Habermas en La Habana

Ha muerto Jurgen Habermas, acaso el último representante de una Escuela de Frankfurt cercana —aunque crítica, desde su apuesta por la defensa de la Modernidad ilustrada y la democracia liberal— a las ideas y personas de sus fundadores.

Recuerdo haber leído los primeros textos de su vasta obra (en concreto La transformacion estructural de la esfera pública), mientras impartía clases de Historia del Pensamiento Político a los estudiantes de Periodismo y Comunicación Social, en La Habana de inicios de siglo. Para entonces, Habermas se nos aparecía a varios jóvenes profesores como una oportunidad para avanzar, desde espacios de reformismo intelectual, una crítica doble del sistema del socialismo de Estado y de la alternativa neoliberal. Mucho ha cambiado desde entonces —en la Isla y en quienes participábamos en esos espacios— pero los recuerdos de aquellas experiencias vuelven a mi mente a raíz de la muerte del filósofo.

Las ideas de Jürgen Habermas constituyen sin duda uno de los desarrollos más creativos, abarcadores e influyentes de la teoría democrática contemporánea. Su propuesta de democracia deliberativa, su conceptualización de la esfera pública y su defensa de un constitucionalismo republicano y democrático descansan en presupuestos normativos exigentes: la centralidad del debate racional, la inclusión de la pluralidad social y la institucionalización de garantías jurídicas que limiten el poder. Nada de eso existe en Cuba hoy.

Semejantes principios resultan profundamente antitéticos con la ideología, las instituciones y el funcionamiento del régimen cubano, cuya lógica política se estructura en torno al monopolio del poder, la restricción del pluralismo y la subordinación del derecho a fines políticos. Sin embargo, como el sol que se alza sobre una mansión en tinieblas, los rayos del pensamiento habermasiano se colaron a través de ciertas rendijas, iluminando y calentando las ideas y esperanzas de varias generaciones intelectuales distantes del cinismo, el cansancio y el compromiso burocrático.

Un modelo y una realidad incompatibles

Quiero reiterar una tesis central: el legado habermasiano es incompatible con el modelo totalitario de un régimen leninista como el cubano. En especial, debemos recordar que Habermas desarrolla su teoría de la democracia deliberativa de manera sistemática en Facticidad y validez (1992), donde sostiene que la legitimidad democrática no emana únicamente del voto o de la voluntad mayoritaria, sino de procesos comunicativos inclusivos en los que los ciudadanos participan en condiciones de igualdad.

La democracia, entendida en este sentido amplio por Habermas, no es solo un mecanismo de agregación de preferencias, sino un procedimiento discursivo en el que las normas adquieren validez a través del intercambio racional de argumentos. Pero para que este modelo funcione, es indispensable la existencia de libertades civiles efectivas —expresión, asociación, prensa— y de una estructura institucional que garantice la autonomía de la sociedad civil frente al Estado.

En contraste con lo anterior, el régimen cubano se ha definido históricamente por la negación de los presupuestos habermasianos. La ideología oficial del castrismo —mezcla de marxismo-leninismo, nacionalismo autoritario y caudillismo—, subordina la pluralidad política a la unidad ideológica.

Es cierto que la Constitución vigente —como su antecesora de 1976, reformada en 1992— reconoce formalmente ciertos derechos, pero los condiciona al mantenimiento del orden socialista; lo cual limita estructuralmente la posibilidad de disenso. En lugar de un espacio deliberativo abierto, el sistema político cubano privilegia formas de participación controlada, movilizativa y consultiva, donde el debate público está mediado por organizaciones vinculadas al Estado y por un partido único que monopoliza la representación política y no deja espacio a la autonomía e iniciativa de la gente.

Esta tensión es más evidente aún al considerar la noción habermasiana de esfera pública, desarrollada inicialmente en La transformacion estructural…, a la que Habermas define como un ámbito intermedio entre el Estado y la sociedad donde los ciudadanos deliberan libremente sobre asuntos de interés común. Este espacio requiere autonomía frente al poder político y económico, así como la existencia de medios de comunicación independientes que faciliten la circulación de información y opiniones diversas. En el caso cubano, la esfera pública está profundamente restringida; los medios de comunicación tradicionales son propiedad estatal o están bajo su control directo, lo que limita la diversidad de voces y perspectivas.

Aunque en años recientes han surgido espacios alternativos —particularmente en el ámbito digital— estos enfrentan regulaciones, vigilancia y sanciones que dificultan su consolidación como verdaderos foros deliberativos. Y, en el caso de otros que otrora prometían ser espacios de un debate tendencialmente abierto —como Último Jueves de la revista Temas—, se ha mantenido enclaustrado en sus paredes, su público y sus líneas rojas; conservadurizándose en la misma medida en que la sociedad a la que debería dar cabida se desconecta paulatinamente de las narrativas oficialistas.

