Morón en perspectiva: el fin de la excepcionalidad cubana

El poder que gobierna mediante el miedo, tiene la ventaja de que puede mantenerse por extensos períodos, pero la enorme desventaja de que cuando el miedo se debilita, nada detiene su fin. En ese punto estamos hoy en Cuba. Las protestas de Morón solo se entienden si analizamos con perspectiva diacrónica el devenir de las últimas décadas. Eso intenta este artículo.

De tanto argumentar la supuesta excepcionalidad del proceso histórico cubano, y habiendo dictaminado que el socialismo era irreversible, los ideólogos oficiales cometieron el error de creérselo. De tal modo, dieron la espalda a la experiencia histórica sin valorar las consecuencias que ello acarrearía. A pesar de que repetían como un mantra que esta era una revolución «de los humildes, por los humildes y para los humildes»; pensaban que los humildes no se atreverían a recordarlo, que mantendrían el silencio para el que habían sido cuidadosamente condicionados.

Conseguir tal postura de retraimiento cívico, requirió sistemáticas prácticas culturales que involucraron a la familia, la escuela, los medios de comunicación y el discurso político. La obediencia fue la piedra angular para obtener una sociedad civil anulada y una ciudadanía desmovilizada; de ahí que la mayor parte de las actitudes de disenso y los conflictos de naturaleza política en Cuba sean catalogados bajo la acusación de «desobediencia».

Para que las personas sean obedientes deben temer al cambio. Debe parecerles inseguro un futuro fuera de los límites trazados por el Estado mediante sus dispositivos de control, sean simbólicos o abiertamente represivos. Sin embargo, cuando las condiciones de existencia llegan al punto de no garantizar la vida y la dignidad cotidianas, emerge el instinto de supervivencia propio de todas las especies; el temor al cambio se pierde y, como resultado, toda la estructura política se tambalea.

La hoguera frente al Partido municipal de Morón simboliza esa estructura debilitada: con poder aún ―el poder de las armas―, pero ya sin control, porque el control requiere hegemonía y astucia.

-I-

El consenso social que garantizaba la obediencia entre la mayoría de la gente, terminó en Cuba cuando el Estado traspasó a las personas y familias las responsabilidades que presentó por décadas como sus «conquistas sociales»; cuando el estado autoritario populista devino estado autoritario antipopular. Y eso aconteció con la asunción de Raúl Castro al poder.

Inmediatamente se recortaron gastos y «gratuidades indebidas». Las medidas afectaron a las personas y familias más pobres: cierre de 24 000 comedores obreros; aumento de la edad de jubilación en cinco años; disminución de la edad de inicio laboral a quince años; suspensión del derecho al almuerzo de los estudiantes que no estuvieran becados en los centros de educación superior, lo que afectaba mucho más a las familias pobres.

Entre 2006 y 2018, el presupuesto asignado a la asistencia social se contrajo de 2,2% a 0,3%, mientras el número de beneficiarios como proporción de la población decreció de 5,3% a 1,6%. La ley de presupuesto para 2011 evidenció el marcado deterioro de indicadores asistenciales entre 2009 y 2010. El número de beneficiarios se redujo un 61% en comparación con el 2005 y, como porcentaje de la población total, pasó del 5,3% al 2,1%. En el propio 2010 se recortaron 237 millones de pesos por «depuración de beneficiarios». Uno de los lineamientos aprobados en 2011, en el VI Congreso del PCC, había prohibido la asistencia social a las personas con familia capaz de ayudarles.  

La situación se agudizaba por la disminución sostenida de inversiones en sectores de impacto social directo, como Salud y Educación, que decrecieron en la misma medida en que aumentaban las inversiones en los sectores del turismo e inmobiliarias. Tal recorte de gastos se explicaba también por el pago de la deuda externa, renegociada durante el período de gobierno de Raúl Castro.

Durante esos años, aun con medidas que encarecían la vida, no se aumentaron los salarios de manera general, solo a determinados sectores como salud, educación y empresas priorizadas. Los ancianos y jubilados apenas podían sostenerse, dado el desfase del sistema pensional frente al incremento sostenido del costo de la vida. En aquellos momentos, el economista Mauricio de Miranda valoró que las pensiones eran «insuficientes e injustas» y condenaban a la pobreza.

