El viejo dilema cubano: reforma vs revolución
Una reforma es una corrección de abusos,
una revolución es una transferencia de poder.
Edward G. Bulwer-Lytton (1803-1873)
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El dilema identificado en la historiografía como «reforma vs revolución», es antiquísimo. Las reformas son casi siempre el estado natural de los sistemas. En contextos sociopolíticos, tiene límites y convive con corrientes que optan por la ruptura. En Cuba, el rupturismo se impuso en los cuatro grandes ciclos de cambios y transformaciones. Hoy se repite.
El ciclo reformista del actual proceso en el país, se remonta a inicios de los noventa del siglo pasado, con saltos en las décadas siguientes. Ha ocurrido siempre en medio de crisis económicas, y siempre con carácter regresivo. La dictadura totalitaria derivada de la Revolución ha manipulado una y otra vez para reciclar la dinámica: «crisis-reforma-represión de las reformas». Así mantiene intocable el poder político del trinomio Partido/Gobierno/Estado, que cuenta con habitantes, no con ciudadanos.
Si cada vez la crisis se profundiza a pesar de tantos ciclos de reformas, es evidente que el tiempo para reformar se agotó. El modelo económico, político y social existente ha fracasado, y lo peor, se le impide al pueblo, que debería ser el soberano, cambiarlo.
La excesiva manipulación del lenguaje con fines políticos ha convertido el término «revolución» en una palabra ininteligible. Funciona como «talismán» para unos y como «tabú» para otros. Talismán es para el gobierno ―que la asume como reencarnación― y para sus acólitos que asimilan la trampa del discurso oficial. Y es «tabú» para muchos opositores, porque la identifican con los sectores que precisamente confrontan.
También pesa el hecho de que las revoluciones fueron durante mucho tiempo por vías violentas y portan una carga subjetiva positiva, lo que a veces confunde cuando se evalúan ciertas experiencias. No obstante, más allá de la forma o método empleado para conquistar el poder y reemplazar lo existente por un nuevo proyecto de país; en cualquier campo «revolución» implica transformación radical del régimen existente en salto hacia el progreso, no simplemente una transferencia de poder. Como afirma el escritor y político argentino Nahuel Moreno, reformar es «mejorar, adaptar algo, para que siga existiendo» y Revolución, «es el fin de lo viejo y el surgimiento de algo completamente nuevo, distinto».
-I-
Cuando las reformas no resultan en soluciones reales para la sociedad, según las aspiraciones de los demandantes, significa que ese camino está agotado. En Cuba, esta regularidad es clave para entender lo ocurrido previo al inicio de la guerra de independencia en 1868, luego de esta (1878-1895) y en el siglo XX (a inicios de los treinta y fines de los cincuenta).
Ciertas interpretaciones sesgadas, desde la fidelidad al poder, consideran «renegados» y «enemigos» a quienes transitan del reformismo al rupturismo. Evalúan como «difícil» el diálogo e «improductivo» el «debate» con ellos. No comprenden la historia misma de los procesos sociales, de las luchas y las diferencias entre una secta y una postura o militancia política. Ya lo dijo el intelectual mexicano Octavio Paz (1914-1998): «La ceguera biológica impide ver, la ceguera ideológica impide pensar» y «no hay nada más triste que el escritor sometido al dictado político».
En los siglos XIX y el XX, hasta que la Revolución sembrara el fanatismo, hubo reformistas y anexionistas honestos que derivaron al independentismo. Así como cambia la realidad y se amplía el conocimiento, también se modifican las ideas y posicionamientos políticos. Muchos cubanos pensaron que mediante reformas se podía democratizar a Cuba y cambiaron al comprobar la ausencia de real voluntad política, y constatar, en vivo y en directo, la represión. Comprendieron que ese es un camino agotado y han tenido la valentía política de defender la idea de la ruptura.
Máxime porque estos sesenta y siete años han sido ―como expresé hace tiempo― de experimento social sin consentimiento informado, pues el cubano no sabía ni lo que pasaba en la esquina de su casa. Todavía mucha gente vive así. Pero si usted, ya informado, observa que el país se hunde y que la ciudadanía sufre mientras el poder le niega la posibilidad de cambiarlo, entonces es su elección servir a la dictadura o a ese pueblo del que todos somos hijos.
