La pregunta por el mañana: ¿hay adónde volver?

Una amiga pregunta en Facebook si volveríamos a Cuba tras la caída de la dictadura. Días después, en una entrevista para mi blog —Apuntes al (otro) margen—, sobre el trabajo de otro amigo y colaborador, este comenzó la presentación refiriéndose a su lugar de origen y actual condición de exiliado —algo más que nos une—, pasando por un análisis de su obra para llegar, contratiempos de por medio, a hablar de uno de los temas que más nos ha movido: Guanabacoa. No voy a reproducir la cadena lógica —si acaso es pertinente el término— que me llevó a preguntarle, primero, si creía que aún existía el lugar y, segundo, si volvería. «Sí», respondió sin pensarlo. Eso contrasta mucho con los comentarios de aquel post —donde el «no» era de una mayoría abrumadora—, y con mi propia reticencia a los nacionalismos (políticos o culturales).

El problema del nacionalismo

Según datos oficiales, alrededor de un veinte por ciento de la población cubana ha emigrado en la última ola. Desde hace años es considerado un medidor de éxito. La era Obama, a pesar de la aparente bonanza económica, fue una época de gran movilidad migratoria. Crecer en Cuba, con todo lo que implica, era prepararse para migrar a otro país. El 2021 —un año donde pasaron demasiadas cosas— fue el acelerante en un proceso que ya venía sucediendo desde, al menos, los años noventa. Eso lleva a intuir que parte de la identidad nacional se ha conformado en la idea del reasentamiento en otro país como índice de éxito.

Hay un parteaguas en la historia de Cuba que se sitúa en el 1ro de enero de 1959. La idea misma es cuestionable, dado que ya existía un exilio previo y continuado antes de ese hecho. Lo novedoso es que el Estado cubano ha usado la política migratoria como elemento de presión (o desahogo) en las crisis políticas. El Éxodo del Mariel o la Crisis de los Balseros fueron lo suficientemente traumáticos como para convertirse en algo nuevo. La Otra Cuba —una noción que se manejó desde los primeros tiempos— es una superposición de capas demográficas con distintas experiencias del lugar de origen.

El hecho de que el Estado cubano haya logrado hegemonizar la discursividad de la pertenencia a la nación —además de controlar de facto todas las instituciones y mecanismos que administran los derechos ciudadanos—, permite que esto se use como un arma política. Salir al exilio, históricamente más parecido a un privilegio que a un castigo (dado que las otras opciones se movían entre ostracismo, prisión e, incluso, muerte), se trataba como un estigma. El proceso previo —que podía ser tanto ostracismo como insilio— estaba reforzado por el discurso, la propaganda y la movilización para-policial de la sociedad. Y hubiera continuado así de no ser por la necesidad de replantear la posición frente al contexto geopolítico, la idea de «la plaza sitiada» que ha ido retrocediendo. No hay nada extraordinario en esa historia. La noción de un trauma fundacional como centro de una identidad separada del mundo es algo universal.

Lo que es un cubano

Por razones más que evidentes, a ningún cubano le parece necesario que identificarse frente a un coterráneo es puro sentido común. Lo que sucede es que nos diferenciamos, en primer lugar, por la provincia; de ahí se salta a los municipios. Eso complejiza el proceso porque no todos tienen una identidad global, sino que se dan diferencias por barrios o comunidades. A veces, la unidad político-administrativa se circunscribe a una porción del territorio y las partes asumen el rol de ser la referencia. Ese fenómeno puede interpretarse como una forma de pervivencia de estructuras sociológicas previas a las actuales, y también como un registro histórico-afectivo.

Pero únicamente se puede salir por la terminal de un aeropuerto si se tiene pasaporte. Y, aunque el documento español se ha vuelto muy común, la primacía sigue siendo del cubano. Eso implica que la ciudadanía está definida en relación con el Estado. Mover el propio cuerpo fuera de su ámbito, implica atravesar todas las estructuras de control. Existir fuera de Cuba, para cada ciudadano, implica un acto de gracia. Existen mecanismos, como la «regulación», que pueden retener a una persona en el territorio. Incluso, volver no es un derecho. Es así como surge un trauma fundacional a nivel colectivo. Existen tres versiones de Cuba:

La real

En la Isla no existen las condiciones materiales para la vida. Mucho menos para mantener un modelo civilizatorio específico del lugar. Eso implica que en los niveles más básicos —los que permiten reproducir las estructuras sociales y económicas—, existe una inviabilidad y, viendo las últimas olas migratorias, tampoco hay demasiada población apta para integrarse en la economía o reproducirse. El saldo del crecimiento demográfico es negativo. Lo que se pierde, más allá de los números, es la interpretación humana y directa desde la inmediatez. Lo que se está vaciando no es el país; es cada casa particular de cada persona que se va y, a partir de ahí, los barrios, municipios, provincias… Y lo que se pierde es todo el sistema de relaciones y significados que atraviesan la existencia. Es, en código mítico-poético, una serpiente que se muerde la cola.

