Cuerpos confinados; almas soberanas

«(…) porque el dolor del presidio es el más rudo,

el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia,

y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás».

José Martí (El Presidio Político en Cuba)

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Ayer fue 5 de abril. En esa fecha de 1870, casi adolescente, ingresó José Martí en las canteras de San Lázaro. Había sido trasladado desde el Presidio Departamental de La Habana para cumplir una condena de seis años bajo régimen de trabajo forzoso. Con apenas diecisiete cumplidos, el joven fue lanzado a este inframundo: «pelado a rape, le dieron una jaba y su petate con el número 113 y grillete de hierro atado al tobillo». Por tal razón, el 5 de abril, así como el número 113 con el que las autoridades coloniales lo identificaron, devinieron, respectivamente, fecha y símbolo de homenaje a los hombres y mujeres presos políticos de Cuba. Es una fecha para señalar la ignominia.

Un poco de historia sobre los presos políticos en Cuba

Para eliminar los horrores del presidio político en la etapa colonial, para extirpar lo que de inhumano tuvo el sistema carcelario español, en nuestro país se hicieron también las guerras de independencia. Sin embargo, nuevos métodos, más sutiles pero macabros, sustituyeron a las viejas celdas, estrechas, oscuras y húmedas de las antiguas fortificaciones coloniales. Gerardo Machado, en el afán de perpetuar su poder y «modernizar» las instalaciones carcelarias, inauguró el «Presidio Modelo» en la entonces Isla de Pinos. Allí encerró a muchos de sus oponentes políticos.

Fue esta una construcción de varias estructuras circulares, basadas en el principio del panóptico, que permite total visualidad de todos sus puntos desde el centro. La inmensa cárcel prometía «modernidad», pero en realidad los tenebrosos edificios circulares se alzaban como prueba de que el Estado estaría pendiente de los más ligeros movimientos, de las reacciones más íntimas de las personas allí encerradas. Hoy es conocido el efecto devastador que, en el orden psicológico, tuvieron estas formas constructivas para albergar presos. Pablo de la Torriente Brau, en su crónica sobre una cárcel que tan bien conoció, nos dice: «El Presidio Modelo resultó lo que tenía que ser, su historia abruma y deprime… los hombres devinieron monstruos, algunos pocos héroes, y centenares fueron redimidos por el martirio».

En 1958, la única cárcel de máxima seguridad en Cuba era el Presidio Modelo. Le seguían en tamaño las heredadas de la colonia, ubicadas en viejas fortificaciones y sin condiciones de ninguna índole, por ejemplo, en La Habana, La Cabaña y el Príncipe. Antes del 59, existían solamente catorce prisiones de mediano y pequeño formato para albergar unos pocos cientos de reos cada una. En 1956, la cifra de reclusos ―hombres y mujeres― en toda Cuba no llegaba a las 4 mil personas. Y si bien es cierto que durante la dictadura de Batista se intensificaron la represión y los desmanes policiales, las personas detenidas que lograban ser enjuiciadas, quedaban en mejores condiciones para la administración de justicia.

La independencia y división de poderes permitía que, luego de iniciado el proceso para el juicio y una vez en prisión, se dieran cumplimiento a las leyes a favor del recluso. Incluso, tanto Machado como Batista, respetaban la categoría de preso político y estos eran separados de los presos comunes y establecidos en los centros penitenciarios con regímenes diferenciados.

José Martí, con 17 años de edad, vestido con las ropas y los grilletes que llevaba en la prisión y en las canteras de San Lázaro.

Presos políticos luego de 1959

La existencia sostenida y creciente de presos políticos en Cuba fue una característica desde los primeros momentos del triunfo de la Revolución. Unido al proceso mismo de consolidación del poder, se llevaron a cabo numerosos fusilamientos a personas asociadas al régimen de Batista. Muchos de estos procesos judiciales fueron celebrados sin las debidas garantías procesales, y no precisamente en búsqueda de justicia restaurativa para toda la sociedad. Al mismo tiempo, la radicalización política condujo a una polarización de la sociedad y a la intolerancia absoluta contra personas que pensaran diferente, no solo políticamente, sino desde el punto de vista religioso o en cualquier otro aspecto.

La tolerancia cero del gobierno, la extensión de formas de control articuladas para las posibilidades de inserción social ―tanto para el trabajo como para el estudio― y el emplazamiento de políticas que, en el orden cultural e ideológico, se erigieron para coartar el libre pensamiento y su consecuente expresión, fueron conduciendo a una sociedad altamente silenciada, con individualidades encarriladas en la homogeneidad de pensamiento. También fueron cercenados derechos y libertades individuales, como la religiosa o la de asociación, de forma que, paulatinamente, la sociedad cubana se vio abocada a un cierre total para cualquier persona que se atreviera a romper las nuevas reglas.

El poder se eternizó sobre los pilares del control, lo que explica el aumento de presos políticos desde la década del ’60. Muchas de sus primeras víctimas fueron los propios miembros del Ejército Rebelde, del Directorio Revolucionario, de las mismas organizaciones que habían sostenido el enfrentamiento a Batista. Descontentos con el rumbo que tomaba la Revolución, unos se enfrentaron abiertamente, y otros fueron encarcelados por pretender apartarse de la línea gubernamental; tal fue el caso de Hubert Matos.

