Aplaudir o callar: tragedia del intelectual cubano
Nosotros no le decimos al pueblo: cree.
Le decimos: lee.
Fidel Castro, 9 de abril de 1961
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Aplaudir y legitimar al poder, o callar para sobrevivir y realizarse profesionalmente, ha sido la tragedia del intelectual cubano desde 1959. A cincuenta y cinco años de los casos Padilla y del Departamento de Filosofía y Pensamiento Crítico (1968-1971), conviene volver con nuevas fuentes y evaluar consecuencias. Durante estas décadas se consolidaron políticas represivas de gran calado, y el doloroso resultado es: la irreverencia permanente de algunos que asumen costos, y el silencio de muchos, incluso en esta hora crítica de Cuba.
En artículos del 2021 y 2022 me referí a este tema. Lo retomo dada la vigencia del compromiso de los intelectuales con la sociedad y su relación con el poder. Un pensador que vive e interactúa en un contexto, que está en capacidad de examinar y comprender procesos sociales, manejos del poder y alternativas; suele ser denominado «conciencia crítica de la sociedad» y, para el poder, es un «intruso» potencialmente peligroso.
No obstante, es necesario desmitificarlo. Existen al menos cuatro tipos: los que prefirieren la torre de marfil para exaltar su obra y nombre; los que se comprometen con las peores causas, incluidas la guerra y el exterminio; los defensores del régimen, que fungen como «comisarios políticos», «manipuladores de conciencia» y «administradores ideológicos», y los fieles al compromiso con la razón, la verdad, el bien y la justicia. Son estos últimos los que asumen una función social y moral, correspondiendo así a lo que la sociedad espera de ellos, e intentan influir en los acontecimientos.
En regímenes opresivos como el cubano, el gobierno necesita del aplauso y la complicidad de todos, o cuando menos de su silencio. Por eso la relación intelectual-poder es compleja, y la pertenencia orgánica del intelectual al sistema es arriesgada. En sistemas totalitarios es imposible conservar independencia y pensamiento crítico siendo parte de la maquinaria. En Cuba sobran ejemplos.
-I-
La desconfianza hacia los académicos y escritores se explica por su impacto en la formación de generaciones y su capacidad para influir en la asunción del pensamiento crítico en los otros. Si Fidel Castro marcó la ruta con Palabras a los intelectuales (1961), Ernesto Guevara fundamentó el recelo (1965): «la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales».
Entre 1968 y 1971, junto a la reivindicación de derechos en muchos países, y la intervención militar soviética en Checoslovaquia; en Cuba tuvieron lugar ―además de los sucesos en que se enfoca este texto―, la Ofensiva revolucionaria, el fracaso de la zafra de los diez millones, la depuración de El Caimán Barbudo, el Congreso Cultural de La Habana, el de Educación y Cultura y la ruptura de intelectuales de la izquierda mundial con la Revolución.
Salvo preocupaciones por algunos encarcelamientos injustos, las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP); y el apoyo de Cuba a la intervención soviética en Checoslovaquia, todavía esa intelectualidad internacional vivía una especie de encantamiento con el proceso revolucionario. Había ya, sin embargo, un historial contra los intelectuales: poetas presos políticos, como Jorge Vals (1933-2015) y Ángel Cuadra (1931-2021); otros habían pasado por las UMAP; muchos eran víctimas de los cierres de periódicos, revistas, estatalización de imprentas y clausura de proyectos como EdicionesEl Puente. Asimismo,reconocidosescritores emigrados fueron calificados de «excubanos», «traidores», «agentes de la CIA», y proscritos.
