Luisma, la conga y el daño antropológico

El 18 de julio de 2026, Luis Manuel Otero Alcántara (LMOA) bajó de un avión en Miami. Había cumplido cinco años de condena íntegros, y la Seguridad del Estado lo mantuvo desaparecido por once días después de cumplir su sentencia. La libertad le llegó en forma de exilio. En el aeropuerto pidió la excarcelación de Maykel Osorbo. En la Ermita de la Caridad dejó una virgen rota, porque roto está el país. Dijo que venía a trabajar; y dijo cosas menos cómodas. Que no iba a exagerar el trato que recibió en prisión, porque su notoriedad lo había protegido y prefería ser honesto. Que creía en la gente, y que la gente escogería creer lo que quisiera. Luego habló de sus carencias, deseos, añoranzas. Habló de pabellones, de sexo y vaginas, y ahí terminó de romper el mito.

En cuestión de horas lo habían procesado. Se le reprochó el color de su semblante, la piscina en Guanabo, las cervezas, un reloj que según él era copia de treinta dólares. Se le acusó de lavar la cara al régimen, se insinuó que todo era teatro y se llegó a decir que ni preso había estado. Se le Miami-explicó que su discurso no coincidía con lo que debe ser un preso político. Cinco años en Guanajay no bastaron para acreditarlo. Carlos Manuel Álvarez lo escribió en El Estornudo con una precisión que duele: a Luisma le estaban cobrando que nadie lo había autorizado a sobrevivir.

En La Habana, mientras tanto, no pasó nada. Ni Granma, ni Cubadebate, ni la Mesa Redonda le dedicaron una línea. Lo poco que se dijo salió por vías extraoficiales: El Guerrero y los reels ridículos de Sandro Castro. Este silencio no fue un descuido, fue diseñado. El desgobierno no necesitaba desacreditar a LMOA, porque otros lo harían gratis y con más eficacia. Se limitó a montar la escenografía: sacarlo con la cara sana, dejarlo unos días en una casa con agua caliente, ponerlo en un avión sin aviso, y esperar. Con la puntualidad de un reloj suizo, o mejor dicho de una copia barata china de treinta dólares.

Lo que sucedió no es un caso aislado. Cinco semanas antes, el video de una conga de Matanzas circuló como escándalo nacional. La multitud cantaba una frase de doble sentido: «pincha, que yo te cargo la jaba», amenaza cifrada donde «pinchar» puede leerse, a la vez, como «trabajar» o «apuñalar», y «cargar la jaba» como llevarle comida a un preso. Durante una semana la sociedad cubana prefirió escoger la interpretación más violenta sin importarle la realidad de que en la Cuba de hace mucho, trabajar implica delinquir para resolver y poder vivir, y tanto eso como apuñalar pueden conducir a la cárcel. Se habló de la Cuba «marginal», de la «degradación de las costumbres», y junto a las condenas morales aparecieron los emojis de «mono» y las alusiones «al grajo». El video se leyó igual en el Vedado que en Coral Gables, y muchas de las voces que después tasarían el reloj de Luisma vieron allí a una sociedad descompuesta.

Quiero ser justo, porque este texto no es contra los que criticaron. Haber pasado cinco años en una celda no exime a nadie de responder por lo que dice, y tratar a Luisma como un inocente incapaz de errar sería infantilizarlo, sacralizarlo de otro modo. La sospecha del exilio tampoco nació de la nada: el régimen ha infiltrado agentes durante décadas, y al escenificar la salida de un preso está armando la duda a propósito. Igualmente, hubo quien escuchó la conga y se alarmó de verdad, en un país donde los cuchillos ya no son metáfora. Pero hay un límite verificable: la crítica persuade; la propaganda destruye. La crítica discute lo que el hombre dijo; la propaganda pasa de lo que dijo a quién lo mandó, del argumento al reloj, de la persona al mérito, y de ahí al lenguaje. Esa escalada es el diagnóstico, y en julio, dicho proceso deshumanizante se completó en horas.

