El AKM azul o la hipocresía de cierta izquierda

Hay una imagen que no abandona la mente de los que crecimos escuchando a Silvio Rodríguez: la de un unicornio azul que se perdió una tarde de descuido, y cuya ausencia convirtió al poeta en un ser incompleto, sin su símbolo más puro. «Con su cuerno de añil pescaba una canción, saberla compartir era su vocación», cantaba Silvio, y en ese verso residía toda la filosofía de una generación latinoamericana que encontró en la Nueva Trova Cubana, no solo música, sino una brújula moral, un lenguaje para nombrar la esperanza y la injusticia. El unicornio azul era eso: la vocación de pescar canciones y compartirlas, la utopía que se busca sabiendo que perderse es parte del camino.

Silvio Rodríguez apareció hace pocos días en una fotografía que circuló por las redes sociales con la velocidad y frialdad de un disparo de nieve. En ella, recibe de manos de Miguel Díaz-Canel un fusil de asalto, un AKM, el arma de la revolución soviética exportada al Caribe, y declara estar listo para defender la patria. El arma es negra, pesada, sin metáfora posible. No es azul. No puede ser azul. El unicornio se perdió hace mucho, y lo que queda en su lugar es metal y propaganda.

Esta imagen es más que una fotografía, una traición con testigos.

Para entender la magnitud de lo que ocurre, hay que mirar de frente la realidad que el régimen cubano lleva décadas intentando disfrazar con la misma tela del discurso revolucionario: Cuba vive hoy una de las crisis más devastadoras de sus 67 años post-revolucionarios. No es exageración, sino hambre, oscuridad literal, éxodo masivo.

Los apagones duran más de veinte horas diarias en muchas provincias. Los hospitales funcionan sin medicamentos básicos y las escuelas lo hacen a media máquina. La moneda nacional ha perdido casi toda su capacidad de compra real. Los jóvenes huyeron hacia Nicaragua y luego a pie hasta el Río Bravo, o a cualquier país que los reciba y los aleje de una isla que los consume en vida.

El gobierno de La Habana tiene una explicación para todo esto, y es siempre la misma: el bloqueo. El embargo estadounidense, recrudecido en su componente energético bajo la administración de Donald Trump, es presentado como la causa única, total y suficiente del desastre cubano. Trump, sin duda, ha ejercido una presión brutal. Las sanciones al sector energético han agravado dramáticamente una situación ya al límite. Eso es real y debe decirse sin ambigüedades, pero el bloqueo es la punta del iceberg.

Bajo la superficie acecha algo más oscuro, más viejo y más cubano: la captura sistemática de la economía nacional por parte de una élite que hace mucho dejó de ser revolucionaria, si alguna vez lo fue en el sentido estricto de la palabra, y se transformó en una clase extractiva que administra el país como su feudo privado.

Hablar de la crisis cubana sin aludir a GAESA, el Grupo de Administración Empresarial S.A., es hablar del Titanic sin mencionar el iceberg. Esta entidad militar-empresarial controla hoy un porcentaje estimado de entre el 60 y el 80 por ciento de la actividad económica formal del país: turismo, importaciones, telecomunicaciones, comercio minorista, divisas. Todo pasa, en algún punto, por GAESA.

Esto no es el socialismo que proclaman los carteles en las calles de La Habana. Es algo cualitativamente diferente: un modelo mafioso de acumulación de capital en manos del Estado-familia, un capitalismo de camarilla que usa la retórica socialista como cobertura ideológica para el saqueo. Los recursos que debían sostener la salud, la educación y el transporte fueron desviados sistemáticamente hacia hoteles de cinco estrellas y fuentes de captación de divisas para un circuito al que el cubano de a pie no tiene acceso. El pueblo sufre los apagones mientras se construyen resorts. Los niños estudian sin libros mientras el Ministerio de Turismo inaugura marinas para yates.

