La pregunta por el mañana: ¿hay adónde volver?
La Cuba perdida es algo concreto. Se extrañan caras con personalidad; barrios con historias; recuerdos personales. Lo que identifica a uno no tiene por qué hacerlo con otro. Entonces se necesita llegar a un acuerdo y partir de bases comunes: asumir el trauma, y desde allí, reconstruir un imaginario que abarque todos los elementos unificadores. Eso empieza a ser «lo cubano».
El hombre piensa como vive
José Martí escribió: «La patria es ara y no pedestal». Tal vez quiso recordarnos que la nación no es escenario para el ego, sino espacio sagrado de responsabilidad compartida. Si la entendemos como un lugar de cuidado y no de exhibición, quizá podamos mirarnos con menos sospecha y más humanidad.
Actualidad del Manifiesto de Montecristi
La amenaza externa es cierta. También lo es el peligro de continuar bajo un régimen que apela a la represión como único recurso para mantenerse en el poder. Es cada vez más visible el incremento de sus métodos crueles e inhumanos que, de no ponerle fin, llegarán a los adoptados por las tiranías conocidas históricamente en el área antillana y en nuestro país: las desapariciones definitivas, los asesinatos, cuerpos sin vida arrojados a las calles, cunetas y carreteras, como tristemente recordamos.
Identidad en suspenso. Exilio, trauma colectivo y normalización del daño
En ese punto reaparecen las preguntas que acompañan al exilio prolongado: ¿empezar de nuevo?, ¿callar?, ¿irnos otra vez?, ¿a dónde? No es indecisión individual, sino expresión de una condición persistente de precariedad simbólica, de esa forma de extranjería que no termina de resolverse y que devuelve, una y otra vez, la conciencia de nuestra condición de parias.
El discurso en una habitación silenciosa
La población ya no se reconoce en el monólogo y cada día, cada noche, ha comenzado a construir su propia plaza pública en los márgenes digitales o en las calles de los barrios, donde el control narrativo del Estado se disuelve entre escasez y gritos de libertad.