Identidad en suspenso. Exilio, trauma colectivo y normalización del daño

El exilio pudiera ser definido como el momento en que uno deja de sentirse parte de un lugar sin haber terminado de pertenecer al otro. Una sensación persistente de estar fuera de sitio, incluso cuando se ha hecho todo «correctamente».

No encajo del todo en la imagen que otros esperan cuando me preguntan y digo que soy cubana. Y es, asombrosamente, por el modo de hablar; como si el lenguaje, el vocabulario y el acento traicionaran una identidad predefinida. A ese primer filtro se suman otros: gustos, referencias culturales, códigos que parecen esperarse como prueba de pertenencia. Esa pregunta, aparentemente menor, abre una grieta profunda. La identidad queda reducida a un repertorio limitado de rasgos aceptables, a estereotipos funcionales, fuera de los cuales se deja de ser reconocible. Queda suspendida en tierra de nadie.

Durante años creí que el esfuerzo, la preparación y la claridad me protegerían. Hoy empiezo a percibir que ese mismo espacio se ha transformado en una trampa densa. No es solo una experiencia individual, sino un clima donde la vulnerabilidad se instala sin ser nombrada.

Esa distancia de determinados códigos, de ciertos modos de actuar y también del debate público en redes, no nace de la indiferencia ni del desinterés, sino de una decisión consciente de preservación psíquica frente a un entorno que percibo como crecientemente hostil, simplificador y emocionalmente desgastante.

La psicología social ha intentado nombrar estos procesos. En contextos de trauma prolongado, se habla de disonancia cognitiva: la tensión entre lo que se vive y lo que se necesita creer para poder seguir adelante. Cuando aceptar la realidad implica un costo emocional excesivo, la mente reorganiza el relato, justificando aquello que daña o minimizando aquello que amenaza. A ello se suma la disonancia emocional: sentir dolor, rabia o miedo, pero no poder legitimarlos sin poner en riesgo la pertenencia o la estabilidad psíquica.

En el caso cubano, este proceso se ve agravado por décadas de indefensión aprendida. Generaciones expuestas a castigos, fracasos reiterados y ausencia de control real sobre sus vidas, internalizan la idea de que ninguna acción modifica el resultado. Esta adaptación no es pasividad moral, sino una estrategia de supervivencia que, prolongada en el tiempo, reduce la capacidad de imaginar alternativas y naturaliza la dependencia.

Este aprendizaje de la impotencia no se expresa solo en lo político o lo emocional, sino también en lo cotidiano, en los modos de hacer, de decidir y de imaginar la vida posible. La condición insular ha favorecido un aislamiento de los modos de hacer allende los mares, y la vida de la población ha quedado reducida a lo que le han hecho creer durante casi tres cuartos de siglo. Ello se manifiesta en una visión limitada del horizonte vital y en la reducción de opciones, incluso en ámbitos aparentemente menores, como la cultura culinaria.

En lo personal, el exilio no me ha apartado del conflicto, solo ha cambiado su forma. La violencia ya no es únicamente la que se ejerce desde el poder en la Isla, sino también la que reaparece, más sutil, en ciertos discursos del «afuera». Como si el trauma necesitara repetirse para seguir siendo reconocido.

Comprendo que lo vivido no es solo una experiencia privada ni una acumulación de pérdidas individuales. El dolor personal se inscribe en un entramado más amplio, donde la historia, la política y la psicología colectiva se superponen. La emigración no suspende ese entramado: lo desplaza, lo transforma y, a veces, lo intensifica.

Asistimos a un tiempo de desorden profundo, donde los cubanos vivimos expuestos a los efectos de dos geografías y a los excesos de dos extremos. Desde la Isla, la violencia estructural y la negación sistemática de la dignidad; desde el exilio, la normalización del lenguaje agresivo, la banalización del daño y la ilusión de que el autoritarismo puede ser una forma de protección. En ese cruce, entre el miedo aprendido y la promesa de orden, se configura un presente caótico que, si no es leído con lucidez, anticipa un futuro aún más complejo.

No se trata de incapacidad individual ni de falta de voluntad, sino del efecto acumulado de décadas de aislamiento, control y empobrecimiento del horizonte simbólico. En ese contexto, muchas personas no logran incorporarse plenamente a sociedades altamente demandantes: viven en mundos paralelos al desarrollo, aprovechan solo las ventajas más visibles, como el consumo o la satisfacción material inmediata, pero no acceden al idioma, a las reglas de convivencia ni al funcionamiento real del sistema. La dependencia de quienes «saben hacer» se vuelve estructural, y con ella la vulnerabilidad a la manipulación política, la repetición de consignas sin base argumental y la defensa de criterios que no fortalecen a la comunidad, sino que reducen a una imagen de inferioridad.

