Lela Sánchez Echeverría y la infinita lucha por la verdad histórica
Cuando entrevisto a Lela Sánchez, renuncio deliberadamente a mi voz: le entrego las preguntas que servirán de guía y luego acomodo la redacción para que sea su palabra la que reciba el lector. Esta vez será diferente. Hablaremos de asuntos que salen a la luz por vez primera, en los que Lela explicará el origen y alcance del proceso de tergiversación y manipulación de la figura de su padre, Aureliano Sánchez Arango, que hoy precisamente cumple aniversario de fallecido.
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Aries Cañellas (AC): Lela, aunque no te guste que lo diga, y me regañes siempre por ello, has dedicado tu vida a defender de ignominias la memoria de tu padre. Este año confluyen varios aniversarios relacionados con él. Cuéntanos cómo surgió el libro La polémica infinita y qué te llevó a decir: «basta ya».
LSE: No es que haya dedicado toda mi vida a la defensa de mi padre, comencé a hacerlo cuando fue necesario reivindicarlo de tanta manipulación y mentiras públicas. Tengo ochenta y ocho años de edad, y ha sido en los últimos treinta que empecé esta lucha.
Y precisamente, en 2026 se cumplen varios aniversarios cerrados que están estrechamente vinculados a la figura de mi padre. Hace setenta y cinco años, en junio de 1951, se inició la polémica entre papá y Chibás; hace cincuenta años, el 23 de abril de 1976, murió mi padre; y hace treinta comencé la investigación para escribir el libro La polémica infinita.
La polémica entre mi padre y Chibás, a mi juicio, hay que respetarla: responde a una época, a las posiciones políticas que existían entonces y, sobre todo, a las libertades que ofrece la democracia. Libertades en las que un senador puede impugnar a un ministro del gobierno, acusarlo de ladrón y de estar creando un reparto o un imperio maderero, o cualquier otro negocio en Guatemala, con dinero robado al erario público y a la educación de los niños, lo que volvía la acusación mucho más grave. Pero eso era parte de las libertades que brindaba la democracia: eran dos adultos con posiciones políticas diferentes, y, además, con posiciones ideológicas distintas desde siempre.
Fue una polémica que trascendió sobre todo por la salida que quiso darle Chibás, con su aparente suicidio mediante un disparo ―era la segunda vez que lo intentaba―, para alcanzar algún objetivo político. Con la polémica no tengo problemas; mi discrepancia radica en el uso que se hizo de ella años después, durante el actual sistema político.
Todo empezó en los años setenta, con un artículo publicado en el periódico Granma por un periodista cuyo nombre no logro recordar. Trataba acerca de la educación en Cuba antes del 59 y acusaba a papá de haberse robado nada menos que cincuenta millones de pesos. Me comuniqué con él sin decirle quién era, y le expliqué que quería conversar sobre algunos aspectos de ese trabajo. Aceptó que nos viéramos una noche en la sede de Granma. Fue allí donde le dije que era hija de Aureliano. Se sorprendió muchísimo: no sabía siquiera que papá tuviera una hija, y mucho menos que viviera en Cuba. Me contó que cuando fue a buscar información al Ministerio de Educación, la persona que lo atendió le advirtió que tuviera cuidado si pensaba tratar el caso de Aureliano, porque había sido un buen ministro y podía dar fe de ello, pues había sido maestro en su época. Por supuesto, él no tuvo en cuenta aquel consejo ni hizo después aclaración alguna sobre el artículo. Ahí quedó el tema.
Años después, a inicios de los noventa, en un aniversario de Radio Rebelde, Fidel hizo una intervención donde habló de la importancia de la radio cubana en la política y puso como ejemplo concreto a Chibás. Al día siguiente apareció en Granma un texto de Susana Lee, que era su versión de lo dicho por Fidel. En un recuadro aparte se destacaban las palabras exactas que él había utilizado para referirse al caso Chibás y el ejemplo que había puesto: las acusaciones contra un ministro, sin mencionar su nombre.
«Yo decía: "No hay que ir a Guatemala", y empiezo a sacar todas las fincas que tenían aquí esta gente y todos los negocios sucios que hacían; me sirvió mi profesión novel de abogado para buscar en los registros de propiedad y dondequiera todas las escrituras, todos los papeles que se presentaron con pruebas irrefutables y que causaron un gran impacto».
