Cuba: Un puente que hay que construir

La Cuba del futuro tendrá que construirse como un puente y levantarse desde dos orillas al mismo tiempo. No hay otra manera. Una sola orilla construyendo hacia el vacío no produce un puente, sino un muelle, una plataforma de salida, una estructura que solo sirve para alejarse. El puente requiere que las dos orillas trabajen hacia el centro simultáneamente, con materiales distintos, con heridas distintas, con desconfianzas distintas, y con la honestidad de reconocer que cada una llegará al proyecto cargando lastres que deberá soltar antes de que la estructura pueda sostenerse.

Esas dos orillas no son solo geográficas, aunque la geografía sea lo más visible. Son ideológicas, familiares, raciales, generacionales. Y lo que cada una trae al puente no es solo lo mejor de sí, su experiencia, su dolor elaborado, su visión de lo que Cuba podría ser; sino también sus simplismos, sus reflejos tribales, sus odios que el tiempo endureció. El riesgo no es que el puente no se construya, sino que se construya mal, sobre los mismos cimientos que produjeron el abismo.

Cuba vivió durante más de seis décadas una guerra civil. Fría en el sentido de que no tuvo frentes militares continuos en el territorio nacional, pero real en todo lo demás: en los muertos, los presos, los exiliados, las familias partidas, las delaciones, los fusilamientos, las balsas que no llegaron. Fue una guerra entre cubanos, y en las guerras entre cubanos, como en todas las guerras civiles, los errores macabros no tienen bando exclusivo.

El régimen cometió los suyos de manera sistemática e institucional. Las ejecuciones del paredón en los primeros años, cuando familias enteras vieron morir a sus hijos bajo acusaciones que no admitían defensa. Los campos de las UMAP en los años sesenta, donde se recluyó a homosexuales, creyentes religiosos y «desafectos» a trabajar bajo condiciones que varios sobrevivientes describieron como típicas de campos de concentración. La represión del 11 de julio de 2021, cuando más de mil doscientos cubanos que salieron a la calle con las manos vacías fueron juzgados en tribunales militares y condenados a altas penas de prisión. La destrucción sistemática de familias mediante el exilio forzado, el chantaje laboral, el hostigamiento que obligaba a elegir entre la lealtad al sistema y la lealtad a los propios. Eso es apenas algo de lo que hizo el régimen, y ningún análisis honesto puede suavizarlo.

Pero la historia de la oposición cubana, dentro y fuera de la Isla, no está exenta de sus propias sombras. Hubo acciones que mataron civiles que no tenían nada que ver con el gobierno, solo la mala suerte de estar en el lugar equivocado. Hubo colaboraciones con estructuras de inteligencia extranjera que usaron la causa cubana para sus propios fines geopolíticos, sin que les importara demasiado el bienestar de los cubanos concretos. Hubo dentro del exilio silencios cómplices ante actos que no podían justificarse con ninguna causa, por legítima que fuera.

Reconocer esto no es usar la falacia de la falsa equivalencia, esa coartada retórica que usa errores menores para diluir la responsabilidad de crímenes mayores. Es reconocer que hay víctimas reales en ambos bandos, que esas víctimas merecen el mismo reconocimiento y la misma dignidad, y que el camino hacia la reconciliación nacional no será una procesión triunfal, sino un duelo colectivo largo, doloroso y lleno de conversaciones que nadie quiere tener.

Esa guerra fría dejó heridas que el debate político actual reproduce sin sanar. La más persistente es la deshumanización mutua: la capacidad de cada bando de ver en el otro, no a personas con historia, sino a categorías descartables. El régimen la ejerce con maestría, invocando el patriotismo para convertir en traidores a los que simplemente han perdido, o esperado, demasiado. Cuando cubanos que llevan décadas en el exilio sin poder volver, que vieron morir a sus padres sin que se cumpliera ninguna de las promesas de cambio, llegan a posiciones extremas, ya sea el anexionismo, el apoyo al embargo más draconiano, el llamado a cualquier intervención que acabe de una vez con el régimen; el gobierno cubano los llama mercenarios» y «apátridas». Y gran parte del progresismo internacional los descalifica también, con distinto vocabulario pero idéntica lógica.

Lo que esa doble descalificación no hace es preguntarse qué produce esas posiciones. Un cubano que aboga por el anexionismo puede ser alguien que ha perdido tanto, que ha esperado tanto, que ha visto fracasar tantas salidas que ya no concibe ninguna otra opción. No un traidor: alguien que llegó a una conclusión equivocada desde un dolor completamente legítimo. Un cubano que apoya el embargo más duro puede ser alguien tan desesperado por que algo, cualquier cosa, cambie de una vez, que acepta el costo colateral porque siente que el tiempo se le acaba. Entender eso no es aprobarlo. Es negarse a que la desesperación de décadas sea reducida a una caricatura que los extremistas de ambos lados usan para justificar su propio relato.

