Los futuros partidos políticos en Cuba

¿Partidos políticos en Cuba? ¿En plural? Este título requiere un régimen político que haya dejado de ser unipartidista, y ofrezca libertades de expresión, asociación, y elecciones libres y competitivas, dando opción a que la oposición pueda ganar. No pretendo especular en cómo llegar a ese escenario, sino que asumiré su existencia. Este artículo repasa elementos de la historia nacional para identificar qué tipo de partidos puedan surgir, y especula sobre la posible aparición de distintos tipos de partidos. Retomo y modifico ideas preliminares presentadas en publicaciones anteriores. Mi argumento contempla un futuro sistema multipartidista, tal vez con seis partidos, con mayor probabilidad de polarización, y posiblemente marcaría la primera vez en la historia de Cuba sin un «partido de poder» que sirva de ancla de un nuevo gobierno.

Según Juan J. Linz, para esta tarea se debe analizar los clivajes políticos construidos sobre los clivajes sociales subyacentes, y el, o los, partidos políticos existentes en los últimos momentos del régimen autoritario. Espero mostrar que Cuba ha tenido poca experiencia de politización de sus clivajes sociales para formar o sostener partidos; examino diferencias raciales, de clases sociales, religiosas, y regionales, así como cambios a lo largo del tiempo.

Desde el período republicano, dos clivajes políticos han perdurado: la política de intransigencia frente a la transaccional, y el rol institucional del «partido de poder». El Partido Liberal primero y a partir de los 1960s el Partido Comunista de Cuba (PCC), han sido claves de la gobernabilidad de Cuba. Partido de poder se refiere a un articulador de coaliciones sin el cual es difícil establecer, organizar y mantener un gobierno. Tal partido no requiere ganar la mayoría de los votos, pero su participación es esencial para sostener un gobierno estable.

Partidos políticos antes de 1959

En las cuatro elecciones nacionales consideradas más libres antes de 1959 (1944 y 1948 para presidente y Congreso, y 1946 y 1950 para el Congreso), entre el 42 y 56 por ciento de los diputados resultaron reelegidos.(1) Esto demuestra que no se trataba de partidos efímeros, sino de organizaciones políticas sólidas.

Las últimas elecciones presidenciales libres fueron en 1948, con cuatro partidos o coaliciones en contienda por la presidencia, y resultados similares en las seis provincias. Cuba carecía de un partido que fuera fuerte solamente en una región. La coalición gobernante, Auténtico-Republicana, ganó entre el 54.5 y 41.5 por ciento de los votos en las provincias. La Liberal-Demócrata alcanzó un promedio nacional de 30.4 por ciento, estable en cinco de las provincias, con variación solo de tres puntos porcentuales. El Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y el Partido Socialista Popular (comunista) compitieron solos; lograron mayor respaldo en las provincias de La Habana y Oriente, pero su enfoque seguía siendo nacional. Los Ortodoxos se oponían a la corrupción; su discurso era orgullosamente «intransigente», y obtuvieron un sexto del voto nacional. (2) Los comunistas, vinculados a los sindicatos, sumaron el 7.5 por ciento del voto.

Hay tres conclusiones. Apelar a intereses regionales o sindicales generaba pocos votos; la lucha era por el poder nacional, no regional ni de clase. El Partido Liberal, el primer partido de poder, formó parte de la coalición de gobierno bajo siete de los diez presidentes elegidos entre 1902 y 1958, siendo con los comunistas los únicos en superar divisiones raciales. Y la intransigencia ha tenido un impacto duradero. Hizo eco en la década revolucionaria en los 1960s: la denuncia del turismo decadente, el valor de los incentivos morales, la construcción de un «hombre nuevo», y la reclusión de homosexuales en campos de trabajo forzado.

Clivajes sociales: latentes, pero sin partidos

Antes de las elecciones de 1952, anuladas tras el golpe de Estado del 10 de marzo, la preferencia electoral de los votantes de clase alta se inclinó hacia el candidato del Partido Auténtico, seguido por el apoyo a los Ortodoxos; mientras que en los votantes de clase baja hubo un virtual empate entre los Auténticos y Fulgencio Batista, con los Ortodoxos en tercer lugar. Cabe destacar que, salvo el caso de los comunistas, cuya estrategia tuvo poco efecto, ningún candidato ni partido realizó apelaciones diferenciadas dirigidas a los distintos estratos sociales.