La clase tecnocrática militar que detentaba cada vez más beneficios económicos para sí y los suyos, no conforme con empobrecer a los de abajo, evidenciaba asimismo su desprecio por ellos. En julio de 2013, Raúl Castro dedicó casi la mitad de su intervención ante el parlamento a mostrar que  «se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera», y se lamentaba de que  «Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de veinte años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás». Precisamente desde el período especial habían crecido sostenidamente la pobreza y las diferencias sociales y regionales en Cuba, pero eso no fue mencionado en su intervención.

Cuando Raúl Castro asumió la dirección del país, Cuba ocupaba el puesto 51 en el ranking mundial del Índice de Desarrollo Humano; cuando dejó el gobierno, estábamos en el lugar 73. El sucesor que designó, Miguel Díaz-Canel, fue continuidad de su política social; actualmente ocupamos el puesto 97. Una caída de 46 lugares.

El 1ro. de enero de 2021, al iniciar la «Tarea Ordenamiento», ya la sociedad cubana estaba empobrecida y con enormes diferencias sociales. Entonces ocurrió la debacle. La hiperinflación evaporó los salarios en poco tiempo; la libreta de abastecimiento, que resistió los duros noventa, se convirtió en un conjunto de hojas en blanco; y empezaron a dolarizarse los comercios. Demasiada gente se precarizó y comenzó a saber lo que era el hambre, y no hay nada que politice más que el hambre, las necesidades y la falta de esperanzas. Seis meses más tarde tuvo lugar el estallido social del 11 de julio.

-II-

Durante los años siguientes, con total irresponsabilidad, el aparato propagandístico del poder celebró como una victoria que en esa fecha del mes de julio no se replicaran nuevas protestas. Claro, además de celebrar tomaban precauciones: vigilancia a disidentes, amenazas, citaciones, carros patrulleros apostados en las viviendas de ciertas personas incómodas.

En el artículo «La victoria pírrica del 11-J», de 2022, valoré la necedad de ese optimismo: «Tal actitud pretende ignorar que el 11-J de 2021 acaeció por un conjunto de circunstancias, no solo presentes hoy, sino mucho más potenciadas. Los que confíen en que al evitarlo en fecha fija eliminaron las condiciones para la réplica de similares acciones, pecan de ingenuos o soberbios y, en ambos casos, son políticos torpes».

Tras la experiencia del 11-J, el Estado se blindó para desestimular cualquier acción en su contra: acuerdo 9151 del Consejo de Ministros; una ley de Comunicación que funciona como el «Gran hermano de George Orwell»; un mucho más estricto Código Penal; altas condenas de prisión a manifestantes y amenazas y coacción constantes sobre cualquier ciudadano por parte de la policía política. Con el fin de impedir cualquier disenso, tampoco se habilitó ninguna de las leyes constitucionales para que la ciudadanía pueda interpelarlo: derecho a manifestación y Tribunal de Derechos Constitucionales.

No obstante, en la misma medida en que se ha naturalizado la represión por parte suya, se han naturalizado la protesta social y la desobediencia por parte de la ciudadanía. Es un proceso de adaptación recíproco, reforzado en ambos casos mientras más se practica. Aun cuando no han alcanzado la magnitud del 11-J, las protestas sociales y el disenso no han dejado de crecer en Cuba; por el contrario, se han vuelto más argumentativos y han concitado apoyos masivos; y algo muy interesante, cada vez vinculan a más jóvenes.

-III-

A continuación, analizo ciertos aspectos que se infieren de los sucesos de las últimas semanas:

  • Cuando el gobierno de Donald Trump decidió utilizar una política de mayor fuerza contra el gobierno cubano, ya las contradicciones que han estimulado la protesta ciudadana en la Isla estaban maduras. El modelo cubano se halla en un momento de implosión debido a una crisis sistémica de larga data, de carácter civilizatorio. La gente pasa hambre en un país lleno de tierras fértiles improductivas y de comercios en dólares donde pueden encontrar productos provenientes de Estados Unidos, el país que nos «bloquea».

