Vindicación del cacerolazo

Alguien podría sospechar que en el equipo de asesores de imagen del presidente de la república hay gente confabulada para destruir su figura como funcionario público. Los ejemplos para la sospecha abundan, pues son contadas sus apariciones donde, al menos una vez, el observador no se pregunte: «¿Él no tiene asesores?».

En días recientes esto ha sobrepasado cualquier unidad de medida, al referirse a los cacerolazos nocturnos, convertidos en parte del panorama sonoro del país. En lugar de un análisis autocrítico reconociendo las causas de una realidad imposible de ocultar, sus palabras constituyeron una burla a cierta forma pacífica de pronunciarse la población contra los males que la afectan; un intento fallido de disminuir la importancia de esas protestas. Para rematar, introdujo una «creación lingüística» que pareciera pensada para ridiculizar a quien la pronuncia y provocar la risa en el auditorio, como en los chistes del personaje Tres Patines del programa La Tremenda Corte de mi infancia.

Se trata de la expresión «cubaneo cubano», utilizada por el primer mandatario para calificar, desacreditándola, la forma en que miles de cubanos exteriorizan cada noche su malestar por las calamidades que padecen por la combinación de décadas de reiteradas políticas económicas desacertadas, cuando no realmente desastrosas, sin que el pueblo que las sufre sea tomado en cuenta ni pueda exigir rendición de cuentas a los causantes, y la violenta presión de una potencia extranjera.

El vocablo «cubaneo» es plurisemántico; sus significados dependen del contexto, y todos son nacidos de la caricaturización de una supuesta «característica nacional»: falta de seriedad. Entre esos significados se cuentan: picardía; superficialidad; tendencia a convertir todo en broma; inclinación al ocio, a no esforzarse mucho y a disfrutar de la vida sin pensar en las consecuencias; falta de rigor o compromiso en lo que se hace o dice, y un abanico de otras particularidades, ninguna positiva, que tienden a calificar al cubano como poco dado al sacrificio personal y a no tomar las cosas en serio o desde su lado trágico, al punto de burlarse de sí mismo y de lo que le duele, de «convertirlo todo en motivo de pachanga».

Es evidente que ese último estereotipo es lo que tenía en mente el presidente al afirmar que los cacerolazos son una forma de “cubaneo”. Es decir: Para él, los cacerolazos son una manifestación de la tendencia cubana a divertirse con cualquier motivo, nada más.

Que un gobernante se exprese de modo ofensivo sobre su pueblo es tan violento que no vale la pena insistir en el hecho. En cualquier país donde los parlamentarios constituyan, como debe ser, el principal contrapeso del poder, ya habrían surgido voces de diputados exigiendo al presidente presentar una disculpa pública por sus palabras.

En Cuba eso no sucedió ni sucederá jamás, aunque la Constitución vigente afirme que estamos en un Estado de derecho, pues el parlamento es cualquier cosa menos contrapeso del poder ejecutivo, como muestran las sesiones de la Asamblea Nacional (el vergonzoso caso de la ministra que ofendió a los indigentes y fue ovacionada y elogiada por los diputados es un ejemplo reciente, no es necesario abundar). Este parlamento ni siquiera se ha pronunciado, transcurridos más de seis años, sobre la violación del mandato constitucional que, en 2019, estableció un plazo de un año para la entrada en vigor de los derechos que consagra; siendo así, es inútil esperar que llame a capítulo al presidente, por este o por cualquier otro motivo.

Vale la pena detenerse un momento en la expresión usada por el primer mandatario para calificar los cacerolazos. Para abundar en la descalificación, además del lenguaje corporal utilizado, procuró en su acervo léxico un vocablo que marcara con más intensidad el mensaje de descrédito que deseaba enviar. Y el que le resultó más adecuado no fue otro que: ¡cubano!

De modo que, por su boca, nos enteramos de que los cacerolazos son una manifestación de «cubaneo» (esto es: relajo, choteo, gozadera), pero no de cualquier tipo o procedencia, sino del tipo «cubano» (es decir: más relajado todavía). Ello significa, además, que puede haber «cubaneo» argentino, francés, británico, chino…

Bromas aparte, cabría preguntarse cómo hubiera reaccionado la prensa cubana si, en lugar de ser el presidente de Cuba el autor del aporte lingüístico, hubiera sido, por ejemplo, el de Argentina. ¡Menudo «cubaneo» se hubiera formado!

