NO ES TIEMPO DE HEROES
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El grupo de poder prefiere convocar a la «resistencia heroica», a cerrar filas ante el enemigo, a «la Guerra de todo el pueblo», a firmar «por la Patria». La presencia «recrudecida» de ese enemigo le sirve de coartada para acusar de «vende patria» a todo el que se oponga; para no aceptar que el diferendo interno le es más perturbador que el externo.
Los tres vértices del triángulo de la «descastrificación» son simultáneos y se necesitan: sin justicia hacia los responsables, falta verdad; sin desmontaje interior del llamado «hombre nuevo», los hábitos del régimen sobreviven a su caída; sin tradición que la sostenga, la ciudadanía flota como barco sin amarras; y sin educación cívica, simplemente no hay ejercicio democrático posible.
Toda estructura de poder debería preguntarse en qué momento preservarse comienza a producir más daño que estabilidad. Llevar a alguien a dudar de sí mismo, a no sentirse merecedor de una mirada y una vida plenas, es una forma de abuso sostenido y una de las reducciones más dolorosas de la condición humana.
Hasta hace muy poco estábamos más cerca que nunca del fin de la dictadura, en el sentido estructural de que las condiciones materiales para que el sistema siguiera funcionando como hasta ahora se habían erosionado a niveles que no tenían retorno fácil. El régimen no va a caer, va a ser refinanciado. Y, además, con dinero y cobertura mediática estadounidense, en un acuerdo que firma su propio encierro futuro. Esa es la herida ética del análisis.
Si el parlamento cubano realmente representara los intereses de la ciudadanía, exigiría al gobierno la inmediata puesta en vigor de los derechos refrendados por la Constitución, proclamaría una amnistía general verdadera, y llamaría a un plebiscito real donde quede plasmado lo que en realidad piensa y quiere el pueblo. ¿Será eso posible? En realidad, no lo creo.