Habana Libre

—«La precariedad laboral, la falta de horizontes y una creciente desconfianza en el sistema han fracturado el vínculo entre las nuevas generaciones y el proyecto de país. Este es solo uno de muchos ejemplos que podrían citarse: una muestra elocuente de cómo una sociedad, al desatender las voces y necesidades de su juventud, siembra las semillas de su colapso».

—Yo tú no digo eso en ninguna parte, so peligro de que alguien atienda tu voz, crezca la desconfianza y llegue tu colapso definitivo.

—La parrafada no es mía. La leí en la prensa, y se refiere a Argentina. De Cuba dice que «atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Nuestra sociedad se deteriora a un ritmo impredecible. Ante esta realidad, no hay espacio para el pesimismo, sino para la acción creativa».

—Lo más creativo que pudiera haber hoy es otro 11 de Julio, pero no creo que sea eso a lo que llama.

—«Hoy, más que nunca, nuestra sociedad demanda del ingenio y el intelecto de los jóvenes para encontrar vías que permitan a la nación respirar, avanzar y alcanzar el bienestar que merece».

—Demanda de ingenios azucareros sobre todo.

—«En lugar de encontrar modelos a seguir que fomenten un compromiso social profundo, muchos (habla de los jóvenes) se ven atrapados en una cultura superficial que prioriza el éxito material sobre el bienestar colectivo».

—El «bienestar colectivo» fue destruir la industria azucarera, y con ella la «cultura superficial» de los bateyes.

—Qué puede esperarse de un periodismo que tiene como líder a un tipo que se digna publicar en Cubadebate «UPEC: Nuestra posición 63 años después, transformarnos sin perder el lead del pueblo», una perorata por un nuevo aniversario de la asociación que dirige.

—Imagino te haya sido fácil distinguir el «qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué» de que se mantenga en el cargo.

—Afirma que «contamos aún con tres tesoros que ni siquiera la gran industria de la mentira, con sus “portaviones” de intimidación mediática, ha podido arrebatarnos: cabeza para pensar la verdad, boca para decirla y corazón para defenderla».

—¡No me digas! ¡Como defiende ese corazón lo de decir por la boca la verdad que su cabeza piensa!

—«Ideas, palabra y pecho; eso es la UPEC o a eso ha apuntado en seis décadas. Nació y nos parió a todos el 15 de julio de 1963, en un hotel de cuyo nombre queremos siempre acordarnos: Habana Libre».

—¿Sugiere acaso, con palabra y poniendo el pecho, la idea de que las oficinas de la Unión de Periodistas de Cuba pasen para ese hotel, tal y como hizo Fidel Castro con el Gobierno a comienzos de la Revolución?

—«Tal nombre era una seña de lo que fundábamos y lo que nos esperaba». Eso dice sobre el Habana Libre.

—Ronquillo no puede ir al bate sin antes mirar las señas que le llegan desde el banco. Sin querer se le escapa una frase que, de no ser pronunciada por un funcionario tan entregado como él, parecería definir cierto escepticismo: «¡Lo que nos espera!».

—«Aunque el edificio mismo no viva hoy sus mejores días, aquella imagen se fue ensanchando de modo que al cabo somos más de 3600 afiliados reunidos bajo la cobija no de un hotel habanero, sino de Cuba libre. No hay sede mejor para sesionar que la patria entera».

—Le interesa un hotel mucho más grande, no importa en qué parte de la patria entera esté, que cobije a tantos periodistas que no han vivido nunca sus mejores días.

—«Hubieron de correr ríos de tinta y de sangre para que al final tuviéramos nuestra UPEC y, con ella, la seguridad de que lo que menos necesitamos los periodistas y el pueblo es volver a la neocolonia y a la división».

—Lo traiciona su pensamiento neocolonial. Necesita justificar que la UPEC, desde su fundación, no ha hecho más que reproducir las relaciones de poder de quienes necesitan dividir al pueblo con ríos de tinta, y hasta sangre si viene al caso.

—«A la prensa le toca precisar sustantivos, emitir adjetivos, mensurar adverbios, darles alma a los números de la economía y plantarse al centro de la sociedad como un baluarte del diálogo, de contrapeso y del control social y popular».

—Caballero, y que no haya control social y popular que pueda parar al Ronquillo ese. El periodismo cubano lleva seis décadas inflando adjetivos y sumando números a una economía que no tiene alma. Más que mensurar adverbios, se la ha pasado censurando verbos para convertirse en baluarte del silencio, la sumisión y la guataquería.

—¿Insinúas que la Unión de Periodistas de Cuba es incompatible con una Habana Libre?

***

Caricatura: Wimar Verdecia / CXC.

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