña, distorsionada y cuestionable forma de entender y justificar la posibilidad de que cubanos radicados en el extranjero inviertan fortunas en Cuba. Se trata de una consideración que podría denominarse «ciudadanía clasista»: quienes poseen recursos materiales suficientes para tales fines son considerados «cubanos en el exterior», mientras los que no poseen bienes y recursos para hacer negocios reciben los calificativos de «emigrados», «exiliados» o «gusanos», en la mayoría de los casos.

Se impone la agrupación de sectores dispuestos a actuar conscientemente en defensa de la democracia, la independencia, la soberanía nacional y la justicia social. La unidad de todas las fuerzas hará posible el encauzamiento adecuado de las ansias reprimidas. Solo el vínculo estrecho de los hombres y las mujeres que coinciden en objetivos esenciales permitirá el trazado de una política dirigida a la defensa de principios democráticos.

Ibrahim Hidalgo Paz

Doctor en Ciencias Históricas. Investigador Titular.

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