¿Orden constitucional o camuflaje escenográfico?
De acuerdo a la cronología de los tres últimos congresos del Partido Comunista de Cuba (PCC), hoy debiera estar sesionando el 9no cónclave. Escoger los días comprendidos entre el 16 y el 19 de abril, en alusión a los hechos de Playa Girón, fue costumbre establecida por Raúl Castro, bajo cuya égida se celebraron tres de ellos: 6to, 7mo y 8vo, correspondientes a 2011, 2016 y 2021, año en que el cargo de secretario general le fue transferido a Miguel Díaz-Canel.
El suspendido congreso sería el primero encabezado por su actual secretario general, una figura con apariencia de poder, pero con enorme desgaste político que, a pesar de su insistencia en que es aceptado por el pueblo, se baraja como cabeza de turco en las negociaciones con Estados Unidos o en un hipotético proceso de apertura.
Pero no cerremos el análisis a la última y declinante etapa de un proceso político que tiene sesenta y siete años. ¿En algún momento, desde su fundación el 3 de octubre de 1965, algún congreso del PCC ha sido artífice de estrategias viables y transformaciones teóricas y prácticas? De hecho, casi todos los elementos distintivos del autoritarismo insular ―control de los medios de prensa, el campo cultural y los sindicatos―, fueron previos a la refundación del PCC. Entonces ¿qué rol ha tenido la, en apariencia, poderosa organización, y especialmente sus congresos?
-I-
En todos los países donde se aplicó el modelo de socialismo burocrático de Estado, fue copiada la estructura del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS):
Congreso: según sus estatutos es el organismo supremo del Partido. Define y ofrece las orientaciones políticas y de su actividad en general;
Comité Central: organismo superior del Partido entre congresos. Se encarga de aplicar las resoluciones, políticas y programas aprobados por el Congreso;
Buró Político: órgano de dirección superior del PC y máxima instancia ideológica del país. Propone al Consejo de Estado las acciones políticas que deben ejecutar en materia de disposiciones legales y nombramientos;
Secretariado del Comité Central del Partido: auxilia al Buró Político en el trabajo con sus cuadros y militantes.
No obstante, a pesar de las semejanzas formales, existen enormes diferencias funcionales. Una comparación elemental entre los congresos del PCC, el PCUS soviético y el Partido Comunista de China (PCCh) permite entender la naturaleza real del poder en cada sistema.
Bajo el mando de Stalin, los congresos del PCUS fueron rituales sin deliberación real. Solo tras su muerte, en 1953, estas instancias recuperaron cierto peso en tanto espacios de ajuste interno, como evidenció el XX Congreso de 1956 y el proceso de desestalinización. Durante el gobierno de Mijaíl Gorbachov, se convirtieron en ámbitos de reforma efectiva (Perestroika), algo visible en el XXVII Congreso de 1986. Esto demuestra que pudieron influir en el rumbo histórico y que el PCUS osciló entre ser instrumento del líder y una arena política interna.
En China, el Partido Comunista es un mecanismo de gobernanza, con congresos regulares cada cinco años donde se anuncian cambios estratégicos reales. Como ejemplos pueden mencionarse el XI Congreso (1977), transición post-Mao y el XII (1982), reformas estructurales. Si bien han existido cambios ―bajo Deng Xiaoping, institucionalización fuerte; con Xi Jinping centralización manteniendo la maquinaria institucional―, el PCCH está altamente institucionalizado y es funcional al poder, y sus congresos son herramientas de reconfiguración controlada.
Comparado con los partidos únicos de la URSS y China, el cubano muestra ciertos rasgos particulares: baja institucionalización, pues no genera reglas estables independientes del liderazgo; fusión partido-Estado-liderazgo, pues no hay diferenciación funcional real; e incapacidad de auto reforma política, que lo conduce al inmovilismo. Esto se aprecia con claridad en sus congresos, que rara vez son celebrados en etapas de crisis y nunca generan transformaciones tácticas, apenas confirman lo inevitable.
