La ciudad en la colina: la Revolución como mito puritano
La historia de La Revolución cubana ya no es contada por sí misma. Ha tenido tanta ―pudiéramos decirles «vidas»― que no se parece a lo que triunfó en 1959. Para la izquierda mundial ―la que organiza flotillas y otros eventos solidarios― Cuba es un «ejemplo de resistencia contra el Imperialismo norteamericano». La narrativa se sostiene en el marco de la geopolítica sin ningún esfuerzo. Incluso, se sustenta desde los presupuestos ideológicos de Estados Unidos. No es necesario ser un marxista comprometido ―o anarquista― para cuestionar la política hostil. La tradición aislacionista ―esencialmente pacifista― ve con malos ojos las aventuras militares foráneas; pero hay una gran distancia entre cuestionar la política exterior del propio Estado y apoyar un modelo político foráneo.
Estados Unidos es una sociedad de contrastes brutales. En ella conviven el conservadurismo más extremo con los presupuestos más ultraliberales (en un sentido moral y práctico) que se puedan concebir. Es el país donde se da el Movimiento Carismático ―concentrado en el Cinturón Bíblico― en contraposición a los desfiles del Orgullo Gay. Ambos responden a necesidades del espíritu (entendido como una continuación del cuerpo) y son soluciones que superan lo meramente individual para entrar en el ámbito de lo comunitario.
La izquierda norteamericana también enfrenta esa problemática ―la justicia social parte del reconocimiento de la otredad― a la vez que trata de romper una lógica de funcionamiento que opera a nivel de idiosincrasia; el núcleo de la identidad estadounidense como paradigma de sociedad orientada al mercado. Estados Unidos es la primera nación moderna. Surge como un proyecto liberal y, en esencia, capitalista. La pregunta a responder es: ¿qué significa el socialismo allí y cómo se inserta Cuba en ese imaginario?
El American way
Definir a Estados Unidos a lo interno es, cuando menos, difícil. El núcleo primario ―los Padres Peregrinos― se ha convertido en referente a lo largo de cuatrocientos años de búsqueda de identidad. Es mito fundacional. América es el lugar donde se puede vivir de acuerdo a la propia conciencia según los designios de Dios que nunca abandona a sus elegidos. Thanksgiving, la segunda festividad más importante en el país, sintetiza varias ideas. Según la mitografía, se recogen los frutos de una cosecha abundante tras un primer año de mortandad elevada. Se cumple tanto la predestinación como la ética del trabajo señalada por Weber. Plymouth demuestra ser «la ciudad en la colina», lo que le impone una responsabilidad moral respecto al mundo.
El detalle interesante, quizás nublado por la mitología, es que la colonia de Plymouth ―en comparación con Massachusetts Bay― sí era un espacio con mayor tolerancia para la disidencia. Por otro lado, aquella teocracia más estricta mantuvo un énfasis en la propiedad comunitaria y estableció leyes para garantizar el acceso a la educación (Old Deluder Satan Act de 1647) creando, además, una institución que llega hasta nuestros días: Harvard College. Por supuesto, aquello tenía una justificación teológica; la lectura de la Biblia requería una población alfabetizada, y un ministro debe ser capaz de entender hebreo, latín y griego. Incluso en nuestros tiempos, no es un logro menor.
Pero más radical aún fue el experimento de Providence Plantations (después Rhode Island). Su fundador, Roger Williams, era un expulsado tanto de Massachusetts Bay como de Plymouth. Planteaba una idea que destruyó las bases de los proyectos coloniales que le precedían: «la religión verdadera no necesita las armas del príncipe para sostenerla». En la nueva colonia se establecieron los cuáqueros, bautistas, judíos y antinomianos. Estos últimos eran dirigidos por Anne Hutchinson, una mujer, algo considerado una herejía y contrario a las escrituras. Más allá, Williams se negó a aceptar la autoridad de la corona para otorgar tierras pertenecientes a los nativos, y las compró en lo que consideraba un acuerdo justo; incluso, impulsó leyes que limitaban la esclavitud.
