¿Revolución sin fin?

En Cuba, el término «revolución» ha constituido un similar al cielo prometido de los cristianos; un ámbito perfecto al que debemos dedicar permanentemente nuestros empeños y voluntad. Sin embargo, en asuntos humanos, la búsqueda de una determinada condición vital está signada por un determinante contexto de tiempo, experiencia, medios materiales, así como por la aparición de otras aspiraciones que modulan y, finalmente deciden, nuestros empeños. Vivir es conquistar nuevas posibilidades; de ahí que la revolución, toda revolución, no debe ser más que un procedimiento hacia el logro de determinados objetivos.

No obstante, el presidente Miguel Díaz Canel, al patrocinar hace poco el paquete de medidas presentadas como una posible mejora de la situación material, expresó que lo primero a salvar es la revolución. En esto no puedo estar de acuerdo, pues los procesos sociales se acometen para beneficiar a los sujetos, no al proceso en sí. Siguiendo con la comparación religiosa, vendría a ser lo mismo que aseverar que lo primero que hay que salvar es la eucaristía, no a los creyentes, lo cual, de ser así, destituiría el carácter redentor de Dios.

Ante todo, debemos preguntarnos: ¿todavía estamos en una revolución? ¿Es posible vivir en una revolución infinita? Demos una somera mirada a los hechos de estos años.

En 1959 triunfó una verdadera revolución popular, surgida ante la necesidad de poner fin a numerosos desmanes y abusos, muchos de ellos cometidos contra las clases populares, entre estos, el asesinato de jóvenes que defendían un retorno a la democracia, coartada con el golpe de estado de 1952. La revolución triunfante propició ventajas como la reducción de los alquileres y del precio de la electricidad, la creación de nuevos trabajos, la entrega de tierras a quienes las trabajaban, la educación y atención médica gratuitas, entre otras.

Con la traumática suspensión de relaciones con los Estados Unidos, una vez confiscadas sus empresas, inició un largo camino de fricciones y enfrentamientos que han derivado en no pocos ni leves sacrificios para el pueblo cubano. En el proceso de búsquedas de alternativas, el gobierno de la Isla decidió el acercamiento material y político a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Esto constituyó un cambio radical a la inicial revolución de corte popular, pues dicha alianza devino peculiar forma de conducción social que no solo incluía la ayuda económica desde la URSS, sino también nos incorporaba al área de acción de defensa política que ella sostenía. A la vez, nos acercaba a una forma de gobernanza y a conceptos y valores sociales que ya funcionaban en los países del Este, donde era el Partido-Estado quien determinaba. No es fortuito que los adversarios del sistema cubano lo definieran como un satélite de la URSS, pues múltiple, variada y aquiescente era la interrelación.

Paulatinamente en Cuba inició un proceso de institucionalización que sofrenó los esfuerzos espontáneos e informales que caracterizan una revolución. Toda institucionalización implica la adopción, implementación y práctica de determinados principios y acciones para un plazo concreto, básicamente determinado por el grado de efectividad que se alcance.

En 1965, las distintas organizaciones de izquierda, previamente integradas, se habían fundido en el Partido Comunista que, a pesar de tener antecedentes en el forjado por Mella y Baliño en 1925, consideró a su congreso de 1975 como el primero. El Partido fue constituyéndose en eje central de toda la actividad económica y política, tanto, que devino una suerte de Partido-estado, que aún hoy se considera la fuerza rectora del país, incluso, por encima de la propia Constitución. Esto conllevó una postura gubernamental totalmente cerrada y excluyente a cualquier pensamiento distinto al oficial. A la vez, concebía al Partido-Estado como propietario universal de todos los bienes. De modo que el estado se consolidó en tanto monopolio de poder económico e ideológico, lo cual contradecía el propio espíritu revolucionario, que es abierto a cambios y transformaciones.

Únicamente para tener presentes algunos dictámenes básicamente económicos, pero con alto nivel de incidencia social, mencionaré ciertas medidas que se fueron adoptado con los años y que muestran una variabilidad político-económica que impide pensar toda esta etapa como proceso único. Recordemos que la revolución, según se dijo en 1959, había triunfado para traer el mayor grado de libertad y prosperidad a un pueblo agobiado tras años de dictadura; no obstante, ya en 1960 se procedió a la expropiación de más de 58 000 negocios urbanos de distintas dimensiones. Luego, en 1968, se acometió la mayor incautación de propiedades, con limitación de la agricultura y el transporte, en la llamada Ofensiva Revolucionaria, esta destruyó la pequeña propiedad y condujo al fortalecimiento del centralismo estatal.

Entre 1976 y 1985, dada la imposibilidad para suplir todos los productos y servicios esenciales a la población, se aprobó una reapertura limitada del trabajo por cuenta propia. Entre 1990 y 2003, básicamente debido a la caída de la URSS y el campo socialista, con la consecuente desaparición de la ayuda material que de ellos se recibía, se reactivó más ampliamente el trabajo por cuenta propia.