A raíz de lo ocurrido intercambié mensajes con un amigo, una persona decente que le desea bien a Luisma. Me contestó con una preocupación sincera: «sus amigos debieron haberlo puesto un poco al día, o protegerlo, antes de dar declaraciones públicas». Le respondí con una pregunta. «¿De verdad te parece normal que a un tipo que se metió cinco años de prisión por decir lo que creía, donde eso cuesta cárcel, haya que advertirle, y que él acepte, un guion sobre lo que se puede decir en tierras de supuesta democracia?» Mi amigo no es la turba. No monetiza indignación ni acusa a nadie de agente; sin embargo, su frase contiene, en forma más benévola, la misma exigencia que la turba grita: «Que alguien lo ponga al día. Que alguien lo proteja de su propia voz. Que hable, pero con el libreto revisado». El guion desconfianza y deshumanización no necesita enemigos para imponerse, recluta a gente buena como mi amigo.

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Porque hay un guion establecido. El mártir debía bajar del avión consumido, roto, ofreciendo su cuerpo como documento; denunciar en los términos establecidos y odiar a quien correspondía. Muy parecido al guion que se negó a repetir en Cuba, donde el desgobierno espera gritos contra el bloqueo y sacrificio infinito; y que le costó cinco años de cárcel. El sufrimiento es la única credencial que el poder en las dos orillas acepta sin discusión, y hay que entregarlo en la cantidad reglamentaria. La multitud de Matanzas también tenía el suyo: gritar «libertad», confirmar con su desesperación la tesis de quien la mirara, o gritar «pa’ lo que sea Diaz-Canel». Ninguno cumplió con lo que ambos bandos esperaban. Él llegó riéndose, hablando de trabajar, diciendo que la cárcel lo hizo más humano, negándose a inflar su martirio porque le pareció más digno ser honesto. Sufrió muchísimo y no se quebró, y no estaba dispuesto a fingir ninguna de las dos cosas. La multitud cantó lo suyo, ambiguo, vital, oportunista si se quiere, pero suyo.

Entonces cayó sobre ellos algo que ya no era crítica, porque la decepción de un público que añora un mártir y recibe a una persona, no se expresa como desacuerdo, se expresa como furia. La furia que se siente, no ante un enemigo, que al menos es un sujeto, sino ante un instrumento defectuoso. Al enemigo se le combate; al símbolo fallido se le desecha, y para desechar a un ser humano hay que deshumanizarlo primero. Y tiene su lógica, porque el régimen y el exilio compiten en el mismo negocio, hablar en nombre de gentes a las que no consultan. Quien habla por sí mismo no es una decepción para ese negocio; es una afrenta. En 1971 el castrismo obligó a Heberto Padilla a recitar una autocrítica escrita por sus castigadores, y lo que una parte de Miami le exigió a Luisma fue eso mismo con mejor iluminación. Explica el reloj. Denuncia más fuerte. Interpreta la ruina que te tocaba. Él declinó. En Cuba encarcelan la voz propia; en Miami se ofrecieron, con la mejor de las intenciones, a administrársela.

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Si la deserción del guion es el arma, ¿de dónde sale la munición? El arsenal no se fabricó en julio. La primera arma es reciente y tiene autor intelectual: el ciudadano incapaz de contar con su par, un mecanismo copiado del estalinismo y perfeccionado durante décadas. Si te paras en una asamblea a decir lo que piensas, lo más probable no es que te apoyen, es que el vecino te denuncie, que el amigo grabe, que el familiar aconseje callarse por el bien de todos y, si hace falta, colabore. Por miedo, por una plaza, por una jaba. Esa desconfianza no es un daño colateral; es el sistema, el mecanismo represivo más barato jamás diseñado, porque no requiere policías, el ciudadano lleva el vigilante adentro, y descompone de antemano cualquier «nosotros» capaz de reclamar. De ahí sale el individualismo cubano, ese «resuelve lo tuyo» que los moralistas confunden con carácter nacional. No es carácter. Es entrenamiento. Y se le sumó la discrecionalidad gris: nada se aplica por regla clara, de modo que nunca se sabe por qué a este le salió algo y a aquel no. El que prospera, el que viaja, el que sale vivo de una prisión, queda disponible para el chisme de la colaboración. Al poder le basta con no explicar por qué.

Cuando eso no basta, se apela a algo más ancestral, incorporado en la psiquis del cubano sin importar frontera ni ideología: el apelativo «marginal». Parece descriptivo, pero es una sentencia. Nombra un lugar, el margen, y consigue que el nombrado parezca su autor, que suene como elección. Pero nadie escoge nacer en un solar de San Isidro. Nadie escoge el barrio sin agua, la escuela sin maestro, el expediente abierto a los quince años por peligrosidad predelictiva, esa categoría que castiga la probabilidad de un delito y cae, con puntería estadística, sobre los muchachos negros y pobres. Nadie escoge quedar fuera del turismo porque el anuncio pedía buena presencia. La marginalidad es resultado de la negligencia del poder, real o diseñada, ante el racismo y la pobreza.