En la convención constituyente de 1940 se debatió la relación entre la Iglesia Católica y el Estado. (3) La Iglesia bloqueó unas posibles restricciones, pero su arraigo social era débil. Según la Agrupación Católica Universitaria, en 1954 solo el 24 por ciento de los católicos asistía a misa. Cuba era un país laico, la religión no sustentaba un partido significativo. Un pequeño partido Demócrata Cristiano, fundado en los 1950s, nunca compitió en elecciones libres.

El principal clivaje social era racial, con una persistente desigualdad de ingresos entre blancos y negros. Desde fines de los 1930s, sin embargo, ningún partido basó su apoyo en criterios raciales. Tras la represión en 1912 del Partido Independiente de Color (fundado en 1908), la ley proscribió partidos raciales. Desde principios del siglo veinte, el Partido Liberal incluyó políticos afrodescendientes en cargos importantes, como el Senador Martín Morúa, quien auspició esa legislación. Liderazgos destacados, como el presidente Batista y el líder del PSP, Blas Roca, eran mulatos activos en partidos multirraciales.

Después de 1959

Tras la revolución, las diferencias de región, clase, religión y raza siguieron siendo insuficientes para formar partidos sobre esos posibles clivajes. Aunque subsisten desigualdades regionales, sobre todo las mejores condiciones en La Habana, las diferencias entre las demás provincias han sido modestas, y poco propicias para partidos regionalistas.

Después de desaparecer la Unión Soviética y sus subvenciones a Cuba, aumentaron las desigualdades económicas y sociales. La pobreza resurgió y la movilidad social disminuyó. Sin embargo, el PCC ha enfatizado derechos universales de acceso a servicios públicos, y se define como el partido de la nación cubana, evitando enfoques exclusivamente clasistas.

El enfrentamiento entre el gobierno y el PCC con las comunidades religiosas, tenso en los 1960s, se ha relajado. En este siglo, las iglesias realizan labores misioneras, publican revistas y han opinado sobre temas de alcance nacional, como su oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo (1 y 2). Desde los 1980s, la asistencia a misas y otras prácticas sacramentales incrementó, aunque no supera los niveles previos a 1959. Los obispos se han abstenido de patrocinar organizaciones políticas.

Las circunstancias raciales cambiaron más. A principios de los 1980s, las diferencias entre negros y blancos se habían eliminado, según indicadores como la esperanza de vida y la finalización de la educación secundaria. En el presente siglo, estudios evidencian que persisten inequidades asociadas a la raza, aunque resultan menos pronunciadas que las brechas económicas, etarias, o de género. Perduran expresiones de prejuicios raciales y una insuficiente representación proporcional en altos cargos gubernamentales y en el PCC; continúa vigente la prohibición de un partido basado en raza. Las afirmaciones identitarias afrodescendientes se expresan mediante la música, las artes plásticas, la literatura, y la religiosidad, mientras que en el ámbito político las demandas suelen formularse en términos de sus derechos como ciudadanos cubanos, no bajo criterios raciales. Un partido político basado en raza sigue siendo improbable.

Cuba probablemente carecerá de partidos que apelen a región, religión, clase social, o raza; aunque distintos partidos obtendrán apoyos variables entre estas categorías sociales.

La oposición y un partido de poder

La oposición, en gran parte, se encuentra fuera del país. La «exportación» del descontento ha sido política gubernamental desde 1960. Esa emigración se intensificó en 2020-2024, marcados por la pandemia de COVID-19, y protestas masivas especialmente en julio de 2021. La población disminuyó en 1.4 millones de personas en ese lapso. La crisis estimuló la emigración, en vez de consolidar una oposición interna. Oswaldo Payá, el líder opositor más eficaz, quien logró reunir miles de firmas en una petición política, falleció en 2012.

Ese vacío demográfico y político facilita que el PCC se convierta en un partido de poder. Un ejemplo es Vladimir Putin en Rusia. Aunque el Partido Comunista ruso está en la oposición, muchas figuras de sus épocas pasadas, incluido Putin, integran un nuevo partido de poder. La ideología importa poco, pero la recuperación del orgullo nacional importa más. El Partido Comunista Chino, otro partido de poder, implementó con éxito cambios en sus políticas económicas y fortaleció el nacionalismo. En Rusia y China, las autoridades reprimen cuando lo estiman necesario.

