Ventriloquia política en la Cuba de los Castro

En días recientes, Raúl Guillermo Castro, una persona sin cargos de primer nivel, ni más tradición política que la derivada de su apellido, ha realizado declaraciones en nombre de Cuba.

Al someter sus palabras al escrutinio de las herramientas de análisis cuantitativo de textos cualitativos ―que miden frecuencia de nodos, nubes de palabras, estilo del texto de acuerdo al uso gramatical, entre otras muchas funciones―, la primera evidencia resulta muy clara: indica «registro oral planificado de funcionario». Tal conclusión la basa en el empleo de períodos largos, que no corresponden a un discurso oral; encadenamiento (y… y… y… por veinticuatro veces).

Lo anterior, no por esperado, deja de ser importante. Raúl Castro prefiere hablar por boca de su nieto, ejerciendo así un derecho cuasi monárquico, y demostrando que la estructura partidista y de gobierno no le resulta confiable.

¿Cómo es posible saber que es Raúl Castro quién habla? Los nodos meta del parco discurso de su ex guardaespaldas mantienen muchas similitudes con las estructuras que este autor ha analizado en las intervenciones del abuelo.

Primero, el empleo del «nosotros» en lugar del término «pueblo». El pronombre personal es utilizado para indicar pertenencia grupal, pertenencia que durante los dos primeros años de la Revolución Raúl Castro fue variando de sus «hombres del Segundo Frente» a «Revolucionarios» y luego al término «líderes».

Esta característica no pertenece al modelo discursivo de Fidel ―que fue el que prevaleció en el funcionariado cubano―, pues este prefería emplear el término «pueblo», lo mismo en connotaciones positivas que negativas. En el caso del nieto, el «nosotros» tiene un aire de familia, acentuado por el empleo de: «los líderes históricos de la Revolución». La inclusión del adjetivo reduce el grupo a solo dos personas. Raúl Guillermo deja claro, desde antes del primer minuto, que habla por boca de su abuelo y que es su delfín.

Otro elemento que demuestra que el texto, aunque no fuera escrito de manera directa por Raúl Castro, tiene su firma, se encuentra en el escaso empleo del término «pueblo» y en el lugar de la intervención donde se lo ubica. Raúl, en sus comparecencias de 1959 y 1960, solía utilizar la palabra muy cerca de ideas que deseaba quedaran en el subconsciente del auditorio, y también casi al cierre. La única vez que Raúl Guillermo empleó el término en cuestión, fue al final, en tono de falso activo: «estamos dispuestos a caminar de manera soberana, e incluso sugerido por nuestro pueblo, de buscar un modelo económico muy cubano aprendiendo de experiencias internacionales». 

Los intereses del crustáceo

Una nube de palabras ―o Cirrus, en la metodología de Voyant Tools― se conforma con los términos de mayor frecuencia en un texto. Al reflejarla cómo imagen, produce una especie de resumen conceptual.

Una simple mirada al Cirrus de la intervención de Raúl Guillermo no deja duda alguna de cuál era su objetivo con la entrevista: la relación con los Estados Unidos. Discursivamente existe una correspondencia directa, el emisor desea que en la comprensión del mensaje quede clara la información.

Observar la nube de su intervención ofrece otra información de interés. El operador dominante no es temático («economía», «soberanía», «bloqueo» …), sino la palabra «relación», que es un sustantivo vacío. Al ser un comodín, carece de significado preciso por sí mismo y necesita de otras palabras para completarse. De ahí la adjetivación empleada: «civilizada», «cordial», «normal», «natural», «de respeto», «de igualdad». O sea, el campo semántico real no es «las relaciones EE.UU.-Cuba», sino la cualidad moral que «Cuba» atribuye a su propia oferta.

Es la misma manera de hacer política que se implantó en 1959. No hay victimización directa, aunque sí apuntada; no obstante, se condiciona la oferta para que esta pueda aparecer de ser necesario. Las «relaciones» descritas son intangibles y no poseen más medidores que los otorgados por el interesado. ¿Cómo medimos que algo es civilizado, normal, de respeto? ¿Bajo qué patrones establecemos esa valoración?

Este mismo modelo se formó como política en enero de 1959. En los primeros días del triunfo, Fidel Castro declaró en varias oportunidades que deseaba relaciones de igualdad con los Estados Unidos, por lo que el 7 de enero, ese país reconoció oficialmente al gobierno cubano. Incluso, ofrecieron, mediante su embajador Earl Smith, cualquier tipo de ayuda que Cuba solicitase. Sin embargo, el día 12, solo cuatro después de haber entrado en La Habana, desde el Campamento Militar de Columbia se declaró «indeseable» la misión militar norteamericana y se ordenó su expulsión inmediata. Dicha retirada provocó las primeras fracturas entre ambas naciones.