La «Revolución» heredó estos flagelos y dijo que los desarmó, pero en realidad los instrumentalizó. Abolió la segregación de playas y clubes, conquista real que nadie honesto puede minimizar, pero de ese modo disolvió las sociedades de color, las únicas instituciones donde los negros tenían voz propia, y así clausuró el tema. Esteban Morales lo tocó y fue expulsado del Partido; Roberto Zurbano lo escribió en 2013 y perdió su cargo en Casa de las Américas. Sobre esa realidad se sustenta lo que Dagoberto Valdés nombró «daño antropológico».

Ahora la respuesta se lee entera. La negativa a seguir el guion aprieta el gatillo. La desconfianza garantiza la duda razonable. La discrecionalidad elimina toda defensa: que Luisma saliera sano no prueba nada, pero nadie puede probar lo contrario. Y la marginalidad, esa mezcla de racismo y clasismo, lo magnifica todo. Que es la casta y no la discrepancia la que determina el castigo, tiene prueba. En noviembre de 2020 la policía irrumpió en la casa de San Isidro; al día siguiente, trescientos artistas se plantaron frente al Ministerio de Cultura y fueron recibidos, al menos una tarde, como interlocutores. Dos grupos, dos tratamientos. A los blancos con credenciales universitarias se les permitió debatir, aunque fuera un teatro. A los negros del solar se les llamo «delincuentes», y los criminalizaron. Es que el propio guion está racializado. Al disidente blanco el repertorio le ofrece intelectual, interlocutor, negociador; al negro del solar, mártir o traidor; a la multitud negra, adorno folclórico o turba amenazante. Mientras más estrecho el guion, más fácil es abandonarlo y más brutal el castigo. Por eso una conga, siendo simplemente ella misma, se archiva en la casilla de amenaza.

Es vital decir que este tribunal no sesiona en una orilla. Sesiona en una nacionalidad con múltiples códigos postales, porque el mar Caribe delimita jurisdicciones, no sociedades. El éxodo de 1959 no sacó a los cubanos del sistema de castas, sacó a la cúpula de ese sistema del alcance legal de la isla, con el saber intacto de quién era «gente decente», un saber muy anterior a Fidel Castro. Por eso la maniobra que se estrenó contra los Independientes de Color ―ilegitimar al que reclama y acusarlo de servir al extranjero―, se habla hoy en tres dialectos sin que nadie coordine. La Habana dice «asalariados del imperio»; cierta izquierda extranjera, «títeres financiados por la NED»; Miami, «agente infiltrado». No es imitación, es prejuicio común. Lo que sí viajó fueron las técnicas, y a esas, la diáspora las sacó al exilio como parte de nuestro bagaje. El linchamiento en redes es un acto de repudio con mejor producción: la misma humillación pública, el mismo certificado de pureza, el mismo expediente donde todo lo que dijiste se vuelve prueba en tu contra. Esa lección se aprende en una asamblea y se trae en el equipaje. Reproducirla contra otro cubano, donde nadie obliga, es confesar que el aparato nos devoró.

Y ese aparato cobra en cuerpos, no solo en reputaciones. Miami no tiene Ministerio del Interior, pero tiene la oreja de uno de los Estados más poderosos de la tierra, y de esa cercanía salieron el termino «pan con bistec»; el apoyo silencioso de la comunidad a la cancelación del parole humanitario; la muerte de Isidro Pérez, de setenta y cinco años, en el centro de detención de Krome, entre otras. Al cubano negro o pobre le toca Guanajay de un lado y Krome del otro, porque la casta no cambia cuando cambia la jurisdicción. Y el 18 de julio los dos poderes quedaron acoplados a la vista de todos. El régimen no dijo una palabra porque pudo usar la maquinaria del exilio como instrumento. No por complicidad, sino por previsibilidad: se había vuelto tan fiable que el enemigo pudo programar hasta el reparto de la condena.

