Dignidad y discontinuidad humana
Le pidieron su tiempo...
Le pidieron las manos...
Le pidieron los ojos...
Le pidieron sus labios…
Le pidieron las piernas…
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros…
Le pidieron la lengua...
Heberto Padilla, En tiempos difíciles
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He recibido un mensaje de voz en el que no he podido dejar de pensar: «Esto aquí es agotador, desesperante, viviendo de limosnas públicas». Luego, algo todavía peor: «Lo más terrible es que no puedo hacer nada, porque no puedo hacer nada». Más adelante, una pregunta: «¿Quién soy yo? Una hormiga. Una pulga en medio de un escenario». Y al final, una frase profundamente lapidaria: «Lo que estamos es sobre-muriendo aquí adentro».
No hay dramatismo deliberado en esas palabras. Es el agotamiento de alguien que siente que ha perdido toda capacidad de incidencia sobre su propia vida. Duele oír a un ser querido que deja de percibirse como sujeto y comienza a sentirse criatura mínima y desprotegida dentro de un ecosistema hostil e inabarcable.
Pienso que una de las mayores tragedias cubanas no es solamente la pobreza material, ni siquiera la falta de libertad, sino el abismo insondable entre el discurso con que se ha definido el país por dos tercios de siglo y las condiciones reales de existencia. Desde el poder, la dignidad suele asociarse con resistencia, soberanía, permanencia y la idea de no ceder. Pero en la vida cotidiana adquiere otro significado. Tiene que ver con poder criar a un hijo, comprar medicamentos, vestirse, ofrecer ayuda y sostener a la familia a partir del trabajo diario, del esfuerzo y de una estabilidad razonable.
Cuando todo eso se fractura, también se erosiona la relación de las personas consigo mismas y con los demás. Son dos dimensiones que han dejado de coincidir. Se ha instaurado la continuidad ideológica frente a la discontinuidad humana. Las consignas han permanecido y la vida diaria quedó reducida a conseguir un bocado para la mesa cada día.
El sometimiento cotidiano a la supervivencia ha alcanzado todas las esferas de la vida, también al lenguaje. Las palabras se han deformado. «Revolución» es ya un concepto abstracto, alejado de su significado de cambio y movimiento. Bajo la acepción de «resolver» caben el favor, el acceso privilegiado, el contacto útil, el aprovechamiento silencioso de recursos que se suponían colectivos, la apropiación de lo que no puede conseguirse por la vía ordinaria del trabajo. «Corrupción» quedó asociada casi exclusivamente a la malversación visible, al delito común o a pequeñas apropiaciones; mientras otras formas más amplias y normalizadas de privilegio, acceso y nepotismo dejaron de percibirse y nombrarse como parte del mismo fenómeno.
La necesidad introdujo sus propias reglas. Expresiones como «la cosa está difícil» funcionan como clave y amortiguación psicológica frente a una escasez acuciante. El lenguaje protege, atenúa y encubre lo que puede.
El vocabulario fue estrechándose hasta quedar reducido a un repertorio mínimo de consignas repetidas, registros violentos o vulgarizados y construcciones cada vez más limitadas que han sustituido matices y complejidades. No se trata únicamente de una transformación lingüística, es un cambio en la conciencia colectiva.
En su poema «En tiempos difíciles», Heberto Padilla escribió que también se entregó la lengua. Por un lado, se asumieron frases combativas, grandilocuentes y triunfalistas. Por el otro, el miedo copó el lenguaje de códigos de supervivencia. Finalmente, se impuso el silencio. Como consecuencia, el vocabulario ha quedado mutilado. La lengua también se entrega cuando la delación se infiltra en la cotidianeidad. Décadas de sospechas, coerción y observación mutua moldearon una psicología social marcada por la crítica, la denuncia, la cautela, la competencia por recursos mínimos y, finalmente, por grietas en la confianza y en el sentido de comunidad.
El quiebre no quedó solo en el tejido social. También alcanzó la privacidad, la manera de procesar las pérdidas de todo tipo y el pudor herido al no poder valerse por sí mismos. Entonces apareció la vergüenza. Vergüenza de pedir, de no poder ofrecer, de depender de ayudas externas para lo mínimo, de no poder corresponder en igualdad de condiciones.
Maestros, obreros, jubilados, profesionales que durante años ganaron su vida desde el trabajo y hoy dependen de remesas, regalos, paquetes enviados desde fuera o ayudas ocasionales para sobrevivir, han quedado en condición de desventaja constante. Al mismo tiempo que agradecen la ayuda que reciben, sienten que algo dentro de ellos se ha quebrado.
