Ceder es también patriotismo

La dirección de procesos humanos, bien lo sé, no es nada fácil, precisamente por tratarse no de cosas inertes sino de seres que poseen facultades y aspiraciones. Por esto es un quehacer que no puede estar en manos de cualquiera.

No es algo que dependa estrictamente de la voluntad o las buenas intenciones de quien gobierna. Tampoco obedece directamente a la voluntad de los gobernados. Hay todo un complejo contexto, tanto interno como externo, material y espiritual, que incide y determina en el acto de gobernar. Obviamente, esto solo se puede sortear ventajosamente con talento, buena voluntad y comunicación efectiva con los gobernados; asumiendo la obligación de escuchar, atender y viabilizar sus reclamos.

Ya esto nos señala algo esencial: el gobierno de un país no es propiedad de un partido o grupo de poder; sino un encargo que la sociedad hace a ciertas personas para que estas, del mejor modo y con el fin más saludable, establezcan las pautas y modos en que puede conseguirse. Tal y como lo resumía sensatamente José Martí: «El gobierno es un encargo popular: dalo el pueblo; a su satisfacción debe ejercerse; debe consultarse su voluntad, según sus aspiraciones, oír su voz necesitada, no volver nunca el poder recibido contra las confiadas manos que nos lo dieron, y que son únicas dueñas suyas».

Nótese que el Apóstol aprecia al pueblo como real y único dueño del gobierno. De tal forma, el elegido se convierte así en un servidor social. Esto lo debería obligar a cuidar sus decisiones y actos para que estos conlleven al mejoramiento de las condiciones de vida, pues no tiene sentido un gobierno que arrastre a un país al descontento o la ruina.

Este sentido de servicio social deviene también pauta para determinar el sacrificio que se pide a los gobernados. No se puede pedir sacrificio sin una meta específica y en un lapso de tiempo racional, de lo contrario, el sacrificio se convertirá en un fin en sí mismo. Es por ello que un gobierno efectivo tiene que cumplirse en acuerdo con las personas a las que se sirve.

De aquí la trascedente significación de las elecciones. Elegir no implica únicamente expresar alineamiento con un programa de gobierno. Resulta también la forma de establecer un compromiso con ese gobierno y, por tanto, darle apoyo activo. Sin embargo, la iniciativa y el vínculo populares exceden el proceso eleccionario y deben estar presentes a lo largo de toda acción gubernamental que tenga trascendencia para los gobernados, ya que solo con la debida y mancomunada participación ciudadana, lo que emprenda el gobierno podrá considerarse como voluntad popular.

La relación entre gobierno y ciudadanía en Cuba

El gobierno cubano, no solo no es resultado de una elección popular, sino que, entre los ciudadanos, no se siente como un servidor público. Esto es ostensible en la difícil situación por la que transitan los compatriotas de la Isla. Hace ya mucho tiempo que el gobierno no consigue satisfacer las necesidades de la población, aun con sucesivos intentos de reformas que no logran resultados.

Ahora presentaron un paquete de más de cien medidas, todas de corte económico, que básicamente buscan el desarrollo de empresas privadas y la inversión foránea, incluida la de cubanos residentes en el exterior. Estas debieron aplicarse mucho antes, sobre todo para evitar que se llegara al estado actual de descapitalización y decadencia de la economía cubana; sin embargo, el propio gobierno las rechazó por años. Ahora su aprobación podría traer ciertos beneficios a la vida material, aunque los que pueden abrir negocios serían los más favorecidos, vislumbrándose mayor dureza para quienes simplemente viven de salarios o pensiones. Además, si se mantiene el control total de un Estado partidista, presidido por un partido único ubicado por encima de cualquier esfera de gobierno, seguiría coartándose la participación general y determinante de los ciudadanos en la toma de decisiones. A estas alturas se evidencia la necesidad de transformaciones políticas radicales, que posibiliten la intervención real y efectiva de las personas en la administración de sus intereses y perspectivas de vida.

Los prolongados cortes de electricidad, la escasez de alimentos, la falta de medicamentos y útiles médicos, el alarmante costo de la vida, la ineficacia de servicios fundamentales como el suministro de agua, el transporte público o el pago de sueldos o pensiones; por solo poner unos pocos ejemplos, han llevado a todos los ciudadanos a una situación de penuria y sufrimiento insoportables. La falta de soluciones verdaderas y definitivas ha desembocado en un contexto vital totalmente angustioso, y empujado a amplios sectores de la población a impugnar abiertamente a quienes gobiernan. Es así que las críticas sean cada vez más notorias frecuentes e incisivas. Tal excitado estado de ánimo ha llevado a muchas personas, a lo largo y ancho del país, a pesar de que no contamos con una sociedad civil estructurada, a realizar demostraciones de descontento y reclamo en las calles.

En ese contexto, persistir en mantener un cargo de gobierno no significa exactamente responsabilidad o compromiso, no al menos con el pueblo. Si a pesar de la falta de logros y de apoyo popular se insiste en mantener un cargo por considerar que es una tarea «encargada», que debe cumplirse como sea, ello evidencia una falta de inteligencia y sensibilidad y, además, un acto de irresponsabilidad ante el devenir de la patria. Desistir de la tozudez, renunciar para dar paso a otros más capaces y con perspectivas más solventes, no es solo un acto de pragmatismo realista, de actitud sagaz y útil; es, sobre todo, una acción de patriotismo virtuoso, la cualidad que por desprendido amor pone por delante todo cuanto traiga el bienestar a la patria.

Ante la coyuntura de extrema depauperación material y absoluto desconcierto espiritual por la que atravesamos, considero como un acto de consideración y respeto hacia sus compatriotas y, por consiguiente, de absoluto sacrificio por la patria, que las personas que gobiernan el país, y que han estado al frente de la nación a lo largo de todo este período de declinación económico-social, renuncien a sus funciones y pongan sus cargos a disposición del pueblo para que, entre todos, encontremos los individuos que mejor nos puedan representar. Esto no solo promovería el inicio de transformaciones necesarias y benéficas desde lo interno, sino que ayudaría a disminuir tensiones con potencias que adversan el sistema e, incluso, podría evitar acciones militares que inobjetablemente llevarían a un costo en vidas humanas.  

Una vez dado este paso, se podría convocar a un amplio diálogo nacional para escoger a las personas más capaces y dignas de sacar a Cuba de la crisis actual y conducirla por caminos de solvencia, paz y mayor satisfacción social para todos los ciudadanos. Tal diálogo podría proponerse entre cuadros en activo, ciudadanos, y personas con vocación de servicio, tanto residentes dentro o fuera de la nación, y de diversas ideologías. Se trataría de invitar a los concurrentes a exponer sus propuestas para la transformación del país. De entre ellos, se elegiría libremente aquellos que presenten los proyectos más sensatos y oportunos. Ninguna ideología puede estar por encima de la vida útil y beneficiosa de la nación y de sus habitantes.

En tiempos de dificultades, todo lo que limite el vencimiento de obstáculos, así como la consecución de mejoras palpables, debe ser relegado. Que quede apenas como una advertencia para no volver a transitar por esos senderos de infertilidad.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC. 

Manuel García Verdecia

Poeta, narrador, traductor, editor y crítico cubano. Máster en Historia y Cultura Cubana.

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