Desde el otro lado del espejo la misma exigencia aplica. Hubo cubanos que no solo apoyaron el proceso revolucionario, sino que sacrificaron su vida por él, y no lo hicieron por envidia, prebendas o poder: lo hicieron porque creyeron genuinamente en el ideal de justicia social que la Revolución prometía. Reducirlos a cómplices voluntarios de una dictadura, ignorando la buena fe con que muchos abrazaron ese proyecto, es la misma operación reduccionista que el régimen aplica contra el exilio. El puente requiere que ambas orillas extiendan esa comprensión en las dos direcciones.

***

Actualmente el debate sobre el futuro de Cuba reproduce, con preocupante fidelidad, los mismos vicios de la guerra que pretende cerrar. Y esos vicios son el material más peligroso que cada orilla podría traer al puente, porque si se construye con ellos, el puente no aguantará.

El primero es el simplismo del símbolo. En febrero de 2026, jóvenes cubanos vinculados al proyecto audiovisual «El 4tico», creado en Holguín por Kamil Zayas y Ernesto Ricardo Medina, usaron gorras con la leyenda Make Cuba Great Again, imitando deliberadamente la estética MAGA de Trump. Su mensaje declarado era otro: una Cuba donde quedarse fuera motivo de orgullo, no de derrota. El régimen los señaló como trumpistas. Lo más revelador fue que la izquierda progresista internacional, la misma que en marzo llegó a La Habana en la Caravana Nuestra América con medicinas y pancartas, e incluso otros más familiarizados con el dilema cubano, encontraron voz para criticar la carga simbólica de la frase, pero no para pedir la liberación de Luis Manuel Otero Alcántara, condenado a cinco años, ni de Maykel Osorbo, condenado a nueve.

Al otro lado del espejo, sectores del exilio cooptaron esas mismas gorras, las combinaron con iconografía de Trump y las convirtieron en herramienta de su propia agenda, traicionando el mensaje apartidista original con la misma ligereza con que la izquierda lo descartó. El simplismo del símbolo opera así en ambas orillas: juzga la forma antes que el fondo, la apariencia de la afinidad antes que la realidad del sufrimiento.

El segundo es el simplismo de la tribu ideológica. El régimen construyó durante décadas un monopolio simbólico tan compacto que cualquier cubano que use las palabras «progresismo», «soberanía» o «justicia social» corre el riesgo de ser identificado con él. La respuesta de muchos en el exilio fue el mecanismo inverso: rechazar esas palabras en bloque, asociarlas permanentemente con la opresión.

El mismo reflejo aparece con las Mipymes cubanas. El exilio más radical las descalifica en bloque como apéndices del régimen, ignorando que detrás de la mayoría hay cubanos que no están colaborando con el sistema, sino tratando de salvarse ellos y sus familias, dar empleo a otros y evitar que Cuba se haitianice más. En una economía donde el Estado fue durante décadas el único empleador y proveedor de insumos, la línea entre sobrevivir dentro del sistema y legitimarlo es casi imposible de trazar desde la distancia cómoda del exilio. Ambas operaciones entregan el control del vocabulario y del proyecto económico a quien logra imponerse, ignorando que las palabras y las iniciativas tienen un valor social que trasciende a quienes las corrompieron o las descalifican. Renunciar a esos valores porque sus peores portavoces los traicionaron no es lucidez política, es entregarles el monopolio permanente sobre ideas y proyectos que no les pertenecían.

El tercero es el simplismo de la reacción. Cuando Silvio Rodríguez posó con el fusil AKM que el régimen le entregó en ceremonia oficial, la reacción comprensible de muchos cubanos fue concluir que las ideas progresistas no tienen lugar en el futuro de Cuba. Esa conclusión es entendible como respuesta emocional a una traición cultural real. Como proyecto político es un error, porque reproduce exactamente la operación que produjo el problema: tomar los errores del mensajero como evidencia definitiva contra el mensaje. La obra de Silvio, sus canciones que millones usaron para sobrevivir dictaduras y exilios, no se cancela porque su autor haya elegido acomodarse del lado equivocado de la historia. Y los valores que esa obra comunicaba no desaparecen porque quien los cantó los haya traicionado.

