Fidel Castro: «la Revolución soy yo»

En 1987, Fidel Castro afirmó que en Cuba: «[…] cada ciudadano puede decir: el Estado soy yo (…) y creo que la prueba suprema de la identificación del ciudadano con el Estado o con un proceso político, es su entrega total a ese proceso, su disposición a defenderlo con la vida». En realidad, nada de esto demuestra que el individuo se identifique con el Estado, sino más bien que la voluntad individual ha sido abducida por la del Estado; o mejor dicho, por la del individuo o grupo de poder que controla el aparato estatal y subordina la voluntad general a la suya.

El liderazgo carismático de Fidel giró en torno a un discurso demagógico a partir de la identificación entre «Patria», «Revolución» y «Socialismo», la nueva Santísima Trinidad en la que el pueblo debía depositar su fe y esperanza. En este entorno distópico, él reinaría como especie de mediador, un sumo sacerdote que en cada momento explicaría a la gente qué hacer para mantenerla.

Durante casi sesenta años (1956-2016) su voluntad dictó la pauta a sus seguidores adoctrinados, y obligó al resto, mediante la represión omnímoda, a obedecerla, sucumbir o exiliarse. Los mecanismos de dominación militarista-totalitaria que aplicó fueron evolucionando acorde a diferentes contextos, pero su voluntad se impuso a la nación para fracturarla y rehacerla, como a un Frankenstein colectivo, mediante campañas, batallas, ofensivas, tareas, estrategias, planes, misiones, programas, y cuanto proyecto de ingeniería social voluntarista se le ocurriera. Analicemos sucintamente las facetas de su larga administración, que tuvieron como hilo conductor un axioma nunca enunciado públicamente, pero conocido por todos: «La Revolución soy yo».  

De rebelde civilista a dictador totalitario (1956-1961)

Desde que inició su propio movimiento político, concibió la unidad con otros sectores como la incorporación de aquellos a sus filas. El objetivo era consolidar su «hegemonía revolucionaria», por lo que, como dejó claro en la «Carta a la Dirección Nacional del M-26-7», del 7 de septiembre de 1955: «no habrá que hablar de coordinación de esfuerzos sino de aceptación llana y simple de que la dirección revolucionaria ha cambiado de manos y a su nueva estrategia, disciplina y programa tendrán que subordinarse todos los demás factores».

Tras derrotar la ofensiva batistiana (1958), envió las columnas de Camilo y Che a invadir el Centro y Occidente de la Isla para subordinar las demás organizaciones insurrectas al Ejército Rebelde (ER). Su apoteosis como caudillo vencedor llegó cuando Manuel Urrutia le cediera la prerrogativa como Comandante en Jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la República (CJ); su marcha triunfal con la Caravana de la Victoria, y el recibimiento multitudinario en La Habana.

Aunque se hablaba de una revolución civilista y humanista, en fecha tan temprana como el 2 de febrero el Consejo de ministros (CM) aprobó una disposición monárquica y militarista que establecía que en ausencia del CJ, Raúl Castro lo sustituiría en el cargo de jefe de las FFAA. Simultáneamente, publicó el instrumento legal que le permitiría gobernar a su antojo: la Ley Fundamental del 7 de febrero de 1959, que consideraba la voluntad del CM como expresión directa de la popular, por lo que otorgaba al primer ministro facultades ejecutivas y legislativas, y relegaba a segundo plano al presidente. Tras asumir el premierato, Fidel comenzó a reestructurar la sociedad a imagen y semejanza del Ejército Rebelde, cuyos miembros se involucrarían directamente en actividades civiles desde posiciones de privilegio y dominación.

Como presidente del INRA, aplicó autoritariamente la reforma agraria y provocó la radicalización de posiciones políticas a favor y en contra suyo y de la creciente comunista. Aprovechando el masivo respaldo popular, concibió y ejecutó un impeachment para sustituir al presidente Urrutia y retornar triunfalmente al premierato. Nunca más se habló de elecciones libres.

