Actualidad del Manifiesto de Montecristi
Los regímenes autoritarios poseen algunos rasgos semejantes, aunque su existencia corresponda a momentos históricos diferentes, ya sea la esclavitud en la más remota antigüedad o las tiranías en el siglo XXI. Esas coincidencias posibilitan el análisis de manifestaciones del totalitarismo mediante el empleo de valoraciones y previsiones concebidas por José Martí para su época, durante el enfrentamiento a la tiranía colonialista española, y aplicables a la dictadura cubana actual. El presente texto se basa en las ideas del Manifiesto de Montecristi, así como de algunos otros textos del período de preparación de la guerra de independencia.
Objetivos del Manifiesto
Firmado el 25 de marzo de 1895 por José Martí y Máximo Gómez, en Montecristi, República Dominicana, el manifiesto El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, conocido como «Manifiesto de Montecristi», expresa el pensamiento de ambos acerca de las causas que habían hecho necesaria la guerra, precisa los criterios fundamentales de la dirección patriótica, así como los propósitos esenciales de la contienda iniciada el 24 de febrero.
Ante el riesgo de poner en peligro la independencia, la soberanía, la libertad y la justicia; llamaban a estrechar filas en un programa mínimo que pudiera nuclear la mayor suma de voluntades, intereses y opiniones para alcanzar la unidad en la defensa del ideal supremo: la fundación de la república democrática. Se convocaba a «los elementos todos de la sociedad de Cuba», quienes «concurren hoy con la firmeza de sus personas laboriosas, y el seguro de su educación republicana». Estos rasgos caracterizan actualmente a las mayorías del país, aunque determinados sectores apuestan por una campaña promovida por «los que, fuera del alma real de su país, lo juzgan, en el arrogante concepto de sí propios, sin más poder de rebeldía y creación que el que asoma tímidamente en la servidumbre de sus quehaceres coloniales».
El Manifiesto dejaba claro que la república democrática se sustentaría en la totalidad de sus fuerzas. No podrá ser en modo alguno «el insano triunfo de un partido cubano sobre otro», como pretenden actualmente quienes plasman en la Constitución principios alejados del propósito martiano: «Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y de sí propia nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía».
El llamamiento se fundaba en la convicción de la «capacidad de Cuba para su buen gobierno», y la necesidad de superar la «decadencia fatal de Cuba» [OC, IV, 122]; la seguridad en «la competencia de sus hijos para obtener el triunfo por la energía de la revolución pensadora y magnánima, y de la capacidad de los cubanos» para evitar errores conocidos, gobernarse por sí mismos y defender la identidad nacional.
El Apóstol tenía «fe en las capacidades de su pueblo». En su opinión, la voluntad del individuo no debía sacrificarse en aras de la colectividad, pues cada ser humano defiende los intereses de la patria desde una posición consciente, con la plenitud de ser integrante de una sociedad abarcadora. Solo el respeto a la decisión de los cubanos allanará los errores pasados y posibilitará alcanzar una nación abierta y franca para todos. Esta era la garantía de las transformaciones concebidas en el ideal de república nueva, porque las acciones de las personas son las que cambian la realidad.
Por ello es decisiva la generalidad del conocimiento de las características y dificultades del país, sin ocultamientos, pues la ignorancia de los pueblos posibilita su dominación. Las personas formadas e informadas constituyen el centro de la vida activa del país, condición para la construcción de una sociedad libre y justa.
Este proceso de autoconocimiento posibilita al individuo tomar decisiones propias ante la realidad cambiante, sin subordinarse a influencias ajenas a los principios de la nación. El «Manifiesto de Montecristi» expresa que ha de ordenarse «la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura», y precisa: no de «la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficiencia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores», sino el «radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república».
Por ello, enuncia como deber fundamental de la revolución ordenarse «de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado», concepto central en el documento. Para fortalecer la nación, debía lograrse la unidad de sus elementos componentes, con respeto absoluto a los derechos ciudadanos, lo que impediría errores que condujeran a la imposición de soluciones beneficiosas únicamente para intereses de familias o de grupos; constituiría un freno al desarrollo de una casta militar caudillista y, por ende, a la tiranía.
Las causas de la crisis actual han de enfrentarse con el propósito de fundar una república donde no existan trabas que impidan la participación política y el desarrollo económico; en la que los elementos populares tengan amplia participación democrática y disfruten de la justicia social, para que un pueblo unido, dispuesto al trabajo creador, se incorpore a la civilización moderna.
La unidad para la acción no puede tener por base la sospecha contra quienes emiten juicios no coincidentes con los enunciados como «válidos», sino el intercambio de opiniones abierto y sincero, único modo de lograr el esclarecimiento y la concordancia de criterios. El ejercicio de la libertad de pensamiento es un derecho y un deber de los patriotas honestos. Excluir del diálogo a quienes no piensan exactamente como los que detentan el poder es «Cualidad mezquina, fatal en las masas, y raquítica e increíble en verdaderos hombres de Estado». [OC, XXII, 58]
El tratamiento irrespetuoso, los insultos, la violencia verbal o física contra los contrincantes no constituyen medios civilizados, pues las ideas no desaparecen mediante dichos procedimientos, sino se afianzan en la mente de los agredidos. No puede haber temores ante la necesidad de exponer argumentos justos. La cultura popular cubana es contraria a la homogeneización de las ideas y las conductas, sino propiciadora de la creatividad y la plena realización de los seres humanos.
Un gobierno sólido y respetado puede lograrse mediante la conjunción de las diferentes fuerzas sociales tras un proyecto nacional en el que todos se sientan representados, lo que podría alcanzarse mediante el diálogo nacional, antecedido por una amplia amnistía, la liberación de todos los presos políticos, la eliminación de los órganos represivos, así como la remoción de la totalidad de los actuales funcionarios designados para cargos gubernamentales.
