La concupiscencia de los fabricantes de miseria
El Observatorio de los Derechos Humanos ha emitido hace unas semanas el comunicado IX Estudio sobre Derechos Sociales en Cuba. El texto es un informe de resultado de investigación que da cuenta del ascenso vertiginoso de la extrema pobreza, la cual se instala en el 94 por ciento con la seguridad de continuar no en el camino de descenso al abismo, sino en el abismo. Como toda tensión social originada por la idiotez de la «resistencia creativa», revelada en definitiva en lo que realmente es ―reticencia despreciativa del sendero del orden institucional y el desarrollo económico―, el rechazo a la gestión del gobierno se ha montado en el 95 por ciento de los encuestados.
Esos dos indicadores ponen los pelos de punta. Después aparecen, entre varios, otros dos que testimonian el avance de la miseria ya industrializada: ocho de cada diez cubanos se hallan imposibilitados de hacer tres comidas al día debido a la falta de dinero o a la escasez de alimentos, o de ambos, pudiera afirmarse sin la más mínima posibilidad de exageración. En consecuencia, el 76 por ciento de los encuestados desea transformaciones políticas y económicas.
Si bien es cierto que las presiones de la Casa Blanca se han incrementado y son abiertamente visibles, igualmente está comprobado que el Estado socialista cubano no puede, ni sabe, ni quiere resolver el conflicto dramático que gravita sobre la población. El testimonio más palmario se halla en dos de los resultados ya citados de la presente investigación: 1) el 95 por ciento de los encuestados desaprueba la gestión del presidente Miguel Díaz-Canel y del primer ministro Manuel Marrero Cruz, y 2) el 76 por ciento de los cubanos consultados aboga por transformaciones políticas y económicas. Esos dos indicadores reflejan el hartazgo de una población frente al Estado y el gobierno.
En cualquier país normal semejantes evidencias serían más que suficientes para que el Partido Comunista de Cuba deje el espacio libre con el objetivo de que la sociedad cubana inicie una transición a la democracia con un modelo económico basado en la centralidad del mercado, la posibilidad de convocar elecciones libres y periódicas, la separación de poderes, más la libertad de asociación y de expresión.
Pero eso es algo que no ocurre y seguramente no va a ocurrir de motu propio. De la misma forma, lo que ha acontecido en Cuba durante los últimos sesenta y siete años no se ha originado en ningún otro país, ni va a tener lugar. Ciertamente, en Europa del Este se instaló durante décadas el socialismo real, pero salvo en la URSS, en ningún otro país aglutinado en la lógica del Pacto de Varsovia y del CAME se experimentó un sistema político de cortina de hierro más allá de cuarenta y cinco años. De modo que en la vivencia comunista cubana resaltan tintes exclusivos.
¿Cuál es el móvil para que un país permanezca eternamente en el limbo de la depauperación social creciente? La respuesta se halla en la concepción que, en relación con el poder, tenga el grupo gobernante. Y esa concepción en torno al poder también comprende, contiene y emancipa la pujanza intimidatoria y reductora de lo social de la cual pueda ser capaz el gobierno en cuestión para precisamente mantenerse en el poder.
Si se revisa la teoría construida sobre el poder, aparecerán algunos referentes francamente descollantes. Acaso el más socorrido por haber construido una especie de genealogía del poder es el francés Michel Foucault (1926-1984). Para él, era muy importante la teoría del poder; sobre la base de ella cumplimentaría la segunda y más holística de las que se propuso: la genealogía del saber. No le dio tiempo a completar la construcción de esos saberes, aun así, la genealogía del poder quedó bastante completa.
Para Foucault, el poder no se encapsula en un grupo social exclusivo que lo administra según le parece. El poder ―afirma en El orden del discurso― es reticular: se halla en el tejido social, por donde se irradia. Por ello, en su respectivo radio de acción, cada individuo está en condiciones de ejercer una determinada cuota de poder por encima de cualquier condicionamiento externo. Sin embargo, una mirada más incisiva a la teoría de Foucault en relación con el poder deja ver que esta construcción se hace corpórea en un contexto de libertades sociales, esto es, de una sociedad articulada por medio del orden institucional.