El PCC por muchos años se ha parecido a un partido de poder, integrando tendencias opuestas sobre políticas de mercado, relaciones con los Estados Unidos, y regulaciones sociales. Fue evidente al inicio de las dos principales contrarreformas que suspendieron políticas más favorables a una economía de mercado, la llamada Rectificación de 1985-1986 y la sinnombre que comenzó a fines de 2015 e impidió también responder eficazmente a la brevísima apertura en las relaciones con Estados Unidos. Fue evidente otra vez cuando se introdujeron cambios en 2021 en respuesta a protestas nacionales masivas, y cuando se detuvieron o socavaron en parte en meses posteriores. Este PCC se enorgullece de desafiar a EE.UU., defender la soberanía, haber jugado un papel mundial, sobrevivir adversidades, inclusive el colapso de la Unión Soviética y los regímenes comunistas europeos; y promover el orgullo nacional de ser cubano y los medios para la cohesión nacional, incluyendo la integración racial.

Ha transferido la presidencia de Fidel a Raúl Castro y a Miguel Díaz-Canel. Su dirección es ahora menos unipersonalista y más heterogénea, con decisiones claves, reservadas informal pero decisivamente, que quedan en manos de Raúl Castro, y otras decisiones bajo una dirección más colectiva que antes de 2018.

En casi todos los países europeos que transitaron del comunismo autoritario hacia sistemas democráticos, los antiguos partidos comunistas siguieron existiendo, participaron en elecciones democráticas, y algunos se moderaron, ganando algunas elecciones, y demostrando ser capaces de gobernar y promover reformas.

Sin embargo, la estructura del PCC está pensada para gobernar y respaldar al gobierno. Carece de experiencia en elecciones competitivas. En un estudio de una elección entre candidatos a delegados municipales, solo el dos por ciento de 150 votantes encuestados consideraron la membresía en el PCC como cualidad «deseable» en un candidato. Los votantes preferían candidatos con buena reputación personal y profesional entre amistades y vecinos. Es notable que la mayoría de los elegidos fueron miembros del PCC: el PCC como institución ofrecía poco valor, pero sus miembros eran respetados. En una elección nacional libre y competitiva, el PCC puede perder porque carece de experiencia para obtener el respaldo del electorado, su marca atrae pocos votantes, y sus mejores candidatos pueden desertar dada la debilidad de la marca.

Los resultados de las elecciones para la Asamblea Nacional en 2018 y 2023, señalan que aumentó el ausentismo electoral y los votos en blanco. Los candidatos con raíces municipales fueron más votados que los candidatos cuyas tareas eran nacionales. Gobernadores, primeros secretarios del PCC en las provincias, y generales, fueron quienes obtuvieron menos votos en 2023 en comparación con 2018. Un PCC ya debilitado puede dividirse entre sus tendencias.

Las cuatro caras del PCC y la diáspora

Un núcleo partidista lucharía por continuar siendo el partido de poder, indispensable en cualquier coalición política, aunque sin los privilegios del monopolio que históricamente el PCC ha ostentado. Sin embargo, existen alternativas. Una, observable en el PCC del actual siglo, evoluciona rumbo a un partido socialdemócrata, que promueve una economía de mercado, buenas relaciones con EE.UU., y la búsqueda de la prosperidad, procurando preservar lo más posible las políticas de educación y salud pública que la población espera.

Otra opción es un izquierdismo intransigente, que privilegia su ideología histórica, rechaza la economía de mercado y la influencia de EE.UU.; se convierte en un partido antisistema democrático (como el partido comunista checo). Su lema sigue siendo «socialismo o muerte». Una cuarta es la respuesta patriotera, que enfatiza la defensa de la nación y rechaza influencias externas (ejemplos: Rusia y Serbia). «Patria o muerte» es la consigna. Fidel Castro pudo representar las dos últimas corrientes.

Estos cuatro partidos evocan la Cuba prerrevolucionaria. El partido de poder recuerda al Partido Liberal; el socialdemócrata, al PSP de los 1940s; los intransigentes, a los Ortodoxos; los patrioteros, a algunas protestas nacionalistas de 1920-1950.