No aclaró cuáles eran las pruebas que había encontrado, las cosas que había visto. Eso no podía quedar así; recuerdo que me senté y escribí la primera de mis cartas a Fidel, en la que le reclamaba por el ultraje a la memoria de papá. En ella le explicaba que su planteamiento era inadmisible, que él sabía muy bien que Chibás había acusado injustamente a mi padre, porque conocía las condiciones en que siempre habíamos vivido y no podía ignorar que aquello era una mentira. Le entregué la carta a un compañero cercano a él y le leí el texto para que supiera lo qué iba a entregar. Al final no lo hizo. No se atrevió. Eso lo supe mucho después.
Pasó el tiempo y, en otra intervención en el Aula Magna de la Universidad, donde repitió casi textualmente las alusiones a mi padre, Fidel dijo que tuvo tres fuentes para su formación ideológica: El Manifiesto Comunista, de Marx; Historia de las doctrinas sociales, de Raúl Roa, y el libro Legislación obrera, del cual no mencionó al autor. Precisamente, Legislación obrera fue el texto que escribió mi padre para su asignatura en la Universidad de La Habana cuando fue profesor de ese centro.
Ahí sí me indigné y escribí una segunda carta. Era muy agresiva, pero por suerte no la envié, pues antes de hacerlo se me ocurrió llamar a la persona a la que le había entregado la primera, y me confesó que no había cumplido esa encomienda. Entonces redacté una carta distinta y fue la que envié.
Entre la primera y la segunda intervención de Fidel Castro, se publicó en la prensa cubana una cantidad enorme de materiales contra mi padre, a propósito de la polémica con Chibás. Como aquí la mayoría de los periodistas ―de manera oportunista, por cierto― no estudian ni investigan, sino que se limitan a seguir la línea orientada, sacaron una serie de artículos sobre el tema.
Yo había ido respondiendo, uno por uno, esos materiales en misivas dirigidas a directores de periódicos, al presidente del ICRT y a periodistas; fui rebatiendo cada inculpación, acusándolos de difamación y advirtiéndoles que los llevaría a los tribunales si volvían a repetirlo.
No recibí ninguna respuesta. La campaña continuó y yo seguí escribiendo cartas, hasta que ya no se trataba solo de artículos de prensa, sino también de algunos libros. Apareció un libro de Elena Alavés, se estaba preparando otro de Ana Cairo, y Enrique Cirules, en La mafia en Cuba, también abordó el tema. Además, supe de varios «intelectuales» que se alistaban para «caerle encima» a papá.
Ante esos acontecimientos, comprendí que mi opción inicial había sido equivocada, aunque necesaria como primer paso, y que hacía falta algo de más peso. Entonces resolví emprender una investigación seria sobre la polémica y sobre el manejo que se había hecho de ella.
A finales del 95 mi hermano me invitó a los Estados Unidos y, como ya estaba jubilada, decidí comenzar la investigación. Eso fue en 1996. Entrevisté a mucha gente que estaba allá y tenía que ver con la vida de papá y, en particular, con la polémica. Hablé con todo el que pude, incluso con enemigos de mi padre, como Andrés Rivero Agüero. Millo Ochoa, importante dirigente ortodoxo que había creado en Holguín el Partido del Pueblo Cubano con Chibás, me concedió una entrevista en la que explicó que todo aquello del desfalco atribuido a papá era falso, algo que luego reiteró en un programa de televisión en Miami.
Millo me contó que había hablado con Andrés Rivero Agüero y que este le confesó que, al llegar al Ministerio después del golpe de Estado de Batista, puso a un abogado a estudiar la etapa de papá, buscando base para una denuncia de robo, latrocinio o corrupción. Lo único que encontró fue que había sido el mejor ministro de Educación que había visto en toda la historia hasta entonces.
La única persona en Estados Unidos a la que quise entrevistar y no aceptó fue Lomberto Díaz, que había sido senador por el Partido Auténtico de Pinar del Río y a quien yo conocía muy bien, igual que a su esposa e hijo.
Cuando regresé, en el propio 96, traía una lista de personas a las que quería entrevistar, y tuve una experiencia semejante con Conchita Fernández. Conchita, que con los años se había convertido en una amiga, me dijo que sí, que incluso citaría a dos o tres personas más para que pudiera hacer una entrevista conjunta. A partir de entonces, y hasta el momento en que Conchita murió, insistí para ver si me concedía la entrevista y nunca lo hizo; aproximadamente un año antes de su fallecimiento dejé de insistir, comprendí que no quería.
Para mí, la mejor de todas fue la entrevista con Salvador Vilaseca, porque me puso en la mano los periódicos completos de la época. Trabajé con todos esos ejemplares para tener una idea más exacta de la polémica. Además, contaba con información que había recopilado de la prensa cubana de aquellos años en la Universidad de Miami, de modo que pude acceder a toda la documentación que necesitaba.