En contextos de dominación sostenida también pueden desarrollarse vínculos traumáticos: formas de apego psicológico hacia la fuente misma del daño, no por adhesión consciente, sino por necesidad de seguridad. El poder represor llega a percibirse como único garante de orden frente al caos. Este mecanismo, descrito en psicología como vínculo traumático o «síndrome de Estocolmo social», no desaparece con la migración.

El trauma no se queda en la frontera. En el exilio, la necesidad de certezas, de figuras fuertes y de relatos simples puede reactivarse bajo nuevas banderas, desplazando conflictos no resueltos hacia otros escenarios. El riesgo no es solo político, sino psicológico: reproducir estructuras conocidas porque resultan emocionalmente familiares. Y se hace bajo la ignorancia total de que es eso precisamente lo que está ocurriendo.

Ese proceso sostenido, vivido a la vez en la Isla y fuera de ella, configura una forma de estrés colectivo, silencioso y persistente, que no siempre se reconoce como daño, pero termina modelando percepciones, reacciones y modos de estar en el mundo.

En tal contexto, ignorar las noticias no detiene los hechos. Trivializar la violencia, aceptarla como un elemento normal de la vida o justificarla no es neutralidad ni adaptación. En los momentos actuales, es complicidad moral.

Ese ignorar no siempre adopta la forma del silencio absoluto. Ocurre más bien cuando la violencia deja de ser percibida como tal y se integra a la vida cotidiana como norma. No se le nombra porque no se le reconoce: se vive dentro de ella. La repetición, el desgaste y el cansancio inducido la vuelven parte del paisaje emocional, algo que no irrumpe porque nunca se va. Es una normalidad dañada.

Cuando no hay reacción posible frente a una violencia vivida como normalidad, el daño no desaparece: se vuelve estable. La ausencia de respuesta no libera, sino que integra el sometimiento a la vida psíquica cotidiana. Con el tiempo, se debilita la capacidad de imaginar una salida, y cualquier ruptura empieza a percibirse como más amenazante que la violencia conocida.

En Cuba, la violencia se disfraza con lenguaje grandilocuente, con consignas que cubren como manta el desamparo de años y la pobreza extrema. Cuerpos flacos sostienen palabras que no los apoyan. Pero ese disfraz convive, cada vez más, con una represión abierta y sin máscaras, visible tanto en el terreno ideológico como en el uso excesivo de la fuerza física. Se actúa desde la convicción de que nada cambiará y de que el sistema debe mantenerse a cualquier costo. Esa certeza de inmovilidad no solo legitima la violencia: la vuelve rutina.

Por su parte, las reacciones del exilio cubano están atravesadas por la propia experiencia del desplazamiento geográfico. Hay una presión intensa por adaptarse, por aprenderlo todo a la vez, por no fallar en un mundo completamente ajeno. La energía psíquica se concentra en la sobrevivencia: conseguir estabilidad, no caer, no perderse. A ello se suma el compromiso filial y moral de ayudar a quienes quedaron atrás, una carga afectiva constante que no puede sostenerse sin costo.

Ese desborde produce respuestas diversas. En algunos casos, una vida reducida a un mundo «importado», sin adaptación real al entorno que se habita; en otros, el movimiento opuesto: el corte radical con la realidad cubana, el aislamiento, la desconexión casi total de cualquier forma de implicación. No son posiciones equivalentes, pero ambas expresan un mismo desgaste: la dificultad de solucionar, al mismo tiempo, la vida nueva y la herida que no termina de cerrarse. En otros casos, la respuesta adopta la forma de una agresividad frontal, un rechazo absoluto a cualquier vínculo con la Isla, donde la negación del origen funciona como defensa frente a un dolor que no encuentra otro modo de tramitarse.

He decidido no hablar de estos temas en redes. Ese silencio público no es negación ni retirada del conflicto, sino una forma de autocuidado frente a la repetición del extremismo, la hipocresía y la agresividad que erosionan la posibilidad misma de un intercambio significativo.

En ese punto reaparecen las preguntas que acompañan al exilio prolongado: ¿empezar de nuevo?, ¿callar?, ¿irnos otra vez?, ¿a dónde? No es indecisión individual, sino expresión de una condición persistente de precariedad simbólica, de esa forma de extranjería que no termina de resolverse y que devuelve, una y otra vez, la conciencia de nuestra condición de parias.

También aparece la vergüenza del privilegio: estar viva, estar a salvo, poder escribir mientras otros ya no pueden o son reprimidos por hacerlo. Tal vez escribir sea lo único que no traiciona, una forma de no colaborar con el olvido, una resistencia íntima frente a la normalización del daño.

Creo que esa interrupción mínima es también un gesto de libertad.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Mireya Goñi Camejo

Escritora. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana, especialista en Literatura Hispanoamericana.

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