¿Perestroika?
Muchas personas afirman que las nuevas medidas, planteadas en el Pleno del Partido y aprobadas con ligereza por la obediente Asamblea Nacional del «Poder Popular», son una versión tardía de la Perestroika. Sin embargo, a pesar de algunos puntos comunes, existen notables diferencias entre lo ocurrido en la Unión Soviética y lo que intenta el grupo de poder que dirige Cuba. A dicho análisis dedicaré este artículo, el primero de varios.
-I-
Cuando en 1985 se anunció en la URSS la campaña de reformas denominada Perestroika (en español, Restructuración), parecía una más de las convocatorias que, de tiempo en tiempo, prometían cambios que jamás llegaban. Por esa razón, mis profesores de la carrera Marxismo-Leninismo e Historia no hicieron caso del asunto de manera inmediata. La prensa cubana, por su parte, si bien publicaba lacónicas informaciones sobre la campaña de Mijaíl Gorbachov y su repercusión en otros países socialistas, dedicaba más espacio a la anunciada por Fidel Castro en 1986 con el pretencioso nombre de «Rectificación de errores y tendencias negativas». Ella tenía dos objetivos: ser una cortina de humo para desviar la atención de lo que pasaba en la URSS y, a la par, centralizar más la economía de la Isla ante la próxima caída del campo socialista.
Me gradué de profesora en 1988. Ya para ese momento no se lograba ocultar que la reforma soviética había incluido, por vez primera, una dimensión política que apelaba a la transparencia y la democratización: la Glasnot. Y eso fue un parteaguas para los jóvenes de entonces, entusiasmados al leer las publicaciones provenientes de la URSS que cuestionaban el rol del Partido, pedían cambios políticos y revisaban la memoria histórica tergiversada por el estalinismo, que allí también había sido «continuidad» con los posteriores gobiernos.
En lo personal, también se trataba de mi labor pedagógica. Al graduarme, permanecí como profesora en el instituto Superior Pedagógico de Matanzas para impartir la asignatura Historia Contemporánea de Europa. En un momento en que el campo socialista implosionaba, los libros de texto que únicamente se hacían eco de los grandes logros del sistema y vaticinaban su eternidad, eran inservibles. Entonces perseguí –muchos lo hicimos– las revistas soviéticas Novedades de Moscú, Tiempos Nuevos y Sputnik. En sus páginas emergían visiones polémicas sobre la historia de la URSS que permitían comprender mejor el desenlace del proceso; denunciaban al estalinismo, sus víctimas y secuelas, y deconstruían la historia de las relaciones entre los países que conformaron aquel campo geopolítico.
Conservo una pequeña colección. Una de mis favoritas es el Sputnik de febrero de 1989. En la cubierta, un enorme sillón en cuyo respaldo estaban prendidas cinco medallas y el titular: «Brezhnev, un líder cómodo». Está dedicado al inmovilismo y sus análisis resultan familiares a los cubanos de hoy. Vean este fragmento: «¿Debe la dirección del Partido convertirse en un órgano especial del poder, que estará por encima de los restantes órganos? ¿Si el Comité Central es un órgano especial de poder, cómo controlarlo? ¿Se puede protestar su resolución por inconstitucional? ¿Quién responde en caso de fracasar una medida decretada? Si este órgano superior de hecho dirige al país, ¿no debe entonces todo el pueblo elegirlo?».
Tales publicaciones, que se encontraban fácilmente en los estanquillos, pronto desaparecieron. En Cuba no querían que se hablara de la Perestroika. Fidel Castro no quería que se hablara de la Perestroika. No especulo al afirmarlo.
Un profesor de la facultad que había permanecido en la URSS casi cinco años, retornó a inicios de los noventa y traía información de primera. Animado por las constantes preguntas de sus colegas, propuso organizar un evento sobre el tema de la Perestroika. El evento fue aprobado, pero pocos días antes de su celebración, el rector informó que debía suspenderse y que una comisión proveniente de La Habana vendría a reunirse con los organizadores. Yo era una de ellos.
La comisión la integraban algunos miembros del «Grupo de apoyo del Comandante en Jefe», encabezado entonces por el luego ministro de economía José Luis Rodríguez. El funcionario, y un par de personas más, se reunieron con nosotros en el salón de reuniones de rectoría; allí indagó por las «verdaderas» razones del evento, como si debatir sobre el asunto e intercambiar ideas no fueran razones más que suficientes para ciudadanos e intelectuales de un país que había sido parte del campo socialista hasta poco antes. Explicaron lo que consideraban una «maniobra internacional de la CIA y el imperialismo para derrocar el socialismo»; se refirieron a «ciertos errores» del modelo estalinista y nos pidieron, «por expreso deseo del Comandante en Jefe» suspender el evento hasta que las condiciones cambiaran.
Constituye una verdadera ironía de la historia que José Luis Rodríguez sea uno de los economistas que asesoró al presidente Díaz Canel para la aprobación de este paquetazo de medidas, que lo hayan hecho tras una visita del director de la CIA y en el año del centenario de Fidel Castro.