A las reacciones belicosas del exilio y las presiones del gobierno estadounidense, respondió con una estrategia «de golpe por golpe», de tal manera que su contradicción con los propietarios expropiados se desplazara hacia el campo del conflicto histórico entre el imperialismo estadounidense y el republicanismo cubano. Automáticamente, todo aquel que se opusiera a alguna decisión suya pasaría a ser tratado como «mercenario» al servicio de una potencia extranjera que ponía en peligro la independencia nacional recién conquistada.

En 1960-1961, en la medida en que se agudizaba el conflicto con los EE.UU., la guerra civil, el exilio y la represión (Tribunales Revolucionarios, fusilamientos, destierros), y era derrotada la invasión por Playa Girón, Fidel se agigantó ante sus seguidores como un «David» latinoamericano y tercermundista, caudillo de la «primera trinchera antimperialista». Esta situación le permitió consolidar una alianza geopolítica con la URSS y disponer de cuantiosos recursos, no solo para la defensa y gastos sociales de su bonapartismo, sino también para emprender disímiles proyectos fantasiosos, dilapidando muchos de los fondos públicos.

En lo ideológico, sus «Palabras a los Intelectuales» marcaron la pauta: «Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución: ningún derecho», prohibiendo la expresión pública del pensamiento crítico, no solo en textos políticos y periodísticos, sino también en obras artísticas y literarias.

Su implantación de Estado militar-totalitario se coronaría con el «proceso de integración de las organizaciones revolucionarias», que dará lugar más adelante a la formación del Partido Comunista, único en el país, con los hermanos Castro como Primer y Segundo secretarios. Solo a fines de 1961 le dio la razón a los que lo acusaban desde 1959 de comunista, al proclamar que ya era marxista-leninista el 1ro. de enero y lo seguiría siendo hasta el último día de su vida: «Desde luego, si nosotros nos paramos en el pico Turquino cuando éramos “cuatro gatos” y decimos: somos marxistas-leninistas, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera» (Revolución, 22 de diciembre de 1961).

Mesias comunista del Tercer Mundo (1962-1970)

La internacionalización del liderazgo de Fidel se consolidó con la Segunda Declaración de La Habana (1962), donde llamó al levantamiento antimperialista de América Latina por el camino del guerrillismo. Sin embargo, cuando la solución de la Crisis de Octubre entre EE.UU. y la URSS, negociada a sus espaldas, lo llenó de ira, el malentendido con los soviéticos no le duró mucho y, en mayo de 1963 visitó el pais socialista, donde fue recibido con todos los honores.

Los acuerdos económicos y políticos que estableció con Krushsev (enero de 1964) condujeron a Cuba a niveles de monoproducción nunca vistos, bajo el supuesto demagógico de que sustentarían la diversificacion y la autonomía económica. En lo militar, alineó a Cuba con la URSS al instalar el centro de espionaje radioeléctrico de Lourdes y dislocar permanentemente una brigada motorizada soviética. La militarización de la sociedad continuó a marchas forzadas, en medio de una creciente política de exportación de la revolución. La ley de Servicio Militar Obligatorio (noviembre de 1963) convoco a «servir con las armas a la Patria y defender con ellas a la Revolución cubana», identificándola falsamente con la nación.

Cuando el agravamiento de la situación económico-social lo obligó a habilitar el puerto de Camarioca para facilitar la emigración segura, no solo alcanzó el primer acuerdo migratorio con los EE.UU. (los Vuelos de la Libertad, que entre 1965 y 1973 transportaron a 260 561 cubanos a los Estados Unidos en diez vuelos semanales), encontró asimismo la forma de doblegarlo en momentos de apuro: la amenaza de promover el flujo descontrolado de emigrantes cubanos.

En 1966 decidió construir simultáneamente el socialismo y el comunismo, a partir de concepciones radicales e idealistas que convirtieron la economía en un caos:  pretendió erradicar las relaciones mercantiles, la contabilidad comercial, desvincular el salario de los resultados productivos, sobredimensionar los estímulos morales y el trabajo voluntario, disolvió el Ministerio de Hacienda, reorganizó la agricultura mediante ineficaces Planes Especiales, y sustituyó la gestión sindical por el Movimiento de Trabajadores de Avanzada y la adopción de una amplia política de gratuidades. En el ámbito cultural, intentó crear el Hombre Nuevo mediante proyectos como el de la escuela al campo, un modelo pedagógico para vincular los estudiantes al trabajo agrícola en granjas estatales.