En cualquier país, que un gobernante haga ostentación de mucha, poca o ninguna cultura lingüística o general es irrelevante, lo que cuenta para los electores es su desempeño al frente del Estado; cuando más, su incultura resulta motivo de chistes para la prensa y los partidos opositores; estos últimos tal vez podrían intentar sacar provecho político del «aporte lingüístico» y de la burla y descalificación que significan.

Nuevamente, ese no es el caso de Cuba, donde ningún partido opositor podría obtener beneficio político de esa declaración, por la sencilla razón de que en nuestro país está prohibida la existencia de otro partido que no sea, precisamente, el que puso al presidente al frente de la nación. Además, el artículo 185.2 del Código Penal establece una pena de uno a tres años de prisión para quien diga o escriba algo que las autoridades consideren que calumnia, difama, insulta, injuria o, de cualquier modo, ultraja u ofende a cualquiera que ostente uno de los principales cargos del Estado.

Volviendo a la esencia del tema: Si bien es motivo de chistes y risas, es irrelevante la aparición de una expresión absurda en la intervención del primer magistrado de una nación. Lo realmente grave, lo que evidencia (una vez más) la enorme distancia entre gobernantes y gobernados en Cuba, es el intento de minimizar el fenómeno de los cacerolazos y de negar su relevancia en el actual contexto nacional. Y es tremendamente ofensiva la afirmación de que son una muestra de la tendencia al choteo propia de los cubanos, solo eso.

Con sus palabras, el presidente del país ha dejado claro que el mensaje enviado por el pueblo a los gobernantes al sonar sus cacharros cada noche no significa nada para él, carece de importancia, no lo obliga a nada, no le interesa. Concede que pueda haber gente inconforme, como en cualquier parte, solo eso, y concluye con un reto a los inconformes: Que vayan a sonar cacerolazos al «vecino del norte», único culpable (¡único!) de la situación imperante en Cuba.

Resulta curioso, sin embargo, que esa visión del jefe de Estado no sea compartida por los encargados del orden interior. Si bien no cuentan con personal o medios para atender con rapidez las llamadas de la población (como en el caso del muerto aparecido hace unas semanas a la puerta de una casa en la avenida Lacret, a pocos metros de la calzada de Diez de Octubre, que debió esperar horas hasta que los forenses llegaran), estos órganos disponen de abundantes recursos humanos y técnicos cuando quienes hacen sonar sus ollas desde dentro de las casas salen a la calle. Entonces el «cubaneo cubano» deja de serlo y se convierte en «alteración del orden público», por lo cual algunos de los participantes son arrestados o «llamados a conversar» a la estación de policía.

Otra «curiosidad» es que la gente se entera de los cacerolazos producidos en Cuba por medios alternativos, pues la prensa no informa de ellos, o lo que informa es muy a posteriori, y solo según la versión oficial. En cambio, cuando ocurre un cacerolazo en un país no considerado «amigo de Cuba», el hecho se reproduce hasta el aburrimiento en los noticieros. Esos cacerolazos extranjeros no son clasificados como «cubaneo» argentino, chileno, peruano, etc., sino como manifestaciones del descontento popular contra ciertas medidas de los respectivos gobiernos.

Hay algo que el presidente y algunos de sus opositores parecieran desconocer: Los cacerolazos no son invento cubano, solo que los cubanos los están descubriendo y usando ahora, como podrán ir descubriendo en el futuro otros medios de participación ciudadana. Para usarlos como arma política, que es lo que realmente son los cacerolazos, dígase de una vez.

Considero entendible, si bien no justificable, que el presidente de la nación intente restar relevancia a los cacerolazos, ridiculizarlos y burlarse de ellos y de quienes acuden a esta forma de manifestar descontento. Hacer lo contrario implicaría una autocrítica que está lejos de su alcance. Del mismo modo, él tampoco admitiría que no cuenta con el apoyo de la mayoría del pueblo, si bien la única forma de demostrar si es cierto o falso lo que afirma es convocar a un plebiscito con todas las garantías internacionalmente reconocidas, lo cual tampoco va a hacer.

En cambio, me cuesta mucho trabajo entender la actitud contra los cacerolazos de ciertos opositores al gobierno, sus críticas y sus burlas. A sabiendas o no, quienes actúan así se suman a la campaña de descrédito del gobierno hacia los que protestan contra él. En la práctica, estos opositores se convierten en aliados de lo que supuestamente combaten, en un acto de pura miopía política (¿o será temor a perder protagonismo?, ¡el diablo lo sabe!).

