Partido Revolucionario Cubano, ¿precedente del Partido Comunista de Cuba?

Quienes ejercen el poder en Cuba utilizan la historia para validar su proceder y legitimar su actuación. De tal modo imponen, en el sistema educativo y en los medios de comunicación, un modo de interpretar los hechos del pasado encaminado a exaltar todo lo que sea favorable a su discurso, sin precisar causas verificables sino mediante la selección de datos carentes del examen racional de las circunstancias de cada época.

Reiteradamente, los encargados de la difusión ideológica intentan certificar su actuación a partir de determinadas referencias históricas reelaboradas con objetivos propagandísticos. Por ejemplo, en el caso de José Martí y el Partido Revolucionario Cubano (PRC), Fidel Castro (FC) reiteró en discursos, entrevistas, informes, comparecencias e intervenciones públicas, afirmaciones que pretendían establecer un vínculo directo entre el Partido Comunista de Cuba (PCC) y la organización fundada por el Apóstol, a la que calificó como el «precedente más honroso y más legitimo del glorioso Partido que hoy dirige nuestra Revolución».*

Uno de los argumentos empleados para apoyar esta falacia y respaldar el monopartidismo, fue atribuirle a Martí una inconcebible idea de partido único: «mantendremos, además, inconmovible el principio del partido único, que no nos vino solo de Lenin, nos vino también de Martí». En diversas ocasiones, FC apeló a una simplista sustentación numérica, al expresar que el Apóstol «no organizó ni quince ni veinticinco partidos, organizó uno»; afirmación absurda, pues ningún ser racional duplica o triplica lo hecho, con la consiguiente dispersión de esfuerzos, mucho menos si el propósito es unitario. No obstante, en otras ocasiones fue más sincero al referirse a la prolongación indefinida del mantenimiento del poder que encabezaba: «el Partido no puede darse el lujo de que un día falle su dirección […] tenemos que arreglárnosla para garantizar eso durante un largo período histórico», o esta otra revelación: «no pensamos —lo digo categóricamente— en ningún tipo de pluripartidismo».

Tal actitud era ajena al pensamiento de Martí, quien afirmó: «El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio»; [OC, t. 1, p. 280] pues no se proponía «el insano triunfo de un partido cubano sobre otro». [OC, t. 4, p. 93] Era previsible que tras la guerra se estructurarían organizaciones que respondieran a intereses diversos, surgidas con el respeto debido a las condiciones democráticas: «la república que al desconocer un partido cualquiera, reprimiría en él sin éxito una expresión de la naturaleza humana». [OC, t. 2, p. 114]

Contrariando estas afirmaciones, FC le atribuyó a José Martí el supuesto propósito de convertir al PRC en instrumento de dominación durante la guerra y en la sociedad republicana: «organizó el Partido Revolucionario Cubano para hacer la guerra y para dirigir la Revolución».

La agrupación martiana fue fundada con otros propósitos: «nos ocupamos firmemente, no en llevar a nuestra tierra invasiones ciegas, ni capitanías militares, ni arrogancias de partido vencedor, sino en amasar la levadura de república que hará falta mañana». [OC, t. 4, p. 220] No disputaría la dirección de la guerra, pues el gobierno que regiría el movimiento revolucionario sería elegido en Cuba: «la misión previa y transitoria» del PRC cesaría «el día en que ponga en Cuba su parte de la guerra». [OC, t. 2, p. 275] De las filas patrióticas surgirían dirigentes capaces de fundar nuevas instituciones. El Partido «ni tiene cabeceras que levantar, ni jefes viejos o nuevos que poner sobre los del país, ni pretensiones que serían de un aliento arrolladas por el derecho anterior de la primera república, y el derecho nuevo y supremo del país». [OC, t. 2, p. 275] Pretender otra solución carecía de antecedentes y, en el último lustro del siglo XIX en Cuba, hubiera constituido un elemento perturbador.

Tampoco era su intención dirigir al país en las nuevas condiciones creadas por el triunfo anticolonial. En ningún texto del Apóstol aparece tal objetivo, lo que no implicaba el alejamiento de sus deberes en la etapa postbélica, pues el conocimiento de la naturaleza humana le permitió prever obstáculos políticos que deberían afrontarse. Advirtió, con clara visión de futuro: «Se morirá por la república después, si es preciso, como se morirá por la independencia primero», en alusión a sectores que se valdrían de sus zarpas elitistas «para mantener a unos hombres en el goce excesivo, y a otros en el dolor innecesario».  [OC, t. 2, p. 255] No erró Martí en esta observación, como en muchas otras.