La familia Castro, y sus herederos en la cúpula del poder, no abandonó el socialismo por una conversión intelectual. Lo abandonó por algo más primitivo: la avaricia del poder. Y mientras lo hacía, siguió vistiendo el uniforme verde olivo, cantando a Silvio, y recitando a José Martí.

El 11 de julio de 2021 fue un terremoto político sin precedentes desde 1959. Miles de ciudadanos salieron a las calles en más de cincuenta municipios de Cuba a gritar lo que durante décadas solo se susurraba: «Libertad», «Patria y Vida», «Tenemos hambre». No eran mercenarios. Eran madres con hijos enfermos, jóvenes sin futuro, ancianos abandonados por el proyecto al que habían dado su vida.

La respuesta fue inmediata: Díaz-Canel convocó en cadena nacional a los «revolucionarios combativos» para enfrentar a los manifestantes, una orden de reprimir sin eufemismo posible. Luego vinieron los juicios, más de seiscientas personas condenadas en procesos sumarísimos; adolescentes con sentencias de más de veinte años por «desórdenes públicos». Desde entonces las protestas no han parado, y cada vez la respuesta es la misma: represión, detención, condena, y el mismo guion: son mercenarios e instrumentos del imperialismo.

Lo que el régimen llama «mercenarios» son, en su inmensa mayoría, los hijos y nietos de quienes creyeron. Los que nacieron dentro de la revolución; que no eligieron el sistema, sino que lo heredaron; que no tuvieron la opción de irse a tiempo o de disentir sin consecuencias. Esos son los que salen a la calle, y a los que el Estado, con la misma bandera que usó para pedirles sacrificio durante décadas, ahora persigue y condena.

En este contexto llega a La Habana ―con las cámaras encendidas y la conciencia tranquila―, una caravana de solidaridad internacional encabezada por figuras de la izquierda europea y latinoamericana. Entre ellos, Pablo Iglesias, exlíder de «Podemos», quien una vez construyó su imagen política sobre la crítica al poder y la defensa de los de abajo.

La caravana trae ayuda humanitaria. El gesto, en abstracto, podría ser noble. El problema no es la ayuda. El problema es la lectura política que la acompaña, la narrativa que la enmarca y la legitimidad que, queriendo o sin querer, le presta al régimen que tiene al pueblo cubano en esa situación de necesidad.

Porque llegar a La Habana con cajas de medicamentos y declarar que Cuba es una «plaza sitiada» por el imperialismo norteamericano, sin mencionar la represión del 11J, sin exigir la libertad de los presos políticos, sin señalar la existencia de GAESA y el modelo extractivo que ha destruido los servicios públicos cubanos, no es solidaridad. Es complicidad con los carceleros disfrazada de humanismo.

La izquierda internacional que viaja a Cuba a tomarse fotos con Díaz-Canel mientras hay cubanos presos por cantar «Patria y Vida» no está del lado del pueblo cubano. Está del lado del poder cubano. Y esa distinción, que debería ser obvia para cualquier persona que se llame progresista, parece haberse perdido en algún punto del camino entre los sueños revolucionarios de los sesenta y la realidad del siglo XXI.

Cuba no es la Cuba del Che. No es la Cuba que fascinó a Sartre ni la que inspiró a García Márquez. Es una oligarquía militar con vocabulario marxista; y tratarla como si fuera otra cosa es una forma de mentira política.

«Se perdió, el hombre de este siglo allí, su nombre y su apellido son: fusil contra fusil», escribió Silvio Rodríguez en 1968, en una elegía al Che Guevara recién caído en Bolivia. La canción era un lamento poético sobre la violencia que devora a los hombres y los convierte en nombre y apellido de metal, en símbolo que ya no sangra. Era, en su mejor lectura, una forma de decir que cuando el fusil se convierte en identidad, algo humano e irrecuperable se ha perdido para siempre.