-II-
En Cuba, donde la figura del líder autocrático no emergió de reacomodos y pugnas al interior del Partido Comunista (como Stalin en la URSS o Mao en China), sino en un proceso político previo a su fundación; el partido nunca se autonomizó del liderazgo histórico, y fue para Fidel Castro apenas una escenografía, que dominó siempre sin contrapesos reales. Incluso hoy, cuando ya su liderazgo no existe, el PCC continúa siendo dependiente del Ejecutivo.
Ante un modelo altamente personalista, el congreso ―en teoría organismo supremo del Partido que define y ofrece orientaciones políticas―, lejos de disciplinar al poder, lo ha legitimado. Así fue desde el principio.
Recordemos que el primer congreso del PCC, que debió sesionar en 1970, fue pospuesto para 1975. En el decurso de una década desde su fundación, habían ocurrido sucesos de tanta gravedad como el fracaso de la Zafra de los diez millones, campaña voluntarista de Fidel Castro que desangró la economía; el Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971, que abrió un largo período de censura, arbitrariedades y violaciones en los ámbitos educativos y culturales; y la entrada oficial de Cuba al CAME en 1972, que consolidó el alineamiento con la URSS y el modelo socialista. El primer congreso sesionó a la cómoda distancia de un lustro, y la autocrítica del líder ante el fracaso de la zafra del 70 fue un recurso de legitimación, más que de debate.
Ninguna de las limitadas, y a la larga fracasadas, reformas económicas emprendidas en Cuba ―la de Fidel Castro llamada «Rectificación de errores y tendencias negativas», o la de Raúl Castro nombrada «Actualización del modelo económico y social cubano»―, tuvieron al congreso partidista como núcleo de debates reales y generación de pensamiento estratégico autónomo.
La Rectificación de errores, más que una reforma en sí misma, fue la reacción del liderazgo cubano a la Perestroika. Cuba se separó del reformismo soviético, pero, lejos de aprender de aquella lección, lo que hizo fue reafirmar el voluntarismo económico que tanto daño había hecho. Por su parte, la reforma raulista, anunciada en un discurso el 26 de julio de 2007 con la proclama de «cambios estructurales y de concepto», y analizada durante meses en asambleas de trabajadores; solo en 2011, cuatro años más tarde, sería examinada en el 6to congreso del Partido, cónclave que eligió a Raúl Castro como secretario general.
Habían transcurrido catorce años (1997-2011) sin que se celebraran congresos. La crisis sistémica acumulada era tan enorme que indicaba a las claras el agotamiento del modelo; sin embargo, el congreso aplaudió los cambios propuestos por el liderazgo sin tomar en cuenta la inviabilidad de una reforma que no se propusiera asimismo cambios políticos.
Una mirada al largo período entre 1997 y 2011, convence de que decisiones estratégicas transcendentales ―económicas, ideológicas, jurídicas y geopolíticas―, fueron tomadas sin considerar la necesidad de convocar congresos del Partido. Por solo mencionar algunas: anclaje a Venezuela como nuevo país-pilar, a partir de 1999; Batalla de Ideas; desmontaje de la industria azucarera en 2002; también en ese año, declaración de la irreversibilidad del modelo en un artículo de la Constitución; convocatoria a la reforma por Raúl Castro en 2007; y purga de figuras cercanas a Fidel Castro por su hermano, en 2009.
Por su parte, si analizamos los dos congresos de la reforma raulista ―el 6to del 2011 y el 7mo del 2016―, ambos se caracterizaron por amplia retórica seudo-estratégica pero pocos cambios estructurales. El 7mo, incluso, fue tan temerario como para definir un modelo socialista hasta 2030, pero tan predecible como para no actuar en consecuencia. En el intervalo entre ellos había tenido lugar el deshielo en la relación con los Estados Unidos y la visita del presidente Barack Obama; nada de eso fue aprovechado.
Está claro que el PCC no puede reformar el sistema porque no tiene mecanismos internos para procesar conflictos y sus congresos no son espacios de decisión real, ni estructuran al poder ni corrigen desviaciones. A diferencia de partidos comunistas clásicos, el PCC usa los congresos para formalizar decisiones ya tomadas por la élite de poder.