***

Hay tres casos que ilustran con precisión lo que le espera a Cuba si el puente se construye sin haber soltado los lastres del simplismo. Los tres involucran personas reales a quienes el extremismo, de cualquier signo, tiende a meter en el mismo saco. Los tres revelan por qué ese saco es incompatible con la democracia.

Óscar Pérez-Oliva Fraga es sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro, viceprimer ministro del régimen, figura barajada como posible sucesor presidencial: un Castro sin el apellido, ungido para garantizar la continuidad de la dinastía con cara de tecnocracia. Sus dos hijos viven en Estados Unidos. Recientemente, varios influencers del exilio los han criticado públicamente solo por su parentesco, exigiéndoles pronunciamientos públicos, tratándolos como representantes automáticos del poder que su padre encarna. Eso es reproducir exactamente la lógica del régimen: la culpa por asociación, el parentesco como destino, la sangre como argumento político.

Sandro Castro, nieto de Fidel, ocupa un escalón distinto. No carga con la inocencia de quienes simplemente nacieron en el lugar equivocado: ha navegado conscientemente los privilegios que su apellido garantiza en una sociedad donde esos privilegios están vedados para casi todos. Señalar esa asimetría es legítimo y necesario. Pero culparlo por los crímenes de su abuelo es un error de la misma especie: si se acepta la culpa por genealogía cuando el apellido es Castro, se ha aceptado la lógica que el régimen usó durante décadas para premiar a los hijos leales y perseguir a los hijos de los que se rebelaron.

Y luego está Silvio Rodríguez, el caso más revelador precisamente porque no comparte sangre con ningún líder. Su responsabilidad es por elección propia y sostenida: la cobardía progresiva, el acomodamiento deliberado, la decisión reiterada de poner la lealtad al sistema por encima de los valores que su propia obra proclamaba. En 2003 avaló el arresto de 75 disidentes. Durante el 11J atribuyó las protestas al imperialismo y dudó públicamente de los videos de represión policial. En 2026 posó con el fusil en ceremonia oficial, convirtiéndose en el rostro más mediático de una Revolución que se desmorona. Nadie lo obligó por sangre. Lo eligió. Es quizás el exponente más visible de ese fenómeno que el régimen cubano produjo con más eficiencia que ninguna otra cosa: el intelectual que confunde la lealtad al poder con la lealtad a los principios.

La tentación es meterlos a los tres en el mismo saco: los hijos del futuro dictador, el nieto privilegiado devenido influencer del régimen y el trovador con el fusil, todos cómplices, todos igualmente responsables. Esa operación elimina la granularidad de la responsabilidad individual, que es el fundamento de cualquier estado de derecho. Lo más inquietante no es que los tres sean inocentes, sino que, llegado el momento, ante un tribunal justo con evidencia real y debido proceso, quizás ninguno de los tres sea culpable de nada en el sentido estricto del derecho. Esa posibilidad, incómoda como es, resulta precisamente la que una democracia tiene que ser capaz de sostener sin derrumbarse.

La justicia transicional cubana no puede ser ni el borrón que absuelve a los que gobernaron, ni la revancha que reproduce bajo nuevo signo la lógica del enemigo interno. Tendrá que ser un proceso riguroso, donde las responsabilidades se determinen caso por caso, con evidencia, con defensa, con apelación. Ofrecer a los perpetradores el proceso que le negaron a sus víctimas no es debilidad, es la demostración de que el principio vale más que la venganza.

***

Vuelvo al puente, porque es ahí donde todo esto converge.

La orilla del exilio llega con décadas de dolor acumulado y posiciones que el tiempo endureció en lugar de suavizar, con la impaciencia de quien sintió que el mundo le debía una solución que nunca llegó, con el duelo no resuelto de los que murieron sin ver el cambio, con la distancia que a veces produce una certeza que los que se quedaron no pueden permitirse. Trae también una experiencia real de haber construido vidas funcionales en sociedades con instituciones, prensa libre, alternancia política, estado de derecho; y eso es un activo enorme para el proyecto democrático, si se ofrece como aporte y no como imposición. Lo que tendrá que soltar es la tentación de decretar la transición desde afuera, de llegar con el modelo listo y la paciencia corta, de confundir el dolor legítimo con la autoridad moral para decidir por quienes se quedaron.

La orilla de la Isla llega con sus propios lastres. El hábito del silencio aprendido durante décadas como estrategia de supervivencia, que puede confundirse con indiferencia o complicidad pero que frecuentemente no es ninguna de ellas. La desconfianza hacia quien se fue y desde la distancia cómoda de la democracia opina sobre lo que deberían hacer los que se quedaron. La sospecha de que cualquier cambio rápido beneficiará a los que ya tienen recursos y dejará atrás a los más vulnerables. Trae también una relación con la isla que los que se fueron a veces idealizan y a veces desprecian, pero que es irremplazable: el conocimiento del terreno, de las personas reales, de lo que funciona y lo que no. Lo que tendrá que soltar es el uso del sacrificio propio como argumento contra la participación de los demás.