Silvio Rodríguez no es un artista menor ni un oportunista cualquiera. Es, o fue, una de las voces más genuinas de la canción política latinoamericana del siglo XX. Generaciones enteras, en Cuba y fuera de ella, construyeron parte de su identidad moral escuchándolo. Su música fue la banda sonora de los que soñaban con un mundo más justo. Su valentía frente al poder, hubo momentos en que criticó al régimen con una franqueza inusual para alguien en su posición, le ganó un crédito enorme incluso entre quienes disentían de sus posiciones políticas. Por eso el golpe es más duro.

Cuando Silvio Rodríguez acepta un fusil de manos de Díaz-Canel, del mismo Díaz-Canel que el 11J llamó a reprimir a los cubanos más vulnerables, y declara estar listo para defender la patria, algo se rompe que no volverá a recomponerse. No es solo un gesto político equivocado. Es una traición generacional.

¿Defender la patria de qué? ¿Del cubano que sale a la calle con las manos vacías a pedir luz, comida y libertad? ¿Del joven que se lanzó al mar en una balsa porque ya no pudo más? ¿Del preso político que lleva casi cinco años en una celda por haber cantado en la calle?

El fusil que Silvio recibe no es el fusil metafórico de su canción. No es el arma del oprimido contra el opresor. Es el arma del Estado contra el pueblo. Es el mismo fusil que apunta a las madres que preguntan por sus hijos detenidos. El mismo que protege los intereses de GAESA mientras los hospitales se caen a pedazos.

Y lo más doloroso no es siquiera el gesto en sí. Lo más doloroso es que Silvio lo sabe. A diferencia de Pablo Iglesias, que puede alegar ignorancia o distancia, Silvio vive en Cuba. Ha visto los apagones. Ha escuchado los testimonios. Ha leído las sentencias. No está confundido por la propaganda del exilio ni por las simplificaciones de la prensa internacional. Sabe lo que Díaz-Canel representa. Y, aun así, tomó el fusil. Eso no se llama error de cálculo político, se llama traición.

«Mi unicornio y yo hicimos amistad, un poco con amor, un poco con verdad», cantaba Silvio. En esos versos estaba la clave de todo: la relación entre el artista y su símbolo más puro no era una relación de posesión sino de reciprocidad, de amor y verdad construidos juntos. El unicornio azul era la metáfora de lo que se pierde cuando se abandona la capacidad de soñar diferente, de resistir la gravedad del poder, de mantener la mirada en lo que debería ser, en lugar de capitular ante lo que conviene. Era azul porque el azul es el color de lo imposible y lo necesario, de lo que no existe en la realidad inmediata, pero orienta el camino.

El AKM que Silvio recibió de Díaz-Canel no es azul. No puede serlo. Es el color del metal frío, del pragmatismo de quien ha decidido que la supervivencia dentro del sistema vale más que la coherencia con los propios valores. Es el color de la claudicación que se disfraza de compromiso. «Pero no tengo más que un unicornio azul», decía la canción. Silvio sí lo tuvo. Y lo cambió.

Hay una lógica perversa en el simbolismo del momento. El régimen cubano entendió hace mucho que Silvio Rodríguez no vale por sus canciones sino por lo que representa: la legitimidad cultural de una generación que todavía cree, o quiere creer, que la revolución pudo haber sido algo bueno. Obtener su imagen con el fusil no es un gesto militar. Es publicidad. Es una forma de decirle al mundo, y sobre todo a la izquierda internacional todavía enternecida por los mitos, que el régimen aún tiene a sus poetas.

Pero los poetas que sostienen fusiles de los verdugos no son poetas de la libertad. Son, en el mejor de los casos, poetas del miedo. En el peor, cómplices.

Y el pueblo cubano, que durante décadas cantó las canciones de Silvio como si fueran suyas, que encontró en «Óleo de una mujer con sombrero», en «El rey de las flores» y en «La maza» algo que les pertenecía más que la retórica oficial, ese pueblo merece algo mejor que ver al trovador de su alma entregarle al verdugo la bendición poética que necesitaba.