Los presos políticos eran recluidos mayoritariamente en el Presidio Modelo, en la Cabaña y también en la prisión de Boniato. Allí estuvieron en circunstancias deplorables, casi sin recibir visitas, privados de asistencia médica y en condiciones infrahumanas, lo cual llevó a muchos a huelgas de hambre. Uno de ellos, Olegario Charlotte Pileta, murió en las tapiadas ―lugares totalmente cerrados, sin ventilación ni luz solar― en Boniato, Santiago de Cuba. Por su parte en La Habana, en la cárcel de La Cabaña, falleció bajo inanición, como protesta por no querer vestir el uniforme de los presos comunes, Pedro Luis Boitel.

Son apenas dos ejemplos dentro de la vasta lista de fallecidos como consecuencia de huelgas de hambre. Cuba, de hecho, es uno de los países con más presos políticos que se declaran en huelga de hambre como forma de protesta. Aunque también han sido muchos los que, a lo largo de más de seis décadas, han fallecido por enfermedades curables o por golpeaduras y maltratos de los guardias o de los presos comunes enviados a torturarlos.

En un inicio, la dirigencia de la Revolución, personificada en Fidel, reconocía la existencia de presos políticos. El ardid de equiparar el actuar político de las personas con acciones de tipo delincuencial, fue establecido casi en los ’90 como estrategia generalizada del Estado Cubano para invisibilizar estas voces y deslegitimarlas de su sentido político.  

Conjuntamente, en el proceder de los cuerpos represivos, se fueron normalizando estándares alejados de normativas legales: detenciones arbitrarias, encierros sin tutela judicial y sin la debida instrucción de cargos, ausencia de abogados en la defensa, torturas físicas y psicológicas sobre los reos, extensión del estigma social no solo para el reo, sino para sus conocidos, allegados y familiares; lo cual deriva en un inxilio total de la persona.

No obstante, aun en estas difíciles condiciones, y con extensas condenas, muchas de estas personas crearon espacios compartidos para intercambios y superación en función de sus intereses de lucha. Así lo cuenta Librado Linares, ex preso político de la «primavera negra»: «Las prisiones, lejos de ser espacios de silencio, se transformaron en reservorios de vida política alternativa».  

Las presas y los presos políticos hoy

Luego del 2018, si bien no cambió el proceder de los cuerpos represivos ni la política interior del gobierno cubano para con las personas disidentes, y continuó siendo causa de nuevos presos políticos, un elemento novedoso irrumpe en el contexto: el acceso a internet para casi toda la ciudadanía.

El cambio venía gestándose desde inicios de siglo. En 2003, cuando la primavera negra llevó a prisión a 75 personas, ya el Proyecto Varela, liderado por Osvaldo Payá, rebasaba las firmas necesarias para presentarlo a la nación. El duro golpe de tantos disidentes apresados y sentenciados a muchos años, reportó un endurecimiento de las condiciones de la oposición. Sin embargo, de ese suceso nacieron las Damas de Blanco, que se hicieron presentes en espacios públicos y fueron reconocidas por su tenaz resistencia a la extorsión característica de los cuerpos de la Seguridad del Estado frente a las familias.  

La posterior entrada de internet quebró el férreo control del estado cubano sobre la narrativa en los medios de comunicación y acabó con el monopolio de la prensa por el gobierno. Por otra parte, las redes sociales han devenido espacio de ruptura con el régimen y de protesta. Hijo directo de esta nueva situación, fue el Movimiento San Isidro, cuyo slogan: «Estamos conectados», defendía esa articulación como forma de resistencia. A este movimiento y a su persecución, se debe la protesta del 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura; ambos, a su vez, fueron antecedentes de las protestas del 11 y 12 de julio del 2021.

Aquí hubo otro punto de giro en la cuestión de los presos políticos. Y es que nunca antes las cárceles cubanas se habían visto colmadas de tantas personas de estratos sociales o grupos etarios diversos, aunque con alta presencia de personas jóvenes. La composición de los presos políticos a partir de ese momento cambió en variabilidad, representando a todos los estratos y clases sociales y aumentó considerablemente.

Las presas y presos políticos son usados hoy por el gobierno cubano como canje para la resolución de problemáticas geopolíticas, y también para sus manipulaciones de camuflaje democrático frente a instituciones y organizaciones mundiales. Sin embargo, a pocos engaña la catadura moral de un gobierno que manda a enfrentar a los cubanos, unos contra otros, en las calles, y disfraza a sus soldados entrenados, armados con palos y vestidos de civil, cual bandas paramilitares, para repeler el descontento generalizado.

La existencia de cada vez más presos políticos en nuestras cárceles; la férrea represión contra las mujeres presas y contra los familiares, exponen la verdadera naturaleza de un Estado patriarcal y represivo. Los aparentes «actos liberadores», a través de excarcelaciones o indultos, no son más que intentos de ganar de tiempo de un régimen que se sabe perdedor frente a la historia y a su pueblo.

Cuando ya no hay nada que perder, solo queda oponerse a lo que te impide vivir con plenitud humana. Cabría citar acá las palabras de Ernesto Borges, ex preso político cubano que estuvo treinta años en la cárcel: ‍ ‍

«Hay una libertad enorme en haberlo perdido todo alguna vez; cuando ya atravesaste el fondo, el miedo pierde poder, porque entiendes que tu seguridad no estaba en lo que tenías, sino en la capacidad que desarrollaste al reconstruirte. Quien se ha levantado desde cero deja de vivir a la defensiva, no toma decisiones desde el pánico a perder, sino desde la confianza en volver a crear; y eso cambia completamente la forma de moverse en el mundo. Cuando tu identidad ya no depende de tu cuenta, de tu cargo o de tu entorno, te vuelves difícil de intimidar porque entiendes algo que pocos entienden: lo que construiste una vez, puedes volver a construirlo».

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Imagen principal: The Objective.

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El Servicio Militar y los que no regresaron