Partido de Martí / Partido de Lenin

La intención de legitimar la existencia en nuestro país del partido único comunista considerando al Partido Revolucionario Cubano (PRC) uno de sus precedentes, corresponde al ámbito de la propaganda política, carece de sustentación histórica y presenta notables deficiencias conceptuales. Es erróneo expresar similitudes entre las concepciones martiana y leninista acerca de la organización política y omitir sus diferencias: orígenes, propósitos y pensamiento sustentador.

Partido Martiano

El pensamiento cubano tiene profundas raíces históricas. Sus más prestigiosas personalidades han argumentado los propósitos de lograr un país independiente y democrático. La participación de sectores mayoritarios de la población en un proyecto común, tanto político como cultural, constituye la garantía de estabilidad y fortaleza ante peligros y amenazas. José Martí se formó en esta tradición, y dejó un legado que sustenta las aspiraciones del presente.

El Partido Revolucionario Cubano es heredero de experiencias cubanas, antillanas, latinoamericanas y universales; su gestación, estructura y guía se deben al pensamiento y la actuación martianos. Sus bases ideológicas y políticas son el patriotismo y el independentismo, que implica el rechazo a toda forma de dependencia económica y política, de España, de Estados Unidos o de cualquier otro país.

Hallamos en sus filas a seguidores del liberalismo, el marxismo, el anarquismo, así como librepensadores; diferenciados solo por los matices en la manifestación de su fidelidad a la causa de la libertad. Su base social era multiclasista, mayoritariamente de origen popular, proveniente de sectores de trabajadores manuales e intelectuales de diversos oficios y profesiones, obreros tabaqueros de las emigraciones, así como de la pequeña burguesía y de la que puede considerarse la burguesía patriótica, formada principalmente por propietarios de tabaquerías. Tendrían cabida en el PRC todas las personas que acataran su programa, expresado en sus Bases, ingresaran a un club desde el cual laboraran y cotizaran, lo que permite su clasificación como un «partido de masas».

El objetivo esencial de dicha agrupación era preparar la guerra independentista de Cuba y auxiliar la de Puerto Rico, contra el colonialismo español, como medio para alcanzar la república democrática y justa, sustentada en la libertad individual y colectiva, condiciones indispensables para la emancipación humana. Desde la etapa organizativa del conflicto se crearon las condiciones político-ideológicas que las garantizaran. El Apóstol expresó que la nueva agrupación se fundaba «para poner la república sincera en la guerra, de modo que ya en la guerra vaya, e impere naturalmente, por poder incontrastable, después de la guerra». [OC., t. 1, p. 388]

 No existía pretensión alguna de que el PRC dirigiera la contienda bélica, por lo que la política unitaria y democrática borraría las prevenciones y desmentiría a quienes en Cuba le atribuían ambiciones de poder. Tampoco aspiraba a establecer la dirección política en la república que debía fundarse tras alcanzar la independencia, afirmación que no se encuentra en ningún texto de Martí, lo que no implicaba el alejamiento de sus deberes en las nuevas condiciones, pues manifiesta la convicción de continuar enfrentando, en la etapa post-bélica, las tendencias antidemocráticas encabezadas por aspirantes a privilegios. El objetivo supremo era fundar la república «con todos, y para el bien de todos». [OC, t. 4, p. 279]

Partido leninista

El concepto de «partido único» es ajeno al pensamiento cubano, antillanista y latinoamericano. Su origen se encuentra en el resultado de las luchas políticas europeas del siglo XIX. A principios del XX, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, creó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso —denominado Comunista en 1918— para combatir al régimen imperante y organizar al proletariado para la conquista del poder.

Una vez derrocado el zarismo, en febrero de 1917, el partido leninista participó, en igualdad de condiciones, en la convocatoria de diversas agrupaciones políticas para una Asamblea Constituyente que institucionalizara el gobierno democrático. Pero en los meses siguientes se impuso la opción insurreccional. La Revolución de Octubre determinó que los bolcheviques, encabezados por Lenin, asumieran el gobierno, que ganó fortaleza al conferir todo el poder a los soviets de obreros, soldados, campesinos y estudiantes.

 En el III Congreso soviético, en enero de 1918, se consolidó la acción de los bolcheviques con el apoyo de otras agrupaciones políticas. Hacia 1921 se había logrado una estabilidad suficiente que permitió la realización del X Congreso del Partido Comunista (PCUS), en el que prevaleció el criterio de prohibición de todo tipo de grupo, fracción o tendencia. El argumento era lograr la unidad interna, pero en la práctica se prohibían las expresiones de divergencia entre los militantes, so pena de ser expulsados de la agrupación. De tal modo, fue liquidada la democracia participativa: toda tarea de gobierno quedó concentrada en una élite de políticos profesionales.