Aunque sus ideas eran despóticas, las presentaba envueltas en una fraseología utópica y moralizante que apelaba a la conciencia revolucionaria de los trabajadores y sus familias. Si bien sus mecanismos de represión y violencia simbólica, como el adoctrinamiento severo y la autocensura, lograron reprimir la expresión pública de la voluntad ciudadana; también fomentaron la deshonestidad (doble moral), corrupción, irrespeto a las leyes, deslealtad, y la participación forzada en una parafernalia ritualista pletórica de conmemoraciones, actos de repudio, concentraciones, desfiles, movilizaciones, etc.

En la esfera internacional, exacerbó la radicalización con la Conferencia Tricontinental (enero de 1966), donde más de quinientos delegados de Asia, África y América Latina, se comprometieron a derrocar sus gobiernos mediante la lucha armada, fueran dictaduras o democracias; no solo en LATAM y África, sino también en Europa y los EE.UU. Cuando los soviéticos trataron de moderar su agresiva política exterior, Fidel respondió con fuerza. Llegó a comunicarles la intención de retirar el oro cubano bajo su custodia a un banco en Inglaterra, lo que suscitó la sospecha de que abandonaría el campo socialista en medio de las tensiones con Checoslovaquia.  Abrió el llamado «Proceso contra la Micro-facción» de Aníbal Escalante (enero de 1968); y desató la llamada Ofensiva Revolucionaria (marzo de 1968) donde liquidó forzosamente las pequeñas y medianas empresas comerciales y de servicios.

No obstante, esa pretendida herejía llegaría a su fin de manera inesperada al ocurrir la invasión de la URSS y sus aliados a Checoslovaquia (agosto de 1968), cuando Fidel la apoyó y reconoció la llamada Doctrina Brezhnev de defensa del campo socialista. Finalmente, el fracaso del esfuerzo por lograr una zafra de diez millones de toneladas (1969-1970) como puerta al desarrollo industrial del país, fue el pretexto para la sovietización definitiva.

Lacayo no-alineado de la URSS (1971-1984)

La adopción del modelo soviético de la era Brehznev y la renuncia a los llamados «Errores cometidos» (Informe Central al I Congreso del PCC, 1975) iniciaron los tres quinquenios de lo que algunos consideran la «era dorada» del socialismo en Cuba. Ante el imperativo de adoptar un Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) basado en el cálculo económico, Fidel se concentró en las relaciones con los EE.UU. y en las misiones internacionalistas en África y Centroamérica. La existencia de relaciones de mercado socialista y la apertura al mercado libre campesino eran elementos que soportaba a regañadientes, a cambio de beneficiarse con la reexportación del petróleo soviético, eufemísticamente considerado como «ahorrado».

La mayoría de aquellos «nexos solidarios e indestructibles» con la superpotencia socialista, acentuaron las desproporciones internas, consolidaron la dependencia y montaron a Cuba definitivamente en el carro de los perdedores de la Guerra Fría. El  aspecto del brezhnevismo más coincidente con Fidel fue el triunfalismo ―la Constitución de 1977 decretaba la llegada de la URSS a la «sociedad socialista desarrollada»―, que lo llevaba a presentar quiméricos hechos aislados como supuestas muestras de la superioridad del socialismo cubano: el vuelo de un cosmonauta cubano (1980) en una nave soviética era «pionera de la investigación espacial en Latinoamérica»; mientras que el record Guinnes de la vaca Ubre Blanca en la producción de leche (1982) nos convertía en una potencia mundial en la ganadería.

No obstante, los peores rasgos de la institucionalización brezhneviana aplatanada por Fidel fueron la burocratización y el inmovilismo. La primera, por reproducir los sistemas de organización soviéticos, que duplicaban las plantillas del Partido y el Estado con cargos homólogos. El inmovilismo, por su parte, consolidó el temor a transformar las estructuras de gobernanza, económicas y culturales y poner en peligro el estatus quo de la Revolución.

