Mella: el primer disidente del Partido Comunista de Cuba
Un cambio total como el que requiere Cuba, incluye la ampliación del espectro de las ciencias históricas, de manera que quepan las versiones de todas las generaciones, en la que cada una ha integrado su propia visión. De tal manera, una nación tiene al final, no una, sino muchas historias. Revisitar el pasado es decir otra verdad al presente y proyectar un futuro libre, en el que disentir no sea considerado delito.
Hace dos años, en el texto Cuba: Estalinismo y partido único, escribí: «La primera subordinación al estalinismo en Cuba ocurrió en el acto de fundación del Partido Comunista (PCC) en 1925, […] nacido bajo la vigilante mirada de la Internacional Comunista (IC), equivale decir, del PCUS. […] A lo largo del siglo XX, y hasta hoy, el espectro estalinista ha flotado sobre la política cubana». En similares términos se expresa la investigadora Angelina Rojas Blaquier en su obra El primer Partido Comunista de Cuba. 1925-1935 (tomo 1): «Los partidos comunistas de entonces, como es sabido, no eran organizaciones autónomas, ni siquiera nacionales, sino que existían como filiales de la IC, y en esa condición se debían a las determinaciones de la entonces denominada Casa Matriz. […]» (p. 173).
El ambicioso desafío autoimpuesto por la Internacional Comunista de lograr la revolución mundial, nunca sería alcanzado. Tal empeño necesitó ingentes recursos humanos y materiales para un trabajo clandestino a nivel global: dinero y recursos para pagar, desde agentes encubiertos y viajes hacia y desde múltiples latitudes, hasta las publicaciones y eventos que buena parte de las organizaciones locales no podían asumir. La mayoría de ellas dependerían de ayuda exterior. Hasta hoy no he conocido ningún estudio acerca del torrente de dinero erogado por Rusia-URSS para hacer funcionar las estructuras de los partidos nacionales y la complicada burocracia de la IC.
De acuerdo con la documentación generada por los archivos de Moscú, desclasificados a partir de 1992, cuatro meses después de fundado el «partido comunista mundial», dos de sus agentes llegados a La Habana en tránsito hacia Europa, Mijaíl Borodin y Charles Francis Phillips, entraron en contacto con representantes de círculos anarco-comunistas cubanos.
De aquel primer encuentro de 1919 en La Habana, casi no ha hablado la historiografía cubana. De acuerdo con los académicos rusos Víctor y Lazar Jeifets ―en su artículo «El encuentro de la izquierda cubana con la Revolución Rusa: el Partido Comunista y la Internacional Comunista»―, los historiadores cubanos han ignorado zonas de esa historia y predominan en ellos «[…] enfoques alejados de la idea de objetividad de las ciencias sociales […]». En la obra de Rojas Blaquier, la más completa historia sobre esa organización publicada en Cuba, no se ha encontrado mención a ese acontecimiento. Ni en otras que anteriormente han tenido similar objeto de estudio.
-I-
Al silencio impuesto sobre los primeros contactos de la izquierda de la Isla con la Rusia soviética se unieron otros a lo largo del tiempo: la «expulsión» de Mella del PCC en enero de 1926, mencionada de soslayo como un hecho sin consecuencias, cuando en realidad lo condujo a una grave crisis interna y de sus relaciones internacionales; la ambigüedad impuesta a los hechos del llamado «error de agosto» de 1933, o la actuación de Jorge Vivó D’Escoto, Secretario General del PCC, primer cubano elegido delegado a un congreso de la IC y uno de los dos participantes de la Isla en su VII Congreso junto Blas Roca, quien «olvidó» mencionarlo por su verdadero nombre en una entrevista concedida en ocasión de cumplir setenta años, limitándose a nombrarlo por su seudónimo: Pablo. O el misterio que todavía rodea el asesinato del joven Julio Antonio Mella en 1929.
El Partido Comunista vivía entonces una época de «aprendizaje» en medio del proceso de afianzamiento del estalinismo soviético. Se debatían intensamente tendencias, estrategias y conceptos. No era aún una organización sin disentimientos ni sometida al discurso vertical único. Pese al férreo dominio que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (CEIC) estableció, la experiencia anterior, fundada sobre la tradición liberal predomínante durante siglos en Occidente, condujo en ocasiones a no respetar la pétrea disciplina partidista, y no todos se sometían de buena gana a la imposición «desde arriba».
Julio Antonio era uno de los miembros más populares e importantes del comunismo en Cuba. Para la constitución del PCC, en 1925, ostentó la representación de dos agrupaciones. Pero hacia fines de ese año se hicieron visibles sus contradicciones y disidencia con la izquierda radical comunista.
Las características personales de nuestro protagonista no le hacían fácil la tarea a quienes desde Moscú, ayudados por dogmáticos desde La Habana, trataban de disciplinar a sus discípulos caribeños. Acusado de unas explosiones en el Teatro Payret, Mella fue encarcelado a fines de noviembre de 1925. Pocos días después inició una huelga de hambre que se extendió hasta el 23 de diciembre. Esa decisión fue el origen de su disidencia con la izquierda radical cubana. Acción novedosa en Cuba, donde por primera vez alguien defendía sus derechos por la vía de no ingerir alimentos. Con ese acto se enfrentaba, a la vez, a la disciplina del partido y al centro de poder político en Cuba, cuando el Presidente Gerardo Machado gozaba del apoyo mayoritario de la población.