Hay una confusión que la izquierda internacional cultiva con esmero, quizás porque le resulta cómoda: la idea de que lo que está en juego en Cuba es un debate político entre visiones del mundo; una disputa de ideas entre el socialismo y el capitalismo, entre la soberanía y el imperialismo. Bajo esa lógica, apoyar al régimen cubano frente a Washington es tomar partido por el lado correcto de la historia, aunque ese régimen tenga sus imperfecciones.

Esa lógica es falsa. Y su falsedad no es abstracta ni filosófica. Es de carne y hueso.

Lo que ese sector de la izquierda internacional traiciona cuando abraza a Díaz-Canel y mira hacia otro lado ante los presos del 11J, no es un ideal político subjetivo, susceptible de interpretación. Traiciona a generaciones concretas de cubanos reales que no solo creyeron en ese ideal, sino que sacrificaron todo por él. Sacrificaron sus familias, divididas por décadas entre los que se fueron y los que se quedaron, cada bando pagando su propio precio en silencio. Sacrificaron sus carreras, renunciando a profesiones que habrían podido florecer en libertad, aceptando en su lugar el techo que el Estado les asignaba y el sueldo que el Estado les fijaba. Sacrificaron su prosperidad, que nunca llegó, convencidos de que el bien colectivo era más importante que el bienestar individual. Sacrificaron sus derechos más elementales, el derecho a disentir, a moverse, a elegir, a hablar, aceptando cada restricción como un costo temporal de la revolución en construcción.

Todo eso lo dieron. Y lo dieron de buena fe, muchos de ellos con una convicción genuina que merece respeto, aunque el sistema que sostenían no lo merezca.

¿Y qué recibieron a cambio?

Primero, la utopía nunca se materializó. La igualdad prometida derivó en una jerarquía rígida, donde los de arriba tenían acceso a todo y los de abajo a nada. La soberanía proclamada se convirtió en dependencia, primero de Moscú y luego de Caracas. La justicia social que justificaba cada sacrificio, fue cediendo terreno año tras año, hasta quedar reducida a un eslogan vacío en una valla desteñida al borde de una carretera llena de baches.

Luego, lo poco salvable de aquella revolución: sus logros reales en alfabetización y salud en sus primeras décadas, los momentos de dignidad nacional genuina, el orgullo de una identidad cultural que resistió; todo eso fue secuestrado y convertido en propiedad privada de Fidel Castro. No en patrimonio del pueblo cubano, sino en capital simbólico del líder; en moneda de cambio para sostener el culto a la personalidad y la permanencia del poder personal. La revolución dejó de pertenecerle al pueblo que la hizo y se convirtió en marca registrada de una familia.

Y ahora, después de décadas de sacrificio, después de haberlo entregado todo sin protestar, a esas mismas generaciones y a sus hijos y nietos, el Estado les hace lo peor: los trata como enemigos. El que sale a la calle a pedir luz no es un ciudadano con derechos. Es un mercenario. El que canta «Patria y Vida» no ejerce su libertad de expresión. Es un traidor al servicio del imperialismo. El que pregunta en voz alta por qué no hay medicamentos en el hospital donde murió su madre es un agente de la CIA.

Esto es lo que la izquierda internacional elige no ver cuando visita La Habana con cajas de medicamentos y declaraciones de solidaridad. No elige no ver una abstracción ideológica. Elige no ver a personas concretas, a familias reales, a ancianos que dieron su juventud y a jóvenes que nacieron en una jaula que no construyeron. Elige la comodidad del mito sobre la incomodidad de la verdad. Y esa elección tiene un nombre. No se llama ingenuidad. Se llama abandono.