-II-
Las medidas adoptadas hablan por sí mismas, a pesar de la campaña de comunicación en la que se están apoyando para «vender» la idea de que es una variante «pragmática» del socialismo, y del entusiasmo con que las defienden los que hasta ayer decían «morir por la utopía». Son, además, inconstitucionales, pues dinamitan la supuesta «cláusula de intangibilidad» (artículo 229), que establece que «en ningún caso resultan reformables los pronunciamientos sobre la irrevocabilidad del sistema socialista establecido en el artículo 4» y que las relaciones económicas, diplomáticas y políticas con cualquier otro Estado no podrán ser jamás negociadas bajo agresión, amenaza o coerción.
Demuestran así que su horizonte siempre fue mantener el poder a toda costa y a cualquier costo. Como bien afirma el economista Mauricio de Miranda, le estaban apostando desde hace tiempo «a una transición del socialismo burocrático a un capitalismo "autoritario patrimonial"». Aquella historia de que Marino Murillo viajó con una comisión durante una década a Vietnam y China para estudiar experiencias, es otra falacia. Cito de nuevo a Mauricio:
«Nos están "preparando" para "La Piñata Sandinista” nicaragüense con el sello del capitalismo mafioso post-soviético de Rusia y las repúblicas de Asia Central. Será el camino expedito para que familiares y amigos cercanos al poder se conviertan en "accionistas" sin que nadie sepa de donde salió su "capital". Y esa "transición" la dirigirá el Partido Comunista de Cuba para construir el "Capitalismo de Compinches" (Crony Capitalism) con el que algunos políticos de ciertas potencias no tendrán ningún reparo en hacer negocios».
Lo más dramático es que llenaron las cárceles de inocentes que solo pedían cambios económicos y políticos, y han justificado las injustas sanciones diciendo que esas personas intentaban «un golpe blando» contra el socialismo y que ello afectaba el orden constitucional. Y ahora pasan página desvergonzadamente, le dan un «golpe duro» al sistema que decían irreversible, pero no aprueban asimismo una amnistía general que devuelva la libertad a más de mil compatriotas.
Además de por la lentitud de la clase dirigente, el «cambiazo» del socialismo autoritario al capitalismo autoritario fue demorado por varios factores: la COVID, la derrota de Hilary Clinton y, sobre todo, el 11j; pero ese era un proyecto en desarrollo y fue incluido en la Constitución de 2019, en la cual deslizaron astutamente un término que no contenía su predecesora. En el artículo 22, al estipular las formas de propiedad, el inciso a) explica que la socialista de todo el pueblo es aquella «en la que el Estado actúa en representación y beneficio de aquel como propietario». En consecuencia, no bastándole ser administradora de hecho, se convirtió en administradora de derecho.
A la par, aprobaron durante años medidas y políticas que empobrecieron a las mayorías y lanzaron a la indigencia a numerosos sectores sociales; por ello, cuando ahora aprueban mecanismos para que se pueda invertir, comprar empresas y propiedades, se están burlando de los que nada tienen. Se van a traspasar la propiedad estatal. O al menos eso pretenden. No les será fácil, entre la URSS de la Perestroika y la Cuba de 2026 hay enormes diferencias.
-III-
La brújula de Raúl Castro y su grupo no es Gorbachov, sino Putin. Pero, si bien ambos procesos tienen como punto común su verticalidad, es decir, fueron decididos por una élite, la dirigencia cubana actúa bajo condiciones muy peligrosas y diferentes respecto a sus pares soviéticos:
Al esperar treinta y cinco años desde la caída del socialismo europeo para reformarse, acumularon altos niveles de pobreza, abandono y disenso que han devenido un conflictivo escenario con el que la dirigencia soviética no tuvo que lidiar en tiempos de la Perestroika.
Mientras los dirigentes soviéticos pudieron traspasarse la propiedad estatal sin esperar por alianzas externas; el grupo de poder cubano, que descuidó de manera irresponsable la infraestructura y la industria básica —cruciales para el desarrollo e independencia económica de cualquier nación, e incluso para atraer capitales―, no están en condiciones de traspasarse propiedades que requieren de inversiones multimillonarias. Ahora dependen de ser aceptados por compañeros de viaje que van a exigirle transparencia y rendición de cuentas.
En la etapa de la Perestroika no existía el acceso a internet que tenemos en Cuba hoy y que puede convertir a la ciudadanía en un molesto supervisor, un actor crítico y, por ende, un disturbio en el proceso. Allí la Glasnot fue permitida por el poder. Aquí tenemos prensa independiente y redes sociales. No necesitamos permiso del poder.
Internamente tendrán resistencia a un cambio sin democracia como meta de llegada. Y Estados Unidos, que es el único interés de los aprendices a capitalistas de la Isla, no parece dispuesto a aceptar la mano que le extienden. Hay que seguir muy de cerca este proceso. Nos compete a todos.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.