Un ejemplo evidente de que el PCC no institucionaliza reglas estables y de que sus congresos no producen normas vinculantes pues dependen de decisiones coyunturales del liderazgo, fue el fallido intento de racionalizar la burocracia partidista a nivel nacional.
El 4to Congreso, celebrado en 1991 bajo el mando de Fidel Castro, decidió eliminar la estructura del Secretariado del Comité Central en un esfuerzo por desburocratizarse como parte del proceso de Rectificación. En 2006, ya con Raúl como figura interina de mando, un pleno del Partido restableció al Secretariado. Dos años después, en 2008, fueron creadas las Comisiones Permanentes del Comité Central, entidades que agrupan a los departamentos del Comité Central y cuyos máximos responsables son los integrantes del Secretariado. Estas medidas, además de incrementar el costoso aparato burocrático en un país empobrecido, demostraron que las decisiones del Congreso no significaban nada ante la voluntad del nuevo liderazgo.
No obstante, ningún congreso partidista ha sido tan atípico como el 8vo, en abril de 2021. En medio de la pandemia, podía postergarse con justificación suficiente, pero considero que la determinación de celebrarlo se debió a dos factores: en primer lugar, al evidente fracaso de la Tarea Ordenamiento, iniciada en enero del propio año y que desató una inflación voraz y un enorme malestar social; en segundo, a la existencia de un «Estudio del clima sociopolítico de la sociedad cubana» que los delegados al Congreso analizaron previo al cónclave y que jamás fue dado a conocer públicamente.
La celebración del congreso apuraba pues solo esa instancia podía traspasar formalmente el mando a Miguel Díaz-Canel para que fuera él quien llamara al combate cuando, menos de tres meses más tarde, ocurriera el estallido social del 11 de Julio. Si se celebró en una etapa de crisis, fue porque se avizoraba una crisis mucho mayor, como efectivamente aconteció.
A pesar de avizorar lo que sobrevendría, el congreso no pudo lograr una reconfiguración estratégica controlada. Si el 6to. aprobó los Lineamientos y el 7mo. certificó la Conceptualización; el 8vo. decidió, respecto a los lineamientos: «mantener 17, modificar 165, suprimir 92 y adicionar 18». Cuáles eran los cambios exactos, qué los motivó, quiénes lo decidieron; son interrogantes por responder.
-III-
El discurso político oficial en Cuba considera inadmisible la idea de realizar cambios en su sistema de Partido único, que, de acuerdo a la Constitución del 2019, es la «fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado». Cualquier propuesta diferente es tenida por «propaganda contra el orden constitucional». Sin embargo, ¿ha sido verdaderamente el Partido Comunista de Cuba una fuerza dirigente y orientadora? De serlo, ¿no debería celebrar su 9no congreso en medio de un escenario que requiere como nunca una estrategia clara?
A pesar de su declarada pretensión de estar colocado por encima de la sociedad y del Estado, visto su escaso éxito en anticipar crisis, producir soluciones y reorganizar el sistema; el Partido Comunista y sus congresos cumplen la misma función en esas alturas que la que cumpliría un globo aerostático: dejar que el viento lo mueva. Solo mantiene la ficción de unidad y dirección y organiza discursivamente la continuidad.
El verdadero orden constitucional en Cuba no ha radicado nunca en las decisiones del partido único, sino en las tomadas por un grupo de poder mafioso camuflado tras esa institución. Más aún, han sido esos mismos actores quienes han quebrado incluso ese orden constitucional —ya de por sí nefasto, por restrictivo y excluyente— al reformar aspectos que se presentaban como intocables y al vaciar de contenido real a la organización que la propia Constitución define como «fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado», despojándola de toda capacidad efectiva de decisión. Por ello, y por muchas otras razones, carecen no solo de autoridad política, sino también de la mínima fuerza moral para acusar a nadie de violar un orden que ellos mismos han desnaturalizado.
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Imagen principal: AFP.