La acción contó, en el ámbito interno, con el apoyo de importantes sectores de obreros, estudiantes, intelectuales y de organizaciones como la Liga Antimperialista (LAI) y la Universidad Popular José Martí (UPJM). El PCC, sin embargo, no formó parte del proceso masivo en pos de la libertad del joven miembro de la organización ni hizo campaña para la liberación del secretario de propaganda del Comité Central Ejecutivo (CCE).
La tendencia estudiantil radical creó el Comité Pro Libertad de Mella, y un grupo de intelectuales, entre los que se encontraban representantes de diferentes posiciones políticas, y escuelas estéticas y académicas, redactó una carta en la que, sin mencionarlo, hacía referencia al Partido comunista: «Julio Antonio Mella […] abandonado, por mezquinos motivos, de todos aquellos a los cuales ha dedicado sus esfuerzos, ha resuelto, como única protesta posible y extrema, morir de hambre entre los hierros de la cárcel». Este fragmento levantó la ira del PCC y fue tenido en cuenta por el tribunal ad hoc creado para juzgarlo y sancionarlo dentro de la organización.
Desde el exterior, hubo expresiones de solidaridad en favor del huelguista en México, Perú, Bolivia, Venezuela, Chile, Uruguay, Argentina; y ciudades de Estados Unidos y Francia, como Nueva York y París.
El pulso finalizó el 23 de diciembre. El Gobierno cedió. Libertad provisional para Mella fue la decisión. Machado ha sido derrotado y Mella es el gran vencedor. Pero el Partido evalúa de más trascendental la «indisciplina» por haberse declarado en huelga de hambre sin autorización, como si cumplir dogmáticamente las normas de la IC fuese más importante que la lucha nacional contra el régimen. Decide entonces imponer la obediencia mediante purgas y castigos, condición sine qua non para someter a los miembros descarriados. Julio Antonio fue sometido a un juicio político en el que parecía existir una sentencia a priori. Fue un error político grave, de consecuencias negativas para un partido minúsculo recién nacido. Algo, además, muy escolástico.
Acusado de cinco infracciones, Mella no pudo ―ni el tribunal lo permitió―, articular una defensa que convenciera a la «corte» en el «juicio de Partido». La justicia al modo estalinista asomaba en cada pregunta, y la condena por «indisciplina, insubordinación, errores nocivos para los intereses del Partido, nexo con la burguesía contra el Comité Central Ejecutivo y falta de solidaridad»; fue inexorable. La sanción, severa: separación de toda actividad pública durante dos meses, separación del PCC por dos años y «reconvención», tanto privada como pública en la prensa del partido.
Para algunos estudiosos del «caso Mella», como Christine Hatzky y Rina Ortiz, en aquel proceso hubo mucho de diferencias personales y mala fe por parte de los «camaradas» del Partido. Lo más probable es que Mella desconfiara de las estructuras partidistas y desarrollara una actitud cada vez más independiente.
-II-
Declaraciones posteriores del PCC a su homólogo de México y a la propia IC, revelan a un grupo de personas resentidas, muy enojadas por el poco caso que el joven disidente y otras organizaciones comunistas en el exterior hicieran a sus protestas, mientras Mella emergía símbolo de victoria contra Machado y contra el Partido que lo había expulsado.
Desde la Internacional Comunista se exigió, en enero de 1927, la revisión de las sanciones a Mella. Las relaciones con el PCM y el WPUSA (Partido de los Trabajadores de los EE.UU.) sufrieron un drástico deterioro. La embajada soviética en México y el Secretariado Sudamericano de la IC, valoraron el error del PCC como un «suicidio político». En lo interno, la Liga Anti Imperialista y la Universidad Popular José Martí tomaron distancia del Partido; esta última, en evidente represalia, expulsó a dos profesores comunistas de su claustro.
Durante un año, la cúpula del comunismo cubano resistió el alud de críticas y defendió sus posiciones apelando a: 1) la inexperiencia, juventud y escasos conocimientos de Mella, para ello solicitó opiniones a sus compañeros de partido en México y EE UU y; 2) arremetió agresivamente contra el sancionado, a quien llamó «exmilitante», y endilgó un torrente de descalificativos: «traidor, desertor, oportunista amarillo, simulador, descarado, saboteador, renegado y líder extraviado».
Finalmente, las críticas dirigidas al Comité Central del PCC, la displicencia con que desde el exterior evaluaron su posición, y el ultimátum del CEIC, hicieron que el PCC variara su opinión y readmitiera formalmente a Mella.
La élite comunista cubana de entonces careció de una comprensión cabal de la correlación de fuerzas políticas en el interior del país, determinantes del rumbo de la lucha. Privilegiaron las órdenes, estatutos y líneas trazadas desde Moscú, por encima de las particularidades nacionales. Y no fue solo en aquellos acontecimientos relativos a la expulsión de Mella, hace ya un siglo. Errores como el de enero-mayo de 1926 hasta mediados de 1927, se reiterarán por el PCC durante la revolución del treinta y la lucha contra Batista en los años ‘50.
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Imagen principal: Julio César Guanche / Blog La Cosa.