A partir de ahí comencé a investigar la polémica entre papá y Chibás con el propósito de escribir un libro. Decidí narrar la polémica a través de la prensa, para evitar que se pensara que, por ser su hija, lo defendía a capa y espada. Lo que hice fue utilizar algunos elementos de las entrevistas que había hecho ―y que conservo todas―, y concebir un único capítulo. Concluí el libro en 1999.
Mi libro La polémica infinita tiene cinco prólogos, un capítulo y varios epílogos. El capítulo reúne toda la prensa del momento que relata la polémica. No la cuento yo, lo hace la prensa cubana, en una época en que podía ocuparse de decir lo que realmente ocurría en el país; la importancia de la prensa en aquel momento fue extraordinaria.
Lo escribí cuando me había quedado claro que no tenía ninguna posibilidad de responder en público y que perdía el tiempo si intentaba llevar a algunas de esas personas a los tribunales por difamación. Al concebir el libro, también incluí una selección de las cartas que había enviado. Entre ellas no aparecen las dos dirigidas a Fidel, por un problema ético.
Ese libro fue el resultado de una lucha sostenida sin obtener respuesta real; todo seguía igual. Para 1999 había concluido la primera versión. Ese año, y durante un viaje a España, Itzi, la cuñada de mi hijo, a quien estoy eternamente agradecida, dedicó parte de sus vacaciones a hacer la maqueta del libro.
AC: Tu libro esclarece, de una vez y por todas, el famoso dilema Chibás-Aureliano. Prueba de ello es la prohibición de publicarlo en Cuba y la mesa de debate que se organizó acerca de Chibás y el asunto de la maleta poco después de su publicación. En esos tiempos te enfrentaste abiertamente a personalidades de la cultura y la academia cubana. Háblanos al respecto.
LSE: Al regresar a Cuba desde España, envié el primer ejemplar impreso, pero aún inédito, a Ricardo Alarcón porque, como a veces se me va la lengua ―y la mano también―, quise comprobar antes si el libro era serio y no faltaba el respeto, para luego mandárselo a Fidel. Como Alarcón no me respondía, tomé el otro ejemplar que tenía y se lo mandé directamente a Fidel, explicándole que mi deseo era publicarlo en Cuba y que, como no había obtenido ningún resultado con las cartas que había enviado, se lo remitía para que al menos lo conociera.
Esperé unos meses y, al no recibir respuesta de Fidel, aunque sí de Alarcón, empecé a repartirlo de manera digital entre otras personas. Logré que me ayudaran a sacar nuevas copias. Yo iba prestando y la gente leía, opinaba y eso me permitió mejorar el texto.
Lo escribí sabiendo que probablemente no podría publicarlo en Cuba, y finalmente no me permitieron hacerlo. Fue una decisión de la historiadora Ana Cairo, que en ese momento era asesora de la editorial de Ciencias Sociales, donde solicité que fuera publicado. Esto lo sé porque me lo dijo entonces Eduardo Torres-Cuevas, que también era asesor. Ana Cairo descalificó el libro al considerarlo una «monografía familiar». Así mismo me lo dijo ella en el año 2002.
Ante la imposibilidad de publicarlo en Cuba, mi hermano se encargó de que se publicara en los Estados Unidos. Ello ocurrió en 2005, y se presentó en la Universal, la librería de Juan Manuel Salvat en la calle 8 de Miami, donde se vendió. A Cuba lo he ido haciendo entrar «a buchitos», yo misma o a través de amigos, y así he podido ir distribuyéndolo.
Tiempo después, la UNEAC organizó una conferencia del investigador Newton Briones, moderada por Ciro Bianchi, a la que asistieron varios invitados, entre ellos antiguos ortodoxos. Recuerdo que estuvieron Alarcón, Raulito Roa, Max Lesnik ―que vino de Miami para la ocasión―, entre otros.
Por supuesto, yo también fui y el salón de la UNEAC se llenó. Miguel Barnet, por entonces presidente de la UNEAC, estaba allí y le entregué el libro. En esa conferencia, titulada «La maleta de Chibás», se produjo una discrepancia bastante desagradable entre Max Lesnik y Newton, pues el primero se sintió ofendido por la manera en que Newton valoró a Chibás, efectivamente muy ríspida, y se retiró molesto del panel.
Barnet intentó mediar en un intercambio posterior de correos electrónicos entre ellos, y les envió el siguiente mensaje, que conocí por Newton y consideré inadmisible:
«Queridos Newton y Max:
Cordura, equilibrio y razón.