Sin embargo, después de 1959 surge un factor nuevo: la gran diáspora. En una encuesta realizada en 2014, se preguntó a la población de origen cubano en el sur de la Florida si, tras un cambio del régimen político en Cuba, invertirían en negocios privados en Cuba o regresarían a vivir al país. Entre quienes llevaban muchas décadas en EE.UU., las respectivas respuestas fueron el 23 y el 21 por ciento. En contraste, entre los migrantes llegados después de 1995, estas cifras aumentaron al 56 y 34 por ciento. Hay, además, una larga historia de esfuerzos cubanoamericanos por intentar incidir en la política cubana sin retornar físicamente al país.

Derivado del Miami cubanoamericano contemporáneo, se puede concebir un partido de empresarios, que promueve inversiones y crecimiento económico, junto a otro con ánimo de revancha, enfocado en recuperar bienes expropiadas y sancionar a quienes participaron en el antiguo régimen. Algunos miembros de la diáspora regresarían, pero la mayoría influiría desde fuera, financiando campañas por televisión, radio, redes sociales, y otros medios. Estas acciones pueden dar origen a partidos pequeños motivados por incentivos externos; habrá votantes en Cuba que buscarán respaldo en Miami para alcanzar el futuro que desean.

Un multipartidismo inestable

En la primera versión de este artículo, redactado en 2015, el partido de poder parecía encaminado a obtener buenos resultados electorales, debido a los cambios económicos promovidos por Raúl Castro, llamados Lineamientos, y el acercamiento entre Cuba y EE.UU. por los acuerdos entre Raúl Castro y Barack Obama. La prosperidad era imaginable bajo un viejo PCC en tránsito hacia un partido de poder desideologizado. Ahora, ese resultado parece mucho menos probable.

Durante la presidencia de Miguel Díaz-Canel, quien además se desempeña como primer secretario del PCC, los soportes del PCC se debilitan. Entre 2018, primer año de su presidencia, y 2024, el producto interno bruto (en dólares a precios constantes de 2018) cayó un 11 por ciento. La pandemia del COVID-19 produjo el primer gran bajón, pero la economía continuó contrayéndose incluso después de 2022. Además, frente a la acumulación de montañas de basura en las vías públicas, dificultades para acceder a medicamentos, escasez alimentaria, y el inmovilismo oficial, renuente a adoptar reformas fundamentales, surge la pregunta: ¿quién desea otorgarle el poder a tal partido? También la represión estatal de las protestas nacionales de julio de 2021, que incluyó acusaciones de sedición y penas de prisión prolongadas para manifestantes, evocó episodios represivos que no se observaban desde principios de este siglo.

En un país sin un partido de poder ―ancla de un nuevo gobierno―, con una economía en ruinas y graves dificultades de reconstrucción, la polarización aumenta entre intransigentes, revanchistas, empresarios, y patrioteros respecto a múltiples temas. El partido socialdemócrata, que promueve una democracia liberal y una economía de mercado vinculada a EE.UU., genera conflictos con otros partidos. Puede surgir una coalición con los empresarios, pero difieren en prioridades: los socialdemócratas valoran la política social y la igualdad, mientras los empresarios apuestan por la austeridad fiscal y monetaria. ¿Añorarían un partido de poder en tal coalición, que lograra una concertación más eficaz? Ese escenario parece menos probable

¿Transitará Cuba del unipartidismo autoritario a la polarización y la parálisis? ¿Podrá formarse una «coalición de poder» entre socialdemócratas y el partido de los empresarios? Con una población envejecida, ¿los jubilados impulsarán o frenarán el cambio? ¿Respaldarán a los intransigentes para evitar cambios, o a quienes buscan unir fuerzas entre liberales y socialistas?

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(1) Calculado a partir de Mario Riera, Cuba Política, 1899-1955 (La Habana: Impresora Modelo, 1955).

(2) Grupos de Propaganda Doctrinal Ortodoxa, Doctrina del Partido Ortodoxo (La Habana: Fernández, 1951).

(3) Gustavo Amigó, “La Iglesia católica en Cuba”, Revista javeriana 28:138 (1947).

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Jorge I. Domínguez

Escritor y profesor. Erudito en estudios latinoamericanos, enseñó en la Universidad de Harvard de 1972 a 2018.

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