El partido leninista, al no permitir el disenso ni la discusión de las orientaciones emanadas desde el Buró Político, hizo desaparecer la democracia interna de la agrupación, convirtiéndola en un aparato verticalista con una enorme estructura burocrática, hasta llegar a la degeneración dictatorial impuesta por Josep Stalin tras la muerte de Lenin, en 1924. Las bases partidistas y toda la población fueron apartadas de las decisiones, impuestas por dirigencias supuestamente eficaces.

Leninismo en Cuba

El partido comunista fundado en Cuba en 1925 respondía a esta tendencia, y quedó subordinado, como una sección, a la Internacional Comunista (Comintern). Desde su inicio priorizó el respaldo a las orientaciones emanadas del PCUS más que a las realidades nacionales. Esto explica, en parte, algunos de sus errores de interpretación y actuación, entre ellos su insignificante participación en la lucha armada contra la dictadura batistiana.

En los primeros años a partir de 1959, se creó la ilusión de desarrollar un pensamiento propio que hiciera realidad la fundación de una sociedad nueva, diferente a todas las conocidas hasta entonces. Pero la realidad despejó las incógnitas: con la creación en 1965 del Partido Comunista de Cuba, declarado único, contrario a compartir una mínima cuota de poder, fue liquidada la participación democrática en la dirección política al implantarse una dirigencia autoconsiderada infalible, opuesta a toda discusión, apoyada en estructuras verticales integradas por funcionarios dedicados al control de la sociedad y la represión de disidencias, reales o ficticias, inmunes a toda fiscalización, beneficiarios de las riquezas creadas por los trabajadores manuales e intelectuales, ante quienes no rinden cuenta alguna.

La llamada «democracia interna» es inoperante ante el aparato burocrático que impide, incluso a los militantes de base, la emisión de apreciaciones diferentes a las «orientadas» desde el poder central. Quienes creyeron poder influir de algún modo en el quehacer social desde la militancia en el único órgano partidista del país cometieron un grave error de apreciación. Martí lo había advertido, en su época: «Todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en casta. Con la casta, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas. Las castas se entrebuscan, y se hombrean unas a otras»; surgen del poder ejercido sin contacto con sus bases: «Los prohombres gloriosos, mantenidos por su buena fama en altos puestos, se habían hecho políticos de oficio»; habían estado «demasiado tiempo en el poder para que oyesen ya de cerca al pueblo». [OC, t. 9, p. 340 y 341]

Los sueños sobre la generación de un pensamiento y actuación propios, independientes, desaparecieron muy pronto: en 1971 fue clausurada la revista Pensamiento Crítico, eliminados los Departamentos de Filosofía de las Universidades, se generalizó la enseñanza del marxismo-leninismo por manuales soviéticos, anulados los espacios de polémica teórica. En 1972 Cuba fue integrada al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), con la consiguiente implantación de la llamada economía planificada. La uniformidad material conllevó la ideológica: la copia del modelo soviético estalinista no dejó resquicio para la democracia. 

Institucionalidad antidemocrática

El tercer artículo de la Constitución aprobada en 2019 expresa que «la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, del cual dimana todo el poder del Estado», pero apenas unas líneas después, el artículo 5 lo desmiente al afirmar: «El Partido Comunista de Cuba […] es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado». Explícitamente se sitúa el aparato político partidista por encima del pueblo y de las leyes que deberían ser acatadas por todos.

Para despejar cualquier duda, el presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en sesión del órgano legislativo cuando se discutía el proyecto de Carta Magna, afirmó: «Esta Constitución va a organizar el diagrama estatal del país, pero hay una fuerza que está por encima del Estado que es dirigente y superior, es el Partido. La Constitución no puede trazarle directrices al Partido».  

No se refería a un ente abstracto, sino al poder controlado por un mínimo de individuos situados por encima de todo control legal. Unas veinte personas que forman el Buró Político, no elegidas por el pueblo, asumen por sí la toma de decisiones que llevan a toda la nación hacia los rumbos que estimen conveniente. Son parte esencial del poder, integrantes del que domina en realidad desde el conglomerado militar conocido como GAESA. Eximidos de responsabilidad jurídica, no están comprometidos ante nada ni ante nadie, actúan a su arbitrio. Su base más sólida son los cuerpos represivos, a semejanza de todas las tiranías.

Para restituir la democracia, ha de fundarse una sociedad basada en los principios martianos, cuyo rasgo esencial deberá ser «la intervención popular y de los hábitos democráticos en su organización», [O.C. t. 1, p. 458] así como la condena a «quien anteponga la autoridad de su persona o de su camarilla a la concordia y unificación de su país» [OC, t. 1, p. 479], único modo efectivo de enfrentar las amenazas y los peligros internos y externos.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Ibrahim Hidalgo Paz

Doctor en Ciencias Históricas. Investigador Titular.

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El modelo GAESA «de tiburón autofago»