Raúl Guillermo, el último Castro

Aunque presentado como una entrevista exclusiva a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el trabajo publicado en USA Today es, en realidad, un perfil cuidadosamente construido. No está pensado para los cubanos, sino para moldear la percepción de una audiencia internacional, y muy particularmente estadounidense, sobre el hombre al que se intenta presentar como el posible rostro de una Cuba futura.

USA Today es una empresa de difusión de noticias y periódicos en el mercado medio en Estados Unidos. Su periódico ocupa el primer lugar por circulación, con una lectura diaria aproximada de 2.6 millones de personas. Mantiene una audiencia generalmente de centro-izquierda. Se distribuye en los cincuenta estados, Washington D. C. y Puerto Rico, y tiene una edición internacional en Asia, Canadá, Europa y las Islas del Pacífico. Posee 92 periódicos locales y agrupa servicios de publicidad en un alcance hiperlocal y nacional. Además, está asociada a importantes diarios regionales.

El equipo de periodistas que vino a Cuba, logró un material interesante que ha despertado indignación tanto entre disidentes como entre voceros oficiosos del gobierno cubano. Aun cuando permite apreciar los contrastes entre la pobreza de un país a oscuras y la opulencia del personaje, o cuando pone en duda varias afirmaciones del «entrevistado»; a lo largo del texto se hacen valoraciones como estas: «ejerce una influencia, autoridad y peso político difíciles de ignorar»; «está en posición de negociar el futuro de su país»; «podría convertirse en el puente entre ambos gobiernos; apenas ha comenzado a salir de la sombra de su abuelo, aunque fue preparado para liderar desde muy joven»; [es] «Un puente hacia los negociadores de Estados Unidos».

En un texto periodístico del género que sea, el cierre es crucial, pues es el lugar donde el trabajo deja su huella definitiva y orienta la interpretación con la que el lector abandona la lectura. En sus palabras finales, USA Today pretende convencer de algo increíble: Raulito, el Cangrejo, es la esperanza no solo de la clase política que él representa, sino del pueblo cubano:  

«Puede que Rodríguez Castro llegue o no a ocupar la cúspide del poder formal en la isla. Puede incluso que nunca logre concretar el acuerdo que ambas partes buscan. Pero, en cierto sentido, ya ejerce el mando.

En las reuniones con altos funcionarios cubanos, todos le ceden la palabra. Cuando recorre un pasillo, quienes lo ven se ponen de pie. En un restaurante, su mesa es la única ocupada.

Y cuando camina por la calle, los cubanos paran lo que están haciendo para seguirlo con la mirada».

Parece un trabajo por encargo. Y su lectura más incisiva permite identificar a otro destinatario ―quizá el principal― en el presidente Donald Trump. Ciertas características del nieto de Raúl Castro pueden serle simpáticas: no es un político tradicional, le gustan los lujos, las fiestas privadas, cantar y bailar, es mujeriego, su equipo favorito de la MLB es el mismo que el de Trump (los Yankees de Nueva York). Se deja incluso un reto abierto al egocéntrico presidente norteamericano cuando se asegura que «Raulito» es la pieza clave de un proceso cuyo desenlace «ha eludido a todos los presidentes de Estados Unidos desde 1959: el inicio de una nueva etapa para Cuba». Un perfil cosido a la medida para atraer el interés de Trump.   

Pero, ¿por qué es tan importante presentar a Raúl Guillermo ante la opinión pública mundial… y ante Trump?

Rencillas dinásticas

Raúl Castro tiene 95 años. Su avanzada edad ha coincidido con la crisis final del modelo económico y sociopolítico erigido hace casi siete décadas y con la situación geopolítica más desfavorable para el gobierno cubano en todo ese tiempo. Las protestas populares son crecientes, y si bien no han logrado quebrar al poder represivo, el poder tampoco ha logrado quebrarlas. La situación es crítica. El anciano general y su familia saben lo que puede suceder tras su muerte. Cuba se dirige como una monarquía, y en ellas, luego de que el jefe de la familia fallece, se desatan luchas por el poder.

Cuando Fidel enfermó, el propio Raúl se encargó de desarticular al grupo de personas que tenía mayor influencia en aquellos momentos. En apenas cinco meses, entre octubre de 2008 y marzo de 2009, destituyó, acusándolas de «corrupción», «ambición» y «papel indigno», a reconocidas figuras políticas de primer nivel que habían sido nombradas por Fidel, eran de generaciones más jóvenes y no eran militares; para entregar todo el poder y las finanzas del Estado en manos de su gente. Con toda lógica debe temer que ocurra algo similar cuando él no esté.

De los hijos de Fidel Castro, ninguno fue nombrado en puestos relevantes, y el más conocido de ellos, Fidel Castro Díaz-Balart, se suicidó en febrero de 2018, un mes antes de que el designado Díaz-Canel ocupara el puesto de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Del ala raulista, los más visibles en funciones fueron siempre Mariela Castro y su hermano Alejandro, pero ninguno de ellos es buen candidato ahora. Él representó a Raúl en las negociaciones de 2013-2014 ante el presidente Obama, que se estancaron en reformas lentísimas y parciales. Ella, prepotente y deslenguada, vive como una princesa, pero es crítica acérrima del imperialismo y de Trump ante cierto sector de la izquierda internacional; no sería nada creíble el giro de 180 grados que tendría que dar para montarse un personaje. Para colmo es mujer, lo que no es aceptable para un misógino.