La imaginada

No hace falta una colección de estadísticas para demostrar que la lógica de la «plaza sitiada» ha colapsado sobre sí misma. ¿Qué elemento de la hostilidad imperial ha retrocedido para permitir que el Estado cubano implemente todas las reformas económicas que recién planteó? Sin embargo, el elemento autoritario continúa, y su expresión más escandalosa son los más de mil presos políticos —algunos de perfil público internacional— que el Estado se niega a liberar. El pretexto inmediato es «la soberanía», que se fundamenta en una mítica revolucionaria. Tal vez sea un discurso vacío para el grueso de la población —no les importa tanto si desean irse— pero aún es la praxis y base ideológica de los funcionarios estatales. Eso recorre cualquier institución controlada por el Estado.

La Otra Cuba —la conformada en el exilio— empieza en la Real. La decisión de irse configura la relación con lo inmediato. El trabajo ya no se hace para prosperar dentro de Cuba, sino para ahorrar en función de emigrar. Las relaciones personales también adquieren un nuevo horizonte. Se conforman desde una vivencia para transformarse en afectividad. Cuando sucede el evento traumático: la salida del país, todo lo que se deja detrás pasa a ser constitutivo. No hay diferencia entre el sujeto y su trauma. Lo que da identidad es ser alguien que dejó su tierra, su modo de vida y su gente, para empezar de nuevo.

Lo perdido es algo concreto. Se extrañan caras con personalidad; barrios con historias; recuerdos personales. Lo que identifica a uno no tiene por qué hacerlo con otro. Entonces se necesita llegar a un acuerdo y partir de bases comunes: asumir el trauma, y desde allí, reconstruir un imaginario que abarque todos los elementos unificadores. Eso empieza a ser «lo cubano». La parte del material más vívida, lo que realmente da un sentido al concepto, se pierde para lograr la abstracción. Cuba queda desplazada fuera de la isla y se convierte en cúmulo de prácticas e ideas —sumamente problemáticas en su mayoría— que se toman como identidad. El resultado es un constructo metafísico atemporal y sin asideros en la realidad.

La retroalimentación es uno de los problemas menos atendidos en ese cuadro. Podemos empezar por lo más evidente: su impacto en la cultura política. La histeria anticomunista (y extendida hacia toda la izquierda) de algunos sectores—lo que puede entenderse como un recurso de defensa de la identidad—, recuerda bastante a los actos de repudio en aquellos años de «efervescencia revolucionaria». El culto a Trump como «hombre fuerte» (adalid de la lucha contra el comunismo) llega a momentos de paroxismo absurdo cuando se refieren a él como «Papá», en restitución al rol ocupado antes por Fidel Castro.

También se puede apreciar en el fenómeno de la música cubana, especialmente en el reggaetón, que tiene un continuo de mercado donde el talento se extrae de la Isla, pero se comercializa —para el mundo— en Miami. Y así sucede con gran parte del consumo cultural del país. Ante la incapacidad del Estado para satisfacer las necesidades del público, el exilio asumió el nicho. No solo los que ya existían, sino aquellos formatos que hoy son los más consumidos, como los influencers.

La recordada

Paradójicamente, es la más fácil de vislumbrar. Cualquier persona que haya vivido en Cuba hasta una edad más o menos consciente, puede recordarla. El problema radica en que nadie puede transferir un recuerdo y su significado. Además, este último va cambiando a lo largo de la vida y altera al primero. O sea, no es posible poner en duda su valor para el individuo, pero la objetividad no es parte del asunto. Eso lo convierte en un motivo incapaz de generar comunidad política, sino se destruye la propia esencia de la memoria y se convierte en la abstracción que unifica el exilio.

No obstante, hay un grupo que sí se nuclea a partir de la memoria. La usan como principio de creación de realidad. Los artistas (en particular) y los intelectuales (en gran parte), parten del supuesto de una Cuba como vivencia que se transforma en su obra. Hay bastante literatura sobre la Cuba perdida. En La Habana para un Infante difunto, Cabrera Infante reconstruye el país y se circunscribe a un espacio experiencial. Otros autores también lo hacen, aunque varíe el ámbito. Wendy Guerra, en Todos se van, se mueve desde el campo, un pueblo en el Escambray, hacia la ciudad, que se convierte en espacio vacío. Reinaldo Arenas, junto con la Revolución, vive todo el país en su carne —literalmente lo hace una extensión de su Eros y la causa última de su Thánatos— y lo convierte en testamento literario. Recientemente, Uva de Aragón publicó Morir de exilio lejos de Cuba, un libro de no ficción sobre las vidas de personas emblemáticas del exilio. En la plástica, Ana Mendieta —desarraigada durante la Operación Peter Pan— o el caso más reciente de Tania Bruguera, son ejemplos.

Dos notas:

La cuestión específica de mi amigo es que su medio es la fotografía. No puede usar la memoria. Depende de su presencia en el lugar y el momento. Yo, aparte de tener que hacer un cálculo económico y político para volver, no tengo esa urgencia por recuperar mi materia prima. De lo que estoy seguro es de que no existe el país en que crecimos.

El término «exilio» que uso no discrimina claramente entre los migrantes económicos y el exilio político. Esa diferenciación, en lo que a mí respecta, no está del todo resuelta.

***

Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Boris Milián Díaz

Activista, escritor y creador del blog Apuntes al (otro) margen.

https://apuntesalotromargen.com/about-me/
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