Resumiendo: en Cuba, la ausencia de garantías plenas para la libertad de expresión y la asociación independiente impide la formación de una esfera pública robusta en el sentido habermasiano. Además, la estructura organizativa del sistema político cubano refuerza esta limitación: las organizaciones sociales y de masas, lejos de constituir actores autónomos de la sociedad civil, funcionan como mecanismos de movilización y control político. Esto contrasta con la concepción habermasiana de una sociedad civil vibrante y plural, capaz de generar opinión pública crítica y de influir en la toma de decisiones políticas.

En el modelo cubano, la opinión pública no emerge de la deliberación libre, sino que es en gran medida producida y canalizada por el aparato estatal.

Derechos del Estado vs. Estado de derecho

Otro pilar relevante del pensamiento de Habermas es su defensa de un constitucionalismo republicano y democrático. En The Inclusion of the Other (1996), el filósofo subraya la importancia de un orden jurídico que garantice tanto los derechos individuales como la participación política, integrando a los miembros de la comunidad en un proceso inclusivo de formación de la voluntad colectiva. Este constitucionalismo implica la separación de poderes, la independencia judicial y la sujeción del Estado al derecho.

En Cuba, sin embargo, el constitucionalismo presenta características que lo alejan de este ideal. Aunque existen instituciones formales —como la Asamblea Nacional y los Tribunales— estas carecen de autonomía efectiva frente al poder político central. La ausencia de competencia partidista y la subordinación del sistema judicial al aparato estatal limitan la capacidad de estas instituciones para actuar como contrapesos. El Derecho, en lugar de constituir un marco normativo que limita el poder, funciona en gran medida como instrumento para la implementación de decisiones políticas previamente definidas.

Asimismo, el proceso legislativo cubano no responde a dinámicas deliberativas abiertas. La participación ciudadana en la elaboración de leyes es limitada y se canaliza a través de mecanismos controlados, como consultas organizadas por el Estado. Aunque estos procesos pueden involucrar amplios sectores de la población, no cumplen con los criterios de deliberación libre e inclusiva que Habermas considera esenciales para la legitimidad democrática. La ausencia de un debate público plural y de una oposición política organizada, reduce la posibilidad de que las leyes reflejen un consenso racionalmente motivado.

La incompatibilidad entre el pensamiento de Habermas y el régimen cubano también puede analizarse desde la perspectiva de la relación entre Estado y ciudadanía. Para el filósofo, los ciudadanos son coautores de las normas que los gobiernan, participando activamente en su formulación a través de procesos deliberativos. Esta concepción presupone una ciudadanía autónoma, capaz de cuestionar al poder y de organizarse colectivamente para influir en la política. En el contexto cubano, la ciudadanía se encuentra en una posición más pasiva y subordinada. Aunque existen canales de participación, ellos están diseñados para reforzar la legitimidad del sistema más que para permitir una verdadera coautoría de las normas. La falta de pluralismo político y de garantías para la organización independiente limita la capacidad de los ciudadanos para actuar como sujetos autónomos en el proceso político.

Resistencias en los márgenes

La teoría de la acción comunicativa y la concepción de la esfera pública elaboradas por Jürgen Habermas, han sido tradicionalmente asociadas a contextos democráticos en los que la deliberación racional, la inclusión y la autonomía cívica pueden desplegarse institucionalmente. Sin embargo, una lectura más matizada permite advertir que dichos principios no son enteramente dependientes de un orden liberal consolidado. Incluso en contextos autoritarios como el cubano, caracterizados por la censura, la represión y la colonización de la vida pública por el poder estatal, pueden emerger formas incipientes —aunque frágiles— de racionalidad comunicativa en lo que podríamos denominar «microesferas públicas disidentes».

Estas microesferas surgen en los intersticios del control estatal, en espacios tolerados, ambiguos o parcialmente invisibles para el poder. Pueden adoptar la forma de círculos intelectuales, redes culturales, grupos académicos, comunidades religiosas o plataformas digitales semiclandestinas. En tales ámbitos, actores sociales relativamente autónomos se reúnen para intercambiar argumentos, interpretar críticamente la realidad y generar consensos parciales, basados no en la coerción sino en la fuerza del mejor argumento. Aunque limitadas en alcance y vulnerables a la intervención estatal, dichas prácticas encarnan, en germen, la ética discursiva habermasiana. Mientras escribo, recuerdo los espacios de debate semiautónomos creados por estudiantes y profesores al amparo de las instituciones —hubo varios en la Facultad de Comunicación—, y otros un poco más desconectados e independientes —la Escuelita itinerante en la orilla del Almendares y el parque H y 21—, que tanto dolor de cabeza dieron a los burocratas y agentes encargados de vigilarlos.