El bisonte acorralado (1985-1998)

Decía Martí: «Anarquistas: los bisontes: acorralarse como los bisontes, en cerco contra el resto del mundo: la dicha no está en eso, sino en que el bisonte pasee en paz y respetado por esta vida».

Ante la crisis del campo socialista, Fidel renunció a efectuar reformas ni siquiera flexibilizadoras, como las del «socialismo de mercado con características chinas» (1978), y la vietnamita «Doi Moi» (1986); y decidió dar un timonazo en sentido contrario. El 26 de julio de 1985, lanzó una contrarreforma conocida como «Rectificación de errores y tendencias negativas», que eliminó el SDPE por considerarlo lleno de desviaciones capitalistas. Los daños económicos que provocó debilitaron el país de tal forma que, cuando la URSS retiró el subsidio que durante treinta años había otorgado a Cuba, el PIB cayó abruptamente (1989-1993) y los valores socialistas entraron en crisis imparable.

Frente a tan desfavorable contexto, Fidel convocó a la discusión pública del «Llamamiento al IV Congreso del PCC», y de esa gigantesca catarsis colectiva (parlamentos obreros) extrajo algunas transformaciones cosméticas al modelo, plasmadas en la reforma constitucional de 1992. Algunas de tales reformas fueron la declaración del PCC como vanguardia de todo el pueblo, no solo de la clase obrera; estado laico; entrada de religiosos al PCC; creación de los consejos de administración; y que delegados provinciales y diputados nacionales fueran electos por voto directo y secreto. Ante el predecible incremento de la disidencia, colectivizó la represión al organizar el Sistema Único de Vigilancia y Protección y las Brigadas de Respuesta Rápida.

Para efectuar la reestructuración económica, nombró como ministro de Finanzas y Precios al economista José Luis Rodríguez, quien aplicó medidas flexibilizadoras que reanimaron, paulatina pero incesantemente, la actividad económica, con el turismo como locomotora principal (1995-2003). Entre esas medidas pueden mencionarse la Apertura a la inversión extranjera, la reintroducción de los Mercados Agropecuarios, la libre circulación del dólar, la apertura del mercado de productos industriales, la descentralización del comercio exterior y la apertura de las zonas francas. En el agro se crearon, a partir de las ineficientes granjas estatales, las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) 

Durante esa etapa, Fidel empoderó a los jóvenes de su «Grupo de Apoyo» y colocó a su líder, Carlos Lage, como primer ministro en funciones, que oficialmente, era solo el secretario del Consejo de ministros y vicepresidente del Consejo de Estado. . A su vez, aprobó la extensión del llamado Sistema de Perfeccionamiento Empresarial desarrollado por las FAR; entregó el creciente sector dolarizado (remesas/turismo/mercado interno) a la corporación CIMEX SA ―creada en Panamá por la Inteligencia cubana (1978)― y sus empresas subsidiarias, esquema que controlaba directamente; y aprobó la organización del holding GAESA (Grupo de Administración Empresarial, S.A.), dirigido por el Gral. Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, yerno de Raúl.

Cuando la acumulación de la crisis y las desigualdades generadas por las reformas originaron la primera sublevación popular del período revolucionario: «el maleconazo» (5 de agosto, 1994), Fidel resolvió la situación al promover la «Crisis de los balseros». Entre agosto-septiembre de 1994, provocó que 47,844 balseros arribaran a EE.UU.; 32,362 fueron interceptados en alta mar y acantonados en Guantánamo. Se estima que unos 8,000 murieron en la travesía. La presión sobre Clinton lo llevó a firmar un nuevo acuerdo migratorio que incluía 20,000 visas anuales a emigrantes cubanos.

En 1996, a pesar del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y la firma de la ley Helms-Burton, Fidel Castro se convirtió en el primer mandatario caribeño recibido por el Papa en el Vaticano. En 1998, lo recibiría en La Habana, en la primera visita de un Pontífice a la Isla. En su despedida, Juan Pablo II aconsejó: «Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba». Sin embargo, sus palabras cayeron en saco roto ante la aparición de un nuevo soporte: la Venezuela Bolivariana.