En varios países de América que conocieron feroces dictaduras, el retorno a la democracia no se logró por la violencia armada ni mediante la intervención militar de ninguna nación extranjera, como parecen suponer algunos opositores al gobierno cubano, sino por el insistente accionar ciudadano. Los cacerolazos, que no significan nada en apariencia, fueron una de las armas usadas, quizás la primera. Que cada día haya más cubanos optando por esta forma de lucha pacífica es, ante todo, el descubrimiento por miles de compatriotas de que existen formas de expresar públicamente el descontento popular que no pueden ser coartadas por ningún órgano represivo. Quienes solo razonan desde la violencia pueden no aceptarlo, pero las formas pacíficas sí dan resultados, lo demuestra la historia contemporánea.

El primer resultado es el aprendizaje de la ciudadanía

En Cuba no tenemos una fuerte tradición ciudadana, porque nuestra historia como república es corta, poco más de ciento veinte años, y ha estado salpicada por repetidos momentos de violencia, ausencia de legalidad o malas prácticas con las herramientas propias de una democracia: votos, elecciones, parlamentos, división de poderes, autonomía de las instituciones…

Incluso hemos sido, en más de una ocasión y durante demasiado tiempo, seguidores ciegos de líderes mesiánicos. El corto período en que parecía que comenzaríamos a crecer como ciudadanos de una democracia fue roto en 1952, cuando la violencia como productora de cambios se impuso, y desapareció la memoria histórica de las prácticas democráticas. Hasta el concepto de elegir (tomar una entre varias posibilidades) ha desaparecido de la memoria popular, y las personas se han acostumbrado a llamar «elecciones» a procedimientos que nada tienen que ver con ellas.

(Hago un aparte para presentar un ejemplo, del que fui testigo, ilustrativo de cuánto ha calado en la mente de los cubanos la tergiversación del término «elección»: En días recientes, al procederse a las elecciones para un nuevo mandato en una organización profesional, se observó que el número de candidatos propuestos por las bases era igual al de vacantes a cubrir. Se discutió, se hicieron varias recomendaciones, y finalmente se resolvió el problema. Lo curioso es que, al menos para uno de los que intervinieron, y otros apoyaron, no era importante que el número de candidatos y el de puestos vacantes fuera el mismo. «¿Y eso qué tiene que ver?», preguntó esa persona, que incluso agregó, y fue secundada: «Hasta es mejor así, es más fácil elegir»).

Como resultado de más de siete décadas sin aplicación de reales procedimientos democráticos en el país, de modo general, el pueblo cubano no sabe cómo usar las herramientas de una democracia; ante la necesidad de cambios, centra sus esperanzas, en demasiadas ocasiones, en soluciones mesiánicas o violentas, incluida la apelación a intervenciones militares extranjeras; todo lo cual constituye un riesgo para nuestro futuro como nación.

Por otra parte, no pocos opositores caen en la misma trampa, y no es raro encontrar mensajes desde la oposición al gobierno que no hacen más que replicar, en sentido opuesto, lo mismo que critican: repudios; prohibiciones u ostracismos futuros; nombramientos de cargos desde ahora, incluido el presidente; irracionalidad económica; adoración de posibles nuevos mesías, nativos o nacidos en otras tierras, etc. Quien siga las redes sociales sabe que es así. En cambio, hay escasa promoción de prácticas de ciudadanía, y abundan críticas, burlas o descalificaciones contra quienes apelan a trabajar en la formación de conciencia ciudadana. Con ello imitan lo que se hace desde el gobierno al cual afirman oponerse.

Pero la realidad es que, si no aprendemos a pensar y actuar como ciudadanos conscientes desde ahora, estamos condenados a transitar de unas formas de dictadura a otras, de distinto o similar ropaje, pero todas, en definitiva, dictaduras.

Para correr y saltar, primero hay que estabilizarse sobre los dos pies y caminar. El cacerolazo de esta noche puede ser la marcha silenciosa de mañana, la presencia de diputados surgidos de la comunidad en las próximas elecciones, incluso la abstención general más adelante, si fuera el caso, como muestra de rechazo a la ley electoral. Pero hay quienes quieren correr antes de ponerse en pie; proclaman posturas radicales, pero no firman el reclamo de amnistía para los presos políticos, que consideran de escasa relevancia. Pasan por alto que consignas modestas movilizadoras de multitudes son más valiosas que las ambiciosas seguidas por unos pocos. Aprender esto también es aprender a actuar como ciudadano.