La clave de este fenómeno radica en la distinción entre sistema y mundo de la vida, central en la obra de Habermas. Mientras el sistema —en contextos autoritarios— tiende a imponerse mediante mecanismos de poder administrativo e ideológico; el mundo de la vida conserva reservas de sentido, solidaridad y comunicación no instrumentalizada. Es precisamente en este mundo de la vida donde pueden incubarse prácticas deliberativas que escapan parcialmente al control estatal.

Estas microesferas —que hoy se expresan en Spaces, grupos de Whatssap y Signal y otras comunidades virtuales, mayormente juveniles, desconectadas o enfrentadas al discurso oficial— funcionan como refugios de racionalidad comunicativa, donde los individuos ejercen competencias discursivas que el orden político dominante busca suprimir o canalizar.

Además, estas esferas no solo cumplen una función expresiva, sino también formativa. En ellas se socializan hábitos deliberativos, se construyen identidades críticas y se articulan lenguajes alternativos al discurso oficial. Así, contribuyen a la formación de sujetos capaces de participar en una eventual democratización. En este sentido, las microesferas públicas pueden ser vistas como laboratorios normativos donde se ensayan formas de ciudadanía que, aunque no plenamente reconocidas por el sistema político, anticipan y prefiguran órdenes más abiertos.

No obstante, conviene evitar una idealización excesiva. Estas microesferas están atravesadas por desigualdades, exclusiones y riesgos constantes. Su carácter fragmentario limita la capacidad de incidencia estructural, y su supervivencia depende a menudo de la tolerancia selectiva del régimen. Además, la vigilancia y la cooptación pueden distorsionar los procesos comunicativos, introduciendo dinámicas estratégicas que erosionan la racionalidad deliberativa. En nuestro caso, a estas limitaciones estructurales se suma una mezcla de sectarismo ideológico y elitismo académico que nos hacía considerar nuestros espacios y actividades una suerte de posición incontaminada/incontaminable, anclada en una tercera postura al margen del Partido Comunista y la oposición. Ingenuidad que, además de resultar injustamente insolidaria para con quienes se jugaban todo en la oposición al régimen, nos preparó poco y mal para cuando ese mismo aparato se lanzó en contra nuestra, declarándonos en público lo que nos catalogaba en privado: «desafectos», «contrarrevolucionarios», «enemigos».  

Un legado subversivo

Las ideas de Jürgen Habermas sobre democracia deliberativa, esfera pública y constitucionalismo democrático representan, en síntesis, las coordenadas de un proyecto político cuyo ideal normativo enfatiza la inclusión, la racionalidad comunicativa y la limitación del poder. Estos principios chocan frontalmente con la realidad del régimen autocrático cubano, caracterizado por la centralización del poder, la restricción del pluralismo y la instrumentalización del Derecho. Mientras Habermas concibe la democracia como un proceso abierto y dinámico de formación de la voluntad colectiva; el castrismo opera sobre la base de una concepción cerrada y jerárquica de la política.

A pesar de estas limitaciones, los principios habermasianos poseen una resiliencia normativa que trasciende las condiciones institucionales óptimas. No son meramente un producto de la democracia liberal, sino también una fuente potencial de transformación en contextos adversos. En suma, incluso bajo regímenes autoritarios como el cubano, la razón comunicativa puede encontrar formas de subsistencia y desarrollo en espacios marginales, incubando las condiciones culturales y cognitivas para futuros procesos de apertura política.

Esta confluencia de antítesis estructural y subversiones acotadas no implica necesariamente la imposibilidad de transformación, pero sí señala la magnitud de los cambios requeridos para acercar el sistema cubano a los estándares de una democracia deliberativa. Ello implicaría, entre otras cosas, la apertura de la esfera pública, la garantía efectiva de derechos civiles y políticos, y la reconfiguración de las instituciones para asegurar su autonomía y su capacidad de responder a la ciudadanía. En ausencia de estas condiciones, la brecha entre el ideal habermasiano y la realidad cubana seguirá siendo profunda, esencial y existencial.

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Imagen principal: Letras Libres.

Armando Chaguaceda Noriega

Politólogo e Historiador. Estudia los procesos de democratización en Latinoamérica y Rusia.

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