En 1993 se legaliza la tenencia del dólar, algo que había costado prisión a muchas personas. Más recientemente fue autorizada gradualmente la institución de las medianas y pequeñas empresas (MIPYMES). Ahora acaban de aprobar 176 medidas que llevan el proceso de autorización de empresas privadas, inversiones y liberalización de otros servicios a márgenes nunca antes conocidos. Me pregunto, ¿pueden todas estas acciones, muchas que se oponen a otras y que incluso luego se retoman, considerarse parte de una misma revolución que, por demás, se declara socialista, sistema que bien sabemos debería basarse en la propiedad social sobre los medios de producción y en la autodirección libre de los productores?

En este punto se hace necesaria una distinción fundamental: una revolución, por cuanto implica de cambios drásticos ―muchas veces violentos y variables por incidentes contextuales―, no es, no puede ser, un sistema de vida ni una meta en sí misma, pues las personas no podrían llevar una vida normal bajo los constantes y, a veces extremos, procedimientos que la ella impone. Desde sus mismos orígenes y, a partir de su propia acepción en latín como «vuelta», la misma se nos presenta como un giro circunstancial que aparece como alternativa perentoria para transformar de manera radical una situación previamente existente en busca de establecer nuevas condiciones que superen en lo social, lo económico, lo científico, lo cultural –bien sea en una, varias o todas a la vez– determinado estado ineficaz anteriormente existente.

Esto presupone que, una vez que se logra ese «giro» meliorativo en el statu quo previo, la sociedad deberá estabilizarse sobre las nuevas perspectivas para conseguir la necesaria normalidad y desenvolverse sin violencias ni sobresaltos. Por tanto, resulta sociológicamente incorrecto continuar llamando «revolución» a todo este largo período que hemos vivido, resistido y sufrido por casi setenta años. Continuar denominándolo así, en primer lugar, implicaría que las transformaciones instauradas una vez logrado el triunfo no surtieron el efecto deseado. En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que a lo largo de estos años han ocurrido otros procesos incidentales de cambio, para bien o para mal, destinados a corregir situaciones insatisfactorias en lo socio-económico, y que muchas veces se han contradicho unos con otros. ¿Entonces hemos tenido otras revoluciones dentro de la revolución?

Solo para analizar una muestra reciente. El gobierno cubano acaba de aprobar 176 medidas que, básicamente, propician la actividad económica independiente, facilitan la propiedad privada y estimulan la inversión de capital foráneo, incluido el de cubanos residentes en el extranjero. Tales decisiones se propugnan bajo el concepto de «defender el socialismo»; sin embargo, esto que ahora se defiende y exalta era algo prohibido hace unos años, incluso, se hubiera clasificado como «paquetazo neoliberal». Tengamos presente que en 1968 se llevó a cabo un proceso totalmente contrario a toda actividad productiva independiente, por mínima que fuera, que se hizo bajo el rótulo de Ofensiva Revolucionaria. Me pregunto con toda lógica: ¿estas nuevas medidas pueden ostentar el mismo carácter de «revolucionarias»?

Ahora que en las altas esferas es citado el intelectual Eduardo Galeano ―una vez silenciado y apartado por su postura crítica, aunque desde la empatía, contra algunos desatinos cubanos―, resulta propicio pensar en una idea que expresó en su artículo «Cuba duele». Allí decía el intelectual uruguayo:

«La revolución cubana nació para ser diferente. Sometida a un acoso imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso. Mucho se sacrificó ese pueblo, valiente y generoso, para seguir estando de pie en un mundo lleno de agachados. Pero en el duro camino que recorrió en tantos años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de frescura que desde el principio la empujo. Lo digo con dolor. Cuba duele».

Y más adelante añade:

«Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las órdenes que bajan, “bajó la orientación”, desde las cumbres. El bloqueo, y otras mil formas de agresión, bloquean el desarrollo de una democracia a la cubana, alimentan la militarización del poder y brindan coartadas a la rigidez burocrática (…) Pero los hechos también demuestran que la apertura democrática es, más que nunca, imprescindible».

Considero que las palabras de Galeano, escritas en 2003, resumen mucho de lo que digo aquí y veo en esta pérdida de espontaneidad y frescura, así como la necesidad de apertura, precisamente un índice de que no se trata de la misma revolución. Más que atenerse a ideologías, consignas o esquemas prefijados, lo esencial es promover un amplio encuentro nacional de todos los cubanos interesados y con conciencia cívica para hallar formas más expeditas, asequibles y benéficas que propicien la tranquilidad de la población, una subsistencia accesible y bienhechora, así como una recuperación de la armonía familiar y social.

Ningún sistema es provechoso en sí mismo, solo atenido a postulados eficaces en teoría, sino por el grado de satisfacción material y espiritual que propicie en sus ciudadanos para una existencia digna. Precisamente por ello afirmo que lo primero que hay que salvar no es a la revolución ―que no tiene nada que ver con la que triunfó en 1959―; debemos salvar a los cubanos.

* * *

Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Manuel García Verdecia

Poeta, narrador, traductor, editor y crítico cubano. Máster en Historia y Cultura Cubana.

https://www.facebook.com/profile.php?id=1565044346
Siguiente
Siguiente

La concupiscencia de los fabricantes de miseria