Como otra arista del mismo fenómeno, también nació una adaptación a la dependencia. Algunos acabaron organizando su vida alrededor de ella hasta convertirla en norma, en demanda. No es solamente por comodidad o cinismo, es igualmente consecuencia de la tutela prolongada y de la necesidad.
La hospitalidad pertenecía naturalmente a la vida cubana. Ofrecer café, compartir comida, dar sin esperar nada a cambio, improvisar humildes manjares, eran maneras cotidianas de relacionarse y convivir. El famoso «buchito de café» ha desaparecido porque el café es un recurso inexistente. Parecería un detalle menor, pero no lo es. La comida cubana se simplificó y ha quedado recogida en tres componentes; dejó de ser celebración. Las tradiciones requieren recursos que ya no existen.
Otras manifestaciones culturales han quedado en modelos cada vez más estereotipados y uniformes en los que numerosos cubanos no conseguimos reconocernos. La pérdida de las costumbres, las normas de cortesía, los modales, son muestras de la reducción del horizonte humano y de sus afectos. El impacto no termina en la Isla, el exilio tampoco queda a salvo de esa ruptura.
El alivio de poder vivir fuera, sin la presión constante de la escasez, aparece acompañado de otra sensación: la culpa. La conciencia incómoda del privilegio. Poder comprar comida sin depender de nadie. Poder decir y escribir desde la distancia sin miedo a represalias mientras otros siguen atrapados dentro.
No todas las reacciones son iguales frente a esa vivencia. El exilio cubano está atravesado por divisiones muy intensas y por heridas distintas. Hay rabia, agotamiento, resentimiento, desconexión emocional, necesidad de simplificar el conflicto para hacerlo soportable, necesidad de garantizar la propia sobrevivencia antes de poder pensar en los demás. Esto último, muchas veces no es comprendido en la Isla, reforzando la sensación de culpa, de rechazo o de desconexión.
En Cuba el pueblo ha sido tratado durante demasiado tiempo como incapaz de sostenerse por sí mismo y dependiente de un Estado proveedor. Todo estaba decidido e impuesto. Fuera del control, no había posibilidad de desarrollar iniciativa. Tal vez por eso la frase «¿Quién soy yo? Una hormiga… una pulga…» resulta tan perturbadora. Hay en ella una reducción kafkiana de la autopercepción.
Aun en el exilio, las llagas psicológicas de la subvaloración personal son muy vívidas. Una de mis clientas recientemente me escribió: «Ay, Mireya, yo no sé hacer nada de eso, yo soy bruta». Leer una frase así resulta devastador. Porque no es torpeza real. Es la muestra de hasta qué punto muchos emigrados se sienten incapaces de comprender, aprender, desenvolverse fuera de los límites estrechos donde transcurrió su vida durante años.
No se trata únicamente de desconocer el idioma o una tecnología, un trámite o una dinámica nueva. Lo verdaderamente doloroso es la rapidez con que los individuos se inmovilizan frente a un mundo que les exige autonomía inmediata, adaptación y confianza en sí mismos. Son marcas que no desaparecen al cambiar de geografía, viajan y se muestran en los actos más comunes: en el miedo a equivocarse; en la necesidad constante de ayuda; en la inseguridad frente a cualquier proceso desconocido, por simple que sea. Cuerpos desfasados en un mundo que siguió avanzando mientras sus vidas permanecían detenidas dentro de un espacio paralelo y cada vez más claustrofóbico.
Al mismo tiempo, también aparece otra forma de culpa y desgarro interior. Personas que logran salir de Cuba con la esperanza de incorporarse, ayudar y trabajar, enfrentan una nueva dependencia. Padres que, acompañados y protegidos por sus hijos y familia, se sienten solos e inútiles dentro de un mecanismo que ya no logran comprender plenamente porque llegaron tarde.
Me resulta inevitable reflexionar sobre el costo humano provocado por un sistema como el existente en Cuba, que ha empujado al hombre hasta sus límites más degradados. Vuelvo entonces a aquel episodio de la Ínsula Barataria, donde Sancho Panza, desde la sencillez de su sabiduría popular, comprende que gobernar no consiste en tensar la vida hasta quebrarla en sus últimas y más dramáticas consecuencias.
Toda estructura de poder debería preguntarse en qué momento preservarse comienza a producir más daño que estabilidad. Llevar a alguien a dudar de sí mismo, a no sentirse merecedor de una mirada y una vida plenas, es una forma de abuso sostenido y una de las reducciones más dolorosas de la condición humana.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.