-II-
Los casos del poeta Heberto Padilla ―desde el premio a Fuera de Juego (1968) hasta su encarcelamiento y autoinculpación en la UNEAC (1971)― y la cacería contra profesores y científicos sociales del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y la revista Pensamiento Crítico, mostraron los graves conflictos entre el poder y el pensamiento, la enseñanza y la literatura. Testimonios publicados muchos años después son ilustrativos. (1)
Junto con ellos, cayeron en desgracia otros, como el dramaturgo Antón Arrufat y el escritor Eduardo Heras León. Era un ambiente particularmente tóxico, que involucró a instituciones, jurados literarios, autores, obras y la vida de muchos. Reinaban el anónimo «compañero» Leopoldo Ávila, la revista Verde Olivo y se abría paso eldenominado «Pavonato». (2)
Cuando Fidel Castro pronunció el discurso en el Congreso Nacional de Educación y Cultura (30 de abril,1971), había recibido dos respetuosas cartas de intelectuales latinoamericanos y europeos sobre el caso Padilla: una privada (noviembre 1968), de seis escritores preocupados por el clima hostil contra el poeta, y otra pública, días antes, con treinta y una rúbricas, entre ellas las de Octavio Paz, Jean Paul Sartre y Mario Vargas Llosa. Esta fue su respuesta: «Ya saben, señores intelectuales burgueses y libelistas burgueses y agentes de la CIA (…) en Cuba (…) ¡Cerrada la entrada indefinidamente!». El 20 de mayo hubo otra carta pública y más crítica, con sesenta y una firmas.
Por su parte, los intelectuales del Departamento de Filosofía y fundadores de Pensamiento Crítico,que eranjóvenes profesores marxistas, intentaban socializar ideas de izquierda propias y foráneas. Fueron vanguardia del pensamiento social cubano, con vocación polémica, que, desde la lectura y reflexión libres, buscaban una vía propia ―ni Marxismo-Leninismo ni Manuales― para la Revolución cubana.
Su final se decidió en los discursos de Fidel Castro (26 de julio) y Raúl Castro (27 de septiembre) en 1970. Allí los calificaron como «una mezcla de pobreza ideológica y petulancia intelectual muy distante de las ideas de la Revolución»; y los acusaron de llegar a «extremos ridículos» por su «intelectualismo desarraigado» y de «autosuficiencia». Según Raúl, «una cosa es investigar y otra es aprovechar conocimientos (…) para socavar (…) las bases de nuestra ideología». Fueron meses de tensión y reuniones privadas con la dirigencia, hasta junio de 1971, cuando arrasaron con todo «por órdenes de la dirección del Partido».
-III-
El caso Padilla mostró un verdadero estado de terror y avizoró lo que vendría: represión, miedo y desconfianza, incluso entre colegas. Aparecieron las respuestas públicas en apoyo al gobierno y se lanzó una estrategia demoledora con la sentencia de Fidel en abril: «Por cuestión de principios hay algunos libros de los cuales no se debe publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ni una letra».
Recientemente fueron filtrados varios memorándums confidenciales del Instituto Cubano del Libro (ICL) ―dirigido entonces por Rolando Rodríguez―, y de otras instancias. Ellos confirman que entre mayo y agosto de 1971, se dio curso al plan siniestro contra obras y autores. Primero contra los extranjeros firmantes de las referidas cartas, o a quienes habían realizado declaraciones de que la autocrítica del poeta parecía haber ocurrido «bajo presión y tortura»; la censura incluyó asimismo a intelectuales cubanos.
El listado de libros censurados, publicados o no en la Isla, fue creciendo. No pocos escritores resultaron «víctimas colaterales» al ser parte de colectivos de autores donde figuraba alguno de los prohibidos. Igualmente se incluyeron números de la revista Casa de las Américas, por contener textos de algunos de ellos, o que se le dedicaran.
La estrategia fue secreta y con indicaciones precisas: «no se editará, no se distribuirá, se congelará, se eliminarán de los catálogos, se retirarán de las salas de lectura y de intercambio». Tampoco se exportarían e importarían, según el caso.
De los cubanos residentes, fueron satanizadas las obras de Eduardo Heras León y Norberto Fuentes, quienes recibieron castigos. Luego vendrían otros, y se indica «seguimiento» al propio Heberto Padilla, Antón Arrufat, César López, Belkis Cuza, David Buzzi, Reinaldo Arenas, Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus y Pablo Armando Fernández, ejemplos de «actitud ideológica conocida pero cuyos títulos no consideramos táctico retirarlos, al menos por el momento».
