Raúl Castro y la entronización del totalitarismo en el discurso de la Revolución
En la construcción del discurso de la revolución cubana, el menor de los Castro ha sido una figura en equilibrio respecto a su hermano. Si Fidel es presentado como «locuaz», «genio», «estadista», «doctrina máxima del sacrificio y la humildad»; Raúl es mostrado como «parco», «natural», «pragmático», «humano», y «amoroso padre de familia». Mientras, juntos son exhibidos como ejemplo de valentía y heroísmo. En este equilibrio de modelos se sostuvo gran parte de la épica que desde el discurso y los libros de historia llegó a las aulas y formó generaciones.
Esa imagen de unidad dentro de la diferencia fue empleada por el régimen en 2006 para aparentar el inicio de una nueva era de cambios y renovación económica. Sin embargo, la reciente publicación de las Obras escogidas de Raúl Castro en doce tomos brinda la oportunidad, hasta ahora dispersa, de realizar análisis que exploren sus aportes reales a la conformación, entronización y mantenimiento del totalitarismo en Cuba.
Aplicar a dichas obras el análisis cuantitativo que las herramientas de minería de textos digitales permiten, posibilita el estudio cualitativo de su comportamiento público. En este artículo se realizará un análisis macro de las intervenciones y entrevistas de Raúl Castro durante los años 1959 y 1960.
Los siete pretextos de Raúl Castro
Lo primero que resulta de interés es que la macro-estructura de su discurso está dominada por sustantivos colectivos («pueblo», «campesinos», «obreros», «compañeros»). Ello evidencia una estrategia retórica orientada a la des-individualización y a la forja de una identidad grupal cohesionada, en contraposición a un grupo rival que, desde el mismo enero, es tipificado como «enemigos» y «latifundistas». Por otra parte, la alta frecuencia del término «revolución» frente a «gobierno», sugiere que se concebía al estado no como una fase administrativa de transición y regreso a la legalidad constitucional ―expresada en la Historia me absolverá y el Manifiesto # 1―, sino como un proceso dinámico de transformación radical de la sociedad.
Observamos asimismo la casi idéntica frecuencia de empleo de los términos «pueblo»y «revolución». Al aplicar este recurso se los vuelve sinónimos, los equipara en protagonismo, y el auditorio, en su subconsciente, va construyendo la sinapsis. De tal manera, se va produciendo el tránsito de «actuar en nombre del pueblo», a «actuar en nombre de la revolución», que termina equiparando los intereses de ambos.
Acompañando este gran nodo central de conceptos interrelacionados, se encuentran otros que, a manera de nube de palabras, interactúan con más o menos frecuencia en el corpus. Ordenadas por frecuencia decreciente de aparición, las más mencionadas durante 1959 fueron: «Fidel», «ejército», «guerra», «país», «gobierno», «reforma agraria», «enemigos», y «armas».
Resulta curioso que en 1960 muchos de estos conceptos y sus relaciones van a cambiar considerablemente. Por ejemplo, «reforma agraria» y «proletariado» sufren un colapso de frecuencia de empleo casi total. Esto puede deberse al hecho de que durante 1959 y 1960, Raúl Castro desempeñó un papel similar al del acomodador en un juego de béisbol, o sea, a la persona que prepara el terreno para que el cerrador haga lo suyo. Para 1960 ya no era necesario seguir haciendo agitación a favor de la reforma agraria, pues esta no solo se había firmado, sino que para ese momento se había convertido en una especie de Estado dentro del Estado.
Aparejado al colapso de los conceptos anteriores, se observa un declive de más del cincuenta por ciento en su corpus más importante («revolución», «ejército», «campesinos», «unidad»); mientras, se mantiene la frecuencia de empleo de los conectores-puente fundamentales («pueblo», «Fidel», «Cuba» y «patria»), los cuales aparecen con frecuencia muy cercanos a los nuevos nodos que van a irrumpir y dominar el lenguaje de Raúl Castro para 1960. Estos términos que irrumpen, se caracterizan por poseer un fuerte significado ideológico («imperialismo», «cohetes», «milicias», «Unión Soviética», «árabe», «Nasser», «norteamericano», «yanquis», «Checoslovaquia»).
El nuevo campus léxico se explica si analizamos el escenario que se estaba preparando. Vale recordar que 1960 empieza con la preparación de la exposición soviética en La Habana, la visita del líder comunista ruso Anastas Mikoyan, y la petición que desde Checoslovaquia realizara Carlos Rafael Rodríguez para que fueran enviados a Cuba, como instructores militares, los comunistas españoles exiliados en la URSS, México y otros países.
El cambio de los conceptos manejados en sus intervenciones fue muy abrupto para alguien que, el 19 de agosto 1959, en Santiago de Chile, había afirmado: «Sobre el comunismo no opino nada porque soy muy joven y no he podido leer nada del marxismo». Declaración a todas luces falsa, como se constató después.