Para aquilatarlo, basta con reparar medianamente en uno de los laboratorios sociales empleados por el filósofo francés: la sociedad parisina sacudida por el movimiento juvenil de mayo de 1968. Después de que la derecha francesa tomara el pulso a las demandas de la revuelta estudiantil sin poder llevarse el gato al agua, la izquierda se frotó las manos y trató de acaparar el protagonismo del suceso, pero le ocurrió lo mismo: aquellos jóvenes, absolutamente libres, decidieron también tomar distancia del marxismo. Acaso por eso Foucault jamás pudo ni tan siquiera reparar en la posibilidad del ejercicio del poder al interior de una sociedad clausurada herméticamente, tal y como se halla la cubana, muy a pesar de la internet y las redes sociales.
Al único grupo social que analizó Foucault en estado de reclusión fue a los enfermos mentales, pero lo hizo en el estricto contexto de los hospitales psiquiátricos y en las relaciones de estas instalaciones médicas con la sociedad. De manera que la posibilidad de ejercer libremente el poder en Cuba se halla lastrada, además de por la total discapacidad energética de la actualidad, históricamente por la vigilancia enfermiza a la cual somete la policía política cubana a los creadores de contenido, estén donde estén.
Hay, sin embargo, otra perspectiva del poder, la cual llega no por la investigación académica, sino por el ensayo sociopolítico. Esta visión pertenece al escritor judeo-sefardí Elías Canetti (Bulgaria, 1905-Austria, 1994). Canetti dejó una obra literaria monumental, la cual le valió para que la Academia sueca le otorgara el Premio Nobel de Literatura. Escribió una novela (Auto de fe, 1935), una excelente crónica de viaje (Voces de Marrakech, 1967), un ensayo muy revelador sobre la vida amorosa del escritor Franz Kafka (El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, 1968), cuatro libros de memorias (La lengua absuelta, 1977, La antorcha al oído, 1980, El juego de ojos, 1985 y el volumen póstumo Fiesta bajo las bombas, 2005). Toda su obra es una panacea sobre la contemporaneidad, pero la que mejor retrata el siglo XX occidental es el descomunal ensayo Masa y poder (1960).
En Masa y poder, sin apelar en lo más mínimo a la copiosidad de citas bibliográficas, sino ateniéndose a la capacidad de crear pensamiento desde la observación participante y la conjetura, Canetti crea un concepto de poder a partir de la metáfora de la relación entre el gato y el ratón, la cual le sirve para explicar la naturaleza del poder estructurada de manera modular en cuatro dimensiones: el espacio, el tiempo, la vigilancia y la concesión calculada de una falsa esperanza para quien no se comporta como sujeto social, sino como objeto del poder: a la postre, todos y cada uno de los ciudadanos comunes.
El escritor distingue entre la autoridad y el poder real más allá de la autoridad. Cuando un gato caza un ratón con los dientes o con las garras y procede a la aniquilación inmediata del roedor, al cual considera un usurpador del espacio que le es consustancial como felino, está dando testimonio de autoridad, o sea, revela el mandato supremo dentro del lugar en cuestión. Sin embargo, cuando el gato caza al ratón, lo suelta, le permite correr algunos centímetros, lo detiene con una pata, el ratón retrocede, trata de escapar y es detenido por el gato con la otra pata, entonces se revela el poder real: aquel que conjuga espacio, tiempo, vigilancia y esperanza.
El espacio y el tiempo dentro de la sociedad cubana posterior a 1959 han estado bajo absoluto control policial. Con la vigilancia sucede un tanto idéntico: es constante en las sociedades cerradas por la existencia de un canon ideológico infalible e inexpugnable. La esperanza es el instrumento de mayor sugerencia: hay instantes en los cuales el poder permite una aparente capacidad de movimiento sobre la base de ampliar en algunos metros el espacio de traslación de la masa que es objeto del poder. El control sobre el espacio y el tiempo son los que le sugieren al poder la estructuración de la posibilidad de crear un espejismo a modo de esperanza. Así se comporta el poder de la ideología comunista: porque su pretensión es la de ser omnímodo, infalible, inexpugnable y omnisciente; y así continuará comportándose. Lo único necesario es aprender a conocerlo, para definitivamente tomar conciencia de que ¡jamás! nada bueno ha de esperarse de él.
* * *
Imagen principal: Sasha Durán / CXC.