Con el Departamento de Filosofía y Pensamiento Crítico nada se hizo público. Fue demolición total y dispersión de sus miembros, casi errantes durante mucho tiempo. Desaparecieron la revista, los autores y las obras vinculadas a ellos. Casi todos aquellos jóvenes marxistas, fidelistas y guevaristas permanecieron en Cuba; eran apasionados de la Revolución y creyeron que podían aportar a un socialismo auténtico. Su pecado fue atreverse a pensar sin dogmas.
-IV-
Los sucesos de 1971 cerraron el debate interno. Sus consecuencias fueron nefastas ―en el corto, mediano y largo plazos― para el desarrollo del pensamiento crítico y la cultura cívica. Tal injusticia no solo afectó a los intelectuales; generaciones de cubanos fueron privados del conocimiento de su propio patrimonio y del mundo. Larga sería la lista de lo perdido en adelante, ya fuera por insilio, prisión política, exilio o emigración. Baste mencionar los calvarios de Reinaldo Arenas; Néstor Díaz de Villegas; María Elena Cruz Varela; José Luis Pujol, Zoe Valdés, Amir Valle, Raúl Rivero y Jorge Olivera.
Se enseñorearon el miedo, la censura institucionalizada y la autocensura. No pocos aprendieron a decir sin decir, o a expresar de modo que la burocracia no entendiera. Las listas de libros prohibidos serían interminables, como también los encarcelamientos de personas por poseer o prestar esos libros. La Red de Bibliotecas Independientes, creada en 1998, es un ejemplo. Reprimida ferozmente, todavía en 2012 tenía 162 puntos en catorce provincias.
Sin embargo, parte de la intelectualidad mundial de izquierda permanece romantizando a Cuba. Ejemplos sobran, desde un Noam Chomsky; Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Atilio Borón, Ignacio Ramonet o Frei Betto. Es una izquierda anquilosada, a la que no le conviene ―o no se atreve― confrontar sus creencias con la realidad cubana. En muchos persiste aquel «opio de los intelectuales» del que escribiera Raymond Aron.
Recordando la frase de Fidel Castro que encabeza este texto, la verdad es que al pueblo cubano lo condicionaron así: «lee lo que nosotros decidimos, para que creas en lo que decimos». Y de Guevara, la realidad es que ni existieron olmos que dieran peras, ni suficientes nuevos perales.
No obstante, a pesar del porrazo, el amansamiento y el servilismo, no faltó nunca la irreverencia. El régimen cubano nunca entendió, o lo entendió y por eso optó por someter, la verdadera naturaleza del intelectual, que con independencia de su perfil puede comprender a fondo el contexto. La cuestión está en lo que decide hacer con eso: callar, servir al poder, o a la razón y la justicia; ser, como decía Sartre, un marginal o un verdadero intelectual.
Hasta hoy, las bases de aquellos desencuentros permanecen. La dictadura cubana tolera habitantes, no ciudadanos; es incapaz de lidiar con la democracia, con la posibilidad de que surjan seres pensantes que la interpelen. En consecuencia, ha sumido al país en la miseria material, ha obstruido el saber y la espiritualidad del pueblo. Es hora de revisar conciencias.
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(1) Para el tema de Filosofía y Pensamiento Crítico recomiendo los testimonios de Fernando Martínez Heredia y Jesús Díaz. Para el caso Padilla el testimonio del escritor y miembro de aquel jurado, Manuel Díaz Martínez, quien terminara con su carrera en Cuba luego de que veinte años después votó como jurado por premiar a la escritora María Elena Cruz Varela por su obra «Hijas de Eva».
(2) Se llamó así al período (1971-1976) en que el capitán de las FAR Luis Pavón Tamayo (1930-2013) estuvo al frente del Consejo Nacional de Cultura (CNC) y hasta esa fecha director de la revista Verde Olivo, donde era asiduo “Leopoldo Ávila”, pluma encargada de sembrar sospechas y persecución contra los intelectuales. Algunos han considerado que detrás de ese seudónimo estaban el propio Luis Pavón y/o el historiador José Antonio Portuondo.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.