La UNEAC, a lo que aspira, es a ser un auténtico foro de debate sobre la vida cubana, sus lados luminosos y los oscuros. Creo sano que así sea y siempre haré lo posible porque este afán no se frustre. Las polémicas son polémicas y no duelos a espadas o a pistolas. ¡Qué más da si la maleta estaba vacía o no! Chibás fue un faro en medio de tanta oscuridad. Y las biografías políticas van indisolublemente acompañadas a las personales. El sol, afortunadamente, tiene manchas que lo hacen más benévolo. Ni crucifixión ni exaltación a nadie. Cordura, equilibrio y razón».
Mi respuesta fue una extensa misiva que jamás recibió acuse de recibo. He decidido publicar ambos mensajes aquí porque considero que es importante que se conozcan. En las imágenes se puede leer mi respuesta completa a Barnet, de la cual destaco el fragmento final:
«(…) Y entonces podemos llegar, más o menos, a la razón de esta carta abierta:
Usted, en un escrito que llegó hoy a mis manos y que encabeza con el título de Cordura, equilibrio y razón, dirige una carta a Newton y a su buen amigo Max.
En esa carta hay una frase desafortunada. Quiero que esté usted claro en el hecho de que yo sé que cordura no viene de cordero, sino de cuerdo de mente. Pero, por si acaso existiera alguna confusión con las actitudes sumisas que les corresponden a las ovejas, me tomo el trabajo de responderla como merece. La frase en cuestión dice: “Qué más da si la maleta estaba vacía o no”.
Pues sí da más. La maleta era el símbolo que Chibás usó para exhibirla a toda hora y en todo momento, golpeándola y diciendo que en ella tenía las pruebas sobre la deshonestidad de Aureliano. Me obliga usted, entonces, a decirle que el hecho de que estaba vacía no hace más que ubicarlo como un farsante y un difamador. Y a mi padre como un hombre honrado.
Fíjese usted que llevo muchos años resistiendo la publicación reiterada de esta mentira y respondiendo con todas las fuerzas y apoyo de que dispongo, que por cierto es bien poco, pero esas fuerzas nacen precisamente de la razón. Sepa también que, a pesar de todo, no han logrado romper mi equilibrio emocional y síquico. Mi optimismo es tal, que llegué a pensar que, felizmente, en esta conferencia quedaba zanjado el asunto con objetividad.
Soy en realidad una persona dulce y pacífica, pero creo en la verdad histórica, en cualquier caso, no solo cuando me compete directamente. No es un problema entre Max y Newton, es un problema que atañe a la historia. Por lo tanto, debería interesarle a usted también.
Sin más, se despide,
Lela Sánchez Echeverría».
Hay algo más que deseo aclarar: respeto profundamente las discrepancias que puedan tenerse con mi libro y con mis puntos de vista en defensa de mi padre. Las personas tienen derecho a discrepar; no me enfrento a eso ni mucho menos. A quienes no respeto ―y a quiénes sí me enfrento, haciendo lo que sea necesario dentro de los límites de la ética, la legalidad y la justicia― es a aquellos que viven de reírle las gracias a quien esté de turno mandando en el país. A esa gente no la respeto; contra esa gente sí discrepo sin ningún problema.
AC: ¿Notaste alguna repercusión en el poder o en el discurso mediático luego de publicado tu libro?
LSE: En Cuba nunca se hizo oficial ni pública la existencia de mi libro. Sin embargo, supe de repercusiones en círculos cerrados: en una ocasión, supongo que después de haberlo leído, Fidel dijo en una reunión con periodistas que había que ser cuidadosos al analizar problemas de otras épocas, porque aún existían familiares de aquellas personas a quienes había que respetar, y que era imprescindible ser precisos e investigar en serio.
Aun así, en ningún medio estatal se ha dado noticia de la existencia del libro; ha sido clandestino, casi como un «pecado de juventud».
AC: En entrevistas anteriores has analizado por qué la figura de tu padre ha sido tan calumniada. Sin embargo, ubicándonos ahora en este contexto, ¿podrías, para quienes no han leído tu libro ni esas entrevistas, explicar por qué precisamente Aureliano, y no otros visiblemente corruptos o, cuando menos, deshonestos?
LSE: Mi impresión es que los ataques contra papá se explican por dos razones. Una, porque muchas personas que militaban en la Juventud Ortodoxa cuando se asaltó el Moncada, tenían una postura «antiaureliano», marcada por el supuesto suicidio de Chibás. La otra razón es que papá no fue alguien que se desentendiera de la situación cubana: salió del país en mayo de 1960, después de un atentado en el aeropuerto de La Habana cuando regresaba de una reunión en Caracas, pero en el exilio mantuvo siempre una actitud anti-gobierno, investigando, trabajando y publicando artículos sobre lo que ocurría en Cuba.