Cuba merece una izquierda honesta. No la que romantiza al régimen porque necesita un símbolo que oponer al capitalismo salvaje; que usa el sufrimiento cubano como argumento en sus propios debates políticos domésticos sin pagar ninguno de los costos de ese sufrimiento. No la izquierda que confunde solidaridad con complicidad, y crítica con traición; sino la que sea capaz de decir al mismo tiempo: el bloqueo es injusto y debe levantarse, y el régimen cubano oprime a su pueblo y debe rendir cuentas.

Cuba merece que cuando alguien llegue con ayuda humanitaria, exija también la liberación de los presos del 11J. Que los nombres de Maykel Osorbo, Luis Manuel Otero Alcántara y los cientos de cubanos que siguen en prisión por cantar o protestar, sean pronunciados con la misma energía con que se condena el bloqueo de Trump. Que nadie que se llame progresista acepte tomarse una foto con quien ordenó reprimirlos.

Cuba merece que sus artistas más grandes tengan el coraje de estar del lado de esas generaciones traicionadas, incluso cuando eso significa enfrentarse al poder que los alimenta y protege. Silvio tiene ese coraje en sus canciones. Ojalá lo hubiera tenido en ese momento frente a Díaz-Canel.

Y Cuba merece, sobre todo, que alguien diga en voz alta, en las páginas de las revistas de izquierda latinoamericana, en los foros de la solidaridad internacional, en los parlamentos y en los recitales: lo que está en juego en Cuba no es una disputa entre Washington y La Habana. Es el destino de millones de personas reales que sacrificaron todo por una promesa que fue, primero, incumplida, luego robada, y hoy convertida en el arma con que se les golpea cuando se atreven a reclamar lo que queda de ella.

La última imagen que queda de este momento histórico es la de Silvio Rodríguez con un AKM en la mano, mientras Díaz-Canel lo abraza con la satisfacción de quien acaba de conseguir la mejor foto de su debacle política.

En la canción que Silvio escribió para el Che, el Tercer Mundo entero iba «a enterrar su dolor, con granizo de plomo», haciendo «su agujero de honor, su canción». Y luego, lo más devastador: «en vez de lágrimas echar, con plomo llorarán». Era poesía de elegía, el llanto de un pueblo al que incluso el luto le es negado y sustituido por metal. Era, en su momento, una imagen sobre Bolivia y sobre la Guerra Fría. Hoy, en 2026, es la descripción exacta de lo que vive Cuba: un pueblo al que no se le permite llorar, al que cada protesta le responden con detenciones, juicios, años de cárcel.

El pueblo cubano llora con plomo. Eso es lo que ocurre cada vez que sale a la calle. Y Silvio, que escribió esa imagen hace más de medio siglo con la precisión del que sabe lo que es la represión, tomó el arma del que manda la bala en lugar de sostener la mano del que la recibe.

No se le puede pedir a un pueblo que sacrificó todo, que además soporte que sus propios poetas lo señalen con el fusil. Eso es demasiado. Es lo último que se le puede quitar: no la luz o el pan, sino la voz que le dijo durante décadas que su sacrificio tenía sentido, que la belleza existía, que valía la pena resistir.

En algún lugar de esa fotografía, si uno mira con suficientes detenimiento y tristeza, se puede ver el rastro de un unicornio azul que ya no volverá. «Mi unicornio azul se me ha perdido ayer, se fue». No porque se haya perdido por descuido, como en la canción; sino porque fue entregado voluntariamente, a cambio de algo que todavía no terminamos de entender.

El AKM que le dieron es negro, pesado y real; pero en la memoria de los que lo escuchamos crecer, de los que aprendimos a nombrar la injusticia con su música, de los que sacrificaron algo creyendo que canciones como las suyas describían el mundo que venía; Silvio tenía un fusil diferente. Uno hecho de palabras, de melodías, de esa rara valentía de los artistas que deciden estar del lado correcto, aunque les cueste.

Ese fusil sí era azul. Y ese es el que se perdió.

***

Imagen principal: AFP.

Lorenzo Vega-Montoto

Dr. en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

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