Mentor favorecido del progresismo latinoamericano (1999-2005)

El 13 de diciembre de 1994, Fidel esperó al pie de la escalerilla del avión al teniente coronel retirado Hugo Chávez. Era su primer encuentro personal y el inicio de una estrecha alianza que fructificaría cuatro años después, cuando Chávez ganara la presidencia de Venezuela. Nuevamente se abría para Fidel la posibilidad de contar con un apoyo financiero y petrolero estable. Cuando Chávez decidió controlar directamente la renta petrolera y desplegar una copiosa agenda social en forma de Misiones Sociales (2002), Fidel envió sus especialistas de salud, educación, cultura y deportes a cambio de combustible y petrodólares; al unísono, lo respaldó con personal militar, de seguridad y de informática.

El nuevo contexto favorable se reflejó en una vuelta de Fidel al centralismo verticalista y el bonapartismo social. En lo político, defenestró al popular canciller Roberto Robaina, acusado de deslealtad; y proclamó el Juramento de Baraguá y la Ley de «Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba» (Ley Mordaza), para reprimir a los «contrarrevolucionarios». En lo económico, redujo las asociaciones con capitales extranjeros; disminuyó las empresas autorizadas a comerciar con el exterior y limitó la iniciativa privada. En lo social, inició la campaña conocida como «Batalla de Ideas» y los «Programas de la Revolución» (Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI), Escuela de Trabajadores Sociales, etc.).

Cuando Orlando Payá lanzó el Proyecto Varela (2002), iniciativa ciudadana para pedir cambios constitucionales a través de un referéndum, según el derecho que otorgaba la Constitución; Fidel lo rechazó tajantemente como «parte de la estrategia de subversión contra Cuba». En respuesta, hizo firmar un engendro jurídico donde se declaró «irrevocable el sistema político y social socialista».

La extensión del progresismo latinoamericano por Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador, y el incremento de las relaciones comerciales y financieras con países como China, Rusia, Vietnam, Angola, e Irán, contribuyeron a fortalecer la posición cubana e incrementaron el despotismo del CJ, tanto hacia los disidentes (Primavera Negra de 2003), como sobre la ciudadanía en general (exclusión del USD de las transacciones personales, obligando a cambiarlo por el CUC con un gravamen del 10%).

Jubilado a regañadientes, pero no retirado (2006-2016)

En 2006, se anunció que Fidel delegaba provisionalmente su cargo de presidente en Raúl Castro, pero seguiría siendo Sec. Gral del PCC y CJ. Dos años después, en 2008, lo haría de manera definitiva debido a problemas de salud. Sin embargo, eso no significó su retiro de la vida política. Continúo escribiendo una columna semanal en el periódico Granma, las «Reflexiones», sobre diversos aspectos de la historia y actualidad.

Más interesantes fueron sus entrevistas, como las concedidas al periodista Jeffrey Goldberg (Atlantic Monthly) y a Julia Sweig (agosto-septiembre de 2010), donde reconoció: «El modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros». Después aseguró que sus declaraciones fueron malinterpretadas y que su intención era decir que: «es el capitalismo el que ya no sirve para EE.UU. ni para el mundo». ¿Lo traicionaría el subconsciente? Ese mismo año, confesó a Carmen Lira, directora de La Jornada, que las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP): «fueron momentos de gran injusticia, ¡una gran injusticia! (…) Si alguien es responsable, soy yo».

Pero, en estos años finales nada trascendió más que su breve artículo en torno al deshielo Cuba-EE.UU.: «El hermano Obama», donde se opuso a aprobar la colaboración que este ofrecía, e insistió en tratar al vecino país como su enemigo eterno. Era un llamado a detener aquel proceso de acercamiento, dado su potencial para estimular las libertades y debilitar el control omnímodo de la sociedad del que siempre disfrutó.

Al morir, el 25 de noviembre de 2016, tras enfrentar a once administraciones estadounidenses y disfrutar de más de cinco décadas en el poder, se llevó consigo el título de Comandante en Jefe, expresión singular del liderazgo absoluto y autoritario que ejerció. 

Mario Juan Valdés Navia

Historiador. Investigador Asociado en National Humanities Center y Duke University, Durham, Estados Unidos.

https://www.facebook.com/mariojuan.valdesnavia
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