El siglo de Martí
El XIX hereda de su predecesor una voluntad que ―como en Baudelaire― solo puede tildarse de «luciferina». En Estados Unidos se exacerba ese impulso. La expansión hacia el Oeste fue hecha con la certeza total de que era obra de Dios y, por tanto, plenamente justificada. Hay mucha literatura que propone fundamentos. «La Ciudad en la colina» se ha transmutado en el «destino manifiesto», que se impone a través de fuego, sangre y acero. Incluso, del otro lado del Atlántico, Marx y Engels lo ven como un proceso de «colonización sistemática» dirigido hacia la acumulación de tierras. El flujo de emigrantes europeos que viene a insertarse como fuerza productiva trae ideas que cuestionan la legitimidad de la creciente industrialización. El evento más conocido, en cuanto a lucha de clases, es la Revuelta de Haymarket, pero no es, ni de cerca, el más sangriento. La masacre de Thibodaux dejó entre treinta y sesenta trabajadores cañeros muertos por hacer una huelga reclamando pago en metálico y no en vales de compra.
Martí vivió quince años en los Estados Unidos. Su relación con ese país pasa por diferentes etapas. El idilio primero termina en el planteamiento antiimperialista radical. Es difícil negarle un fundamento empírico a su posicionamiento. Todo parece indicar que, a pesar de que sus propuestas ―con un aire sospechosamente alegórico que recuerda a los predicadores protestantes― no son concretas, sí sabe lo que no quiere: «(…) que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso».
La profecía cumplida
Decir que Cuba era una neocolonia de EE.UU., obscurece bastante la realidad política de ambos países. El paraíso turístico de los yanquis era, de acuerdo a los estándares del período macartista, una «guarida de rojos». Muchos de los cuadros de la Revolución―Blas Roca, Lázaro Peña, Carlos Rafael Rodríguez― fueron reciclados no por su trayectoria revolucionaria sino por sus méritos, esencialmente, como políticos conservadores. Y la realidad es que ambas economías estaban tan conectadas que, sin lugar a dudas, la Isla era un tema de importancia geoestratégica para Washington (más allá de los precedentes).
La Revolución es ―para la izquierda norteamericana― un producto fácil de consumir. La relación del ciudadano promedio de aquel país con el Estado pasa por dos niveles. El primero es en cuanto a la inserción en las lógicas del sistema y cada Estado de la Unión es un universo (legislaciones; sistemas de seguridad social y educativos; mercados distintos). El segundo nivel se da en la política exterior, y en él se difuminan las individualidades (también se instrumentaliza la represión política). Los Estados Unidos es un poder unívoco; el Imperio «revuelto y brutal» que manda a su proletariado a guerras o lo reprime. En ese último ámbito, aparece la imagen de Cuba como una vía de evasión. Literalmente, fue espacio de refugio para perseguidos políticos durante la Guerra Fría.
Todos los ojos miran a la Isla como si fuera una «ciudad en la colina». Les resulta, aparte de familiar, un lugar excepcional. ¿En qué consiste? Pues en el hecho de que ha logrado soportar la hostilidad de Estados Unidos por casi setenta años con un sistema social que trasciende la ambición personal ―lo que llaman socialismo― y se ha mantenido. Tiene un sistema educativo de alta calidad (al menos lo tuvo) y acceso gratuito a la atención médica. Lo cual quiere decir, para sus apologistas, que están «del lado correcto de la historia» (como si fuera el Dios bíblico). Si algo no funciona, por supuesto que es responsabilidad del bloqueo que, en este caso, conecta con la idea del pecado original en forma de «culpa blanca».
Más que un espacio para la solidaridad, lo que hallan los norteamericanos de izquierda en Cuba es una reafirmación de su propia superioridad moral e ideológica y una continuidad sublimada del impulso colonizador. Es un escape a la realidad de que viven en un sistema que los supera. También es un retorno a su propio origen, que es reaccionario por definición, pero ofrece la ventaja de proyectar sobre otro lo que no se quiere reconocer en uno mismo. El legado puritano ha sido un argumento de validación ideológica comparable a la idea de la «continuidad de la lucha revolucionaria». Esas primeras comunidades tenían prácticas muy horizontales ―sobre todo en comparación con la metrópolis inglesa― pero también fueron el germen de una expansión violenta. Para la izquierda norteamericana ―generalmente antiimperialista― no es algo que pueda defenderse explícitamente.
A todas estas, los cubanos no existimos. Existe Cuba (la imagen ideal, el relato gubernamental) y existen los Estados Unidos. Lo que queda fuera de la propaganda castrista ―creada casi que en función de buscar apoyo en la izquierda internacional― es, por mera contraposición binaria, «propaganda de la derecha».
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.