-II-
La revolución, en sentido de transformación radical, tiene vigencia; sin embargo, la vía violenta se sustituyó hace décadas por las democráticas y de lucha noviolenta. Aunque pueda parecer contradictorio, es una ventaja.
Cuba no constituye una excepción respecto a la deriva de una Revolución a dictadura. Es una agravante. Está comprobado que los regímenes autoritarios derivados de una Revolución perduran más que otros tipos de dictaduras. Ello se demuestra en estudios como Revolución y dictadura, de Steve Levitsky, un experto en teoría política.
Al partir de cero frente al colapso del Estado, tales regímenes pueden diseñar y acomodar las nuevas estructuras sobre la base de la lealtad al grupo de poder emergente. Asimismo, suelen fortalecerse si en sus inicios vencen reacciones internas y/o externas. Es el caso de Cuba, esto ocurrió con la guerra civil y la invasión por Playa Girón a inicios de los años sesenta.
En 2024 se confirmó que las dictaduras son cada vez menos legítimas, pero más estables. En América Latina se les ha llamado «extraña familia de dictaduras subdesarrollistas» que empobrecen cada vez más a sus respectivos pueblos, caso de la llamada «Troika»: Cuba-Nicaragua-Venezuela.
Sus rasgos comunes son: destrucción de la democracia electoral; ataque al periodismo; regímenes con disidencia, no oposición; corrupción extendida e impune; autobloqueo económico; y flexibles, innovadores y eficaces en la represión. También comparten un patrón de comportamiento para perdurar: represión-cárcel-exilio, para librarse de líderes disidentes y asegurar retorno de beneficios vía remesas.
-III-
A sesenta y siete años del triunfo, el Partido/Estado/Gobierno de la «continuidad» pide nuevamente confianza y tiempo para implementar reformas y sacar al país de la crisis actual, como parte de la construcción del socialismo. Las nuevas medidas son un asalto a la ciudadanía y un cambio fraudulento. Solo económicas, como siempre, cuando por la crisis extrema sienten que peligra el poder. Para respirar y ganar tiempo.
Sin embargo, ya han perdido demasiada credibilidad. Lo hicieron varias veces y en el camino el país ha empeorado, la ciudadanía ha entrado en modo sobrevivencia y se han cargado prácticamente a todas las políticas sociales que alguna vez aseguraron consenso. Así, dañaron hasta las posturas reformistas que alguna vez fueron viables. Ya hoy son debates casi agotados discutir ¿qué viene primero, economía o política?, o todo gradual o de golpe, o si el conflicto con EE.UU. primero o al mismo tiempo.
Una transición no es un cambio de golpe ni de todo al mismo tiempo. Pero Cuba se muere, así que debe ser pronto, con sincronización y escalonamiento realmente medible en tiempo y resultados. No es posible una medida económica aislada. Menciono tres ejemplos que podrían ser inmediatos y están forzosamente combinados:
Plena libertad al sector privado y el comercio exterior. Requiere leyes correspondientes y garantías jurídicas reales, por tanto, impone separación de poderes.
Reconocimiento y estimulación de la sociedad civil independiente del Estado. Sin sociedad civil vigorosa y diversa, no hay modo de impulsar la economía, ni hacer la transición y llegar a elecciones libres. También requiere lo antes dicho.
No es posible transición con represión. Por tanto, con los cambios económicos tiene que ser efectivo el ejercicio de libertades y derechos básicos: de expresión, manifestación, asociación, prensa e información, y libertad de todos los presos políticos.
Se acabó el tiempo para las reformas al uso. Si se pretende un verdadero cambio para salvar al país, hay que marcar rumbo hasta llegar al fondo. Los cambios tienen sentido si, llegados a este punto, se emplean como táctica para arribar en el menor tiempo posible al reemplazo del sistema de partido único, o a la revolución, atendiendo a los argumentos de Rosa Luxemburgo en su obra Reforma o Revolución hace más de cien años.
Otra vez la dinámica entre reforma o transformación/revolución se decide a favor del rupturismo. Interpretando críticamente la frase del escritor y político británico que encabeza este texto, lo que Cuba necesita hoy no son reformas para corregir abusos, sino para que deriven, en el menor tiempo posible, no simplemente a una transferencia de poder, sino al poder del soberano para construir un nuevo proyecto de país.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.