Esas dos orillas no son solo geográficas. Son ideológicas: hay quien llegó al exilio convencido de que cualquier idea de izquierda es sinónimo de totalitarismo, y hay quien se quedó convencido de que cualquier defensa del mercado es sinónimo de entrega. Son familiares: hay familias partidas por el Estrecho donde el hermano que se fue y el que se quedó llevan décadas sin poder mirarse, sin que entre ellos aparezca todo lo que no se dijo. Son raciales: la Cuba que emigró en los primeros años era mayoritariamente blanca y de clase media, la Cuba que se quedó era más negra y más pobre, y esa asimetría dejó sedimentos de resentimiento y desconfianza que ninguna transición política va a resolver de un plumazo. Hablar de reconciliación sin nombrar esa dimensión racial es construir el puente sobre un vacío.

***

Lo que el puente no puede cargar es el simplismo. No puede cargar la culpa por genealogía que condena a los hijos de Pérez-Oliva Fraga por el cargo de su padre. No puede cargar la igualación que mete en el mismo saco a Sandro Castro y al torturador que actuó con sadismo y poder. No puede cargar el veredicto sumario que cancela la obra de Silvio Rodríguez porque su autor eligió mal, ni el que lo absuelve todo porque su autor compuso bien. No puede cargar la izquierda que entrega medicamentos y calla sobre los presos, ni la derecha que abraza la causa cubana para sus batallas domésticas sin que le importen demasiado los cubanos concretos. No puede cargar al emprendedor de una Mipyme en el mismo saco que al cuadro del Partido o el Estado que se enriqueció a costa del pueblo.

Este ensayo se ha concentrado deliberadamente en los pilares del qué: los valores que tienen que prevalecer como compromisos compartidos entre las dos orillas. La civilidad como disposición a reconocer la humanidad del adversario, y la tolerancia como su extensión necesaria; el reconocimiento de que la diferencia ideológica, racial, religiosa, sexual, no requiere justificarse ante nadie ni pedir permiso para existir. Los derechos individuales como límite que ningún poder puede cruzar. La inclusión como punto de partida, no como premio final. El debido proceso como garantía de que la responsabilidad se determina por actos concretos y no por identidades heredadas. Estos pilares del qué son los que exigen más de las personas antes que de las instituciones: requieren decisiones individuales sostenidas, la voluntad de aplicar el principio cuando duele, la disciplina de no hacer excepciones cuando el apellido del acusado lo hace tentador.

Pero ninguno de esos pilares se sostiene sin los mecanismos del cómo: la separación real de poderes que impida que cualquier gobierno futuro concentre lo que el régimen concentró durante seis décadas; el pluralismo político institucionalizado que garantice partidos, sindicatos y medios independientes que el Estado no pueda disolver; la rendición de cuentas que obligue a los que gobiernan a explicar sus decisiones y responder por sus errores, los mecanismos de verdad y memoria que completen lo que ningún tribunal penal puede resolver solo.

Los pilares del qué definen la Cuba que se quiere construir. Los mecanismos del cómo son la arquitectura que lo hará posible. Sin los primeros, los segundos son tecnocracia sin alma; sin los segundos, los primeros son aspiraciones sin garante.

Lo que el puente necesita es que las dos orillas lleguen al centro con ambas cosas: los valores compartidos y la voluntad institucional de hacerlos cumplir. Que cada persona responda por lo que hizo, no por lo que es ni de quién viene. Que el estado de derecho valga precisamente cuando resulta incómodo. Que la reconciliación no sea olvido sino elaboración: la capacidad de mirar lo que ocurrió sin que eso sea el único argumento para siempre. Y que la Cuba que se construya del otro lado tenga espacio para todos los que la perdieron, de cualquier lado del agua, con todos sus lastres, heridas y prejuicios, porque eso es lo que hay, y con eso es con lo que se construye.

La reconciliación de una guerra civil fría no se decreta ni se celebra., sino que se trabaja, conversación por conversación, caso por caso, generación por generación. El puente no tendrá fecha de inauguración, puesto que se empieza a construir en el momento en que las dos orillas decidan que el principio vale más que la victoria.

***

Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Lorenzo Vega-Montoto

Dr. en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

https://www.linkedin.com/in/lorenzo-vega-montoto-32965436/
Siguiente
Siguiente

Cuerpos confinados; almas soberanas