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El gran enigma es que ningún guion o estereotipo explica la resiliencia de un pueblo.  ¿Cómo en un país sin medicinas, sin corriente, sin comida y sin futuro hay gente sudando, bebiendo, cantando obscenidades? ¿Cómo ese hombre, tras cinco años de celda, salió riéndose, hablando de trabajo y de sexo como cualquier ser vivo? Hay quienes miran esa vitalidad desde el exilio y sienten que les desmiente el desastre. Si bailan, no será para tanto, y si no es para tanto, son cómplices. Hay quienes la miran desde el poder y encuentran confirmada su tesis de siempre. Eso no es pueblo, es lumpen. El poder del exilio necesita a Cuba convertida en fotografía de hambre; el otro, al pobre convertido en agente acéfalo. Y ninguno soporta lo que la imagen demuestra, que un cubano sin nada sigue siendo un sujeto con vida propia.

¿Quién necesita modelos así?, se pregunta el fastidio en los dos lados del poder: ¡Cuba! Un hombre que sufrió enormemente y que no se rompió, que sostiene su voz donde cuesta cárcel y reputación, enseña más sobre la libertad que cualquier héroe moldeado en estatua. El mármol no elige y él sí. La exigencia del mártir destruido es necrófila: necesitan al hombre arruinado para poder creerle. Lo que llaman su fracaso es la única demostración de libertad que produjo este doloroso episodio.

Por eso conviene decir la conclusión sin adorno. Ni Luisma ni la gente de aquella conga son culpables de nada. Son víctimas de un Estado que los empobreció, vigiló, encarceló en proporción doble y les enseñó a desconfiar de los suyos. Y son, inmediatamente después, revictimizados por sus compatriotas; no por lo que hicieron sino por lo que se negaron a interpretar, con miedos y prejuicios de dos edades. Uno es muy viejo: el racismo y el clasismo que la Colonia fundó, la República administró con enmiendas y masacres, y la Revolución instrumentalizó mientras los traducía a un vocabulario nuevo. El otro tiene fecha y autor: el miedo y la delación que el castrismo diseñó para sobrevivir, que los que huimos nos llevamos puestos, y que hoy los «profesionales de la pureza» administran como negocio en dos jurisdicciones. Esa maquinaria puede procesar a cualquiera. Basta abandonar cualquier guion preparado a priori para que se activen las mismas preguntas: ¿Quién te paga? ¿Por qué a ti? Solo que el precio no es parejo. A unos les cuesta más caro y a otros más barato, y aquellos a los que les costó caro nunca fueron una especie distinta de la nuestra.

Sé el lugar que ocupa todo esto en la lista de urgencias de Cuba. No es lo primero. Primero está la comida, los que mueren sin medicamentos, los más de mil presos políticos y el derecho a denunciar en voz alta el nombre de quien manda. Pero esto no puede quedar sin resolver, porque el problema es anterior al régimen y va a sobrevivirle. El día que se abran las urnas, si llegan a abrirse, el fondo seguirá intacto: los mismos personajes administrando los mismos accesos, la misma buena presencia filtrando los mismos empleos, el mismo reflejo de preguntar quién le paga al que hable. Una Cuba reconstruida sobre la casta y la desconfianza no sería una república nueva, sino otra vez la República vieja.

Por eso considero que esta es una tarea importante, aunque no sea la primera, y hay que enunciarla ahora, mientras se discute qué país queremos, y no cuando ya esté construido. Son dos trabajos y ninguno se hace solo. El primero es desmontar los sesgos de raza y de clase que traemos de antes de 1959, que no inventó ningún gobierno y que ninguna elección va a derogar, porque no viven en la ley sino en el criterio de «buena familia», en el chiste, en la mirada que evalúa un pelo. El segundo es curarnos del individualismo y de la cultura del miedo que aprendimos después de 1959, eliminar la discrecionalidad jurídica. Volver a saber que se puede confiar. Que acompañar al que reclama no es imprudencia, sino la condición mínima de una vida en común. Que a nadie que haya pagado con su vida el derecho a su propia voz se le debe una advertencia, sino un país donde no le haga falta. La Cuba del futuro tendrá que hacer las dos cosas. No será lo más urgente, pero es de lo poco que nadie puede hacer por nosotros. Y esa también es una verdad que está esperando ser dicha en voz alta.

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Imagen principal: EFE/ Yander Zamora.

Lorenzo Vega-Montoto

Dr. en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

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