La frase «Con eso no se resuelve nada» es, por desmoralizadora, un apoyo que el gobierno agradece mucho. Un grano de arena no es la playa, pero forma parte de ella.

Es un lugar común afirmar que en Cuba no hay resquicios por donde introducir elementos democráticos. No es una afirmación inocente, y resulta muy conveniente para quienes gobiernan. Pero es inexacta. Los resquicios existen, solo que nos enseñaron a no saber usarlos. Suena paradójico «enseñaron a no saber», pero es real. Y hemos sido muy buenos alumnos durante décadas. Hemos aprendido muy bien a no saber usar asambleas de vecinos o de trabajadores, y hemos dado múltiples muestras de que somos manipulables. Quienes nos gobiernan lo saben y actúan en consecuencia.

Abundantes ejemplos lo demuestran. Las supuestas «consultas populares» sobre la Constitución (cuya discusión entre los intelectuales impidió la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, enterada de que había escritores de prestigio que tenían discrepancias con el proyecto), o el Código de la Familia (que sirvió para que pasara inadvertido el nuevo Código Penal, con múltiples artículos dirigidos a castigar cualquier oposición política, incluso con la pena de muerte), son pruebas de tanto peso que no es necesario abundar, pero existen muchas otras.

Los tiempos han cambiado. Muchas caretas han caído y hoy, gracias a las redes sociales e Internet, es imposible ocultar la realidad de un país con enormes desigualdades sociales, con seres desvalidos que deambulan por las calles en busca de algo que comer en los contenedores de basura, en tanto otros (miembros de una neoburguesía parasitaria en lo fundamental, aprovechada de sus conexiones con el poder y revendedora, improductiva por lo general), sin pudor, hacen ostentación de su modo de vida «glamuroso».

A la par, también ha surgido una capa de la población que se ha ido independizando de las limosnas del poder. Es un grupo heterogéneo, débil, distante todavía de una conciencia de clase, pero los gobernantes lo mantienen en observación, pues, si en lo inmediato sus componentes palían los efectos de la ruptura del pacto social en el país, y ello rebaja tensiones, a la vez pueden representar un peligro si de su interior surgen rivales políticos con poder económico.

¿Aportará este grupo al nacimiento de un nuevo ciudadano en una nueva república, o sus miembros se mantendrán, como hasta ahora, buscando enriquecerse al más puro estilo de los primeros tiempos del llamado «capitalismo salvaje»? Es demasiado temprano para saberlo. Por lo pronto, están ahí, son una realidad. Aunque los gobernantes pueden hacer como en otras ocasiones, y borrarlos de un momento a otro, no parece que las condiciones actuales, objetivas y subjetivas, lo permitan.

En todo caso, ellos, como los cacerolazos, ya están aquí, y su trascendencia no puede ni minimizarse ni ridiculizarse, como se ha pretendido con los cacerolazos, tanto por el presidente como por algunos de sus opositores.

Si el camino más largo comienza con el primer paso, los cacerolazos pueden representar el primero hacia la formación de un verdadero ciudadano para una república verdaderamente democrática. El 11 de julio lo fue, aunque en apariencia se frustró, y lo fue antes el 27 de noviembre, que sirvió para demostrar que también en una parte de la intelectualidad cubana están naciendo el compromiso y el concepto de ciudadano.

Lo grave para el país no es el supuesto fracaso ni la supuesta insignificancia de un acto, sino la apatía, el cruzarse de brazos, el «no marcarse», el «total para qué».

El camino hacia el logro de una conciencia ciudadana en Cuba no solo es cuesta arriba; se recorre, además, llevando a las espaldas un fardo con toneladas de miedos, prejuicios, malas prácticas, desconocimientos y deformaciones. Por eso todo llamado a vaciar ese fardo debe ser atendido, incluso cuando se sostengan criterios tácticos diferentes.

Los cacerolazos tienden, a corto y mediano plazos, a aligerar ese fardo. Es un error minimizar su relevancia. A ellos, mis respetos.

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Nota: Este artículo se redacta tomando en cuenta lo preceptuado en la Constitución de la República de Cuba:

Artículo 54: El Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión.

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Imagen principal: Yamil Lage / AFP.

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