Interesante resulta además el drástico descenso alrededor del nodo «elecciones», que pasó de cincuenta y cinco menciones en 1959 a solo diez en 1960. A su vez, términos asociados como «electoral», «voto», o «plebiscito»se van a cero. No ocurre así con el término «democracia», que se mantiene casi igual, salvo por un detalle: comienza a ser asociado con adjetivos condicionantes como «popular» y «participativa».
En todos los casos, el tema electoral es inducido por sus interlocutores, nunca por Raúl. Las formulaciones que abren el asunto son preguntas de periodistas, al estilo: «¿Cuándo se realizarán elecciones libres en Cuba?» o «¿qué opina respecto de la convocatoria a elecciones?». Ante estas interpelaciones, Raúl asume una postura defensiva, aunque no frontal, y despliega una batería de respuestas que básicamente se pueden resumir en siete tipos de justificaciones, o motivos, por los cuales el gobierno no convocaba a elecciones. Algunos de estos argumentos quedaron enraizados en el discurso oficial y son empleados hoy.
Primero, el aplazamiento por insuficiencia de tiempo o prioridad revolucionaria, visible en respuestas como: «Dos años es muy poco tiempo para encauzar el país»; «estamos… embargados repartiendo tierras y haciendo leyes revolucionarias».
Segundo, la apelación a la historia para desviar la atención mediante la acusación a EE.UU. En este punto, el fantasma de 1898 fue de los preferidos, con argumentos como «no permitieron elecciones hasta después de cuatro años», porque hacía falta «primero un reordenamiento del país».
Tercero, un clásico del régimen de La Habana, la falacia de la falsa equivalencia: «Es lamentable que no se preocupen por elecciones en Santo Domingo, Nicaragua, Paraguay, Haití».
Cuarto, la corrupción de los conceptos mediante asociaciones: «Elecciones… es sinónimo de politiquería»; «darles dos pesos por el voto»; «migajas electorales»; «festín politiquero». De tal manera, se contamina el término con corrupción y compra de votos, de modo que pedir elecciones suene a restaurar el fraude, lo sucio, lo dictatorial.
Quinto, otro clásico, la atribución de las reclamaciones al enemigo: «Solo piden elecciones los sectores… contrarrevolucionarios»; las piden «los ganaderos cuyos latifundios han sido reducidos». La demanda electoral es convertida así en la marca ideológica del enemigo, y quien la formula se auto-incrimina. Este argumento es uno de los más coercitivos, longevos y eficaces del conjunto.
Sexto, el traslado de la culpa a la voluntad popular, donde la concentración reemplaza a las urnas: «El pueblo empezó a gritar: ¡No, no, no queremos elecciones!»; «podríamos citar a un plebiscito… para que sea nuestro pueblo el que determine cuándo quiere elecciones»; y la formulación explícita de 1960: «citamos al pueblo y va un millón de personas a las concentraciones y a las asambleas. Los otros, aunque sean por elecciones… son gobiernos representativos… de las oligarquías». O sea, la legitimidad aclamatoria directa es opuesta a la legitimidad representativa.
Séptimo, la afirmación formal sin fecha: «A las elecciones iremos», «tendremos que hacer elecciones algún día», «seremos partidarios decididos» … pero «será una institucionalidad revolucionaria, no… politiquera».
Es importante tener en cuenta el escenario de 1960, cuando se produce el cambio en el comportamiento del término «elecciones»dentro delcorpus de Raúl Castro, pues permite comprender por qué, a solo un año del triunfo, se sentían en condiciones de variar su discurso. Para entonces el régimen había fortalecido su aparato militar, gestionado la llegada de instructores checos, depurado el antiguo ejército, separado del gobierno todos los elementos que no se alinearan con el rumbo totalitario que iba tomando el país, y encima, lo hacía con un respaldo popular calculado en alrededor del 90 por ciento. El pueblo, en su frenesí revolucionario, no se percató de que le hurtaban la estructura democrática de la nación.
Lo peor es que hoy, seis décadas después, pretenden aplicar la misma estratagema. Las recientes 176 medidas anunciadas insisten mucho en los términos «socialismo», «pueblo», «apertura», entre otros similares, mientras hablan de «perfeccionar la democracia». Lo hacen justo en el centenario del nacimiento de Fidel, buscando enmascarar el significado real del anuncio con ropaje patriótico. Como aplican parecida fórmula, es de esperar en los próximos días una ofensiva de trabajos y estudios que argumenten, ensalcen, o muestren, la presencia de la idea en el pensamiento de Fidel.
Seis décadas después, sus métodos continúan siendo los mismos, mas nosotros, la ciudadanía, no somos los mismos. El aumento del acceso a la comunicación juega en contra del sistema. El solo hecho de que crean que un papel con la firma de Raúl Castro puede desatar una ola de respaldo, evidencia el desfase y obsolescencia de la que durante generaciones ha sido su principal arma: el discurso.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.