Mientras esa casta continúe regenteando el país, sometido a la fuerza y puesto de alfombra para su beneficio, no habrá democracia posible, porque durante más de trece lustros han ocupado cargos por designación, no por elección, y lo han ejercido como «mando absoluto», sin un ápice «del hábito [de] obedecer», con «desdén de toda ley minuciosa y progresiva, y carrera súbita hecha fuera de la práctica natural y ordenada de las leyes; hábito de verlo todo partir de sí, y realizarse por su voluntad y conforme a ella». [OC, XIII, 106] De ese modo, han devenido dinastía y actúan como semidioses, cuyo poder surge de sí mismos, sin rendir cuentas de sus actos, más allá del alcance de las leyes por disposición constitucional.
Tal prepotencia ha determinado su rechazo a toda sugerencia, propuesta o idea para superar las manifestaciones más terribles de la crisis —cuando aún era posible—, sin tener en cuenta los sufrimientos de la población. Cada uno de sus integrantes «manda incesantemente, sin alarde ni esfuerzo, cual si le fuera cosa propia, ni pide ni oye consejo, como si se quisiese probar que no lo necesita»; [ib., 107] por el contrario, «Al que le da consejo, le frunce el ceño y lo rechaza», mientras «El que le adula, le sujeta. No sufre al que no le adula». [Ibid.., 110 y111]
Cuando sea el pueblo quien gobierne, se instaurará «una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres, y la paz del trabajo», donde los ciudadanos podrán «emplear en su cultura y mejoramiento el producto de un trabajo que, en forma de contribuciones y sobornos, se emplea hoy en mantener en la infelicidad y el desasosiego a un número considerable de hombres». [OC, II, 27]
Peligros reales e infundados
En la actualidad, cualquier cambio, del orden que fuere, es interpretado como un peligro para la estabilidad de sus intereses materiales por la actual cúpula en el poder, integrada por «los cubanos sedentarios y parciales», apegados a «la suntuosidad o abundancia relativa que hoy les viene de las gabelas inmorales y fáciles de la colonia, y de los oficios que habrán de desaparecer con la libertad», encumbrados «sobre la nación vendida por sus guías, con la complicidad de sus privilegios y sus logros», revestidos con «la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores».
Esos sectores privilegiados, desde sus puestos vitalicios, han llevado a cabo durante más de seis décadas denodados esfuerzos para desviar la atención de los graves problemas generados por su ineptitud. Uno de los elementos reiterados es el peligro de una invasión a nuestro país por el ejército estadounidense, esgrimido contra cualquier pensamiento divergente, calificado de «enemigo», «vendido al imperialismo», «pagado por los yanquis», o cosas similares.
El antiquísimo propósito de los gobernantes estadounidenses de dominar la posición estratégica de la Isla y sus riquezas naturales, ha servido a «los beneficiarios del régimen», apegados «a las costumbres señoriales de la colonia», para evitar una república que propicie gobernar a quienes «excederán a las de disociación y parcialidad provenientes de la pereza o arrogancia que la guerra a veces cría, del rencor ofensivo de una minoría de amos caída de sus privilegios».
No constituye una falacia la tendencia expansionista de Estados Unidos, ni el peligro que acarrearía su dominio sobre nuestro país para la independencia y la identidad nacional. Las advertencias de Martí al respecto se encuentran en los textos redactados desde sus primeros años de vida política hasta su carta a Manuel Mercado, escrita pocas horas antes de morir en combate. Pero la manera acertada de enfrentar tal amenaza no se encuentra en la repetición de prácticas antidemocráticas para mantener al pueblo al margen de todo beneficio y de toda participación, en la práctica del secretismo, el encubrimiento y el misterio con que los funcionarios de la burocracia gubernamental ocultan su proceder, modo de evitar el acceso a sus turbios negocios.
No son estos días y noches apacibles. Solo quienes viven en el disfrute permanente, en la ausencia de las angustiosas necesidades materiales cotidianas, pueden permanecer impasibles, sin pensar que el derrumbe del país también acarreará el suyo. No es con consignas vacías ni alharacas patrioteras inoperantes como corresponde actuar en los momentos críticos presentes, cuando deberían primar los intereses patrióticos por sobre los personales, familiares o de grupos.
La amenaza externa es cierta. También lo es el peligro de continuar bajo un régimen que apela a la represión como único recurso para mantenerse en el poder. Es cada vez más visible el incremento de sus métodos crueles e inhumanos que, de no ponerle fin, llegarán a los adoptados por las tiranías conocidas históricamente en el área antillana y en nuestro país (Duvalier, Trujillo, Machado, Batista): las desapariciones definitivas, los asesinatos, cuerpos sin vida arrojados a las calles, cunetas y carreteras, como tristemente recordamos.
Conocemos ambos riesgos. El más urgente es poner término a la tiranía antes de que sea demasiado tarde, lo que abrirá la posibilidad de encauzar el país hacia la verdadera independencia, solo alcanzable con la más absoluta democracia. Como expresa el Manifiesto: «la resolución de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla».
Cuando el poder político y el económico sean democratizados, podrán desplegarse plenamente todas las potencialidades espirituales de las grandes mayorías, y «emancipar de una vez a Cuba de la ineptitud y corrupción irremediables del gobierno». De este modo: «No tendrá el patriotismo puro causa de temor por la dignidad y suerte futura de la patria».
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* Las frases entrecomilladas que carecen de referencia entre corchetes han sido tomadas de: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985. Las otras, provienen de las Obras Completas, que se identificarán por las iniciales OC, seguidas de los tomos y páginas correspondientes.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.