  • Lo ocurrido en la sede municipal del Partido Comunista de Morón es evidencia de cuánto pueden influir en el comportamiento humano la ira acumulada, la desesperación, el no ser escuchados, la crueldad en el tratamiento, la humillación, el abandono, la pobreza y el deterioro brutal de las condiciones de vida.

  • Ya la gente pide libertad antes que alimentos y ese es un cambio significativo que demuestra toma de conciencia política; y también madurez política, como vimos en el joven que se negó a quemar la bandera cubana porque: «esa es la de nosotros, la de nuestra libertad». No era un vandalismo sin sentido, como se ha intentado presentar en los medios oficiales; había mucho más ahí.

  • Al haber impedido la existencia de una oposición estructurada en Cuba, al perseguir y obligar a emigrar en muchos casos a personas que pudieran ejercer cierto liderazgo, las autoridades lo tienen más difícil: los estallidos sociales son espontáneos, sin liderazgos articuladores, y pueden ser violentos. Y en eso toda la responsabilidad es del Estado policial: si se cierra la puerta al diálogo, se le abre a la violencia. 

  • La constante represión de las autoridades a las protestas pacíficas ha generado su némesis: la protesta violenta. Las exageradas condenas ejemplarizantes a personas que solo gritaron consignas, se cubrieron con una bandera, escribieron un cartel, o salieron a protestar sin violencia alguna; han convencido a muchos de que, si en cualquier caso van a ir a prisión por largos años, da igual utilizar la fuerza. Cuando se pierde el equilibrio al juzgar, también se pierde el equilibrio al actuar.

  • Pero hay algo que no es un dato menor: Cuba tiene la segunda población penal percápita del mundo. Es tan enorme que resulta costosa para un Estado colapsado económicamente. Existen denuncias por desnutrición y falta de atención médica a los reclusos. En los últimos tres años han fallecido al menos 122 personas bajo custodia del Estado. En la propia provincia de Ciego de Ávila, donde está enclavada la ciudad de Morón, ocurrió hace pocas semanas una protesta en la prisión de Canaleta porque los presos tenían hambre.

Si las protestas escalan y se tornan masivas, será difícil que el sistema carcelario pueda asimilar una masa crítica de nuevos presos políticos sin consecuencias: nuevas familias entrando al activismo; denuncias en foros internacionales; y, lo peor, anulación de la posibilidad inmediata de una amnistía general, cuestión básica en cualquier proceso de diálogo.

El Estado cubano mantuvo el control mientras logró gobernar sin acudir a la represión desembozada. Lo paradójico es que un Estado que no demuestre control sobre sus ciudadanos, resulta un negociador débil. Y el grupo de poder que dirige Cuba acaba de anunciar que está dialogando con el gobierno norteamericano.

Ello torna la situación en potencialmente peligrosa, pues pueden intentar demostrar control mediante una escalada brutal de violencia. Ya se ha visto a las patrullas policiales circulando en fila por las calles habaneras; el día de ayer, ocho camiones llenos de soldados fueron vistos saliendo de una unidad militar en la provincia de Artemisa.

Si se optara por la represión sanguinaria a probables protestas masivas, el gobierno cubano no solo afectaría su posición en el diálogo con los norteamericanos (único diálogo que siempre ha deseado), sino que quedará desenmascarado ante la opinión pública internacional y podría desatar una ola imparable de protesta ciudadana.

En Cuba no ocurre nada excepcional. En cualquier época y contexto en que un gobierno ha empobrecido a la gente, desconocido la voluntad popular y reprimido con violencia; la protesta social ha sido la respuesta. Esta es una crisis eminentemente política. Nos creyeron invisibles; no lo somos. Para ellos no existimos; pero estamos aquí.

***

Imagen principal: Sasha Durán / CXC. 

Alina Bárbara López Hernández

Profesora, ensayista y editora. Doctora en Ciencias Filosóficas y miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba.

https://www.facebook.com/alinabarbara.lopez
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