Otro candidato factible hubiera sido el yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, el presidente de GAESA. Ya lo habían empezado a aupar dentro de la ficticia institucionalidad cubana ―lo nombraron miembro del Buró Político y diputado al Parlamento―, pero su prematura muerte en 2022 frustró el movimiento.

El heredero designado

Solo queda Raúl Guillermo, que pasó, de simple custodio del abuelo, a uno de los personajes con superpoderes del universo Marvel: se levanta a las cinco de la madrugada y revisa informes clasificados de los ministerios del Interior, Relaciones Exteriores y las Fuerzas Armadas; ayuda a supervisar GAESA, participa en algunas de sus operaciones y actúa como enlace entre el conglomerado y su abuelo; asesora sobre oportunidades de inversión, negociaciones y decisiones de política pública; en el último año viajó veintitrés veces a Panamá para buscar oportunidades de inversión.

La desesperación por presentar al nieto como el heredero más viable se explica también porque, a diferencia de lo ocurrido durante el traspaso del poder de Fidel Castro a su hermano, cuando Raúl ocupó los puestos de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y de primer Secretario del PCC; actualmente ambas responsabilidades están desempeñadas por Miguel Díaz-Canel, que no es miembro del grupo de poder. Mientras Raúl viva, todo está controlado, pero después, puede quedar un vacío en que la casta asociada a Raúl se sienta desprotegida. O quizás alguno de los ancianos Comandantes de la Revolución que aún quedan vivos reclamen para sí el «trono de hierro». A fin de cuentas, en términos de meritocracia, ellos están muy por encima del Cangrejo. Por cierto, uno de los más poderosos, Ramiro Valdés, falleció (estratégicamente) hace muy poco.   

La tarea es ardua. Trump ha dicho que está dispuesto a negociar y le están creando a un interlocutor. Para el enorme sector de cubanos que no tiene celular y no está en redes sociales, el Cangrejo no existe. Los que disponen de conexión a Internet, conocían hasta hace poco su existencia de lujos y lo único que lo vinculaba de algún modo a la vida oficial: servir de apoyo a su abuelo para evitarle un costoso tropezón. Hasta ahí. La embajadora de Cuba en Uruguay, en reciente entrevista, a la pregunta de quién era Raúl Guillermo Rodríguez Castro, respondió con una sonrisa nerviosa: «un custodio de su abuelo».

Si para nosotros era casi un desconocido, ¿que quedará para el resto del mundo? Fue solo después de lo ocurrido en Venezuela y del ultimátum de Donald Trump al gobierno cubano que empezó la construcción exprés del personaje. El grupo de poder se sabe rechazado por la ciudadanía, conoce que en cualquier momento puede ocurrir un nuevo estallido social de grandes proporciones; entonces necesita que el respaldo venga de fuera. Plattistas como son, desean que Trump acepte a su delfín por encima de algún dirigente que ocupe cargos oficiales en la institucionalidad oficial, y que para el grupo de poder ha sido siempre una puesta en escena.

Raúl Guillermo es tan torpe que le dice a un equipo de periodistas que lee diariamente informes clasificados, y también que sus viajes y vida lujosa se deben al desembolso de amigos adinerados, algo que en cualquier lugar del mundo podría llevar a una acusación de espionaje por el claro conflictos de intereses. Tampoco heredó la capacidad demagógica de sus antecesores, y en lugar de prometer «un vasito de leche», como su abuelo, dice que le gustaría que los cubanos pudieran «comprar foie gras en los supermercados».

Representa la degradación de un modelo político y de los hombres y mujeres que lo impusieron; pero, a la vez, es la defensa de ese modelo político. Porque nos habla del ritmo incesante de Nueva York, del romanticismo y la gastronomía de París y de la opulencia de Moscú, sin mencionar palabras como «democracia», «derechos» o «libertades».

Será un personaje con relativo poder dentro de su grupo, pero no con futuro, porque promete prosperidad a costa de mantener el rígido sistema político que su tío abuelo y su abuelo denominaron «principios de la Revolución», y que no es más que un sistema vertical y autoritario que destruyó las bases económicas de la nación y ha provocado un retroceso civilizatorio. La revolución de 1959 pretendía restaurar la democracia y rescatar gran parte de su suelo de manos extranjeras. Ninguno de esos objetivos se logró, no hay democracia y Cuba es más dependiente que nunca.

Los escandalizados voceros oficiosos que consideran las declaraciones del nieto de Raúl como «imprudentes», se preguntan dónde queda «la institucionalidad revolucionaria» y exigen que alguien «lo mande a callar», ¿fingen ingenuidad o de verdad están descubriendo la verdadera naturaleza del sistema político de este país?

No se trata de que el nieto de Raúl Castro sea el único que pueda representar los intereses de la nación cubana en una mesa de negociación con los Estados Unidos; se trata de la legitimación ante Washington de un vástago sin experiencia del grupo de poder, aunque abierto al desarrollo del capitalismo, por encima cualquier institución, para que cuando en poco tiempo la «generación histórica» desaparezca, continúe inmutable el sistema de exclusión política que ella creó.

Alina Bárbara López Hernández

Profesora, ensayista y editora. Doctora en Ciencias Filosóficas y miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba.

https://www.facebook.com/alinabarbara.lopez
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