Las funciones dirigidas al equilibrio social en la república las debería ejercer un gobierno en el que todas las fuerzas políticas tuvieran representación equitativa, así aparece esbozado en las anotaciones del Maestro: «Ha de tenderse a una forma de gobierno en que estén representadas todas las diversidades de opinión del país en la misma relación en que están sus votos». [OC, t. 22, p. 108] A la diversidad de ideas no temía, sino a la falta de ellas, muestra de pobreza de espíritu y sumisión del pensamiento. Afirmó que excluir del diálogo y la participación, sentir «odio contra los que no piensan como nosotros» es «Cualidad mezquina, fatal en las masas, y raquítica e increíble en verdaderos hombres de Estado». [OC, t. 22, p. 58] Acallar la diversidad es el sustento del autoritarismo dictatorial, que califica como enemigo a quien no lo obedece; nada tiene que ver con las ideas martianas.

La afirmación de FC: «los que no estaban en el Partido de los revolucionarios estaban en el Partido de los españoles colonialistas o en el Partido de los anexionistas o en el Partido de los autonomistas», es evidentemente falaz. Martí nunca expresó esta política de exclusión de quienes mantuvieran posiciones diferentes o al margen de las actividades anticolonialistas, pues consideró la posibilidad de atraerlos mediante una labor persuasiva y racional: «Lo que se ha de preguntar no es si piensan como nosotros; ¡sino si sirven a la patria! [...] con aquel acatamiento del derecho del hombre ineducado a errar, con aquel estudio de los componentes del país y el modo de allegarlos en vez de dividirlos». [OC, t. 4, p. 219] Y más adelante concluyó: «¡Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz!». [ Ibid., p. 223]

Entre los múltiples falsos propósitos atribuidos al PRC, uno de los mayores es el de imputarle a su creador y guía ideas proclives a la imposición del socialismo como estructura de dominio. Al respecto, FC afirmó: «Incluso, Martí, que fue inspirador de nuestra Revolución, fue ejemplo y labró el camino para que un día se pudiera proclamar la Revolución socialista en Cuba».

José Martí no rechazó a persona alguna por sostener criterios diferentes a los suyos, ni demeritó las tendencias que buscaban soluciones a los problemas sociales de su época por vías diversas; por el contrario, expresó «respeto por todas las doctrinas, sean cualesquiera sus nombres, que busquen, con respeto a las de los demás, la plenitud del derecho humano». [OC, t. 2, p. 144] Su criterio acerca de imponer el socialismo en nuestras realidades quedó diáfanamente expuesto en diversas ocasiones: «Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, no tienen nada que curar en la selva del Amazonas, donde se adora todavía a las divinidades salvajes». [OC, t. 19, p. 160] Asimismo, consideraba un error de consecuencias nefastas la imitación de tendencias que habían demostrado ser inviables: «Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de medicina, según falte este u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo». [OC, t. 12, p. 378]

En su análisis sobre las concepciones de Herbert Spencer, Martí concluyó que el pensador inglés tenía razón al considerar que, en el socialismo: «De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. —De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. —Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él: y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre; que a la comunidad entregaría todo su trabajo». Los funcionarios, «abusadores, soberbios y ambiciosos», aplicarían contra «los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan», [JM: OCEdC, t. 19, p. 152, u OC, t. 15, p. 391] con lo que el sistema «sería a poco un estado corrompido, y luego un estado tiránico». [OCEdC., t. 19 p. 144, u OC, t. 15, p. 387]

Quedan desmentidas con estas verdades los intentos de manipular el pensamiento y la obra de José Martí por parte de un régimen que ha sido incapaz de generar eficiencia, excepto en sus aparatos represivos, con los que pretende mantenerse indefinidamente en el poder, ante lo cual vale recordar también estas palabras del gran pensador: «¡La tiranía no corrompe, sino prepara! ¡Qué cólera, la de un pueblo forzado a acorralar su alma!» [OC, t. 4, p.  225].

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* Las citas son tomadas de: José Martí en el ideario de Fidel Castro.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Ibrahim Hidalgo Paz

Doctor en Ciencias Históricas. Investigador Titular.

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