Por tanto, reactivar el asunto de Chibás convenía a quienes ocupaban las altas esferas del poder en la Isla, porque así atacaban a un individuo con una posición activamente antigubernamental, contrario al sistema que estaban imponiendo y, en realidad, a todo lo que se estaba haciendo en Cuba. Me parece que ese es el factor decisivo.
Es falso que el motivo fuera una labor seria de crítica al sistema anterior, porque el ladrón más grande que hubo en Cuba ―antes de los que hay ahora, por supuesto― fue José Manuel Alemán. Se llevaba el dinero en maletas y, con ese dinero robado en Cuba, precisamente en el Ministerio de Educación y a través del famoso inciso K, compró el estadio de fútbol de Miami, hizo construcciones y tuvo varias propiedades en esa ciudad. Sin embargo, hoy en Cuba él, Paulina o Prío son prácticamente desconocidos.
Por cierto, el inciso K fue un mecanismo que papá desmanteló cuando llegó al Ministerio de Educación, porque a través de él se robaban y desfalcaban fondos públicos; eso está legislado y publicado, no lo digo yo. Por esas razones, creo que se trata, en el fondo, de la condena a un individuo incómodo para quienes estaban en las alturas, debido a su activismo contra el sistema, y que, al mismo tiempo, podían legitimarse invocando una supuesta imagen impoluta de Chibás.
AC: Sabes que soy un convencido de la importancia transversal de tu padre en la historia cubana del siglo XX. Pero ¿crees que aún tiene algo que decirnos hoy? Aunque no hayamos podido localizar todavía las citas exactas, tú, con la autoridad testimonial que te da el ser su hija, ¿podrías contarnos cuál era la solución que Aureliano contemplaba ya a mediados de los años sesenta para el llamado «problema cubano»?
LSE: Esta última pregunta es muy importante para mí, porque hasta ahora nunca se me había presentado la posibilidad de hablar sobre ello. Además, en las circunstancias actuales de Cuba ―donde un grupo de personas está entusiasmado con la situación que vivimos y con las posibilidades que, según ellos, abre el señor Donald Trump, hasta el punto de convertirse prácticamente en anexionistas― cobra aún más actualidad.
Hace ya varias décadas, a mediados de los sesenta, yo trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y Alarcón, que encabezaba entonces la Dirección de América Latina, me llamó para pedirme que bajara a su oficina a leer unos cables que estaban llegando sobre papá. Teníamos un sistema por el cual la Dirección de Prensa nos enviaba, dos o tres veces al día, informaciones relativas a nuestra área, procedentes de AP, EFE, AFP y de todas las agencias existentes.
En esos cables aparecían declaraciones en las que papá planteaba que la solución de Cuba pasaba por un fideicomiso de la Organización de Estados Americanos. Mi primera reacción a tal propuesta fue de rechazo absoluto, porque no alcancé a calibrar el peso que podía tener. Después comprendí que, al formularlo en esos términos, papá estaba proponiendo una vía para que Cuba, de producirse una invasión, no cayera en manos de Estados Unidos de manera total y absoluta: bajo un fideicomiso de la OEA habría un conjunto de países latinoamericanos que no permitirían esa posibilidad. Creo que fue una posición realmente inteligente por su parte, e incluso factible.
En mi opinión, los norteamericanos tienen un interés actual muy específico en relación con Cuba: lo que buscan es evitar la influencia de rusos y chinos en el hemisferio y en el continente americano. No solo les interesa evitar ser la entrada de esas otras dos potencias, sino también tener organizado, limpio y seguro su traspatio, que es esta islita.
En la época en que mi padre propuso un fideicomiso, la economía cubana tenía más transparencia que hoy, en que muchos de los activos nacionales los controla GAESA con total opacidad, y, para mantenerse en el poder, puede permitir que otras naciones, incluyendo por supuesto a los Estados Unidos, accedan a niveles de decisión significativos sobre Cuba. Es decir, el peligro es mayor que en el momento en que mi padre planteó aquella tesis.
En agosto de 2026 se cumplirán setenta y cinco años de la muerte del senador Chibás. Tal vez la fecha no reproduzca los peores momentos que he vivido con la conmemoración de estos hechos en las últimas décadas.
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Imagen principal: Aureliano Sánchez Arango junto a su hija Lela.