Sobre el tema de las relaciones, Raúl Guillermo expresó: «los líderes históricos de la Revolución siempre proyectaron, y así lo hicieron saber al mundo y a los distintos gobiernos de los Estados Unidos, que Cuba y su gobierno revolucionario siempre han estado dispuestos a sostener una relación cordial, una relación de respeto, una relación civilizada».

Cabe preguntarse a qué se refiere con «relación cordial», ¿será a la Operación Antiaérea en virtud de la cual su abuelo, en 1958, secuestró técnicos de la Base Naval de Guantánamo? ¿Será al empleo del fantasma estadounidense como pretexto para el rearme acelerado del país en los primeros seis meses de 1959? ¿A la instalación de cohetes nucleares soviéticos en Cuba? ¿Al establecimiento de la base de espionaje soviética que funcionó en lo que es hoy la UCI? Las relaciones entre ambos países casi nunca han sido cordiales, por ambas partes.

Los malabares

Las palabras de Raúl Guillermo encierran una velada amenaza, arropada en un empaque bien trabajado. Tal proceder no es compatible discursivamente con alguien que emplea tantas veces la muletilla «y». En un contexto de alta política y seguridad, este fenómeno revela tensiones entre la preparación del mensaje y la improvisación. Cuando un portavoz debe apegarse estrictamente a la línea oficial (sin salirse de la doctrina del régimen), el cerebro se ralentiza para evaluar el riesgo de cada palabra. Entonces la «y» sirve de puente seguro mientras se recuerda la frase aprobada.

¿Cómo se empacó el mensaje? El texto presenta una macroestructura argumentativa con tres momentos:

  1. La oferta con auto-victimización: Cuba se presenta como sujeto razonable y agraviado. Se satura el tipo de relación de adjetivos no medibles y la seguridad de la disposición se legitima en la palabra, hasta entonces agraviada, de la Revolución y sus líderes históricos. Quienes pese a ello, están dispuestos ―¡oh, divina magnanimidad de seres superiores!―, a un nuevo acercamiento.

  2. El obstáculo: desaparece por completo el término «relación», e irrumpe el campo de la hostilidad. Esto se construye con términos negativos («hostil», «coercitivas», «amenazas», «imposición», «condicionamiento»), que se contraponen a los positivos del momento anterior. Este eje central cierra con la oferta de antídoto: pese a todo «nosotros» creemos en el diálogo. El interlocutor realiza un vano intento por plantar la idea de conversaciones por dignidad y no por sometimiento.

  3. El proyecto soberano: Aparece ya al cierre, con pocas palabras dedicadas, nuevamente sin propuestas concretas, y con un amplio uso de la tercera persona del plural en las conjugaciones. El hablante pretende con ello brindar apariencia de consenso y respaldo, que, por si las dudas, construye atado a la doctrina de Raúl. No emplea aquí el término «líderes históricos del inicio». El nieto no desea que se ponga en duda la autoridad máxima del abuelo.

Esta estructura destaca por sus dos polos: la bondad atacada que él representa, y la hostilidad. Pero, y esto es importante, el nombre de Estados Unidos nunca aparece directamente como el emisor hostil. El adversario histórico no es nombrado como agente. La hostilidad aparece sin sujeto («un ambiente muy hostil de medidas coercitivas»), EE.UU. solo aparece como entidad geográfica neutra (los Estados Unidos) o como instancia que «condiciona», no es aquí explícitamente «el imperio» que agrede. Además, traslada el conflicto, del plano político-ideológico-criminal tradicional, al plano de la buena conducta diplomática.

Curiosamente, lo que más llamó la atención a este autor, no es tanto lo dicho como lo callado. Existen ausencias léxicas notables, casi nunca marginadas en el modelo discursivo del régimen. No aparecen «socialismo», «marxismo», «comunismo», «imperialismo», ni «bloqueo», que es la palabra talismán esperable en casi cualquier texto cubano sobre EE.UU.

Su sustitución por «medidas coercitivas» (registro estilo ONU/jurídico-internacional), marca un desplazamiento: el antiimperialismo combativo ha desideologizado en lenguaje de cancillería, más apropiado para los negocios.

Lo que Raúl Guillermo no dijo, no se debe a una repentina conversión democrática, ni a una identificación suya hacia una posible apertura; se debe a que dichos términos estorban al negocio. Quien necesita inversión extranjera, comercio y un «modelo económico muy cubano», no puede seguir llamando «imperio», o «criminal», a su posible socio comercial.

La desideologización extrema de sus palabras no indica inteligencia superior ni madurez política. Bajo el empaque de un lenguaje de cancillería y apertura a los nuevos tiempos, asoma, sin demasiado pudor, el inventario de un régimen que quiere vender normalidad porque ya no le alcanza el presupuesto para sostener la épica.

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Imagen principal: The National.

Aries M. Cañellas Cabrera

Licenciado en Filosofía e Historia. Profesor e investigador.

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